miércoles, 7 de noviembre de 2018

Apostemos por la sororidad


[He publicado esta entrada en el Blog de Doce Miradas el 06.11.2018]

Hace tiempo escribí una entrada en mi blog que llevaba por título “El peligro de la historia única”, que es el de una charla TED que dio la escritora nigeriana Chimamanda Ngozi Adichie en 2009. En dicha entrada llegaba a esta conclusión:
“La charla también me hacía pensar en la lucha feminista, en el patriarcado. Durante muchos, demasiados, años la historia de las mujeres ha sido contada e interpretada por hombres. La voz de la mujer ha sido silenciada o minusvalorada… Todo cambio hacia la real igualdad de oportunidades entre hombres y mujeres pasa por superar la historia única”.

El patriarcado está inscrito muy fuerte en nuestro ADN social. Una muestra de ello la podemos ver en el vídeo de BBC News Mundo (2018) en el que se propone el siguiente acertijo:
“Un padre y un hijo viajan en coche. Tienen un accidente grave, el padre muere y al hijo se lo llevan al hospital porque necesita una compleja operación de emergencia. Llaman a una eminencia médica pero cuando llega y ve al paciente dice: ‘No puedo operarlo, es mi hijo’”

Como se explica en el vídeo incluso personas con mucha conciencia feminista no se plantean que la respuesta es que la eminencia médica es la madre debido a la “parcialidad implícita”, que tiene un origen cultural pero que se vuelve parte de un proceso automático. Yo misma cuando acabé mi tesis doctoral sobre el tema del liderazgo femenino llegaba a la conclusión de que, en gran medida, estaba alienada. Ir contra los “mandatos sociales” exige estar muy alerta, a sabiendas de que algunas veces no caerás en la cuenta y reproducirás los mecanismos que perpetúan las diferencias.  

Recientemente he leído un nuevo artículo de Adichie (2018), cuyo título es: “El silencio es un lujo que no podemos permitirnos”. En él invita a la valentía, a romper el silencio, a ir en contra de lo establecido y luchar por la justicia. “Es la hora de la valentía, que no es la ausencia de miedo sino la decisión de actuar a pesar de tenerlo (…) Esa experiencia [una relacionada con una visita a la iglesia de su niñez en la que se habían dado pasos hacia atrás] me hizo abandonar mi idea boba y romántica de que ‘hablar claro’ va unido a la certeza de un apoyo generalizado. Pero me aclaró la importancia de hablar de lo que importa: no se debe hablar porque uno esté seguro de que le van a apoyar, sino porque no puede permitirse el silencio (…) Mi responsabilidad como ciudadana es la verdad y la justicia”. Las mujeres tenemos que unirnos y dar a conocer nuestra voz. Y más cuando, como dice Adichie (2018), “sabemos por las investigaciones que las mujeres leen libros escritos por hombres y por mujeres, pero los hombres leen libros escritos por hombres”. Los relatos de las mujeres son para todas las personas porque hablan de la humanidad. Como decía Mao Zedong, “Las mujeres sostienen la mitad del cielo, porque con la otra mano sostienen la mitad del mundo”.

Dar a conocer nuestra voz pasa por reconocer las discriminaciones múltiples y la necesidad de una aproximación interseccional. “Considerar además del género, otras desigualdades exige pasar de un enfoque unitario a un enfoque que ha de integrar desigualdades múltiples que incluyen primero la raza y la clase social, luego en lugar de la clase social lo harán la edad, la religión o creencia, la discapacidad y la orientación sexual” (Expósito, 2012, 207). No se trata de dar a conocer la voz de la mujer sino las voces de las mujeres, que son muchas y muy diversas en función de las mencionadas discriminaciones múltiples.



Y una de las mejores vías para hacerlo es a través del ejercicio de la sororidad, entendida como “una experiencia de las mujeres que conduce a la búsqueda de relaciones positivas y a la alianza existencial y política, cuerpo a cuerpo, subjetividad a subjetividad con otras mujeres, para contribuir con acciones específicas a la eliminación social de todas las formas de opresión y al apoyo mutuo para lograr el poderío genérico de todas y al empoderamiento vital de cada mujer” (Lagarde, 2006, 126). En definitiva son pactos entre mujeres a favor de mujeres y para hacer del mundo un lugar mejor para todas las personas.

Apostemos por la sororidad. Como dice Burgos (2018), en lugar de seguir el “mandato” y competir con cada mujer con la que te cruces,  “decide ser su igual, su hermana, su amiga, su aliada. Decide sustituir la envidia por admiración, las críticas por apoyo, la lucha por amor”.




Referencias


viernes, 26 de octubre de 2018

Ven a mí… Más allá de las palabras


[He publicado esta entrada en el Blog de Inteligencia Emocional de Eitb el 26.10.2018]

Recientemente he descubierto un vídeo de Andrea Bocelli con su hijo Mateo… “Ven a mí”. Precioso vídeo… Preciosa canción… Quiero compartir aquí lo que me ha sugerido. Y lo hago en el día que se cumplen 20 años de que me estrené como madre.

La principal sensación que me queda es de ternura ¡Qué maravilla ver y sentir la complicidad de padre e hijo! El orgullo recíproco… La satisfacción de compartir mucho más que una canción… El paso del testigo… Una carrera que comienza y una ya consolidada que sirve de aliento y estímulo… Una puerta que se abre, un mundo por descubrir y construir…

La letra (véase la foto) es muy evocadora…

“Ven a mí… Escúchame… Abrázame… Si quieres tú”. Como padres y madres nos corresponde acompañar a nuestros hijos e hijas en su camino de crecimiento y hacerlo cada vez más en la distancia, pero permaneciendo siempre disponibles para aquello que quieran o necesiten. Llega un momento en el que sólo queda esperar a que vengan a nosotros… si ellos y ellas quieren. No es nuestro momento ni nuestra vida, sino la suya. ¡Qué difícil mantenerse en la justa distancia! Darles raíces y alas es nuestro mejor legado. Como decía Juan Ramón Jiménez: “Raíces y alas. Pero que las alas arraiguen y las raíces vuelen”.

“Que sigo dispuesto a amarte sin fin / Pero a cada paso que doy / Más te alejas tú”. El día que fui madre comprendí, no de forma racional sino experiencial, lo que es el amor incondicional. Estar dispuesta a amar sin fin, sin límites, sin medida, sin esperar nada a cambio, sin reproches, sin preguntas, por encima de todas las respuestas… Y a sabiendas de que poco a poco, día a día, a medida que emprenden su camino se alejan llevándose una parte de tu corazón y de tu vida… Y el ciclo se repetirá… Ellos y ellas lo harán con sus hijos e hijas.

“En cada paso que des, cree en ti”. Creo que no hay palabras más potentes hacia un hijo o una hija… Una invitación, una llamada a que sigan a sus corazones, a que superen sus miedos y luchen por lo que creen… aunque nosotros no lo veamos claro… incluso, a veces, en contra de nuestro criterio. Hace mucho  que hice mío el lema de Virgilio, “Possunt quia posse videntur” (pueden porque creen que pueden).

