jueves, 3 de febrero de 2022

Altruismo y empatía

 

[He publicado esta entrada el 03.02.2022 en el Blog de Inteligencia Emocional de Eitb-desaparecido el 01.07.2024]

Llevo unos días en los que estoy dándole muchas vueltas al tema de la empatía y el altruismo. Me golpeó fuertemente una noticia con el titular: “El fotógrafo René Robert muere congelado en las calles de París tras una caída” (Bassets, 2022). René Robert, un fotógrafo suizo que se especializó en retratar a cantantes, guitarristas y bailaoras de flamenco, murió de hipotermia a los 85 años tras permanecer, a causa de una caída, 9 horas tendido en el suelo en una céntrica calle de París. La pregunta es inevitable, ¿cómo es posible? ¿Nadie se dio cuenta? ¿Nadie fue capaz de socorrerle? Unos días después, su amigo Michel Mompontet, periodista, en su editorial en la televisión pública decía: “Antes de dar lecciones y acusar a quien sea hay que responder a una pregunta que me incomoda: ¿estoy seguro al 100% (de) que si me viese confrontado a esta escena, un hombre en el suelo, me habría detenido? ¿Nunca me habría apartado de un sin techo que veo acostado ante una puerta? No poder estar seguro al 100% es un dolor que me persigue. Pero tenemos prisa, tenemos prisa, tenemos nuestras vidas, y apartamos la mirada” (Bassets, 2022). De este suceso nos hemos enterado porque René Robert no era una persona anónima y tenía en su entorno quien ha podido hacerse eco de las circunstancias de su muerte. Por cierto, quien llamó a los bomberos fue un sin techo del barrio que no quería que su nombre trascendiese. La prisa y la lejanía nos alejan de los otros, sobre todo, sin rostro; no nos duelen.

Afortunadamente, también hay hechos que hacen recuperar la fe en el ser humano. En 2014 en la ciudad de Perth un pasajero quedó atrapado entre el vagón y el andén y decenas de personas se unieron para empujar y liberarle (NTN24, 2014). Mas recientemente, varias personas, entre ellas dos inmigrantes, se lanzaron sin dudar a la ría de Bilbao para salvar a un hombre de 72 años que había caído a la misma tras desvanecerse. Uno de ellos explicaba ante las cámaras: “Gente que se está muriendo delante de mí… Si veo que puedo hacer algo para ayudarle, tengo que hacerlo” (Lasexta.com, 2021).

Boris Cyrulnik, reconocido neurólogo, psiquiatra, psicoanalista y etólogo francés explica muy bien cómo las personas que han sufrido mucho son muy sensibles al sufrimiento ajeno: “Cuando hemos vivido una tragedia, estamos a la defensiva. Necesitamos defendernos. Y cuando retomamos nuestra vida y sufrimos menos, muy a menudo, a la gente le nace un deseo altruista. Tienen ganas de ayudar a otros, porque saben lo que es el sufrimiento (…) El altruismo es un mecanismo de legítima defensa para combatir el dolor” (AprendemosJuntos, 2018). El altruismo y la empatía están muy relacionados; sin empatía no hay altruismo. Es necesario dolerse por el dolor ajeno para ponernos en acción, para actuar ante las injusticias, para aliviar el sufrimiento de otro ser humano. “La empatía es la capacidad de descentralizarse uno mismo para representar el mundo de otro. Los niños privados de afecto y los niños aislados sensorialmente, si no tienen a nadie, no pueden aprender empatía. Si solo se tienen a sí mismos, se balancean, se vuelven grises, se hieren, se dan cabezazos contra la pared, se mutilan en la adolescencia… Si no hay alteridad, uno mismo es su única alteridad. No hay altruismo porque no hay empatía debido a la carencia afectiva precoz, muy precoz. Hay pedagogía de la empatía: si creamos un entorno seguro para el niño, una vez se sienta seguro, aprenderá a descubrir al otro. Pero solo puede ocurrir si se siente seguro. Entonces se interesará por el otro e iniciará un proceso de altruismo” Boris Cyrulnik (AprendemosJuntos, 2018).

Creemos espacios seguros en los que poder desarrollar la empatía y el altruismo. Abramos la mirada, el oído y el corazón al resto de seres humanos, conocidos o sin rostro. Solo así la humanidad podrá seguir avanzando.


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domingo, 16 de enero de 2022

Busca tus recursos


[He publicado esta entrada el 16.01.2022 en el Blog de Inteligencia Emocional de Eitb-desaparecido el 01.07.2024]

El último mes ha sido bastante complicado para mí y no solo porque las Navidades son un periodo intenso. Además, se suma que han sido las primeras sin mi ama. He tenido diversas complicaciones y las emociones han estado como una montaña rusa. He tenido que hacer frente a muchas situaciones estresantes. Ahora que estoy más tranquila he estado recapitulando qué me ha ayudado en este periodo. Quiero destacar dos ‘recursos’: escribir y conversar.

Soy una firme convencida de los beneficios de escribir, que son muchos: emocionales y también sobre la salud física (Jarque, 2013). Hace un tiempo escribí una entrada respondiendo a por qué escribo un blog y en ella decía: “Cuando más he escrito ha sido en las encrucijadas. (…) Si dejo de escribir un tiempo lo echo de menos, y cuando lo retomo es como volver a casa, como encontrar de nuevo el rumbo” (Echaniz, 2020). En las formaciones sobre inteligencia emocional que solemos dar mi amigo Rogelio y yo solemos recomendar un ejercicio, el diario emocional:

Contenido: Durante 21 días seguidos apuntar a diario, al menos, dos emociones positivas (agradables) que se hayan vivido y la situación o hecho que las ha provocado. Es importante que sean situaciones concretas y que se intente atinar en la emoción vivida. Es recomendable hacerlo al final del día y recogerlo en un cuaderno. Al principio puede costar expresar la emoción porque el vocabulario emocional no suele ser muy amplio. Igualmente puede costar encontrar emociones positivas. Si esto sucede se pueden releer los días anteriores. La razón de hacerlo durante 21 días es porque se dice que es el tiempo mínimo necesario para desarrollar o cambiar un hábito.

Objetivo: Este ejercicio sirve para conocernos mejor; para ayudarnos a desarrollar nuestra inteligencia emocional; para conocer qué hechos y situaciones nos resultan agradables; para desarrollar nuestro optimismo, etc.

