[He
publicado esta entrada el 16.01.2022 en el Blog de Inteligencia Emocional de
Eitb-desaparecido el 01.07.2024]
El último mes ha sido bastante complicado para mí y no solo porque las Navidades son un periodo intenso. Además, se suma que han sido las primeras sin mi ama. He tenido diversas complicaciones y las emociones han estado como una montaña rusa. He tenido que hacer frente a muchas situaciones estresantes. Ahora que estoy más tranquila he estado recapitulando qué me ha ayudado en este periodo. Quiero destacar dos ‘recursos’: escribir y conversar.
Soy una firme convencida de los beneficios de escribir, que son muchos: emocionales y también sobre la salud física (Jarque, 2013). Hace un tiempo escribí una entrada respondiendo a por qué escribo un blog y en ella decía: “Cuando más he escrito ha sido en las encrucijadas. (…) Si dejo de escribir un tiempo lo echo de menos, y cuando lo retomo es como volver a casa, como encontrar de nuevo el rumbo” (Echaniz, 2020). En las formaciones sobre inteligencia emocional que solemos dar mi amigo Rogelio y yo solemos recomendar un ejercicio, el diario emocional:
Contenido: Durante 21 días seguidos apuntar a diario, al menos, dos emociones positivas (agradables) que se hayan vivido y la situación o hecho que las ha provocado. Es importante que sean situaciones concretas y que se intente atinar en la emoción vivida. Es recomendable hacerlo al final del día y recogerlo en un cuaderno. Al principio puede costar expresar la emoción porque el vocabulario emocional no suele ser muy amplio. Igualmente puede costar encontrar emociones positivas. Si esto sucede se pueden releer los días anteriores. La razón de hacerlo durante 21 días es porque se dice que es el tiempo mínimo necesario para desarrollar o cambiar un hábito.
Objetivo: Este ejercicio sirve para conocernos mejor; para ayudarnos a desarrollar nuestra inteligencia emocional; para conocer qué hechos y situaciones nos resultan agradables; para desarrollar nuestro optimismo, etc.
Variantes: Se puede realizar o poner en común con hijos/as; con la pareja; con personas de confianza…
El segundo recurso es conversar… sin cortapisas, sin límites, de forma profunda, a corazón abierto e incluso, aunque parezca una paradoja, también puede ser en silencio: con la mirada, con un gesto, fundiéndose en un abrazo reparador… Hay un concepto muy interesante de Marian Rojas-Estapé, psiquiatra y escritora, las personas vitamina: “El mejor antídoto al sufrimiento y al dolor es el amor. Es sentirse querido, es sentir que no estás solo. Esa sensación de soledad no buscada, esa soledad involuntaria, es una sensación terrible para la psique, para la mente y para el corazón. Por eso, en muchas ocasiones cuando uno está solo, tener a alguien, a una persona “vitamina”, una persona que te apoye… Una persona que te escucha, que no te juzga, que te entiende, a la que le cuentas algo y automáticamente te hace sentirte mejor… Que da igual que haga un año que no la veas, que sabes que con esa persona las cosas son mucho más sencillas” (AprendemosJuntos, 2021). Si algo me ha servido en este tiempo, y en muchos otros, son los encuentros y las conversaciones con mis personas vitamina. Son como un bálsamo para mí.
Busca tus recursos para los momentos difíciles. Te invito a reflexionar sobre quiénes son tus personas vitamina y a ser persona vitamina para otras personas. Y por qué no, a escribir lo que vives y compartirlo.
Referencias
AprendemosJuntos (2021, 13 septiembre). Versión Completa. La neurociencia de las emociones. Marian Rojas-Estapé, psiquiatra y escritora [archivo de vídeo]. https://www.youtube.com/watch?v=TjqrualxgkI
A raíz de la última entrada del blog en la que escribía una carta a mi yo con 20 años un buen amigo me escribía una reflexión por guasap que comenzaba: “Desde hace tiempo
me ronda en la cabeza la pregunta: ¿qué anima a algunas personas a contar
su vida en un blog?”. Yo no sé qué les lleva
a otras personas a hacerlo. Eso sí, tengo
muy claro qué es lo que me mueve a mí y para qué lo hago.