“Es un viaje eterno, yo sonreiré / Si me llevas contigo a volar otra vez”. Son mágicos esos momentos en los que, como cuando eran pequeños, te invitan a ‘jugar’ y a soñar con ellos. Te abren la puerta de su mundo y tú entras agradecida…

“Te puedo ver / Aunque cierre mis ojos, te ven”. Ese gran secreto compartió el zorro con El Principito: “Sólo con el corazón se puede ver bien; lo esencial es invisible a los ojos”.

Para terminar unos versos  de Khalil Gibran, El Profeta:
“Vuestros hijos no son vuestros hijos.
Son los hijos y las hijas del ansia de la Vida por sí
misma.
Vienen a través vuestro, pero no son vuestros.
Y aunque vivan con vosotros, no os pertenecen.
(…)
Sois los arcos con los que vuestros niños, cual flechas
vivas, son lanzados”.


lunes, 24 de septiembre de 2018

Palabras para el corazón


[He publicado esta entrada en el Blog de Inteligencia Emocional de Eitb el 24.09.2018]

El otro día presencié una de esas escenas que te encogen el alma, de esas en las que no sabes si es mejor intervenir o no. Opté por alejarme y no he parado de darle vueltas porque me invadieron la rabia y la tristeza.

Estábamos en la parada de autobús y llegaron un padre y un hijo adolescente de unos catorce o quince años. Ante un comentario del hijo sobre el peso de una de las bolsas que llevaban con compra el padre le empezó a insultar en un tono muy alto y no dejaba de gritar groserías. Al principio el hijo se defendía pero llegó un momento en que calló y se quedó cabizbajo. Desde fuera la reacción del padre era claramente desmedida y muy poco afortunada. Cuesta escuchar a un padre decirle a su hijo semejantes burradas y no intervenir… Llegó a decirle ‘eres el peor hijo’. Y no era sólo lo que decía sino la carga emocional con la que lo hacía… ¡Devastador! Las palabras son un arma de doble filo y hieren más que un cuchillo. Dejan cicatrices invisibles que el tiempo no cura y que nunca se sabe cuándo se pueden reabrir. ¡Qué fácil resulta atacar a alguien! ¡Qué sencillo herir a quienes más conocemos! Hace tiempo escribí sobre una foto que daba un sabio consejo… Antes de hablar piensa [THINK, por las iniciales de las palabras en inglés: T- ¿Es cierto?;  H- ¿Ayuda?; I- ¿Es inspirador? ¿Es positivo?; N- ¿Es necesario?; K- ¿Es amable?]. En el caso señalado todas las respuestas eran negativas… Entonces ¿para qué? Seguramente no había  un para qué  más allá de un desahogo… ¿Y el chaval? ¿Qué pudo aprender de esa situación? ¿Qué modelo de relación y comunicación estaba viviendo? No dejo de pensar…¡Qué mal se tenía que sentir!

En más de una ocasión he comentado que soy una firme convencida del Efecto Pigmalión, que habla sobre la fuerza que tienen sobre nosotros las expectativas que otros tienen y nos transmiten. Este efecto funciona tanto en positivo como en negativo, por eso es muy importante cuidar los mensajes que lanzamos, consciente o inconscientemente, con palabras y también con gestos. Los padres, las madres, así como las y los educadores,  jugamos un papel decisivo en la autoestima de nuestros hijos e hijas y en el desarrollo de sus destrezas. Todo ser humano es un diamante en bruto lleno de posibilidades. Hay que educar  la mirada para ver más allá de lo que las personas son e intuir qué pueden llegar a ser. Es terrible que quien se supone que te ama incondicionalmente te haga sentir pequeño, insignificante, e incluso malo...

Ahora que mis hijos ya no son unos niños echo la mirada atrás y de lo único que me arrepiento es de las veces en las que les he chillado sin control, las veces en las que mi frustración o cansancio ha hablado más alto que el amor que les tengo. Esas ocasiones en las que mi niña interior se ha descontrolado y ha perdido los papeles… Menos mal que he aprendido a morderme la lengua antes de decir algo que pueda dañar a otra persona. Aunque he de reconocer que no lo consigo al cien por cien. Eso sí, soy muy consciente de que es fundamental ser especialmente cuidadosa con las personas más cercanas ya que con ellas nuestros dardos son mucho más certeros y el daño es más profundo.

Cambiemos la perspectiva… Miremos de una forma nueva a las personas. Hablemos desde y para el corazón. Aprendamos a decir con convencimiento… Corre, vuela, no te detengas…

Primero el caballo y después el carro

[He publicado esta entrada en el Blog de Inteligencia Emocional de Eitb el 20.08.2018]


Es una suerte conocer a un autor y en este caso más. Hace unos meses Enrique Pallarés me regaló un ejemplar del libro cuya imagen abre esta entrada. El título es sugerente y la foto de portada más. Un vaso ¿medio lleno o medio vacío? Es un libro muy fácil de leer que propone pautas para afrontar problemas comunes y promover el bienestar personal. Es difícil no verse reflejada en sus páginas. Me voy a apoyar para esta entrada en el capítulo 6 que enseguida captó mi interés, “El caballo delante del carro”.

Conozco muchas personas que, por muy diversos motivos, pasan o han pasado por momentos difíciles (yo misma) y que poco a poco van aislándose, dejan de hacer aquello que les gusta y entran en lo que Pallarés (2013: cap.14) explica como espiral descendente: cuando la relación entre dos factores, hechos o fuerzas hace que una de ellas aumente la intensidad de la otra dando lugar a unas consecuencias cada vez más negativas. Hay muchos ejemplos de espirales descendentes: dolor y tensión muscular (yo que sufro bastante de lumbago sé de esto); culpabilidad o vergüenza e ira; insomnio y dormir durante el día; insomnio y preocupación por no dormir (no puedes dormir y no dejas de calcular las horas que te quedan para levantarte); ponerse colorado y advertirlo (esto es muy habitual al hablar en público); atracón y ayuno; estereotipos y prejuicios y distancia (actualmente está muy vivo el miedo a los inmigrantes). También hay espirales ascendentes (funcionan igual pero sus efectos son positivos): positividad y apertura mental o positividad y confianza.

