martes, 24 de julio de 2018

Cinco mujeres hablan de Jesús de Nazaret (II)


Siguiendo con la entrada de ayer, comparto la homilía que he preparado para hoy. 

24 de julio, Mt 12, 46-50
En aquel tiempo, estaba Jesús hablando a la gente cuando su madre y sus hermanos se  presentaron fuera, tratando de hablar con él. Uno se lo avisó: «Oye, tu madre y tus hermanos están fuera y quieren hablar contigo». Pero él contestó al que le avisaba: «¿Quién es mi madre  y quiénes son mis hermanos?». Y, señalando con la mano a los discípulos dijo: «Estos son mi madre y mis hermanos. El que cumple la voluntad de mi Padre del cielo, ese es mi hermano, y mi hermana, y mi madre».

“Quien cumple la voluntad de mi Padre del cielo es mi hermano, mi hermana y mi madre”

Este texto me interpela mucho. Como madre siento la dureza de la pregunta… ¿quiénes son mi madre y mis hermanos? En un primer momento puede resultar una pregunta desgarradora. En la tradición judía la familia siempre ha sido considerada la base de la sociedad. Y una pregunta como esa, que podía resonar como desprecio, podía resultar escandalosa. Hoy en día que hay realidades muy diferentes, que no hay un único modelo de familia, que hay muchas personas solas que establecen vínculos muy sólidos con personas a las que no les unen lazos de sangre… quizá sea especialmente pertinente preguntarse qué es la familia, quiénes forman mi familia.

¿Quiénes son mi madre y mis hermanos? Veamos la pregunta desde otra perspectiva. En este texto Jesús nos habla de la familia espiritual. Nos recuerda que todos formamos parte de la gran familia de Dios, que todos recibimos la llamada a ser hijos e hijas suyos. Jesús, lejos de despreciar a su madre y sus hermanos, les reconoce como parte de esa gran familia que trasciende los lazos de sangre. En el evangelio de ayer se nos invitaba a permanecer en el amor de Dios y dar frutos. Quienes responden a la invitación se unen a esa familia espiritual cuya unión es más honda y duradera que la de la sangre, la del origen.

Al comienzo de los Ejercicios Espirituales, que son un camino personal para conocer la voluntad de Dios en mi vida,  San Ignacio propuso el Principio y Fundamento que dice: “El hombre es criado para alabar, hacer reverencia y servir a Dios nuestro Señor y, mediante esto, salvar su ánima…” [EE 23]. Yo soy hija de Dios. Me ha llamado a la vida porque me ama y espera que, libremente, le corresponda amándole a él y a las demás personas. Toda la creación es fruto del amor de Dios. Soy invitada a desear y elegir aquello que me conduce al fin para el que he sido creada. Cada uno de nosotros estamos llamados a lo mismo. Sin embargo… ¡Cuántas veces nos olvidamos de esto y elegimos mal! ¡Cuántas veces nos dejamos llevar por lo que es más cómodo o fácil! ¡Cuántas veces nos dejamos influir por lo que hacen o piensan los demás! En clase suelo repetir muchas veces que cuando decimos frases como… “¡Total! No hace daño a nadie…” nos solemos olvidar de la persona más importante en nuestra vida… que es la que nos mira en el espejo cada día. Muchas veces tomamos decisiones que nos alejan de la persona que queremos ser, de la persona que estamos llamados a ser. Y lo hacemos en decisiones grandes y también en pequeñas elecciones.

Para mí, uno de los grandes problemas de nuestro modo de vida y de nuestro ritmo de vida es que vivimos anestesiados, que hemos dejado de hacernos preguntas. Que no confrontamos la realidad o los hechos. Que no nos preguntamos por lo que está bien o mal. Que confundimos lo que es con lo que debe de ser. Que no nos cuestionamos cuál es la voluntad de Dios en nuestra vida. Que vivimos de espaldas a Dios y, muchas veces, también de espaldas a los demás. Preguntar y preguntarnos es lo que permite que desarrollemos nuestro espíritu crítico, es lo que nos permite avanzar, es lo que nos hace desarrollar nuestra creatividad. No toda pregunta tiene respuesta, pero las preguntas abren posibilidades y permiten que se den los cambios. Para mí, el texto de hoy es una invitación a hacernos preguntas, a cuestionar nuestras acciones y las de los demás.  ¿Qué pasaría si hoy me encontrara con Jesús y me preguntara eres tú mi madre, mi hermana?

Al final de los Ejercicios Espirituales, en la “Contemplación para alcanzar amor”, San Ignacio propone esta bella oración, que se parece mucho a la respuesta que dio María, la criatura modelo del cumplimiento de la voluntad de Dios:

Tomad, Señor y recibid
toda mi libertad
mi memoria, mi entendimiento
y toda mi voluntad
Todo mi haber y mi poseer
vos me lo disteis
a vos Señor lo torno
Todo es vuestro
disponed a toda vuestra voluntad
Dadme vuestro amor y gracia
que ésta me basta
San Ignacio de Loyola, EE n.234  [Fuente: https://pastoralsj.org/recursos/oraciones/216 ]

Os animo y me animo a que cumplamos la voluntad de Dios, nuestro Padre-Madre, que no es otra que ser amor como él lo es. Pongámonos confiadamente en sus manos, como María. Que así sea. 

lunes, 23 de julio de 2018

Cinco mujeres hablan de Jesús de Nazaret (I)


Hace unos días recibí la invitación a participar en la Novena de San Ignacio de Loyola en la Iglesia del Sagrado Corazón (San Sebastián) haciendo dos días la homilía. Todo un reto... He de reconocer que me gustó la idea pero que me ha costado un poco prepararlo. Comparto aquí la homilía de hoy, 23 de julio.