Variantes: Se puede realizar o poner en común con hijos/as; con la pareja; con personas de confianza…

El segundo recurso es conversar… sin cortapisas, sin límites, de forma profunda, a corazón abierto e incluso, aunque parezca una paradoja, también puede ser en silencio: con la mirada, con un gesto, fundiéndose en un abrazo reparador… Hay un concepto muy interesante de Marian Rojas-Estapé, psiquiatra y escritora, las personas vitamina: “El mejor antídoto al sufrimiento y al dolor es el amor. Es sentirse querido, es sentir que no estás solo. Esa sensación de soledad no buscada, esa soledad involuntaria, es una sensación terrible para la psique, para la mente y para el corazón. Por eso, en muchas ocasiones cuando uno está solo, tener a alguien, a una persona “vitamina”, una persona que te apoye… Una persona que te escucha, que no te juzga, que te entiende, a la que le cuentas algo y automáticamente te hace sentirte mejor… Que da igual que haga un año que no la veas, que sabes que con esa persona las cosas son mucho más sencillas” (AprendemosJuntos, 2021). Si algo me ha servido en este tiempo, y en muchos otros, son los encuentros y las conversaciones con mis personas vitamina. Son como un bálsamo para mí.

Busca tus recursos para los momentos difíciles. Te invito a reflexionar sobre quiénes son tus personas vitamina y a ser persona vitamina para otras personas. Y por qué no, a escribir lo que vives y compartirlo.

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jueves, 2 de diciembre de 2021

Carpe Diem… Este es el momento

 

A veces la vida se te complica en un instante (había pensado titular así esta entrada) y lo importante es tomar la decisión de no dejar que la situación te robe la paz. Además, también hay providencias que te hacen recuperar la sonrisa y te dan energía para continuar.

El domingo por la noche recibimos la llamada de que mi tía Montse, hermana de mi aita, se había caído y le bajaban al Hospital de Basurto en ambulancia. Ella vive sola en un pueblo de Burgos. Tiene 77 años, se quedó viuda hace 12 años y no tiene hijos. El lunes le operaron para ponerle una placa y unos tornillos y ayer le dieron el alta. Se va a quedar en mi casa el tiempo necesario para que se pueda desenvolver bien.

Ayer el día fue una locura. Vine a la universidad. Salí un momento para comprarle un pantalón de pata ancha. Di dos horas de clase. Fui corriendo al hospital para ayudarle a vestirse y montarnos en el coche (mi hijo Xabi había venido a recogernos). Ahí empezó la parte que ahora me parece chirene, pero ayer me causó mucha alteración.

Al llegar a casa nos encontramos con algunos obstáculos difíciles de superar. Y más estando bajo la curiosa mirada de tres mujeres que estaban haciendo un alto en su jornada laboral. Mi tía no sabía utilizar las muletas y se sentía muy insegura. Xabi y yo tampoco sabíamos qué hacer porque no quería que le agarráramos para no hacerle daño. El primer obstáculo fue salvar la acera. Ahí se quedó paralizada. Me acordé que en el maletero llevamos una silla plegable de camping de Ander (lo que habré despotricado por llevarla). La saqué, se sentó y con la ayuda de las tres mujeres que habían estado observando la escena (por cierto, digna de convertirse en un éxito de Instagram o TikTok) conseguimos entrar en el portal llevándola “a la silla de la reina”. Agradecimos la ayuda prestada y Xabi y yo seguimos llevándola en la silla. Llegó el siguiente obstáculo importante, los 7-8 escalones justo antes del ascensor. Era desolador, no podíamos seguir llevándola en la silla entre los dos. Todavía no me explico muy bien cómo, ella dijo que subía los escalones a gatas… y lo hizo. En el rellano volvimos a sentarla en la silla, subimos en el ascensor y llegamos hasta la puerta. Todavía nos quedaba llegar hasta el sillón de la sala. En ese momento me vino muy bien el truco de desplazar cosas pesadas con una alfombra.

Después llevé a Xabi a casa de sus aitites en coche, preparé la comida, participé en el Claustro de Facultad y me fui a hacer unos recados. Nunca me imaginé lo importante que puede ser para alguien una máscara de pestañas, un perfilador y una sombra de ojos… (“Cariño, por favor, tráeme estas cosas porque si me veo fea me voy a deprimir”).

Todavía faltaba un último obstáculo. Quien me iba a prestar una silla de ruedas me dijo que me la traería a casa, pero se le complicó la tarde y tuve que salir corriendo en coche para ir a recogerla… Afortunadamente, la silla es muy ligera y lo suficientemente estrecha para poder moverla por casa y atravesar las puertas. Qué bien nos hubiera venido por la mañana… Una gran providencia disponer de esta silla…

Otra gran providencia me ha llegado esta mañana. Después de los vaivenes de ayer hoy mis fuerzas no estaban al cien por cien. He recibido un correo que me ha hecho cambiar la mirada. Una amiga me regalaba un mensaje precioso con una canción que tenía olvidada…

Estos versos de Rosana me han hecho conectar con el aquí y el ahora. Me han recordado que este es el momento y hay que aprovecharlo… Sin duda, “llegaremos a tiempo”, y más cuando no estoy sola en esta situación complicada.

No te quedes aguardando a que pinte la ocasión
Que la vida son dos trazos y un borrón

[…]

Solo pueden contigo si te acabas rindiendo
Si disparan por fuera y te matan por dentro
Llegaras cuando vayas más allá del intento
Llegaremos a tiempo, llegaremos a tiempo

 

sábado, 13 de noviembre de 2021

Nos queremos mal

 

[He publicado esta entrada el 13.11.2021 en el Blog de Inteligencia Emocional de Eitb-desaparecido el 01.07.2024]

Recientemente he descubierto, gracias a una amiga, un poema que me ha llegado muy dentro porque de forma muy bella retrata con palabras algunas de las sombras de nuestra sociedad. Su autora, Patricia Benito, nacida en Las Palmas en 1978, pasó del casino (donde trabajaba como crupier) a dar recitales porque la poesía curaba su alma (ver entrevista aquí).  Si el texto es bello, recitado y acompañado de una danza de fondo me emociona hasta las lágrimas (ver el vídeo que acompaña a esta entrada).