Iniciaba la primera entrada de este blog, 10 de junio de 2013, diciendo: “Empiezo hoy una aventura que hace tiempo que
quiero emprender... Escribir me relaja, me centra, me ayuda a poner las cosas en perspectiva... Lo hago
para mí, y si a otros les sirve lo que escribo... ¡MEJOR!”. Para entonces ya llevaba
años escribiendo en el Blog de Inteligencia Emocional de Eitb [desaparecido el 01.07.2024]. Desde joven
tengo escritos diarios y cuadernos de oración. Esos son mis tesoros. Igual
que cartas que conservo de personas importantes en mi biografía que me transportan
en el tiempo y alimentan mis recuerdos. Cuando más he escrito ha sido en las encrucijadas. “En etapas cruciales de
la vida, cuando se atraviesa un duelo, se afronta una enfermedad o se encara
una crisis, el diario es una casa donde acudir en busca de luz, consuelo y
calor” (Rebón, 2019). “Plasmar en un cuaderno o en un blog las vivencias del
mundo emocional, las dolencias o las frustraciones es una buena herramienta que
ayuda a gestionar dichas circunstancias” (Jarque, 2013). Si dejo de escribir un tiempo lo echo de menos, y cuando lo retomo es
como volver a casa, como encontrar de nuevo el rumbo.
En el blog escribo tanto sobre la lectura que hago de mis
historias personales, como sobre cursos, libros, películas o cualquier cosa que
me haga reflexionar y que quiera conservar y compartir. Es mi repositorio, mi
memoria particular. El lugar al que acudo cuando quiero refrescar alguna
vivencia. A veces, envío algunas entradas a mi alumnado… Hay muchas sobre
comunicación, amor, ética, emociones… Mi
sueño sería que mis hijos leyeran lo que escribo porque estoy segura de que
entenderían mejor a su madre y verían otra cara de algunas situaciones y
experiencias.
Hoy he disfrutado de la entrevista a Jordi Sierra i Fabra
que lleva el sugerente título de “Leer me salvó la vida, escribir le dio un sentido”. Me he
identificado con una idea: “Quería ser escritor, no rico o famoso, eso es otra
historia. El arte se mide por lo que sientes al hacerlo, no por lo que te pagan
por hacerlo. Y yo quería escribir. Era un niño, nada más que un niño que tenía
un sueño. Mi padre me lo prohibió. Mi padre, si me pescaba escribiendo, lloraba”. Escribo porque me siento bien al hacerlo, me libera,
me ayuda a descubrir mis emociones y a matizarlas, aclara mis pensamientos, me
facilita elaborar mi discurso, contribuye a mi búsqueda de sentido… Además, es
muy gratificante recibir feedback
sobre aquello que piensas, sientes y vives. Da pie a una comunicación muy
profunda… Por eso no voy a dejar de hacerlo…
“Todas las
mujeres llevamos dentro una mujercita que nos empuja al sacrificio. Esa es la
primera a la que debemos callar” (Gioconda Belli, entrevista enEl País).
Hace unos años una amiga me regaló un libro con un título
muy sugerente que me ha inspirado el de esta entrada, Las mujeres que leen son peligrosas. El autor del mismo, Stefan
Bollmann, tiene un libro posterior titulado Las
mujeres que escriben también son peligrosas. Estas vacaciones me propuse
hacer una desconexión total y disfrutar de la lectura ya que durante el curso
suelo acabar los días agotada y me cuesta tanto lo uno como lo otro. Y parece
que lo estoy consiguiendo... He cogido un buen ritmo de lectura. A 21 de agosto
ya llevaba leídos 8 libros. En esta entrada voy a recorrer y hacer una
reflexión sobre algunos de ellos, escritos por mujeres.