23 de julio, Santa Brígida. Jn 15, 1-8
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Yo soy la verdadera vid, y mi Padre es el Labrador. A todo sarmiento mío que no da fruto lo arranca, y a todo el que da fruto lo poda, para que dé más fruto. Vosotros ya estáis limpios por las palabras que os he hablado;   permaneced en mí, y yo en vosotros. Como el sarmiento no puede dar fruto por sí si no permanece en la vid, así tampoco vosotros si no permanecéis en mí. Yo soy la vid, vosotros los sarmientos; el que permanece en mí y yo en él, ese da fruto abundante; porque sin mí no podéis hacer nada. Al que no permanece en mí lo tiran fuera, como el sarmiento, y se seca; luego los recogen y los echan al fuego, y arden. Si permanecéis en mí, y mis palabras  permanecen en vosotros, pedid lo que deseáis, y se realizará. Con esto recibe gloria mi Padre, con que deis fruto abundante; así seréis discípulos míos».

“La persona que permanece en mí y yo en ella da fruto abundante” (Jn 15, 5)

Permanecer. Siete veces se repite este verbo en el texto. La invitación es clara. La respuesta está en cada uno, en cada una. No hay futuro para el sarmiento sin la vid. Si la rama se aparta del árbol se seca. Estar separado no da ningún fruto, empobrece. Permanecer es recibir la savia y desarrollar una nueva mirada de lo que es amor y vida. En Dios todo fructifica.

Dice el refrán, “obras son amores y no buenas razones”. El amor se ve en los hechos, no en las palabras; pero también nos podemos perder en el hacer si apartamos la vista de la fuente, si alejamos nuestra mirada de Dios, si no escuchamos su voz en nuestro corazón. La tradición ignaciana nos habla de la importancia de ser contemplativos en la acción[1]; nos habla del reto de encontrar a Dios en todas las cosas, en el día a día, en lo cotidiano. Eso significa permanecer, aunar la vida espiritual con la presencia comprometida en el mundo. Cada persona desde su lugar y su momento, desde sus opciones, según sus posibilidades. Veamos un ejemplo cercano.

Hace unos días en Bilbao tenía lugar la Asamblea de fundación de la Asociación Internacional de Universidades Jesuitas[2] (IAJU) bajo el lema “Transformando nuestro mundo juntos”. En la oración del acto de apertura se destacó, por sus lecciones de vida, la figura del Beato Gárate, quien fuera portero de la Universidad de Deusto durante 41 años y que nació no muy lejos de aquí junto a la Basílica de Loiola. De él se dijo, cito, “No hay virtud más eminente que el hacer sencillamente lo que tenemos que hacer (…) En todo servía a los hermanos. ‘Voy, Señor’, decía, cuando alguien quería algo. Iba sonriente y ágil por el edificio de la Universidad. Veía a Dios en todo, en todos. Sonreía, afable siempre, cuidaba a las personas. Detrás de tanta entrega latía la certeza de que amar no es otra cosa sino servir” [fin de la cita]. El Beato Garate servía y en ese servicio se manifestaba la presencia de Dios. Su amor era concreto y nos puede servir de estímulo. Para mí, como profesora universitaria, supuso una buena llamada de atención que se destacara su figura frente a personas muy eminentes que se han dedicado al trabajo académico a lo largo de los más de 130 años de historia de la universidad. Me recordó el sentido de mi trabajo y la misión compartida con todas y cada una de las personas que componemos la comunidad universitaria y que trabajamos codo con codo para transformar el mundo. Nuestra misión es clara: “Formar hombres y mujeres para los demás, responsables de sí mismos y del mundo que les rodea y comprometidos en la tarea de su transformación hacia una sociedad fraterna y justa”. Formar personas conscientes, competentes, comprometidas y compasivas, las 4 Cs que decimos. Soy parte de algo más grande que siempre debo tener presente y que es lo que legitima y da sentido a lo que hago. Y es importante que lo haga desde la alegría y con alegría, porque así estaré hablando de Dios, aunque no lo mencione.

Ver a Dios en todo y en todos. Esta actitud cambia nuestra mirada y nuestras obras. Cambia nuestra forma de relacionarnos con los demás y con toda la creación. Y además es fuente de verdadera alegría y gratitud. El Padre Arrupe lo expresaba de una manera muy bella:

Nada puede importar más que encontrar a Dios.
Es decir, enamorarse de Él
de una manera definitiva y absoluta.
Aquello de lo que te enamoras atrapa tu imaginación,
y acaba por ir dejando su huella en todo.
Será lo que decida qué es
lo que te saca de la cama en la mañana,
qué haces con tus atardeceres,
en qué empleas tus fines de semana,
lo que lees, lo que conoces,
lo que rompe tu corazón,
y lo que te sobrecoge de alegría y gratitud.
¡Enamórate! ¡Permanece en el amor!
Todo será de otra manera.

Os animo y me animo a que vivamos enamorados de Dios, a que permanezcamos en su amor y demos frutos abundantes. Que así sea.



[1] Esta expresión fue acuñada por quien fuera el Secretario de San Ignacio, Jerónimo Nadal.
[2] Es la red oficial de educación superior de la Compañía de Jesús.

sábado, 7 de julio de 2018

Hoy cumplo medio siglo de vida…



Hoy cumplo medio siglo de vida… Intensa… como yo.

Hace unos meses  percibí de forma clara y distinta, parafraseando a Descartes, que seguramente ya he vivido más de lo que me queda por vivir y me apetece parar y hacer balance. He decidido que quiero vivir en el aquí y el ahora.

He superado varios duelos; ha habido momentos malos y buenos; épocas felices y otras no tanto; sorpresas agradables y desagradables; errores y aciertos; puertas cerradas y ventanas abiertas; muchos aprendizajes, algunos a base de tropezar varias veces…  Incluso tengo algún ‘agujero negro’ en mi memoria, seguramente como medida de auto protección psicológica. Luzco unas cuantas heridas, la mayoría cerradas, y estoy orgullosa de mis cicatrices. No sería quien soy sin ellas... Y suponen un buen recordatorio de caminos que no quiero volver a tomar.