Todo el poema me interpela, pero voy a reproducir y comentar los versos que más lo hacen:

No nos dejamos tiempo
para echarnos de menos,
y en los abrazos
ya ni cerramos los ojos.

Nos queremos mal.
Y rápido.

Como el conejo de Alicia en el país de las maravillas, nos pasamos la vida quejándonos de que no tenemos tiempo, sobre todo, cuando se lo robamos a aquello o aquellas personas que decimos que son lo más importante en nuestra vida. El tiempo de calidad es fundamental, pero la cantidad por supuesto que importa. Yo he descubierto esto a medida que mis hijos han ido creciendo y con ellos el reproche hacia mí misma: “Deberías haber pasado más tiempo con ellos”. Y el autorreproche aumenta al pensar en mis mayores que ya no están. Esto me recuerda los cinco arrepentimientos más comunes ante la muerte, según la enfermera de paliativos Bronnie Ware: 1) “Ojalá hubiera tenido el coraje de hacer lo que realmente quería hacer y no lo que los otros esperaban que hiciera”; 2) “Ojalá no hubiera trabajado tanto”; 3) “Hubiera deseado tener el coraje de expresar lo que realmente sentía”; 4) “Habría querido volver a tener contacto con mis amigos”; 5) “Me hubiera gustado ser más feliz”.  A veces, para vencer la desazón que nos produce no estar dedicando tiempo a lo que realmente importa pasamos de unas actividades a otras sin dejar espacio ni silencio para confrontar nuestra vida y sus vacíos.

Y qué decir de los abrazos… Cuando empezó la pandemia una de las cosas que más echábamos de menos eran los abrazos, el contacto. En una entrada anterior escribía: “Racionalmente sé que no se toca el corazón solo con la mano, que se puede saludar con el alma, que ya volverán los abrazos”. Me gustan los abrazos sostenidos, apretados, con los ojos cerrados… pero hay distancias que son, o al menos parecen, insalvables. Y más después de la pandemia. Parece que hemos cogido miedo a las distancias cortas.

Ciertamente nos queremos mal y rápido. No dedicamos la atención y el tiempo necesarios ni a nosotros mismos ni a aquellas personas con las que tejemos nuestras vidas y nuestros sueños. Vivimos mirando el pasado o poniendo nuestras esperanzas en un futuro que no sabremos si llegará. Y la clave es vivir en el aquí y ahora. Disfrutar de cada momento, de cada encuentro, de cada oportunidad y hacerlo desde el agradecimiento... Siempre estamos a tiempo… ¿Por qué no hacerlo?

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viernes, 8 de octubre de 2021

El dolor se aprende (y se puede desaprender)

 

El pasado 4 de octubre en la Universidad de Deusto se cubrió el aforo presencial del acto de presentación del documental “El dolor se aprende y se puede desaprender” [1]. Mucha gente lo seguimos en streaming. Estuvieron presentes varias de las personas protagonistas del mismo, entre ellas Arturo Goicoechea (Jefe de la Sección de Neurología del Hospital de Santiago de Vitoria hasta su jubilación en 2011), impulsor del Modelo del Error Evaluativo Neuroinmune.  

Veamos cómo define IASP (Asociación Internacional para el Estudio del Dolor) el dolor y seis apuntes claves sobre el mismo: “Una experiencia sensorial y emocional desagradable asociada o similar a la asociada con daño tisular real o potencial” [2] [3]

  • “El dolor es una experiencia personal influenciada en diferentes grados por factores biológicos, psicológicos y sociales”.
  • “El dolor y la nocicepción son fenómenos diferentes. El dolor no puede ser inferido solamente por la actividad de neuronas sensoriales”.
  • “Las personas aprenden el concepto de dolor a través de las experiencias de vida”.
  • “Si una persona manifiesta una experiencia dolorosa, esta debe ser respetada”.
  • “Aunque el dolor usualmente cumple una función adaptativa, puede tener efectos adversos sobre la funcionalidad y el bienestar social y psicológico”.
  • “Una de las maneras para expresar dolor es por la descripción verbal; la incapacidad para comunicarse no niega la posibilidad de que un humano o animal experimente dolor”.

La Sociedad Española del Dolor señala que el dolor es una experiencia humana universal que se produce 100% en el cerebro, con independencia de cómo se sienta o cuál sea su duración. El dolor crónico, que afecta al 20% de la población mundial, tiene más que ver con la sensibilidad del sistema nervioso que con cambios estructurales en el cuerpo. En estos casos es importante prestar atención a los pensamientos y creencias. Encontrar mecanismos que reduzcan el estrés y relajen el sistema nervioso contribuye al bienestar emocional y a reducir el dolor. La dieta y el estilo de vida también influyen (atención con la nutrición, el tabaco, el alcohol y los niveles de actividad). Reconocer emociones profundas puede ser parte del proceso de curación. También es fundamental la actividad física y la funcionalidad. Lo ideal es moverse en niveles cómodos y sin miedo, porque así el cuerpo no se protege con dolor y se van recuperando progresivamente los tejidos corporales. [4 - Este vídeo es muy recomendable]

“Tres son los mecanismos fisiológicos desde los que se presenta el dolor. El dolor nociceptivo es un dolor adaptativo, el que va ligado a los tiempos de curación que varían según la lesión y el tipo de tejido. El dolor neuropático es un dolor ligado a los nervios, que normalmente evoluciona bien, a pesar de ser intenso durante las primeras semanas/meses. El dolor crónico es el dolor que persiste en ausencia de lesión o a pesar de la curación de los tejidos (a partir de 6 meses/un año de duración)” [2]

Como señala Arturo Goicoechea, el dolor existe, no hay más que escuchar a las personas que lo sufren. Pero no siempre que hay dolor, hay enfermedad. Puede haber dolor sin daño y daño sin dolor. Esto no quiere decir que el dolor sea psicológico. Es necesario saber dónde y cómo se construye el dolor [5]. Sin embargo, como se puede ver en el documental, muchas personas con dolor crónico se habían sentido profundamente incomprendidas: “Nadie me daba una solución”, “Me decían que tenía que aprender a vivir con dolor”, “Llegué a no creer en mi cuerpo”. En el diálogo Arturo Goicoechea contó el caso extremo de una persona que le comentó que un médico le dijo: “Usted es una de esas pacientes que hacen que uno tenga ganas de tirarse por la ventana”.