En El país de las mujeres, Gioconda Belli,
poeta y novelista nicaragüense, nos ofrece una utopía muy sugerente. En
Fanguas, país imaginario que aparece en sus novelas, las mujeres han accedido
al poder debido a una catástrofe natural, la erupción de un volcán, y mandan
temporalmente a los hombres a casa a hacerse cargo de los hogares. ¿Cómo se
imagina Viviana Sansón, la Presidenta, su partido,
el que ha ganado las elecciones? (Por cierto, se llama PIE - Partido de la
Izquierda Erótica y tiene un manifiesto muy interesante, Eldivanrojo, 2011).
“Yo imagino un partido que proponga darle al país lo que una madre al hijo,
cuidarlo como una mujer cuida su casa; un partido ‘maternal’ que blanda las
cualidades femeninas con que nos descalifican, como talentos necesarios para
hacerse cargo de un país maltratado como este. En vez de tratar de demostrar
que somos tan ‘hombres’ como cualquier macho y por eso aptas para gobernar,
hacer énfasis en lo femenino, eso que normalmente ocultan, como si fuera una
falla, las mujeres que aspiran al poder: la sensibilidad, la emotividad”
(Belli, 2023: 139). Su objetivo de gobierno, instaurar la paz, la libertad, el
respeto, la igualdad entre hombres y mujeres, el ‘felicismo’. [Para profundizar
en esta obra sugiero leer este trabajo de Olga Roussou].
Ana Porras, periodista, escritora y organizadora de eventos, en el prólogo
de Vacíos
y otras taras, que reúne 23
relatos sobre mujeres, nos recuerda: “Con los años vamos engrosando la
piel con desencantos, desilusiones, con todo aquello que pudo ser y no fue, con
frustraciones, con el miedo a equivocarnos de nuevo, con los amaneceres que no
vimos porque estábamos dormidos, con los atardeceres que nos recordaron que la
vida es una cuenta atrás. Vamos engrosando la piel con capas que pesan, que nos
fracturan los huesos, que esconden lo que quisimos ser, lo que soñamos. Ponemos
parches a los vacíos intentando llenar los huecos con lo que vamos encontrando
por ahí. Un poco de esto, un poco de aquello y un poco de esto otro. Y así los
vacíos se hacen más grandes, más sonoros, más adversos; ganan espacio creando
una nada mayor”. Muchas veces las mujeres hemos cubierto o tapado esos vacíos
de forma inadecuada…
De Isabel Allende, escritora,
feminista, filántropa, así como una de las autoras más leídas del mundo he
leído dos libros. Violeta, en elque, como señala el resumen: “En
una carta dirigida a una persona a la que ama por encima de todas las demás,
Violeta rememora devastadores desengaños amorosos y romances apasionados,
momentos de pobreza y también de prosperidad, pérdidas terribles e inmensas
alegrías. Moldearán su vida algunos de los grandes sucesos de la historia: la
lucha por los derechos de la mujer, el auge y caída de tiranos y, en última
instancia, no una, sino dos pandemias” [Ver el interesante artículo-entrevista
a la autora sobre el libro]. En el segundo, El viento conoce mi nombre,presente y pasado se entrelazan y narra
la historia de dos niños, Samuel Adler, un niño judío al que su madre consigue
enviar a Inglaterra para salvarle de la Austria nazi, y Anita Diez, que con
siete años sube a un tren con su madre huyendo del peligro en El Salvador y que
al llegar a la frontera de Estados Unidos es separada de su madre. Me quedo con
un retazo de otro de los personajes, Leticia, porque refleja la realidad que
sufren muchas mujeres: “La relación duró muy poco, porque pronto ella
comprendió que estaba viviendo con dos hombres diferentes. El que todos
conocían era bullanguero, servicial, generoso y ganaba un buen dinero en su
oficio, pero no ahorraba, porque siempre estaba dispuesto a comprar cosas
superfluas, apostar o prestarles a los amigos. Ella se enamoró de esa versión
del hombre, el alma de la fiesta, pero descubrió que por dentro llevaba un
monstruo agazapado, que emergía con el alcohol” (p.93).