Para romper la espiral descendente que se activa con un estado de ánimo bajo o con la depresión es bueno recordar que el caballo siempre va delante del carro. Hay que retomar o iniciar las actividades en vez de esperar a que el ánimo mejore. Dejar las actividades cuando uno tiene el ánimo bajo puede producir un alivio pasajero, pero agrava la situación a medio o largo plazo. Pallarés (2013: 37) ofrece una serie de orientaciones para salir de esa situación de ánimo bajo o depresión, para poner el caballo delante:
  • Elaborar una lista de las actividades que te resultaban agradables antes de esta situación.
  • Priorizar dichas actividades, clasificarlas para ver cuáles serían más fáciles de retomar.
  • Hay que empezar, sin dilación, por aquello que resulte más accesible. La procrastinación puede ser uno de los peores enemigos para salir de un bache.
  • Aplazar el sentir gusto o interés, al menos por un tiempo. Igual que cuando tenemos un problema de salud nos tomamos la medicina prescrita porque es eficaz para superarla, debemos retomar la actividad porque es bueno, aunque ahora no nos satisfaga.
  • Esperar pacientemente a los efectos positivos. No serán inmediatos y probablemente nos costará verlos. Perseverar y no ceder. Una pequeña historia personal: Tengo el menisco interior izquierdo roto. La traumatóloga me dijo que en lugar de operar íbamos a probar con rehabilitación. No fue hasta la sesión 28, de 30, que noté la mejoría. Y de momento no he necesitado la operación. Renegué mucho, sufrí cada sesión de rehabilitación, pero la mejoría llegó. Y me alegro de haber esperado. Pallarés (2013: cáp. 24) nos recuerda que al hablar de recuperación ( y también de crear un hábito) no debemos pensar en una línea ascendente y recta, sino en una ondulada y con mesetas. Los avances y retrocesos forman parte del proceso.
  • Ir paso a paso, sin forzar la marcha. No se trata de que el caballo vaya siempre al trote o al galope, basta con que no se detenga.
Escribiendo esta entrada he recordado un cuento de Anthony de Mello (La oración de la rana). Me parece una bonita imagen a recordar en los momentos bajos. A veces puede ser bueno dejarse llevar por la música. 
“Los judíos de una pequeña ciudad rusa esperaban ansiosos la llegada de un rabino. Se trataba de un acontecimiento poco frecuente, y por eso habían dedicado mucho tiempo a preparar las preguntas que iban a hacerle.
Cuando, al fin, llegó y se reunieron con él en el ayuntamiento, el rabino pudo palpar la tensión reinante mientras todos se disponían a escuchar las respuestas que él iba a darles.
Al principio no dijo nada, sino que se limitó a mirarles fijamente a los ojos, a la vez que tarareaba insistentemente una melodía. Pronto empezó todo el mundo a tararear. Entonces el rabino se puso a cantar y todos le imitaron. Luego comenzó a balancearse y a danzar con gestos solemnes y rítmicos, y todos hicieron lo mismo. Al cabo de un rato, estaban todos tan enfrascados en la danza y tan absortos en sus movimientos que parecían insensibles a todo lo demás; de este modo, todo el mundo quedó restablecido y curado de la fragmentación interior que nos aparta de la Verdad”.

Para terminar quiero dejar una melodía que muchos días me pongo para comenzar el día y empezar la actividad más allá de si estoy bien o mal de si me apetece o no hacer algo… Es un buen mantra “éste es el mejor momento”…


Bibliografía

  • Pallarés Molíns, Enrique (2013). Cómo sentirse mejor con la ayuda de anécdotas e imágenes. Bilbao: Ediciones Mensajero.

Etiquetas: Aprendizaje; Desarrollo Personal; Educacion emocional; Inteligencia emocional 

martes, 24 de julio de 2018

Cinco mujeres hablan de Jesús de Nazaret (II)


Siguiendo con la entrada de ayer, comparto la homilía que he preparado para hoy. 

24 de julio, Mt 12, 46-50
En aquel tiempo, estaba Jesús hablando a la gente cuando su madre y sus hermanos se  presentaron fuera, tratando de hablar con él. Uno se lo avisó: «Oye, tu madre y tus hermanos están fuera y quieren hablar contigo». Pero él contestó al que le avisaba: «¿Quién es mi madre  y quiénes son mis hermanos?». Y, señalando con la mano a los discípulos dijo: «Estos son mi madre y mis hermanos. El que cumple la voluntad de mi Padre del cielo, ese es mi hermano, y mi hermana, y mi madre».

“Quien cumple la voluntad de mi Padre del cielo es mi hermano, mi hermana y mi madre”

Este texto me interpela mucho. Como madre siento la dureza de la pregunta… ¿quiénes son mi madre y mis hermanos? En un primer momento puede resultar una pregunta desgarradora. En la tradición judía la familia siempre ha sido considerada la base de la sociedad. Y una pregunta como esa, que podía resonar como desprecio, podía resultar escandalosa. Hoy en día que hay realidades muy diferentes, que no hay un único modelo de familia, que hay muchas personas solas que establecen vínculos muy sólidos con personas a las que no les unen lazos de sangre… quizá sea especialmente pertinente preguntarse qué es la familia, quiénes forman mi familia.

¿Quiénes son mi madre y mis hermanos? Veamos la pregunta desde otra perspectiva. En este texto Jesús nos habla de la familia espiritual. Nos recuerda que todos formamos parte de la gran familia de Dios, que todos recibimos la llamada a ser hijos e hijas suyos. Jesús, lejos de despreciar a su madre y sus hermanos, les reconoce como parte de esa gran familia que trasciende los lazos de sangre. En el evangelio de ayer se nos invitaba a permanecer en el amor de Dios y dar frutos. Quienes responden a la invitación se unen a esa familia espiritual cuya unión es más honda y duradera que la de la sangre, la del origen.

Al comienzo de los Ejercicios Espirituales, que son un camino personal para conocer la voluntad de Dios en mi vida,  San Ignacio propuso el Principio y Fundamento que dice: “El hombre es criado para alabar, hacer reverencia y servir a Dios nuestro Señor y, mediante esto, salvar su ánima…” [EE 23]. Yo soy hija de Dios. Me ha llamado a la vida porque me ama y espera que, libremente, le corresponda amándole a él y a las demás personas. Toda la creación es fruto del amor de Dios. Soy invitada a desear y elegir aquello que me conduce al fin para el que he sido creada. Cada uno de nosotros estamos llamados a lo mismo. Sin embargo… ¡Cuántas veces nos olvidamos de esto y elegimos mal! ¡Cuántas veces nos dejamos llevar por lo que es más cómodo o fácil! ¡Cuántas veces nos dejamos influir por lo que hacen o piensan los demás! En clase suelo repetir muchas veces que cuando decimos frases como… “¡Total! No hace daño a nadie…” nos solemos olvidar de la persona más importante en nuestra vida… que es la que nos mira en el espejo cada día. Muchas veces tomamos decisiones que nos alejan de la persona que queremos ser, de la persona que estamos llamados a ser. Y lo hacemos en decisiones grandes y también en pequeñas elecciones.