Hay dos formas muy diferentes de conceptualizar el dolor crónico. La apuesta de Arturo Goicoechea, que está avalada por la Neurociencia, es que el cerebro no modula el dolor, sino que lo construye. “Hay profesionales que conceptualizan el dolor crónico como una enfermedad, ‘de origen multifactorial’. Otros defendemos la ‘no enfermedad’, el cerebro sano que gestiona un organismo razonablemente sano pero que lo hace desde un estado de alerta injustificado, disfuncional, es decir, equivocado” [6].

En el documental dan testimonio profesionales del ámbito de la salud (medicina de familia, fisioterapia, etc.) que han comprobado cómo personas que han participado en los cursos no solo han mejorado en la gravedad del dolor y la intensidad de los síntomas, sino que han mejorado su calidad de vida. Y llegan a afirmar: “Atiendo de forma diferente”, “Ya no puedo ejercer como antes”, “Hemos obtenido resultados mejores que ensayos clínicos”. 

También está el testimonio de personas que han sufrido dolor crónico por mucho tiempo y que han sido protagonistas de la mejora en su calidad de vida: “Ahora tengo un botiquín en forma de conocimiento”, “Cuando ahora aparece el dolor aprieto más”.

Cierro con las palabras que definen el propósito del documental y que aportan luz para muchas personas: “Nuestro propósito es abrir una puerta hacia la esperanza a los pacientes de dolor crónico, haciéndoles ver que este abordaje está funcionando. Era necesario abrir una ventana, plantar una semilla, aclarando siempre que son varias las sesiones necesarias para entenderlo, pero dejando claro que hay un hilo desde el que empezar a destejer y volver a tejer” [7].


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domingo, 19 de septiembre de 2021

Somos lo que podemos experimentar

 

[He publicado esta entrada el 19.09.2021 en el Blog de Inteligencia Emocional de Eitb-desaparecido el 01.07.2024]

Silencio… suena un metrónomo… Así comienza Los acordes de la Memoria, un documental de 114’ hecho desde el corazón y desde la cabeza, en el que se unen arte y ciencia y muestra la fuerza de esa unión. Gira en torno a 8 familias que comparten la experiencia de tener en su seno a una persona con alzhéimer. Cuenta con el testimonio y conocimiento de múltiples especialistas en música, artes escénicas, neurología, psiquiatría, geriatría, etc. Está producido por Raúl Madinabeitia y dirigido por Fernando Vera, quienes estuvieron presentes en el pase en Bilbao al que asistí y se prestaron a un coloquio posterior.

El documental gira sobre tres ejes fundamentales: la ciencia, la música y la Clínica Josefina Arregui de Alsasua (Diario de Navarra, 2021). Su intención es transmitir optimismo ante una enfermedad dura para quienes la sufren y quienes acompañan y que, como la mayoría de las enfermedades mentales, arrastra un fuerte estigma social.

La base del documental es el proyecto La música de tu historia cuyas conclusiones “se centran en el papel mediador de la música para promover espacios de expresión, creación, comunicación y colaboración, proporcionando experiencias estéticas y de convivencia muy enriquecedoras en el contexto de las personas con deterioro cognitivo. También ponen de manifiesto la capacidad de la música para promover no solo bienestar sino también el arraigo e identidad en las personas con demencia. De este modo, la música comunitaria se ha revelado como una herramienta muy eficaz para el bienestar emocional y la integración social de las personas que padecen Alzheimer y otro tipo de demencias, así como de sus cuidadores y familiares” (Lorenzo de Reizábal, 2020). Como señala Ricardo Insausti, Doctor en Medicina, neurocientífico y catedrático, este es un proyecto profundamente ético porque devuelve la dignidad a las personas.

Quiero destacar en estas líneas algunas de las ideas que he recogido sobre el alzhéimer y otras demencias y que provienen de algunos de los especialistas que participan en el documental, como son: Vicente Madoz, Psiquiatra, miembro fundador de la Fundación Argibide y cofundador de la Clínica Josefina Arregui;  Pablo Martínez-Lage, Neurólogo y Doctor en Medicina, del equipo científico de la Fundación CITA-alzhéimer; y Bárbara Pérez Peña, Médico Geriatra y Directora Clínica Josefina Arregui.

La autobiografía está formada por momentos, unos se verbalizan y otros no, que se van almacenando en nuestra memoria con unas etiquetas que ayudan a volver a acceder a los mismos. Las personas que desarrollan algún tipo de demencia van perdiendo esas etiquetas y tienen una gran dificultad para recuperar la información.

El alzhéimer supone un impacto profundo, tanto para la persona que recibe el diagnóstico como para su entorno. No es curable y tiene una progresión. Es importante un diagnóstico temprano y un enfoque positivo para planificar el futuro mientras se puede tomar decisiones, como la de hacer el testamento vital o dejar los asuntos importantes en orden. En las etapas iniciales también se puede intentar aminorar el deterioro funcional y para ello es importante trabajar afectivamente. Una gran tarea es la desestigmatizar esta enfermedad. Nadie tiene la culpa, son muchos los factores que influyen, no es algo que se elige.

Y otra gran y necesaria labor es el apoyo a las y los cuidadores principales. Es un proceso largo y que supone mucho desgaste. Entre estas personas se dan casos de depresión y angustia. Necesitan ser escuchadas y contar con apoyo para normalizar muchos sentimientos. Como expresa una familiar en el documental: “Cuando no está te das cuenta de que te ha ocupado todo”. La evolución de la enfermedad en parte va a depender de la persona que es la cuidadora principal. Es necesario que relativice la importancia de que la persona enferma reconozca su cara. Sería muy bueno que la persona cuidadora tuviera tiempo para escribir y compartir sus experiencias. El alzhéimer es un drama compartido, la persona enferma pierde los recuerdos y las personas cuidadoras (normalmente pertenecientes al entorno cercano) dejan de ser recordadas.