Auri Lizundia, pseudónimo de Nerea Azkona, quien en plena
pandemia creó con una socia AIEDI Faktoria,
“una cooperativa de iniciativa social que apuesta por el acompañamiento y la
capacitación para crear círculos virtuosos de personas felices en
organizaciones sostenibles y que utiliza la Agenda 2030 y los ODS como hoja de
ruta y las perspectivas sostenibles, de género, inclusiva e intercultural como
brújula”, en Madre en duelo nos habla desde su experiencia de un tipo de
violencia que muchas mujeres hemos sufrido sin saber su nombre, violencia
obstétrica. “Las mujeres sufrimos violencia machista en muchos ámbitos. En
realidad importa bien poco lo que nos pase: la cuestión es violentarnos. Y,
cuando hablamos de embarazos, partos y pospartos, la violencia obstétrica e
institucional entra en juego. No es una violencia nueva para nosotras, pero son
momentos en que las cotas llegan a niveles altísimos e incluso a contrasentidos
(…) Cuando hablamos de mujeres y de sus derechos, la sociedad tiene la luz
desenfocada. Si nos matan, el foco se pone en nosotras en vez de en los
agresores. Si nos quedamos embarazadas, el foco se pone en lo que se está
gestando, por lo que el aborto será estigmatizado y, si el bebé nace muerto,
como veremos, la luz del foco directamente se apaga” (pp.9-12).
Presentado cada uno de los libros, ¿por qué leer es peligro? A mí, leer historias de mujeres contadas por
mujeres me reafirma en el feminismo. Me encanta escuchar la voz de las
mujeres sin intermediarios. Me hace aún más consciente de las dificultades,
obstáculos, miedos que las mujeres viven y han vivido a lo largo de la historia,
así como de lo necesario que es seguir trabajando para que la igualdad real se
haga efectiva. ¡Ojalá llegue el día en que el feminismo no sea necesario!
Además, las conquistas son frágiles, muy frágiles. ¡Que se lo digan a Viviana
Sansón, la Presidenta del PIE, que sufre un atentado porque los hombres se
sienten amenazados por la nueva posición de las mujeres en Fanguas! (El país de las mujeres, Gioconda Belli).
O a las mujeres y niñas migrantes, o a las atrapadas en conflictos bélicos, o a
aquellas que viven bajo ciertas dictaduras… Y que conste que soy muy consciente
de que escribo esto desde el lado del privilegio.
Además, estas
lecturas coinciden en el tiempo con un hecho real que ejemplifica a la
perfección el machismo imperante, el beso en la boca no consentido de Luis
Rubiales (Presidente de la Real Federación Española de Fútbol) a Jenni Hermoso
(Jugadora de la Selección de fútbol española) en la ceremonia de entrega de
medallas del Campeonato Mundial de Fútbol Femenino 2023. Cuando escuché la
supuesta excusa que Rubiales dio en un vídeo no daba crédito: “Pues, porque en
un momento de máxima efusividad, sin ninguna mala intención, sin ninguna mala
fe, pues bueno, ocurrió lo que ocurrió, yo creo que de manera muy espontánea
(…) Repito: sin mala fe por ninguna de las dos partes” (ver Labari, 2023). ¿Ninguna de las dos partes? ¿Alguna vez se entenderá plenamente qué
significa el consentimiento? Y la guinda la puso con el discurso en la Asamblea
de la Federación [Animo a leer el artículo de mi compañera de universidad, Gutiérrez (2023)]
Para terminar, una
poesía y una recomendación, el documental Woman, realizado a través de 2000
entrevistas en 50 países, que es “un mensaje de amor y esperanza enviado a
todas las mujeres del mundo. Un intento de comprender su vida, medir el progreso
realizado, pero también todo lo que queda por hacer”.