Para mí, uno de los grandes problemas de nuestro modo de vida y de nuestro ritmo de vida es que vivimos anestesiados, que hemos dejado de hacernos preguntas. Que no confrontamos la realidad o los hechos. Que no nos preguntamos por lo que está bien o mal. Que confundimos lo que es con lo que debe de ser. Que no nos cuestionamos cuál es la voluntad de Dios en nuestra vida. Que vivimos de espaldas a Dios y, muchas veces, también de espaldas a los demás. Preguntar y preguntarnos es lo que permite que desarrollemos nuestro espíritu crítico, es lo que nos permite avanzar, es lo que nos hace desarrollar nuestra creatividad. No toda pregunta tiene respuesta, pero las preguntas abren posibilidades y permiten que se den los cambios. Para mí, el texto de hoy es una invitación a hacernos preguntas, a cuestionar nuestras acciones y las de los demás.  ¿Qué pasaría si hoy me encontrara con Jesús y me preguntara eres tú mi madre, mi hermana?

Al final de los Ejercicios Espirituales, en la “Contemplación para alcanzar amor”, San Ignacio propone esta bella oración, que se parece mucho a la respuesta que dio María, la criatura modelo del cumplimiento de la voluntad de Dios:

Tomad, Señor y recibid
toda mi libertad
mi memoria, mi entendimiento
y toda mi voluntad
Todo mi haber y mi poseer
vos me lo disteis
a vos Señor lo torno
Todo es vuestro
disponed a toda vuestra voluntad
Dadme vuestro amor y gracia
que ésta me basta
San Ignacio de Loyola, EE n.234  [Fuente: https://pastoralsj.org/recursos/oraciones/216 ]

Os animo y me animo a que cumplamos la voluntad de Dios, nuestro Padre-Madre, que no es otra que ser amor como él lo es. Pongámonos confiadamente en sus manos, como María. Que así sea. 

lunes, 23 de julio de 2018

Cinco mujeres hablan de Jesús de Nazaret (I)


Hace unos días recibí la invitación a participar en la Novena de San Ignacio de Loyola en la Iglesia del Sagrado Corazón (San Sebastián) haciendo dos días la homilía. Todo un reto... He de reconocer que me gustó la idea pero que me ha costado un poco prepararlo. Comparto aquí la homilía de hoy, 23 de julio.


23 de julio, Santa Brígida. Jn 15, 1-8
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Yo soy la verdadera vid, y mi Padre es el Labrador. A todo sarmiento mío que no da fruto lo arranca, y a todo el que da fruto lo poda, para que dé más fruto. Vosotros ya estáis limpios por las palabras que os he hablado;   permaneced en mí, y yo en vosotros. Como el sarmiento no puede dar fruto por sí si no permanece en la vid, así tampoco vosotros si no permanecéis en mí. Yo soy la vid, vosotros los sarmientos; el que permanece en mí y yo en él, ese da fruto abundante; porque sin mí no podéis hacer nada. Al que no permanece en mí lo tiran fuera, como el sarmiento, y se seca; luego los recogen y los echan al fuego, y arden. Si permanecéis en mí, y mis palabras  permanecen en vosotros, pedid lo que deseáis, y se realizará. Con esto recibe gloria mi Padre, con que deis fruto abundante; así seréis discípulos míos».

“La persona que permanece en mí y yo en ella da fruto abundante” (Jn 15, 5)

Permanecer. Siete veces se repite este verbo en el texto. La invitación es clara. La respuesta está en cada uno, en cada una. No hay futuro para el sarmiento sin la vid. Si la rama se aparta del árbol se seca. Estar separado no da ningún fruto, empobrece. Permanecer es recibir la savia y desarrollar una nueva mirada de lo que es amor y vida. En Dios todo fructifica.

Dice el refrán, “obras son amores y no buenas razones”. El amor se ve en los hechos, no en las palabras; pero también nos podemos perder en el hacer si apartamos la vista de la fuente, si alejamos nuestra mirada de Dios, si no escuchamos su voz en nuestro corazón. La tradición ignaciana nos habla de la importancia de ser contemplativos en la acción[1]; nos habla del reto de encontrar a Dios en todas las cosas, en el día a día, en lo cotidiano. Eso significa permanecer, aunar la vida espiritual con la presencia comprometida en el mundo. Cada persona desde su lugar y su momento, desde sus opciones, según sus posibilidades. Veamos un ejemplo cercano.

Hace unos días en Bilbao tenía lugar la Asamblea de fundación de la Asociación Internacional de Universidades Jesuitas[2] (IAJU) bajo el lema “Transformando nuestro mundo juntos”. En la oración del acto de apertura se destacó, por sus lecciones de vida, la figura del Beato Gárate, quien fuera portero de la Universidad de Deusto durante 41 años y que nació no muy lejos de aquí junto a la Basílica de Loiola. De él se dijo, cito, “No hay virtud más eminente que el hacer sencillamente lo que tenemos que hacer (…) En todo servía a los hermanos. ‘Voy, Señor’, decía, cuando alguien quería algo. Iba sonriente y ágil por el edificio de la Universidad. Veía a Dios en todo, en todos. Sonreía, afable siempre, cuidaba a las personas. Detrás de tanta entrega latía la certeza de que amar no es otra cosa sino servir” [fin de la cita]. El Beato Garate servía y en ese servicio se manifestaba la presencia de Dios. Su amor era concreto y nos puede servir de estímulo. Para mí, como profesora universitaria, supuso una buena llamada de atención que se destacara su figura frente a personas muy eminentes que se han dedicado al trabajo académico a lo largo de los más de 130 años de historia de la universidad. Me recordó el sentido de mi trabajo y la misión compartida con todas y cada una de las personas que componemos la comunidad universitaria y que trabajamos codo con codo para transformar el mundo. Nuestra misión es clara: “Formar hombres y mujeres para los demás, responsables de sí mismos y del mundo que les rodea y comprometidos en la tarea de su transformación hacia una sociedad fraterna y justa”. Formar personas conscientes, competentes, comprometidas y compasivas, las 4 Cs que decimos. Soy parte de algo más grande que siempre debo tener presente y que es lo que legitima y da sentido a lo que hago. Y es importante que lo haga desde la alegría y con alegría, porque así estaré hablando de Dios, aunque no lo mencione.

Ver a Dios en todo y en todos. Esta actitud cambia nuestra mirada y nuestras obras. Cambia nuestra forma de relacionarnos con los demás y con toda la creación. Y además es fuente de verdadera alegría y gratitud. El Padre Arrupe lo expresaba de una manera muy bella:

Nada puede importar más que encontrar a Dios.
Es decir, enamorarse de Él
de una manera definitiva y absoluta.
Aquello de lo que te enamoras atrapa tu imaginación,
y acaba por ir dejando su huella en todo.
Será lo que decida qué es
lo que te saca de la cama en la mañana,
qué haces con tus atardeceres,
en qué empleas tus fines de semana,
lo que lees, lo que conoces,
lo que rompe tu corazón,
y lo que te sobrecoge de alegría y gratitud.
¡Enamórate! ¡Permanece en el amor!
Todo será de otra manera.

Os animo y me animo a que vivamos enamorados de Dios, a que permanezcamos en su amor y demos frutos abundantes. Que así sea.