Me he dado cuenta con el documental, y al pensar en personas que sufren o han sufrido algún tipo de demencia, que me sobrecoge la mirada de estas personas porque muestra cómo han perdido la conexión con el mundo y con quienes les rodean. Su mirada es fría, vacía y no suele tener nada que ver con la mirada antes de desarrollar la enfermedad. Sin embargo, se ve claramente cómo con la música les cambia la cara, la expresión, y por un momento más o menos corto (o largo) se reconectan. Emocionar el cerebro de la persona con alzhéimer es el modo de estimularlo. Y la música lo consigue. La música no se borra, está grabada muy dentro de cada persona. Como reza el cartel del documental: “Somos aquello que podemos recordar experimentar” y la música es pura experiencia.

En varias ocasiones, antes de ver el documental, mi marido me ha dicho que si alguna vez su cabeza se desconecta le lea y le cante o le ponga música. Una gran intuición. ¡Qué bueno sería conocer los acordes de la historia de las personas que nos importan para poder tener siempre una ruta de conexión!

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domingo, 1 de agosto de 2021

Sobre los miedos que nos persiguen y atrapan

 

[He publicado esta entrada el 01.08.2021 en el Blog de Inteligencia Emocional de Eitb-desaparecido el 01.07.2024]

Hace ya unos cuantos años mi buen amigo Rogelio Fernández escribía en este blog una entrada titulada Miedos en la que en pocas líneas describía muchos de los miedos a los que nos enfrentamos en nuestra vida, bien de forma puntual o recurrente… Reproduzco aquí algunos de los que señalaba y que son “viejos conocidos” por los que más de una vez me he dejado atrapar y arrastrar: “Miedo a que descubran cómo somos realmente y miedo también a que no lo hagan nunca. Miedo a estar solos y miedo a comprometernos para siempre con alguien o con algo. Miedo a morir y a vivir (que no es otra cosa que envejecer, que crecer). […] Miedo de cambiar y también de no hacerlo. Miedo de mirarte profundamente y hacerte responsable de lo que ves”.

La cantante, compositora y comunicadora Sheila Blanco, en Pájaros negros (recomiendo vivamente escuchar la canción), transmite de una forma desgarradora qué son los miedos. Como ella misma dice en la descripción del vídeo: "Los pájaros negros son una metáfora de mis miedos. Miedos que de pronto me abordan y se me agarran por dentro. El miedo, ese sentimiento que brota libremente y aprisiona. En este poema están concentrados el vértigo y la incertidumbre que siento en ocasiones a la hora de mostrarme, que es lo que para mí supone enseñar algo que he creado. Gracias a la admiración que tengo hacia estas autoras [las poetas del 27] y a lo tremendamente inspiradoras que han sido todas ellas para mí, he logrado, al menos por unos instantes, espantar a esos pájaros negros". El estribillo de la canción es tremendamente gráfico: 

Ahí vienen los pájaros negros a picotearme.

Ahí vienen los pájaros negros a pisotearme.

Ahí vienen graznando sus gritos a perturbarme

que se haga la luz y el silencio a salvaguardarme.

Esos “pájaros negros” que cada uno tenemos y que nos sobrevuelan y perturban seguramente nunca van a desaparecer y se pueden manifestar de formas diferentes a lo largo de la vida, como me dijo una psicóloga hace muchos años. Lo que tenemos que hacer es aprender a vivir con ellos y a no dejar que nos paralicen. Si algo he aprendido en esta pandemia es que vivir desde el miedo es no vivir, sobre todo, porque nos aleja del contacto con los demás y nos desconecta de las relaciones. Pero vivir de espaldas al miedo tampoco es lo más aconsejable. El miedo nos da información, nos prepara para responder a una situación que percibimos como peligrosa. Aunque hay muchos miedos que nuestra mente construye y alimenta y que no son reales. El miedo nos puede llevar a ‘lugares’ no deseados.

En el Episodio I La Amenaza Fantasma de StarWars, Yoda le dice una frase memorable a Anakin Skywalker: “El miedo es el camino hacia el lado oscuro. El miedo lleva a la ira, la ira lleva al odio, el odio lleva al sufrimiento. Percibo mucho miedo en ti”. Jorge Drexler en su canción La Guerrilla de la Concordia (bonito oxímoron) señala que: “El odio es lazarillo de los cobardes”.

¿Cuál puede ser el antídoto del miedo? Creo que el mejor para ese miedo que nos puede llevar al lado oscuro es el amor. Por eso, siguiendo el consejo de Jorge Drexler, “¡Armémonos de valor, hasta los dientes! El miedo salió de su fosa y hoy ¡amar es cosa de valientes!”.

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martes, 27 de julio de 2021

¿Es posible un gobierno sin corrupción?

 

[Elaborado a partir de la intervención en el debate con el mismo título organizado por el Centro de Pensamiento Verde (Colombia) el 17 de junio de 2021. Publicado previamente aquí]


En primer lugar voy a clarificar el lugar desde el que voy a hacer mi intervención. Voy a hablar  desde la experiencia como docente durante más de veinte años de la asignatura “Ética cívica y  profesional”,  presente  en  todos  los  grados  de  la  Universidad  de  Deusto,  universidad  jesuita  fundada en 1886 en Bilbao (ciudad del País Vasco, en el Norte de España).

Una primera idea que suelo trasladar al alumnado es que para actuar éticamente en primer lugar  hay que distinguir entre lo que está bien y lo que está mal. Pero eso solo no basta. Hay que  elegir hacer lo que está bien. En muchas ocasiones realizamos acciones que sabemos que están mal, que  no  son correctas y  somos conscientes  de las consecuencias que  pueden  tener, que  pueden ser incluso de tipo penal. Como señala la filósofa Victoria Camps “¿Por qué es tan difícil  que la ley moral dirija efectivamente nuestras vidas? ¿Por qué, entre las numerosas razones que condicionan  la  conducta,  las  razones  éticas  cuentan  tan  poco?  Hay  una  respuesta  sencilla  y  rápida a estas preguntas y es la siguiente: no basta conocer el bien, hay que desearlo; no basta  conocer el mal, hay que despreciarlo. Si la respuesta no es equivocada, de ella se deduce que el  deseo  y  el  desprecio,  el  gusto  y  el  disgusto  son  tan  esenciales  para  la  formación  de  la  personalidad moral corno lo es la destreza en el razonamiento” (Camps, 2011, p. 13). Como bien  señala  el  Dr.  Jonatan  Caro  hay  mucha  diferencia  entre  ser  ético,  parecerlo  y  sentirlo (Universidad de Deusto, 2020). [Animo también a ver el vídeo de la Dra. Begoña Arrieta en el que se  explican dos conceptos diferentes, pero relacionados: ética y moral (Universidad de Deusto, 2021)].