Lo mejor de este recorrido son todas las personas con las que me he encontrado, todos los  nombres que llevo grabados en el corazón. Algunos me acompañan desde el principio, otros se han ido incorporando. Algunos ya no están; otros han ido entrando y saliendo, pero se mantienen. Hay quienes han llegado para no salir nunca y hay quienes fueron muy importantes en una época. Todos estos nombres vienen en este momento a mi memoria.

El siguiente poema de Francisco Luís Bermúdez, que vi por primera vez en el despacho de un gran amigo, refleja muy bien la conclusión a la que llego.



El sentimiento que hoy me embarga es el agradecimiento… Y por eso canto alto y claro… “Gracias a la vida que me ha dado tanto”


lunes, 2 de julio de 2018

Lo que aprendí del perdón y la reconciliación

[He publicado esta entrada en el Blog de Inteligencia Emocional de Eitb el 02.07.2018]


Cuando a principios de año recibí la invitación de Manu Arrue, sj para participar en el proyecto las Escuelas de Perdón y Reconciliación (ESPERE) que la Compañía de Jesús quiere iniciar en el Loiola Zentroa del Santuario de Loiola algo me empujó a decir que sí, a pesar de que éste está siendo un curso especialmente duro con muchas clases, una asignatura nueva, etc. La formación inicial sonaba atractiva. Se nos decía que eligiéramos una herida que no estuviera muy sangrante para iniciarnos en la metodología. Se insistía en que no se trataba de una formación teórica sino de algo experiencial. Una conoce sus cicatrices y siempre queda la ligera duda de si están tan bien cerradas como crees… En cualquier caso, estoy convencida de que profundizar en el perdón es la mejor medicina…

Al acabar la formación inicial a quienes estamos dispuestos a acompañar talleres se nos dio la posibilidad de complementar la experiencia con un curso online de la Universidad Antonio Ruiz de Montoya . Cada lectura, cada vídeo, cada tarea ha aportado un granito. Me ha mostrado una cara sobre el tema. Me ha hecho plantearme o replantearme alguna cuestión. Voy a destacar aquí algunos de los principales aprendizajes para mí, o los que me resultan más relevantes en este momento vital. Me voy a centrar, sobre todo, en el perdón.  Sobre la reconciliación únicamente diré que no es posible sin el perdón. Son procesos diferentes y no se pueden forzar; el perdón no necesariamente lleva a la reconciliación pero sí es un requisito imprescindible.

El perdón no es un acto, un suceso, es un proceso, sobre todo con uno mismo. Exige tiempo, mucha valentía y sinceridad con uno mismo y con los demás. Al igual que sucede con el duelo no hay un tiempo estándar, no hay tiempos máximos ni mínimos. Depende de la persona, de la ofensa, de quien la ha infligido, del momento, de las circunstancias… de tantos factores… Y no siempre son los mismos ni en la misma medida… Me ha resultado muy enriquecedor escuchar o leer experiencias de personas que han sufrido ofensas muy importantes, han seguido su proceso y han logrado perdonar e incluso se han acercado a la persona ofensora.

Casarjian (s/f, p.56) nos da unas interesantes claves:  Perdonarnos a nosotros mismos es el proceso de: 1) reconocer la verdad; 2) asumir la responsabilidad de lo que hemos hecho; 3) aprender de la experiencia reconociendo los sentimientos más profundos que motivaron ese comportamiento y los pensamientos que hacen que nos sintamos culpables y continuemos juzgándonos; 4) abrirnos el corazón a nosotros mismos y escuchar compasivamente los temores y las peticiones de ayuda y valoración que hay en el interior; 5) cicatrizar las heridas emocionales atendiendo a esas peticiones de maneras sanas, amorosas y responsables, y 6) poniéndonos del lado del Yo y afirmando nuestra inocencia fundamental. Puede que seamos culpables de un  comportamiento determinado, pero nuestro Yo esencial es siempre inocente y digno de amor”. Somos personas dignas de amor, el amor es la clave. Y el amor empieza por el amor a uno mismo. Al decir esto pienso en una escena de la película Angel-AMira en el espejo, ¿qué es lo que ves?

Todas las ofensas son importantes porque han causado una herida. Una herida mal curada puede causar muchos problemas, aun siendo aparentemente muy pequeña. Ofendemos y somos ofendidos. Nos causan dolor y causamos dolor y no siempre es por maldad. Hay ocasiones en las que ni siquiera somos conscientes del mal que hemos hecho o de lo que ha supuesto para la otra persona. Las ofensas dejan cicatriz pero hay belleza en las cicatrices. Al fin y al cabo… qué es la belleza. Las personas más bellas, para mí, son aquellas que lucen sus cicatrices, sin exhibicionismo, sin rabia, sin rencor, con elegancia y serenidad.

Quien perdona es la víctima. Como dice Etxeberria (2001: 14): “Quien perdona, en su sentido más estricto, es, según se acaba de avanzar, la víctima, quien ha sufrido injustamente un daño (corporal, psíquico, simbólico-cultural o material) provocado intencionadamente por otra persona a la que, en genérico, llamaré ‘victimario’. Nadie puede perdonar a éste por delegación no otorgada, sustituyendo a quien ha recibido la ofensa “. Hay ofensas que son imperdonables porque son irreparables: el asesinato, la tortura, el genocidio, etc.

Hannah Arendt acuñó la expresión de la “banalidad del mal” haciendo referencia a que el mal es algo en lo que todos podemos caer; cualquiera puede cometer la brutalidad más tremenda, no es necesario un corazón cruel o unas intenciones perversas, basta con dejar de preguntarse y discernir.  Morgado Bernal (2018) añade una visión interesante, "acostumbrarse a vivir con el mal no necesariamente significa banalizarlo. Si así fuera, quienes vivimos en países desarrollados también lo haríamos al aceptar con cierta normalidad el estado de pobreza y calamidad en otras partes del mundo e incluso en nuestro propio entorno, pues no dejamos de tomar un café caliente con tarta de manzana en una cafetería porque haya un pobre mendigo muriéndose de hambre y frío junto a su puerta. Lo hacemos, no porque creamos que eso no es algo malo, sino porque remediarlo es algo que en general consideramos fuera de nuestro alcance".  