[1] Esta expresión fue acuñada por quien fuera el Secretario de San Ignacio, Jerónimo Nadal.
[2] Es la red oficial de educación superior de la Compañía de Jesús.

sábado, 7 de julio de 2018

Hoy cumplo medio siglo de vida…



Hoy cumplo medio siglo de vida… Intensa… como yo.

Hace unos meses  percibí de forma clara y distinta, parafraseando a Descartes, que seguramente ya he vivido más de lo que me queda por vivir y me apetece parar y hacer balance. He decidido que quiero vivir en el aquí y el ahora.

He superado varios duelos; ha habido momentos malos y buenos; épocas felices y otras no tanto; sorpresas agradables y desagradables; errores y aciertos; puertas cerradas y ventanas abiertas; muchos aprendizajes, algunos a base de tropezar varias veces…  Incluso tengo algún ‘agujero negro’ en mi memoria, seguramente como medida de auto protección psicológica. Luzco unas cuantas heridas, la mayoría cerradas, y estoy orgullosa de mis cicatrices. No sería quien soy sin ellas... Y suponen un buen recordatorio de caminos que no quiero volver a tomar.

Lo mejor de este recorrido son todas las personas con las que me he encontrado, todos los  nombres que llevo grabados en el corazón. Algunos me acompañan desde el principio, otros se han ido incorporando. Algunos ya no están; otros han ido entrando y saliendo, pero se mantienen. Hay quienes han llegado para no salir nunca y hay quienes fueron muy importantes en una época. Todos estos nombres vienen en este momento a mi memoria.

El siguiente poema de Francisco Luís Bermúdez, que vi por primera vez en el despacho de un gran amigo, refleja muy bien la conclusión a la que llego.



El sentimiento que hoy me embarga es el agradecimiento… Y por eso canto alto y claro… “Gracias a la vida que me ha dado tanto”


lunes, 2 de julio de 2018

Lo que aprendí del perdón y la reconciliación

[He publicado esta entrada en el Blog de Inteligencia Emocional de Eitb el 02.07.2018]


Cuando a principios de año recibí la invitación de Manu Arrue, sj para participar en el proyecto las Escuelas de Perdón y Reconciliación (ESPERE) que la Compañía de Jesús quiere iniciar en el Loiola Zentroa del Santuario de Loiola algo me empujó a decir que sí, a pesar de que éste está siendo un curso especialmente duro con muchas clases, una asignatura nueva, etc. La formación inicial sonaba atractiva. Se nos decía que eligiéramos una herida que no estuviera muy sangrante para iniciarnos en la metodología. Se insistía en que no se trataba de una formación teórica sino de algo experiencial. Una conoce sus cicatrices y siempre queda la ligera duda de si están tan bien cerradas como crees… En cualquier caso, estoy convencida de que profundizar en el perdón es la mejor medicina…

Al acabar la formación inicial a quienes estamos dispuestos a acompañar talleres se nos dio la posibilidad de complementar la experiencia con un curso online de la Universidad Antonio Ruiz de Montoya . Cada lectura, cada vídeo, cada tarea ha aportado un granito. Me ha mostrado una cara sobre el tema. Me ha hecho plantearme o replantearme alguna cuestión. Voy a destacar aquí algunos de los principales aprendizajes para mí, o los que me resultan más relevantes en este momento vital. Me voy a centrar, sobre todo, en el perdón.  Sobre la reconciliación únicamente diré que no es posible sin el perdón. Son procesos diferentes y no se pueden forzar; el perdón no necesariamente lleva a la reconciliación pero sí es un requisito imprescindible.

El perdón no es un acto, un suceso, es un proceso, sobre todo con uno mismo. Exige tiempo, mucha valentía y sinceridad con uno mismo y con los demás. Al igual que sucede con el duelo no hay un tiempo estándar, no hay tiempos máximos ni mínimos. Depende de la persona, de la ofensa, de quien la ha infligido, del momento, de las circunstancias… de tantos factores… Y no siempre son los mismos ni en la misma medida… Me ha resultado muy enriquecedor escuchar o leer experiencias de personas que han sufrido ofensas muy importantes, han seguido su proceso y han logrado perdonar e incluso se han acercado a la persona ofensora.

Casarjian (s/f, p.56) nos da unas interesantes claves:  Perdonarnos a nosotros mismos es el proceso de: 1) reconocer la verdad; 2) asumir la responsabilidad de lo que hemos hecho; 3) aprender de la experiencia reconociendo los sentimientos más profundos que motivaron ese comportamiento y los pensamientos que hacen que nos sintamos culpables y continuemos juzgándonos; 4) abrirnos el corazón a nosotros mismos y escuchar compasivamente los temores y las peticiones de ayuda y valoración que hay en el interior; 5) cicatrizar las heridas emocionales atendiendo a esas peticiones de maneras sanas, amorosas y responsables, y 6) poniéndonos del lado del Yo y afirmando nuestra inocencia fundamental. Puede que seamos culpables de un  comportamiento determinado, pero nuestro Yo esencial es siempre inocente y digno de amor”. Somos personas dignas de amor, el amor es la clave. Y el amor empieza por el amor a uno mismo. Al decir esto pienso en una escena de la película Angel-AMira en el espejo, ¿qué es lo que ves?

Todas las ofensas son importantes porque han causado una herida. Una herida mal curada puede causar muchos problemas, aun siendo aparentemente muy pequeña. Ofendemos y somos ofendidos. Nos causan dolor y causamos dolor y no siempre es por maldad. Hay ocasiones en las que ni siquiera somos conscientes del mal que hemos hecho o de lo que ha supuesto para la otra persona. Las ofensas dejan cicatriz pero hay belleza en las cicatrices. Al fin y al cabo… qué es la belleza. Las personas más bellas, para mí, son aquellas que lucen sus cicatrices, sin exhibicionismo, sin rabia, sin rencor, con elegancia y serenidad.

Quien perdona es la víctima. Como dice Etxeberria (2001: 14): “Quien perdona, en su sentido más estricto, es, según se acaba de avanzar, la víctima, quien ha sufrido injustamente un daño (corporal, psíquico, simbólico-cultural o material) provocado intencionadamente por otra persona a la que, en genérico, llamaré ‘victimario’. Nadie puede perdonar a éste por delegación no otorgada, sustituyendo a quien ha recibido la ofensa “. Hay ofensas que son imperdonables porque son irreparables: el asesinato, la tortura, el genocidio, etc.