Otro elemento importante a tener en cuenta es que cuando hablamos de ética, hablamos no de  cómo las cosas son, sino de cómo deberían ser. Es evidente que vemos muchas situaciones que  van en contra de la ética, muchas personas que no cumplen las normas, pero eso no justifica  que actuemos mal. Hace muchos años en una conferencia escuché una frase que he convertido  en un lema de vida: “El bien es bien, aunque nadie lo practique; el mal es mal, aunque todos lo  hagan”. Además, siempre nos movemos en dos, por así decirlo, niveles: 1. Ética objetiva, los  principios generales, universales, válidos para  todas las personas que habrá que aplicar a las  situaciones concretas; 2. Ética subjetiva. Los principios los tienen que aplicar las personas (por  eso  subjetiva,  de  sujeto).  Desde  este  punto  de  vista  la  conciencia  es  la  instancia  última  de  moralidad. Lo que determina que actuemos bien es que actuemos conforme el juicio de nuestra  conciencia. Si hacemos lo que nuestra conciencia nos dice estamos actuando bien, y si vamos en  contra estamos actuando mal. Por eso es fundamental formar y fundamentar nuestra conciencia  para integrar los principios y normas de la ética objetiva.  

Arantza Echaniz Barrondo es profesora en materias de Economía, Empresa, Ética y Comunicación, entre otras, en la Universidad de Deusto (España). Asimismo, es Coordinadora del Grado en Turismo y Coordinadora de Innovación Docente de la Facultad de Ciencias Sociales y Humanas.. Pertenece al equipo de investigación EDISPe (Desarrollo Social, Economía e Innovación para las personas). Colabora habitualmente en las tertulias de Radio Popular, es coordinadora y coautora del Blog de Inteligencia Emocional de Eitb (Radio Televisión Vasca) y es Asesora externa de la Comisión de Ética y Buen Gobierno del Ayuntamiento de Bilbao.

Con todo lo anterior quiero insistir en la importancia de la formación ética ya que la ciudadanía  elige a sus gobernantes y estos influyen en la ciudadanía y son modelo de actuación. Como  2  señalan (Benedicto y Morán, 2002, p.6): “el funcionamiento de la ciudadanía no es una cuestión  que  solo interesa a intelectuales y especialistas en la materia,  sino que  debe incorporarse al  debate político, dada su trascendencia en múltiples aspectos de la vida social y la disparidad de  enfoques que existen sobre el mismo”. La corrupción deteriora las instituciones y las sociedades  y sus efectos son malos para la ciudadanía y muy difíciles de revertir. Cabría preguntarse por  qué,  entonces,  la  ciudadanía  no  siempre  sanciona  la  corrupción. Parece  que  hay  diversas  razones: 1) desconocimiento de dicha corrupción; 2) sesgo político del votante (doble rasero de  medida entre lo que hacen los “míos” y los “otros”); 3) consideración de la misma como un mal  menor  (hay  corrupción,  pero  al  menos  se  hacen  cosas  por  la  sociedad);  4)  clientelismo,  amiguismo, es decir, compra/venta de favores indebidos (Jiménez González y García Galindo,  2020). 

Un pequeño apunte sobre la corrupción. Cuando se habla de ética de las profesiones se hace  una  distinción  entre  bien  interno  y  bienes  externos.  “Las  categorías  de  bien  interno  y  bien  externo se las debemos a MacIntyre. El contexto de dicha distinción se sitúa dentro de lo que él  llama  “práctica”  (“cualquier  forma  coherente  y  compleja  de  actividad  humana  cooperativa,  establecida socialmente, mediante la cual se realizan los bienes inherentes a la misma mientras  se intenta lograr los modelos de excelencia que le son apropiados a esa forma de actividad”).  Bien interno hace referencia a la realización del bien intrínseco de la profesión: hacer el bien.  Bienes  externos  son  aquellos  beneficios  extrínsecos  y  adicionales  de  la  profesión (enriquecimiento,  reconocimiento, etc.).  Cuando  prima el  segundo  sobre el  primero  se  da la  corrupción. Existe la tentación permanente de dar prioridad a los bienes externos. Cuando esto  ocurre se desvirtúa el ejercicio profesional” (Echaniz y Pagola, 2004, p. 77). El bien interno de  una  profesión  es  aquello  único,  esencial,  valioso  que  legitima  la  profesión  y  le  da  sentido.  Podríamos decir que el bien interno de la profesión política, de forma genérica, es la gestión  de  lo  público  y  del  bien  común  atendiendo  al  principio  de  justicia.  “La  corrupción  política,  entendida  como  utilización  espuria,  por  parte  del  gobernante,  de  potestades  públicas,  en  beneficio propio o de terceros afines y en perjuicio del interés general, es un mal canceroso que vive en simbiosis con el sistema democrático, a pesar de ser teóricamente incompatible con el  mismo,  y  que  debe  preocupar  muy  seriamente  a  todos  los  demócratas,  ya  que  corroe  los  cimientos de la democracia, en tanto que elimina la obligada distinción entre bien público y bien  privado,  característica  de  cualquier  régimen  liberal  y  democrático”  (Urquiza,  José  Manuel,  2018). Es importante señalar que existe corrupción en todos los ámbitos de la vida y en todos  los niveles. Normalmente la corrupción empieza a una escala pequeña y en la medida que no se  conoce o no se sanciona se va ampliando.  