Perdón no es olvido. El perdón lo que nos trae es una nueva visión sobre los hechos y las personas. Para cambiar el relato hay que trabajar, además de con la memoria, con el pensamiento y las emociones. Y una vez más, para esto la clave es el amor. Me gusta mucho la viñeta de Gibi y Doppiaw (Autor: Walter Kostner) que abre este escrito. Para mí representa lo que es el perdón: transitar por el dolor para llegar al amor (a uno mismo y a los demás).

García Higuera (2010) señala unas etapas que hay que recorrer (puede que sea necesario volver hacia atrás y pasar de nuevo por alguna de ellas) para perdonar: 1) análisis y reconocimiento del daño sufrido; 2) elegir la opción de perdonar; 3) aceptación del sufrimiento y de la rabia; 4) establecer estrategias para autoprotegerse; y 5) una expresión explícita de perdón.

Para terminar, me quedo con uno de los primeros vídeos del curso “Perdonar. 7 mil millones de Otros”, en el que se muestran testimonios muy diversos de personas de diferentes países. Cada uno somos un mundo. A unos les cuesta más perdonar a otros menos. Todos tenemos heridas, todos causamos heridas. ¿Qué elijo yo aquí y ahora? ¿Perdono o alimento mi herida? ¿Me aferro a la rabia, la culpa, el miedo, la tristeza, etc. o me doy y doy una nueva oportunidad? ¿Estoy dispuesta a transitar por el dolor para llegar al amor?

Bibliografía

CASARJIAN, R. (s/f). Perdonar. Una decisión valiente que nos traerá paz interior. Recuperado de: http://200.111.157.35/biblio/recursos/Casarjian,%20Robin%20-%20Perdonar.Pdf
ETXEBERRIA, X. (2001).Sobre el perdón: concepciones y perspectivas.  Recuperado de: http://2001.atrio.org/FRONTERA/33/33-11-XABIER.pdf
GARCÍA HIGUERA, J. A. (2010). Perdonar y pedir perdón. Recuperado de:  http://www.psicoterapeutas.com/Tratamientos/perdon.html 
MORGADO BERNAL, I (2018). Rudolf Höss, comandante de Auschwitz, ¿cómo pudo hacerlo?  El País, 14 de junio. Recuperado de: https://elpais.com/elpais/2018/06/14/ciencia/1528968041_796407.html 



sábado, 2 de junio de 2018

El peso de la vida



[He publicado esta entrada en el Blog de Inteligencia Emocional de Eitb el 02.06.2018]

Recientemente he visto una película, Siete Almas (Seven Pounds), que me ha dado mucho que pensar. La sinopsis de FILMAFFINITY dice lo siguiente:
“Ben Thomas (Will Smith), un inspector de Hacienda de Los Ángeles, se pone en contacto con algunas personas para ayudarlas, pero las razones que lo mueven a actuar así son un misterio. Sin embargo, cuando conoce a Emily Posa (Rosario Dawson), una joven enferma investigada por hacienda y empieza a sentirse atraído por ella, sus inconfesables planes se tambalean”.
Quien no quiera que le ‘destripe’ la película que no siga leyendo (tengo fama de spoiler), aunque merece la pena verla en cualquier caso. El título original, Seven Pounds, parece que hace alusión a la obra El mercader de Venecia de Shakespeare.

El suicidio hoy en día sigue siendo un tabú porque supone el traspaso de muchas fronteras. Para empezar implica ir en contra de nuestra programación biológica de preservar la vida. Socialmente supone un cierto estigma, conlleva un silencio culpabilizante. Éticamente genera muchas preguntas. Legalmente tiene reconocimientos diversos… “El suicidio en España no está penado aunque sí lo está en otros países donde se considera a la persona como un bien o propiedad del Estado. Lo que sí está castigado por el Código Penal (CP) en su artículo (Art.) 143.1 y 2 es la inducción al suicidio (4-8 años de prisión) y la cooperación al suicidio, siempre que se haga con actos necesarios (2-5 años de prisión)” (Ministerio de Sanidad, Política Social e Igualdad, 2012, p.279).

Además, en torno al suicidio hay asociados muchos mitos y falsas creencias, como que es fruto de una enfermedad mental; que es hereditario; que no se puede prevenir; que la persona con una conducta suicida desea morir; que quien lo ha intentado nunca dejará de hacerlo; que quien habla de ello nunca lo realizará; que quien lo quiere hacer de verdad no lo contará; que es un acto de cobardía (o de valentía); etc. (Alastuey, 2015). Los medios de comunicación tienen una poderosa herramienta pedagógica social en este tema. “Por su influencia en la opinión pública, los medios de comunicación pueden ser una herramienta muy útil para la normalización a la hora de hablar de la muerte por suicidio, porque, en primer lugar, pueden ayudar a romper el tabú y la estigmatización que se crean tanto respecto a la persona que muere como en relación con sus familiares y entorno, así como para combatir estereotipos” (Consejo del Audiovisual de Cataluña, 2016).

El duelo por suicidio es muy complejo. Quienes sobreviven al suicidio, las personas cercanas, tienen que hacer frente a muchas emociones. Quizá lo más difícil de manejar sea, por un lado, la culpa y, por otro, la rabia. “Para los supervivientes, la aceptación tarda más en llegar. Y puede hacerse más evidente el estado de enfado y de rabia por no poder evitar la pérdida. Se buscan razones causales y culpabilidad, y es ahí donde puede aparecer la rabia, e instalarse; y quedarse…” (Tiana Sastre, 2017, p.4)

Seguramente es difícil aceptar que no siempre se puede evitar ni prevenir. “El suicidio es un acto individual, que forma parte de la conducta humana y que en muchas ocasiones desgraciadamente, no se puede evitar precisamente porque se produce por un acto voluntario y definitivo de la persona que lo acomete, se encuentre o no en un estado de claridad mental” (Alastuey, 2016, p. 10).