Hannah Arendt acuñó la expresión de la “banalidad del mal” haciendo referencia a que el mal es algo en lo que todos podemos caer; cualquiera puede cometer la brutalidad más tremenda, no es necesario un corazón cruel o unas intenciones perversas, basta con dejar de preguntarse y discernir.  Morgado Bernal (2018) añade una visión interesante, "acostumbrarse a vivir con el mal no necesariamente significa banalizarlo. Si así fuera, quienes vivimos en países desarrollados también lo haríamos al aceptar con cierta normalidad el estado de pobreza y calamidad en otras partes del mundo e incluso en nuestro propio entorno, pues no dejamos de tomar un café caliente con tarta de manzana en una cafetería porque haya un pobre mendigo muriéndose de hambre y frío junto a su puerta. Lo hacemos, no porque creamos que eso no es algo malo, sino porque remediarlo es algo que en general consideramos fuera de nuestro alcance".  

Perdón no es olvido. El perdón lo que nos trae es una nueva visión sobre los hechos y las personas. Para cambiar el relato hay que trabajar, además de con la memoria, con el pensamiento y las emociones. Y una vez más, para esto la clave es el amor. Me gusta mucho la viñeta de Gibi y Doppiaw (Autor: Walter Kostner) que abre este escrito. Para mí representa lo que es el perdón: transitar por el dolor para llegar al amor (a uno mismo y a los demás).

García Higuera (2010) señala unas etapas que hay que recorrer (puede que sea necesario volver hacia atrás y pasar de nuevo por alguna de ellas) para perdonar: 1) análisis y reconocimiento del daño sufrido; 2) elegir la opción de perdonar; 3) aceptación del sufrimiento y de la rabia; 4) establecer estrategias para autoprotegerse; y 5) una expresión explícita de perdón.

Para terminar, me quedo con uno de los primeros vídeos del curso “Perdonar. 7 mil millones de Otros”, en el que se muestran testimonios muy diversos de personas de diferentes países. Cada uno somos un mundo. A unos les cuesta más perdonar a otros menos. Todos tenemos heridas, todos causamos heridas. ¿Qué elijo yo aquí y ahora? ¿Perdono o alimento mi herida? ¿Me aferro a la rabia, la culpa, el miedo, la tristeza, etc. o me doy y doy una nueva oportunidad? ¿Estoy dispuesta a transitar por el dolor para llegar al amor?

Bibliografía

CASARJIAN, R. (s/f). Perdonar. Una decisión valiente que nos traerá paz interior. Recuperado de: http://200.111.157.35/biblio/recursos/Casarjian,%20Robin%20-%20Perdonar.Pdf
ETXEBERRIA, X. (2001).Sobre el perdón: concepciones y perspectivas.  Recuperado de: http://2001.atrio.org/FRONTERA/33/33-11-XABIER.pdf
GARCÍA HIGUERA, J. A. (2010). Perdonar y pedir perdón. Recuperado de:  http://www.psicoterapeutas.com/Tratamientos/perdon.html 
MORGADO BERNAL, I (2018). Rudolf Höss, comandante de Auschwitz, ¿cómo pudo hacerlo?  El País, 14 de junio. Recuperado de: https://elpais.com/elpais/2018/06/14/ciencia/1528968041_796407.html 



sábado, 2 de junio de 2018

El peso de la vida



[He publicado esta entrada en el Blog de Inteligencia Emocional de Eitb el 02.06.2018]

Recientemente he visto una película, Siete Almas (Seven Pounds), que me ha dado mucho que pensar. La sinopsis de FILMAFFINITY dice lo siguiente:
“Ben Thomas (Will Smith), un inspector de Hacienda de Los Ángeles, se pone en contacto con algunas personas para ayudarlas, pero las razones que lo mueven a actuar así son un misterio. Sin embargo, cuando conoce a Emily Posa (Rosario Dawson), una joven enferma investigada por hacienda y empieza a sentirse atraído por ella, sus inconfesables planes se tambalean”.
Quien no quiera que le ‘destripe’ la película que no siga leyendo (tengo fama de spoiler), aunque merece la pena verla en cualquier caso. El título original, Seven Pounds, parece que hace alusión a la obra El mercader de Venecia de Shakespeare.

El suicidio hoy en día sigue siendo un tabú porque supone el traspaso de muchas fronteras. Para empezar implica ir en contra de nuestra programación biológica de preservar la vida. Socialmente supone un cierto estigma, conlleva un silencio culpabilizante. Éticamente genera muchas preguntas. Legalmente tiene reconocimientos diversos… “El suicidio en España no está penado aunque sí lo está en otros países donde se considera a la persona como un bien o propiedad del Estado. Lo que sí está castigado por el Código Penal (CP) en su artículo (Art.) 143.1 y 2 es la inducción al suicidio (4-8 años de prisión) y la cooperación al suicidio, siempre que se haga con actos necesarios (2-5 años de prisión)” (Ministerio de Sanidad, Política Social e Igualdad, 2012, p.279).

Además, en torno al suicidio hay asociados muchos mitos y falsas creencias, como que es fruto de una enfermedad mental; que es hereditario; que no se puede prevenir; que la persona con una conducta suicida desea morir; que quien lo ha intentado nunca dejará de hacerlo; que quien habla de ello nunca lo realizará; que quien lo quiere hacer de verdad no lo contará; que es un acto de cobardía (o de valentía); etc. (Alastuey, 2015). Los medios de comunicación tienen una poderosa herramienta pedagógica social en este tema. “Por su influencia en la opinión pública, los medios de comunicación pueden ser una herramienta muy útil para la normalización a la hora de hablar de la muerte por suicidio, porque, en primer lugar, pueden ayudar a romper el tabú y la estigmatización que se crean tanto respecto a la persona que muere como en relación con sus familiares y entorno, así como para combatir estereotipos” (Consejo del Audiovisual de Cataluña, 2016).

El duelo por suicidio es muy complejo. Quienes sobreviven al suicidio, las personas cercanas, tienen que hacer frente a muchas emociones. Quizá lo más difícil de manejar sea, por un lado, la culpa y, por otro, la rabia. “Para los supervivientes, la aceptación tarda más en llegar. Y puede hacerse más evidente el estado de enfado y de rabia por no poder evitar la pérdida. Se buscan razones causales y culpabilidad, y es ahí donde puede aparecer la rabia, e instalarse; y quedarse…” (Tiana Sastre, 2017, p.4)

Seguramente es difícil aceptar que no siempre se puede evitar ni prevenir. “El suicidio es un acto individual, que forma parte de la conducta humana y que en muchas ocasiones desgraciadamente, no se puede evitar precisamente porque se produce por un acto voluntario y definitivo de la persona que lo acomete, se encuentre o no en un estado de claridad mental” (Alastuey, 2016, p. 10).

Todo lo relacionado con el principio y el final de la vida son los grandes temas de la bioética. Hay mucho debate al respecto. Diego Gracia, que es un gran referente en este campo, en una entrevista, a la pregunta de si llegado el caso de que le diagnosticaran na enfermedad degenerativa pediría ayuda para morir, responde que: “Las personas que lo piden me merecen el máximo respeto, siempre y cuando hayan tenido antes todos los medios para evitar el sufrimiento. Porque en cuidados paliativos se suele decir, y tienen bastante razón, que cuando una persona que sufre dice que quiere morir, lo que está diciendo es que quiere vivir de otra manera”.