Hace unos años leí un interesante libro en el que su autor, Gelinier (1991), presentaba los que a  su entender eran los “Factores para organizar la ética empresarial”. En primer lugar, señalaba la  importancia  de Desarrollar ética personal y  reconocida de los  dirigentes. La integridad de las  personas en puestos de dirección, por un lado, condiciona la actuación de las personas a su cargo  y,  por  otro,  se  refleja  en  las  decisiones  y  actuaciones.  La  integridad  exige  un  alto  grado  de  desarrollo personal y que se muestre y demuestre en el actuar diario. Un segundo factor sería  Conjugar ética y estrategia. Insiste mucho en la idea de que ética y estrategia no son opuestas,  sino  que  se  complementan.  Al  formular  la  estrategia  se  tienen  que  tener  presentes  dos  vertientes:  Prohibiciones  (hay  que  dejar  claro  qué  acciones  no  están  en  consonancia  con  la  misión,  visión  y  valores  de  la  organización)  y  también  es  muy  importante  señalar  valores  positivos con los que la organización se compromete. En último lugar destaca la necesidad de  Organizar la ética interna de la empresa. El objetivo de esto es prevenir fallos éticos, evitar la  corrupción de la organización. Para ello anima a elaborar una Carta Ética  (o también llamado  3  Código Ético o Código de conducta) que debería incorporar los siguientes elementos clave: 1) El  compromiso firme de la dirección; 2) Reglas éticas, normas y principios a seguir; 3) Mecanismos  para la detección de  fallos y 4) Sanciones ejemplares y disuasorias. De aquí se podrían sacar  algunas interesantes conclusiones para el ámbito de la política. Es fundamental garantizar la  integridad de la clase política, tanto en el momento de la elección, como durante el ejercicio de  los cargos. Debe haber un compromiso institucional para perseguir y sancionar la corrupción.  Una  herramienta  que  puede  ser  útil  son los  códigos éticos. Es  importante  que en la  función  pública existan normas claras,  transparentes y que  se apliquen para evitar la corrupción y el  deterioro de las instituciones. Un ejemplo de código de este tipo sería el Código de Conducta,  Buen  Gobierno  y  compromiso  con  la  Calidad  Institucional  del  Ayuntamiento  de  Bilbao,  que  conozco por mi pertenencia a la Comisión Ética de dicho ayuntamiento.  

Me  gustaría  terminar  con  una  llamada  a  la  ética,  como  vía  para  evitar  la  corrupción.  Y  si  todavía alguien se pregunta para qué sirve  responderé con unas palabras de Adela Cortina  (2013, p.178): “Para aprender a apostar por una vida  feliz, por una vida buena que integra  como  un  sobreentendido las  exigencias  de la justicia y abre  el  camino a la  esperanza”. [En  Echaniz Barrondo (2014) se puede leer una pequeña recensión sobre el mencionado libro].

Referencias

lunes, 7 de junio de 2021

Hacer lo correcto


 [He publicado esta entrada el 07.06.2021 en el Blog de Inteligencia Emocional de Eitb-desaparecido el 01.07.2024]

El primer paso para hacer lo correcto es distinguir entre lo que está bien y lo que está mal, pero hay otro paso que es más complicado, elegir lo correcto. Como señala Victoria Camps: “Sólo el conocimiento del bien y del mal no basta. Hace falta el deseo de hacer el bien y un rechazo del mal. Y eso es algo emotivo, sentimental. La parte más animal nos lleva a seguir el deseo. Está claro en los niños, que se inclinan constantemente por satisfacer sus deseos. Para cambiar eso hace falta educación. Eso es el gobierno de las emociones” (Arroyo, 2012).

Vamos a centrarnos en el ámbito de las organizaciones [las argumentaciones podrían extenderse al ámbito personal]. Podemos encontrar distintas razones para comportarse éticamente. Quizá la más lógica es que si el comportamiento no ético fuera la norma, se daría una importante disfunción. Las relaciones económicas necesitan una base de confianza para desarrollarse. Habría también otras motivaciones (que podemos ordenar de menor a mayor idoneidad, de menor a mayor calado ético): 1) Verificación de la bancarrota. A veces, no hay como ver las barbas de tu vecino cortar para poner las tuyas a remojar. Ser testigo de la quiebra de otras organizaciones por actuaciones incorrectas puede ser un buen factor disuasorio; 2) Miedo a las sanciones legales, aunque no siempre funciona porque hay situaciones en las que haciendo un cálculo utilitarista puede resultar ‘más barato’ pagar una multa o sanción; 3) Miedo a la “mala imagen”. Esta razón cobra mucha fuerza en un mundo globalizado en el que la imagen y la reputación puede verse dañadas fácilmente; 4) Conciencia de alteridad. La conciencia de la existencia de un otro y de los efectos que sobre esa persona o grupo pueden tener nuestras acciones nos harán comportarnos de una manera u otra. Recordemos la conocida regla de oro: “No hagas a los demás lo que no quieres que te hagan” o “Haz a los demás lo que quieras que te hagan”; 5) Conciencia de solidaridad, que es la respuesta a otros anónimos, a la sociedad, a la humanidad en su conjunto, presente y futura.

Tanto en el ámbito personal como en el profesional constantemente nos enfrentamos a dilemas éticos, situaciones en las que nos preguntamos qué deberíamos hacer, qué es lo correcto. Y cuando nos surge la pregunta y queremos actuar bien es imposible el automatismo. Tenemos que valorar la situación y todo lo que la rodea. Gellerman (1986) se pregunta ¿por qué se da una suerte de esquizofrenia ética? ¿Por qué personas que en su ámbito personal son consideradas buenas en el ámbito profesional realizan acciones que no son éticas? Su respuesta es que detrás dicha actuación hay una o varias de las siguientes racionalizaciones: 1) La acción está dentro de los límites éticos y legales; 2) Redunda en beneficio del individuo o la organización; 3) Nunca se descubrirá; 4) La organización perdonará, e incluso “dará la cara”. Gellerman (1986) concluye apelando al principio de prudencia: “En caso de duda no lo hagas”.

A esa misma conclusión llegan Blanchard y Peale (1989), en un libro cuya lectura recomiendo, con su chequeo ético. Ante una situación en la que surge la pregunta sobre qué es lo correcto invitan a hacerse, de forma secuencial, tres preguntas: 1) ¿Es legal? Si lo que voy a hacer no es legal tiene muchas probabilidades de no ser ético (lo que no quiera decir que todo lo legal sea ético, eso da para otra entrada); si es legal, pasamos a la siguiente. 2) ¿Es equilibrado (pensando tanto en el corto como el largo plazo)? ¿Se da un reparto equilibrado de costes y beneficios? ¿Atenta de forma severa contra alguna persona o grupo de interés? Si vemos que es una acción equilibrada pasamos a la última. 3) ¿Cómo me sentiré? Esta pregunta apela a la conciencia. ¿Me importaría que se enteraran mi familia, mis amigos, etc.? ¿Qué ocurriría si lo que he hecho fuera conocido públicamente? Si nuestra decisión pasa también esta tercera pregunta, en principio, no tendría que haber problemas. No obstante, en caso de duda… mejor no hacerlo.