Todo lo relacionado con el principio y el final de la vida son los grandes temas de la bioética. Hay mucho debate al respecto. Diego Gracia, que es un gran referente en este campo, en una entrevista, a la pregunta de si llegado el caso de que le diagnosticaran na enfermedad degenerativa pediría ayuda para morir, responde que: “Las personas que lo piden me merecen el máximo respeto, siempre y cuando hayan tenido antes todos los medios para evitar el sufrimiento. Porque en cuidados paliativos se suele decir, y tienen bastante razón, que cuando una persona que sufre dice que quiere morir, lo que está diciendo es que quiere vivir de otra manera”.

Según DSAS (Después del Suicidio – Asociación de Supervivientes) “el suicidio es el resultado de un terrible sufrimiento emocional interno. Nadie quiere morir y los que mueren por suicidio tampoco, si hubieran encontrado otra salida en su mente a su sufrimiento”. Esta es la razón por la que he titulado esta entrada El peso de la vida, podría añadir y de la culpa. El protagonista de Siete Almas lleva un sufrimiento tal que la única salida que ve es ‘dar la vida’ a siete buenas personas como reparación de las siete muertes que ha causado por su negligencia al volante. Su acción puede ser cuestionable pero está claro que es fruto de una decisión meditada y planificada. Actúa en conciencia, haciendo lo que cree que debe de hacer… ¿quién puede juzgar esto?

Bibliografía


lunes, 7 de mayo de 2018

¡Tropezar no es malo! ¡Y caer no es peor!



[He publicado esta entrada en el Blog de Inteligencia Emocional de Eitb el 07.05.2018]

El pasado 24 de abril di una charla para el AMPA de un colegio que llevaba por título el que encabeza esta entrada. El mensaje central de la misma fue que no hay que tener miedo al error, al fracaso, ya que es lo que nos hace crecer y fortalecernos. Hay que aprender de los errores y de la frustración que nos genera no conseguir algo a la primera o tras varios intentos. Así se trabaja la resiliencia, la capacidad de salir reforzado de las dificultades.


Preparando la charla me encontré con un titular que da qué pensar: “Si su hijo pertenece a la Generación F (de flojos), la culpa es de usted”. Muchas veces los padres y madres sobreprotegemos a nuestros hijos e hijas, queremos evitarles sufrimientos y lo que les estamos haciendo es impacientes, intolerantes, poco flexibles, tendentes a la radicalidad, con baja tolerancia a la frustración… Les mantenemos dentro de una burbuja de cuidados que es irreal y puede ser dañina. Lejos de prepararles para el mundo les hacemos creer que son tan especiales que son muy frágiles. Muchos se sienten y actúan como si fueran el ‘centro del universo’. Es muy buena una parodia que hay en la red de una entrevista de trabajo a una millenial.

En el portal Faros dan algunas pautas que aquí releemos para desarrollar el hábito, la actitud, de tolerar la frustración que es como un músculo, se desarrolla con el ejercicio:
  • Dar ejemplo. Nuestros hijos e hijas aprenden más de lo que hacemos que de lo que decimos. Si nosotros actuamos con impaciencia o intolerancia ¿qué podemos esperar?
  • No darles todo hecho. Muchas veces es más fácil y rápido darles las cosas hechas pero así no les dejamos aprender. A mí me suele gustar decir que no hay otra forma de aprender responsabilidad que en la práctica. Libertad y responsabilidad son las dos caras de la misma moneda.
  • Educarles en la cultura del esfuerzo. Valoramos más aquello que nos ha supuesto un esfuerzo, aquello que hemos ‘sudado’. Cuando las cosas nos vienen dadas, ‘regaladas’, no siempre valoramos lo que suponen.
  • No excusarles permanentemente. Recuerdo que cuando mis hijos eran más pequeños en más de una ocasión me han pedido que les hiciera un justificante por una falta o por una tarea no realizada. En eso he solido ser tajante: “No, es tu responsabilidad y eso supone que tú respondes de ello. Si no has hecho/ido, asume las consecuencias. Como dice la canción: Acción, reacción, repercusión”.
  • No ceder ante sus rabietas. Ceder a una rabieta supone que el niño o niña te ha ganado la partida, y no es un buen aprendizaje sobre cómo se logran las cosas. No puedo evitar acordarme del genial anuncio de Vicks
  • Marcarles objetivos realistas y razonables. Los logros van generando confianza y seguridad en uno mismo. Por eso es importante que fijemos objetivos adaptados a la capacidad y madurez de nuestros hijos e hijas.
  • Convertir la frustración en aprendizaje. No hay emociones buenas o malas, todas nos dan una información importante para nuestro aprendizaje y crecimiento.
  • Enseñarles a ser perseverantes. La perseverancia es una gran virtud que forja carácter. Yo tengo una lema para mí que da nombre a mi blog personal, “Querer es Poder, Creer es crear”. Hay que tropezar y levantarse muchas veces para hacer algunos aprendizajes fundamentales.
  • Enseñar a identificar el sentimiento de frustración cuando aparezca. La clave de la inteligencia emocional, parafraseando a Mayer y Salovey, está en Identificar, Comprender, Usar y Regular las emociones propias y ajenas.
  • Enseñar al niño cuándo debe pedir ayuda. Es muy bueno hacer las cosas por uno mismo, ser autónomo; pero también es muy importante saber cuándo pedir ayuda porque nosotros solos no podemos enfrentar una situación o problema.
  • Enseñarle técnicas de relajación. Saber acallar el cuerpo y la mente es de gran ayuda cuando nos encontramos ante una situación adversa. Nos ayuda a pensar y actuar con mucha más claridad y serenidad.
Como educadores el gran legado que podemos dejar a nuestros hijos e hijas son raíces y alas. Nuestro amor incondicional y los valores que les transmitamos les servirán de ancla pero sin expandir sus alas no podrán seguir su propio camino.