Según DSAS (Después del Suicidio – Asociación de Supervivientes) “el suicidio es el resultado de un terrible sufrimiento emocional interno. Nadie quiere morir y los que mueren por suicidio tampoco, si hubieran encontrado otra salida en su mente a su sufrimiento”. Esta es la razón por la que he titulado esta entrada El peso de la vida, podría añadir y de la culpa. El protagonista de Siete Almas lleva un sufrimiento tal que la única salida que ve es ‘dar la vida’ a siete buenas personas como reparación de las siete muertes que ha causado por su negligencia al volante. Su acción puede ser cuestionable pero está claro que es fruto de una decisión meditada y planificada. Actúa en conciencia, haciendo lo que cree que debe de hacer… ¿quién puede juzgar esto?

Bibliografía


lunes, 7 de mayo de 2018

¡Tropezar no es malo! ¡Y caer no es peor!



[He publicado esta entrada en el Blog de Inteligencia Emocional de Eitb el 07.05.2018]

El pasado 24 de abril di una charla para el AMPA de un colegio que llevaba por título el que encabeza esta entrada. El mensaje central de la misma fue que no hay que tener miedo al error, al fracaso, ya que es lo que nos hace crecer y fortalecernos. Hay que aprender de los errores y de la frustración que nos genera no conseguir algo a la primera o tras varios intentos. Así se trabaja la resiliencia, la capacidad de salir reforzado de las dificultades.


Preparando la charla me encontré con un titular que da qué pensar: “Si su hijo pertenece a la Generación F (de flojos), la culpa es de usted”. Muchas veces los padres y madres sobreprotegemos a nuestros hijos e hijas, queremos evitarles sufrimientos y lo que les estamos haciendo es impacientes, intolerantes, poco flexibles, tendentes a la radicalidad, con baja tolerancia a la frustración… Les mantenemos dentro de una burbuja de cuidados que es irreal y puede ser dañina. Lejos de prepararles para el mundo les hacemos creer que son tan especiales que son muy frágiles. Muchos se sienten y actúan como si fueran el ‘centro del universo’. Es muy buena una parodia que hay en la red de una entrevista de trabajo a una millenial.

En el portal Faros dan algunas pautas que aquí releemos para desarrollar el hábito, la actitud, de tolerar la frustración que es como un músculo, se desarrolla con el ejercicio:
  • Dar ejemplo. Nuestros hijos e hijas aprenden más de lo que hacemos que de lo que decimos. Si nosotros actuamos con impaciencia o intolerancia ¿qué podemos esperar?
  • No darles todo hecho. Muchas veces es más fácil y rápido darles las cosas hechas pero así no les dejamos aprender. A mí me suele gustar decir que no hay otra forma de aprender responsabilidad que en la práctica. Libertad y responsabilidad son las dos caras de la misma moneda.
  • Educarles en la cultura del esfuerzo. Valoramos más aquello que nos ha supuesto un esfuerzo, aquello que hemos ‘sudado’. Cuando las cosas nos vienen dadas, ‘regaladas’, no siempre valoramos lo que suponen.
  • No excusarles permanentemente. Recuerdo que cuando mis hijos eran más pequeños en más de una ocasión me han pedido que les hiciera un justificante por una falta o por una tarea no realizada. En eso he solido ser tajante: “No, es tu responsabilidad y eso supone que tú respondes de ello. Si no has hecho/ido, asume las consecuencias. Como dice la canción: Acción, reacción, repercusión”.
  • No ceder ante sus rabietas. Ceder a una rabieta supone que el niño o niña te ha ganado la partida, y no es un buen aprendizaje sobre cómo se logran las cosas. No puedo evitar acordarme del genial anuncio de Vicks
  • Marcarles objetivos realistas y razonables. Los logros van generando confianza y seguridad en uno mismo. Por eso es importante que fijemos objetivos adaptados a la capacidad y madurez de nuestros hijos e hijas.
  • Convertir la frustración en aprendizaje. No hay emociones buenas o malas, todas nos dan una información importante para nuestro aprendizaje y crecimiento.
  • Enseñarles a ser perseverantes. La perseverancia es una gran virtud que forja carácter. Yo tengo una lema para mí que da nombre a mi blog personal, “Querer es Poder, Creer es crear”. Hay que tropezar y levantarse muchas veces para hacer algunos aprendizajes fundamentales.
  • Enseñar a identificar el sentimiento de frustración cuando aparezca. La clave de la inteligencia emocional, parafraseando a Mayer y Salovey, está en Identificar, Comprender, Usar y Regular las emociones propias y ajenas.
  • Enseñar al niño cuándo debe pedir ayuda. Es muy bueno hacer las cosas por uno mismo, ser autónomo; pero también es muy importante saber cuándo pedir ayuda porque nosotros solos no podemos enfrentar una situación o problema.
  • Enseñarle técnicas de relajación. Saber acallar el cuerpo y la mente es de gran ayuda cuando nos encontramos ante una situación adversa. Nos ayuda a pensar y actuar con mucha más claridad y serenidad.
Como educadores el gran legado que podemos dejar a nuestros hijos e hijas son raíces y alas. Nuestro amor incondicional y los valores que les transmitamos les servirán de ancla pero sin expandir sus alas no podrán seguir su propio camino.

Para terminar un extracto de una conferencia de Carles Capdevilla en el que nos habla de Educar con cinco sentidos (1. Sentido común; 2. Sentido del ridículo; 3. Sentido del deber / responsabilidad; 4. Sentido moral y 5. Sentido del humor).



lunes, 9 de abril de 2018

¿Ángeles? ¿Demonios?


[He publicado esta entrada en el Blog de Inteligencia Emocional de Eitb el 09.04.2018]


Me gusta mucho la obra de Escher que abre esta entrada. Encierra un gran simbolismo ¿Son ángeles o demonios? ¿Qué veo con mayor facilidad? Todo el espacio está cubierto tanto con unos como con otros; el límite de unos define los otros. Hay un tema al que le doy muchas vueltas, el de la maldad. Aparece de forma recurrente en las clases de Ética cívica y profesional que imparto. Recientemente he visto, por recomendación de una alumna, la serie de cuatro episodios del programa Tabú de Jon Sistiaga sobre la maldad. Se muestran sucesos de gran crueldad y se entrevistan a algunos de sus protagonistas. Son muy recomendables aunque he de reconocer que me han dejado un sabor de boca amargo… El ser humano es capaz de los mayores actos de bondad pero también de grandes maldades, y en ocasiones sin ningún atisbo de culpa. Y eso es inquietante…

Reproduzco aquí parte del testimonio de Miriam Lewin, superviviente de la ESMA (Escuela Mecánica de la Armada, que funcionó durante la última dictadura cívico-militar argentina –entre 1976 y 1983- como centro clandestino de detención, tortura y exterminio):
Jon Sistiaga – “¿Para ti la maldad es algo en lo que cualquiera de nosotros puede caer? Y peor ¿Es algo de lo que cualquiera de nosotros puede salir?
Miriam Lewin -  “A mí me pasó algo tremendo cuando fui liberada. Y digo liberada porque mucho tiempo después recién pude, como decía una compañera sobreviviente,  sacarme la capucha, ser realmente libre. Estar en el subterráneo en Buenos Aires mirar a los ojos a la gente y decir: ¿quién de todos estos será capaz de torturar? Y si me preguntás yo creo sinceramente que una buena parte de nosotros puede”.