Recientemente he visto una película basada en hecho reales, Milagro a Medianoche, que narra cómo los daneses salvaron a un gran número de personas judías de ser deportadas a los campos de concentración nazi. Una misión tan heroica como peligrosa.

Son impactantes los mensajes de las últimas escenas. En una de ellas un integrante del partido nazi en Dinamarca­­­­­­, que es quien avisa de que van a detener a los judíos, dice: “Es fácil perseguir rostros anónimos, pero estas personas no son anónimas para mí… Mi deber era capturarlos, pero un hombre vive consigo mismo durante mucho tiempo. Y si está en su mano hacer algo para mitigar el dolor en este mundo debe hacerlo”. Y el mensaje final: “En unas pocas semanas más de 7.000 judíos fueron escondidos y llevados a Suecia. Solo 464 fueron capturados. La mayoría sobrevivieron. Cuando volvieron a Dinamarca, los que habían huido encontraron que sus hogares y negocios habían sido cuidados por buenos amigos y vecinos. Atendieron a sus mascotas. Cuidaron sus jardines. En cada idioma y religión ser humano es amar a tu prójimo. Se dice que los daneses demostraron gran valor en aquella ocasión. Pero creo que todos sentimos que lo que hicimos era lo normal. En unos años en los que el mundo estaba sumido en la locura, nosotros nos libramos de ella”.

La fotógrafa Judy Glickman Lauder, que refleja estos hechos en su libro Más allá de las sombras, señala: “El estudioso del Holocausto Raul Hilberg observó que la vida bajo el régimen nazi redujo a todos a una de tres categorías: perpetrador, víctima o espectador (…) Pero hubo excepciones a la regla de Hilberg: excepciones pequeñas pero importantes de personas y comunidades que no fueron ni perpetradores ni víctimas, y que se negaron a ser  espectadores” (véase el artículo de Fiona Macdonald). Da esperanza ver que hay personas que son capaces de superar el miedo y otras barreras y hacer lo correcto. La solidaridad es una fuerza muy potente que transforma a las personas y hace del mundo un lugar mejor.


Bibliografía

martes, 4 de mayo de 2021

El peligro del poder

 

Situación: Martes, 4 de mayo, sobre las 20:15. Autobús línea 75 con unas 30 personas dentro. Se acerca a la parada de Pedro Martínez Artola 2, junto a la Comisaría de la Ertzaintza de Zabalburu precedido por una furgoneta de este cuerpo.  Frente a la comisaría hay varios coches patrulla aparcados y la furgoneta maniobra a su derecha, invadiendo la parada e iniciando una maniobra de aparcamiento marcha atrás. El autobús tiene que frenar bruscamente al no poder librar ni la furgoneta, ni el coche patrulla aparcado a su derecha. Un ertzaina se acerca al conductor y le dice que rebase a la furgoneta para poder aparcar. El conductor, en un tono amable, le dice que no puede hacerlo porque puede golpear a uno de los coches patrulla o a la furgoneta. El espacio es muy justo para el autobús, a la derecha tiene los coches patrulla y a la izquierda el murito de la entrada al parking. El agente empieza a subir el tono y a imponer su autoridad con unas formas inapropiadas. Tres agentes más salen de la furgoneta y uno de ellos ordena al conductor del autobús que abra la puerta y le increpa repitiendo las instrucciones del primer agente. El conductor se contiene e insiste en que es más fácil que la furgoneta suba un poco más arriba (también podría haberse metido en la entrada del parking y luego continuar la maniobra). El conductor, impotente, acaba haciendo lo que el agente le dice y consigue pasar. El pasaje está alterado, las personas en la parada también son testigos de la situación. El conductor antes de abrir la puerta en la parada pide en voz alta al pasaje si alguien le puede dejar sus datos. Me apresuro a darle los míos y los de mi marido y otra persona deja también los suyos. De pie, vuelve a preguntar si alguien más le da los datos y nadie responde.

Escribo estas líneas movida por la indignación y la solidaridad. Indignación por varias razones. En primer lugar, porque ha sido una situación clara de mal uso del poder. El hecho de llevar uniforme no legitima para hacer cualquier cosa. Pertenecer a un cuerpo de policía da mucho poder y parafraseando a Spiderman: “Todo poder conlleva una gran responsabilidad”. El Código Deontológico de la Policía del País Vasco (Ley 4/1992, de 17 de julio, de Policía del País Vasco) señala que “El servicio público de policía se ejercerá con absoluto respeto a la Constitución, al Estatuto de Autonomía y al resto del ordenamiento jurídico, y al mismo incumbe cumplir los deberes que le impone la Ley, sirviendo a la comunidad y protegiendo a todas las personas contra actos ilegales que impidan el libre ejercicio de sus derechos y libertades (…)  Los miembros de la Policía del País Vasco actuarán con absoluta neutralidad política e imparcialidad, y evitarán cualquier práctica abusiva o arbitraria”. En esta actuación he visto poco servicio y mucha arbitrariedad. En segundo lugar, porque he percibido también cierto corporativismo (RAE: En un grupo o sector profesional, actitud de defensa a ultranza de la solidaridad interna y los intereses de sus miembros). El resto de agentes presentes lejos de mediar y ayudar a solucionar la situación han apoyado a su compañero. Una mala actuación profesional va en demérito de la profesión que se ejerce y puede dañar la imagen pública y la confianza de la ciudadanía. En tercer lugar, por la falta de compromiso e implicación de las personas presentes. Quienes abusan de su poder se alimentan del miedo y del silencio cómplice de muchas personas. Martin Luther King decía: "No me preocupa tanto la gente mala, sino el espantoso silencio de la gente buena".

En esta situación en mí ha podido más la solidaridad con la persona víctima de la situación, en clara inferioridad de poder. Podía sentir la rabia contenida del conductor ante la injusta situación. Su impotencia, su búsqueda casi infructuosa de apoyo, su decepción ante el silencio… ¿Quién nos asegura que un día no vamos a ser las víctimas en una situación así? Siempre es bueno recordar la regla de oro: “Haz a los demás lo que quieras que te hagan” / “No hagas a los demás lo que no quieres que te hagan”.