Para terminar un extracto de una conferencia de Carles Capdevilla en el que nos habla de Educar con cinco sentidos (1. Sentido común; 2. Sentido del ridículo; 3. Sentido del deber / responsabilidad; 4. Sentido moral y 5. Sentido del humor).



lunes, 9 de abril de 2018

¿Ángeles? ¿Demonios?


[He publicado esta entrada en el Blog de Inteligencia Emocional de Eitb el 09.04.2018]


Me gusta mucho la obra de Escher que abre esta entrada. Encierra un gran simbolismo ¿Son ángeles o demonios? ¿Qué veo con mayor facilidad? Todo el espacio está cubierto tanto con unos como con otros; el límite de unos define los otros. Hay un tema al que le doy muchas vueltas, el de la maldad. Aparece de forma recurrente en las clases de Ética cívica y profesional que imparto. Recientemente he visto, por recomendación de una alumna, la serie de cuatro episodios del programa Tabú de Jon Sistiaga sobre la maldad. Se muestran sucesos de gran crueldad y se entrevistan a algunos de sus protagonistas. Son muy recomendables aunque he de reconocer que me han dejado un sabor de boca amargo… El ser humano es capaz de los mayores actos de bondad pero también de grandes maldades, y en ocasiones sin ningún atisbo de culpa. Y eso es inquietante…

Reproduzco aquí parte del testimonio de Miriam Lewin, superviviente de la ESMA (Escuela Mecánica de la Armada, que funcionó durante la última dictadura cívico-militar argentina –entre 1976 y 1983- como centro clandestino de detención, tortura y exterminio):
Jon Sistiaga – “¿Para ti la maldad es algo en lo que cualquiera de nosotros puede caer? Y peor ¿Es algo de lo que cualquiera de nosotros puede salir?
Miriam Lewin -  “A mí me pasó algo tremendo cuando fui liberada. Y digo liberada porque mucho tiempo después recién pude, como decía una compañera sobreviviente,  sacarme la capucha, ser realmente libre. Estar en el subterráneo en Buenos Aires mirar a los ojos a la gente y decir: ¿quién de todos estos será capaz de torturar? Y si me preguntás yo creo sinceramente que una buena parte de nosotros puede”.

Resulta perturbador pensar que cualquiera puede hacer daño. Pero eso no puede hacernos pensar que existe un gen de la maldad, que hay un determinismo. Existen perfiles de personalidad que parecen más proclives a actos de maldad y crueldad, como puede ser el que viene determinado por la triada oscura (o personalidad Tríope), aquel que combina maquiavelismo (visión calculadora, utilitarista de las relaciones), narcisismo (“personas egoístas, con un sentido egocéntrico del derecho y con una autoimagen positiva, aunque poco realista”) y psicopatía (personas hábiles para meterse en la piel de los demás, lo que hacen para sus propios intereses sin ninguna conciencia). Personas con esta triada oscura en su versión más extrema pueden llegar a convertirse en despiadados criminales; pero también se puede dar en versiones subclínicas, personas integradas que no cometen crímenes pero pueden causar mucho dolor.

Hace diez años escribí una entrada sobre este tema que titulé ¿Héroes o villanos?. Mantengo y me reafirmo en lo que allí decía. “Hay que trabajar desde todos los ámbitos en dos vías: 1) la capacidad de empatía y 2) la sensibilidad ética. Si perdemos o no tenemos suficientemente desarrollada la capacidad de empatía no podemos descubrir el rostro del otro, no vamos a ser capaces de ver en el otro una persona merecedora de respeto y acreedora de dignidad. Si yo descubro el rostro del otro difícilmente me voy a poder abstraer de su dolor y sufrimiento. Yo no puedo maltratar al otro si le veo como una persona que sufre y siente como yo. Y en cuanto a la sensibilidad ética, creo que es fundamental trabajar este aspecto para que a la hora de tomar decisiones y actuar nos preguntemos por la bondad o maldad de nuestras acciones, por cuál es la acción correcta. Muchas veces ni siquiera caemos en la cuenta de que algo está mal porque ni siquiera nos lo hemos planteado”.  A día de hoy añadiría un ingrediente: generar entornos, sociedades, en los que predominen valores positivos: el cumplimiento de las normas, la cooperación, la ciudadanía… Adolf Tobeña, Catedrático de Psiquiatría, habla de que en una sociedad entorno a un 5% de personas se dedican a hacer el mal sistemáticamente; entorno a un 20% no necesitan normas ni ojos que les vigilen; y el 75% restante hace en función de lo que ve, de lo que predomina [para ver el testimonio de este autor y otros expertos en el extracto que he realizado del programa de Jon Sistiaga, pincha aquí]. La educación emocional puede ayudar a desarrollar estos entornos positivos y hacer que las personas elijan teniendo en cuenta tanto la parte emocional como la racional.

Me resisto a quedarme con la banalidad del mal, frase acuñada por la filósofa Hannah Arendt. Prefiero cantar con Rozalén por todos los hombres y mujeres buenos… Me hace mantener la esperanza saber que hay personas que eligen ser ángeles porque no me vale el pseudoargumento, la difusión de la responsabilidad, “todos lo hacen, es lo normal”…
“Y el mundo está lleno de mujeres y hombres buenos.
Así que le canto a los valientes.
Que llevan por bandera la verdad.
A quienes son capaces de sentirse en la piel de los demás.
Los que no participan de las injusticias.
No miran a otro lado.
(…)
No le dedicaré más tiempo pues el mundo está lleno de mujeres y hombres buenos.
Así que le canto a los coherentes.
A los humildes que buscan la paz.
A los seres sensibles que cuidan de otros seres y saben amar.”



martes, 13 de marzo de 2018

Bailando con la soledad

[He publicado esta entrada en el Blog de Inteligencia Emocional de Eitb el 12.03.2018]