Resulta perturbador pensar que cualquiera puede hacer daño. Pero eso no puede hacernos pensar que existe un gen de la maldad, que hay un determinismo. Existen perfiles de personalidad que parecen más proclives a actos de maldad y crueldad, como puede ser el que viene determinado por la triada oscura (o personalidad Tríope), aquel que combina maquiavelismo (visión calculadora, utilitarista de las relaciones), narcisismo (“personas egoístas, con un sentido egocéntrico del derecho y con una autoimagen positiva, aunque poco realista”) y psicopatía (personas hábiles para meterse en la piel de los demás, lo que hacen para sus propios intereses sin ninguna conciencia). Personas con esta triada oscura en su versión más extrema pueden llegar a convertirse en despiadados criminales; pero también se puede dar en versiones subclínicas, personas integradas que no cometen crímenes pero pueden causar mucho dolor.

Hace diez años escribí una entrada sobre este tema que titulé ¿Héroes o villanos?. Mantengo y me reafirmo en lo que allí decía. “Hay que trabajar desde todos los ámbitos en dos vías: 1) la capacidad de empatía y 2) la sensibilidad ética. Si perdemos o no tenemos suficientemente desarrollada la capacidad de empatía no podemos descubrir el rostro del otro, no vamos a ser capaces de ver en el otro una persona merecedora de respeto y acreedora de dignidad. Si yo descubro el rostro del otro difícilmente me voy a poder abstraer de su dolor y sufrimiento. Yo no puedo maltratar al otro si le veo como una persona que sufre y siente como yo. Y en cuanto a la sensibilidad ética, creo que es fundamental trabajar este aspecto para que a la hora de tomar decisiones y actuar nos preguntemos por la bondad o maldad de nuestras acciones, por cuál es la acción correcta. Muchas veces ni siquiera caemos en la cuenta de que algo está mal porque ni siquiera nos lo hemos planteado”.  A día de hoy añadiría un ingrediente: generar entornos, sociedades, en los que predominen valores positivos: el cumplimiento de las normas, la cooperación, la ciudadanía… Adolf Tobeña, Catedrático de Psiquiatría, habla de que en una sociedad entorno a un 5% de personas se dedican a hacer el mal sistemáticamente; entorno a un 20% no necesitan normas ni ojos que les vigilen; y el 75% restante hace en función de lo que ve, de lo que predomina [para ver el testimonio de este autor y otros expertos en el extracto que he realizado del programa de Jon Sistiaga, pincha aquí]. La educación emocional puede ayudar a desarrollar estos entornos positivos y hacer que las personas elijan teniendo en cuenta tanto la parte emocional como la racional.

Me resisto a quedarme con la banalidad del mal, frase acuñada por la filósofa Hannah Arendt. Prefiero cantar con Rozalén por todos los hombres y mujeres buenos… Me hace mantener la esperanza saber que hay personas que eligen ser ángeles porque no me vale el pseudoargumento, la difusión de la responsabilidad, “todos lo hacen, es lo normal”…
“Y el mundo está lleno de mujeres y hombres buenos.
Así que le canto a los valientes.
Que llevan por bandera la verdad.
A quienes son capaces de sentirse en la piel de los demás.
Los que no participan de las injusticias.
No miran a otro lado.
(…)
No le dedicaré más tiempo pues el mundo está lleno de mujeres y hombres buenos.
Así que le canto a los coherentes.
A los humildes que buscan la paz.
A los seres sensibles que cuidan de otros seres y saben amar.”



martes, 13 de marzo de 2018

Bailando con la soledad

[He publicado esta entrada en el Blog de Inteligencia Emocional de Eitb el 12.03.2018]

Esta entrada está inspirada por un vídeo que he visto recientemente del P. José María Rodríguez Olaizola, sj y que reproduzco al final.
Seguramente todas las personas en algún momento de nuestra vida hemos tenido momentos en los que hemos sentido una soledad no deseada, no buscada, con la que es difícil bailar. Hay sucesos, hay acontecimientos,  hay pérdidas que te dejan perpleja, sorprendida, desorientada… que te hacen desear que el mundo se pare. Es entonces cuando la soledad te golpea y puede llegar a dejarte fuera de combate, al menos por un tiempo. A medida que acumulamos vida, acumulamos buenos recuerdos, huellas imborrables de personas y hechos… y también cicatrices y heridas  que nos acompañan y nos hacen lo que somos. Una de mis heridas, quizá la más grande y la que me sacude recurrentemente, es la del rechazo y el abandono. Cuando era más joven me aterraba estar sola porque se avivaba mi herida. Con el tiempo he aprendido, como dice Robin Williams, que lo peor es estar con personas que te hace sentir sola, que no te acompañan, que no te apoyan porque eso te mina y te hace perder tu esencia.
También he aprendido, como dice el  poema Soledades de Mario Benedetti , que después de la alegría, la plenitud, el amor viene la soledad. En realidad pasamos mucho tiempo en soledad o, visto de otra manera, acompañados de la única persona que está todo el tiempo con nosotros… la persona que nos mira en el espejo cada día, y que es nuestra mejor pareja de baile.

Por muy rodeados de gente que estemos, nacemos solos y morimos solos. Esta es una realidad ineludible. Erich Fromm, en El arte de amar, decía que “la necesidad más profunda del hombre es, entonces, la necesidad de superar su separatidad, de abandonar la prisión de su soledad”.  El problema es que muchas veces hacemos auténticas tonterías y barbaridades para responder a esa necesidad, olvidándonos de la persona más importante en nuestra vida que somos cada uno de nosotros. Yo me he prometido a mí misma que no voy a mendigar cariño, ya que cuando lo he hecho nunca he recibido lo que necesitaba o deseaba.
Para terminar hago mías unas palabras del P. Rodriguez Olaizola. Para bailar con la soledad hay que escuchar la música. Hay que reconocer que no estamos solos, que lo que nos sucede a nosotros también lo viven otras personas. Hay que escuchar la voz de la vida. Todo, hasta lo más doloroso, nos habla de vida. Y hay que mirar al otro que es diferente, hay que escucharle, reconocerle y tenderle una mano. No podemos reclamar atención o ayuda de otros pero sí podemos ofrecer nosotros atención o ayuda, eso sí depende de nosotros. Yo estoy dispuesta a bailar con la soledad ¿y tú?