Esta entrada está inspirada por un vídeo que he visto recientemente del P. José María Rodríguez Olaizola, sj y que reproduzco al final.
Seguramente todas las personas en algún momento de nuestra vida hemos tenido momentos en los que hemos sentido una soledad no deseada, no buscada, con la que es difícil bailar. Hay sucesos, hay acontecimientos,  hay pérdidas que te dejan perpleja, sorprendida, desorientada… que te hacen desear que el mundo se pare. Es entonces cuando la soledad te golpea y puede llegar a dejarte fuera de combate, al menos por un tiempo. A medida que acumulamos vida, acumulamos buenos recuerdos, huellas imborrables de personas y hechos… y también cicatrices y heridas  que nos acompañan y nos hacen lo que somos. Una de mis heridas, quizá la más grande y la que me sacude recurrentemente, es la del rechazo y el abandono. Cuando era más joven me aterraba estar sola porque se avivaba mi herida. Con el tiempo he aprendido, como dice Robin Williams, que lo peor es estar con personas que te hace sentir sola, que no te acompañan, que no te apoyan porque eso te mina y te hace perder tu esencia.
También he aprendido, como dice el  poema Soledades de Mario Benedetti , que después de la alegría, la plenitud, el amor viene la soledad. En realidad pasamos mucho tiempo en soledad o, visto de otra manera, acompañados de la única persona que está todo el tiempo con nosotros… la persona que nos mira en el espejo cada día, y que es nuestra mejor pareja de baile.

Por muy rodeados de gente que estemos, nacemos solos y morimos solos. Esta es una realidad ineludible. Erich Fromm, en El arte de amar, decía que “la necesidad más profunda del hombre es, entonces, la necesidad de superar su separatidad, de abandonar la prisión de su soledad”.  El problema es que muchas veces hacemos auténticas tonterías y barbaridades para responder a esa necesidad, olvidándonos de la persona más importante en nuestra vida que somos cada uno de nosotros. Yo me he prometido a mí misma que no voy a mendigar cariño, ya que cuando lo he hecho nunca he recibido lo que necesitaba o deseaba.
Para terminar hago mías unas palabras del P. Rodriguez Olaizola. Para bailar con la soledad hay que escuchar la música. Hay que reconocer que no estamos solos, que lo que nos sucede a nosotros también lo viven otras personas. Hay que escuchar la voz de la vida. Todo, hasta lo más doloroso, nos habla de vida. Y hay que mirar al otro que es diferente, hay que escucharle, reconocerle y tenderle una mano. No podemos reclamar atención o ayuda de otros pero sí podemos ofrecer nosotros atención o ayuda, eso sí depende de nosotros. Yo estoy dispuesta a bailar con la soledad ¿y tú?


lunes, 12 de febrero de 2018

Sanar las heridas



[He publicado esta entrada en el Blog de Inteligencia Emocional de Eitb el 12.02.2018]

Recientemente recibí la propuesta para formar parte del primer núcleo de las Escuelas de Perdón y Reconciliación (ESPERE) que la Compañía de Jesús quiere iniciar en el Loiola Zentroa del Santuario de Loiola. La primera acción consiste en cuatro días de formación en Loiola. Como decía el correo: “Dicha formación comienza partiendo de la propia experiencia, por tanto trabajarás una herida personal, tanto personalmente como en pequeños grupos de 3 personas (a ser posible que no sean conocidas) en línea de curarla: perdonarse uno mismo-a y reconciliarse de un modo u otro. Se hará con total confidencialidad”.  Me atrajo la idea desde el primer momento. Llevo mucho tiempo dándole vueltas al tema del perdón. Cuando escribo esto he pasado la primera parte de la formación que se centra en el perdón y que abre la puerta a la reconciliación. Voy a compartir aquí algunas de las ideas que me llevo.

Algo que me ha costado es pensar qué herida quiero trabajar. Tengo ya muchas cicatrices en el cuerpo y en el alma. Quiero creer que ya están cerradas. No las olvido pero ya no duelen. Me da un poco de respeto hurgar en algunas de ellas. Sin embargo, es un reto que estoy dispuesta a asumir en este momento. Hace mucho escuché a un profesor, y se ha convertido en un lema para mí, “nadie da lo que no tiene”. En la medida en la que me quiera bien a mi misma, podré querer mejor a los demás.

Resuena en mí de forma especial en este momento este poema de Piedad Bonnett:
LAS CICATRICES (del libro Explicaciones no pedidas)
No hay cicatriz, por brutal que parezca,
que no encierre belleza.
Una historia puntual se cuenta en ella,
algún dolor. Pero también su fin.
Las cicatrices, pues, son  las costuras
de la memoria,
un remate imperfecto que nos sana
dañándonos. La forma
que el tiempo encuentra
de que nunca olvidemos las heridas.
Nos acompañan en la formación dos animadoras de ESPERE (Perú), Vanessa Custodio y Eva Boyle. La metodología del programa ESPERE fue premiada en el año 2006 por la UNESCO. “Las Escuelas de Perdón y Reconciliación ESPERE, son un proceso pedagógico en donde los participantes reinterpretan un acontecimiento doloroso de su pasado, inmediato o remoto, para superar el dolor y los sentimientos de rencor y venganza que limitan el goce de la vida. Esta propuesta permite superar la memoria ingrata del pasado, realizar procesos de justicia restaurativa y establecer pactos que garanticen la no repetición de las ofensas”.

La violencia (sea del tipo que sea) tiene unos efectos que en ESPERE se les llama, las Heridas de las tres “S”:

Cualquier ofensa o agresión  que recibimos (o infringimos) tiene repercusiones en nuestras emociones (lo que sentimos: tristeza, dolor, rabia, ganas de llorar, etc.), en nuestros pensamientos (lo que entendemos: “es injusto”, “me las va a pagar”, etc.) y en nuestras conductas (lo que hacemos: poner mala cara, castigar, agredir, contestar mal, ignorar, etc.). [Véase el ABC emocional del Albert Ellis]. En ESPERE se busca propiciar la educación emocional, aprender a decodificar correctamente teniendo en cuenta que hay emociones que facilitan la sanación y las relaciones (alegría, reconocimiento, compasión, etc.) y otras que las dificultan (rencor, ira, tristeza, etc.).

Si tuviera que dar mi propia definición de lo que es el perdón diría que es “un proceso de liberación y sanación que parte de una decisión personal”. Es muy importante entender que es un proceso. No es necesariamente un fin. Puedo empezar el proceso pero puedo no llegar. Es un proceso único, cada uno tiene sus tiempos y su recorrido. Es un regalo para mí que sana, libera y transforma. Me ayuda a restaurar el daño que me han causado, mitiga mi dolor. Es un proceso que se vive mejor  en un grupo que me apoye y me acompañe, en un grupo en el que cada uno vaya siguiendo su propio proceso. El perdón es una decisión, una actitud, una forma de vivir. Es una nueva forma de ver personas y hechos. Es un proceso de autosanación que hay que vivir. El perdón transforma nuestra mirada, busca una nueva narrativa que ayude a construir un nuevo relato. El perdón no está reñido con emprender acciones incluso legales, si fuera necesario.

El perdón y la reconciliación son dos procesos diferentes. El perdón es un proceso necesario para la reconciliación. En ESPERE se habla de tres tipos de reconciliación:
  • De coexistencia (a distancia, o con prudente distancia).
  • De convivencia (o próxima, en ella la cooperación y la solidaridad son posibles).
  • De comunión (en la que el amor renace y se profundiza la fraternidad).
No siempre es posible la reconciliación. Puede que la persona que cometió la ofensa muriera, que no se sepa dónde está, o que no quiera la reconciliación. En algunos casos no es aconsejable (porque no se dan las condiciones necesarias). En algunos casos quedará sólo la coexistencia.

Quiero acabar con una frase de los materiales que hemos recibido: “el objetivo del perdón es arrojar luz sobre los engaños, temores, juicios y críticas que nos han mantenido cautivos en el papel de nuestro propio carcelero”. El perdón es un acto de amor hacia uno mismo y es posible incluso en las circunstancias más duras, como muestra el siguiente vídeo.


jueves, 25 de enero de 2018

La apuesta por el corazón

[He publicado esta entrada en el Blog de Inteligencia Emocional de Eitb el 12.01.2018]

Recientemente he visto una película que me ha dado mucho qué pensar. Coco es una deliciosa película de Pixar que trata sobre el Día de Muertos (en 2008 la UNESCO inscribió estas celebraciones en la Lista Representativa del Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad).    Es imprescindible para quienes nos fascina la cultura mexicana, la música, el colorido, las costumbres… Me quedo con una frase que un personaje le dice a Miguel en el mundo de los muertos… “Si no queda nadie que te recuerda en el mundo de los vivos desapareces de este mundo”. Al principio pensé titular esta entrada “El miedo al olvido”, ya que es un tema que ha salido en varias conversaciones que he mantenido últimamente. Este año, por primera vez, me ha pasado al cumplir años (hace ya unos meses) que he tenido la certeza de que seguramente he vivido más que lo que me queda por vivir. Además, me he hecho plenamente consciente de que mis capacidades físicas empiezan a ir cuesta abajo. Se empieza a hacer realidad algo que me dijo hace tiempo una gran amiga, mi “tercera madre”: “Aran, cuando a partir de los 40 te aparece un dolor ya no se quita”. Y junto a todo esto aparece una gran pregunta que a todos nos surge en algún momento: “¿Qué he hecho en mi vida? ¿Alguien me recordará cuando ya no esté?”.

Tim Urban, en una magnífica charla TED titulada “En la mente de un maestro procrastinador”, explica cómo funciona la mente de una persona procrastinadora. En la charla dice que todos y todas somos procratinadores en algunos aspectos o en alguna medida. El problema es cuando no hay fechas límite, ya que entonces no aparece un personaje fundamental: el Monstruo del Pánico (remito a la charla). Hay muchas cosas fundamentales en la vida como la familia, hacer ejercicio, cuidar de la salud física y psicológica, empezar/acabar una relación, etc. que no tienen plazo y en las que postergar las decisiones o acciones tienen un alto impacto negativo en nuestra felicidad.

Esto me recuerda los cinco grandes arrepentimientos al final de la vida que señala Bronnie Ware, enfermera australiana especializada en trabajo con personas moribundas:
  1. “Ojalá hubiera tenido el coraje de hacer lo que realmente quería hacer y no lo que los otros esperaban que hiciera;
  2. Ojalá no hubiera trabajado tanto;
  3. Hubiera deseado tener el coraje de expresar lo que realmente sentía;
  4. Habría querido volver a tener contacto con mis amigos;
  5. Me hubiera gustado ser más feliz”.

Una amiga me recomendó un documental “ULU: Un Latido Universal”, que durante un tiempo se puede ver en internet. Como dice la página web del mismo “La película muestra en las pantallas un viaje, una experiencia, que permite ver y sentir algunas claves para los momentos de cambio y transformación de la actualidad. Desde una actitud creativa, en confianza, para transformar esta crisis, esta búsqueda de valor, en una historia de AMOR; tejida a través del guion inverso, donde todo transcurre a través de un hilo conductor”.  Es muy enriquecedor escuchar el testimonio de personas muy diversas, todas con un cierto recorrido vital, hablando de lo que significa y lo que implica vivir de acuerdo con lo que su corazón les dice. Hace tiempo escribí sobre la inteligencia intuitiva del corazón, y de cómo llegar a la coherencia global desde la coherencia individual.

A veces me pregunto qué supone trascender a la propia vida. La respuesta es cada vez más clara para mí. Supone dejar un mundo mejor, una huella positiva, realizar actos de amor concreto, transformarme y transformar mi mundo. Más que tener miedo al olvido debemos elegir el amor, que el amor guíe nuestras acciones y decisiones porque, parafraseando a S. Juan de la Cruz, “al atardecer de la vida me examinarán del amor “.