[He
publicado esta entrada el 12.02.2018 en el Blog de Inteligencia Emocional de
Eitb-desaparecido el 01.07.2024]
Recientemente recibí la propuesta para formar parte del primer núcleo de las Escuelas de Perdón y Reconciliación (ESPERE) que la Compañía de Jesús quiere iniciar en el Loiola Zentroa del Santuario de Loiola. La primera acción consiste en cuatro días de formación en Loiola. Como decía el correo: “Dicha formación comienza partiendo de la propia experiencia, por tanto trabajarás una herida personal, tanto personalmente como en pequeños grupos de 3 personas (a ser posible que no sean conocidas) en línea de curarla: perdonarse uno mismo-a y reconciliarse de un modo u otro. Se hará con total confidencialidad”. Me atrajo la idea desde el primer momento. Llevo mucho tiempo dándole vueltas al tema del perdón. Cuando escribo esto he pasado la primera parte de la formación que se centra en el perdón y que abre la puerta a la reconciliación. Voy a compartir aquí algunas de las ideas que me llevo.
Algo que me ha costado es pensar qué herida quiero trabajar. Tengo ya muchas cicatrices en el cuerpo y en el alma. Quiero creer que ya están cerradas. No las olvido pero ya no duelen. Me da un poco de respeto hurgar en algunas de ellas. Sin embargo, es un reto que estoy dispuesta a asumir en este momento. Hace mucho escuché a un profesor, y se ha convertido en un lema para mí, “nadie da lo que no tiene”. En la medida en la que me quiera bien a mi misma, podré querer mejor a los demás.
Resuena en mí de forma especial en este momento este poema de Piedad Bonnett:
LAS CICATRICES (del libro Explicaciones no pedidas)
No hay cicatriz, por brutal que parezca,
que no encierre belleza.
Una historia puntual se cuenta en ella,
algún dolor. Pero también su fin.
Las cicatrices, pues, son las costuras
de la memoria,
un remate imperfecto que nos sana
dañándonos. La forma
que el tiempo encuentra
de que nunca olvidemos las heridas.
Nos acompañan en la formación dos animadoras de ESPERE (Perú), Vanessa Custodio y Eva Boyle. La metodología del programa ESPERE fue premiada en el año 2006 por la UNESCO. “Las Escuelas de Perdón y Reconciliación ESPERE, son un proceso pedagógico en donde los participantes reinterpretan un acontecimiento doloroso de su pasado, inmediato o remoto, para superar el dolor y los sentimientos de rencor y venganza que limitan el goce de la vida. Esta propuesta permite superar la memoria ingrata del pasado, realizar procesos de justicia restaurativa y establecer pactos que garanticen la no repetición de las ofensas”.
La violencia (sea del tipo que sea) tiene unos efectos que en ESPERE se les llama, las Heridas de las tres “S”:
Cualquier ofensa o agresión que recibimos (o infringimos) tiene repercusiones en nuestras emociones (lo que sentimos: tristeza, dolor, rabia, ganas de llorar, etc.), en nuestros pensamientos (lo que entendemos: “es injusto”, “me las va a pagar”, etc.) y en nuestras conductas (lo que hacemos: poner mala cara, castigar, agredir, contestar mal, ignorar, etc.). [Véase el ABC emocional del Albert Ellis]. En ESPERE se busca propiciar la educación emocional, aprender a decodificar correctamente teniendo en cuenta que hay emociones que facilitan la sanación y las relaciones (alegría, reconocimiento, compasión, etc.) y otras que las dificultan (rencor, ira, tristeza, etc.).
Si tuviera que dar mi propia definición de lo que es el perdón diría que es “un proceso de liberación y sanación que parte de una decisión personal”. Es muy importante entender que es un proceso. No es necesariamente un fin. Puedo empezar el proceso pero puedo no llegar. Es un proceso único, cada uno tiene sus tiempos y su recorrido. Es un regalo para mí que sana, libera y transforma. Me ayuda a restaurar el daño que me han causado, mitiga mi dolor. Es un proceso que se vive mejor en un grupo que me apoye y me acompañe, en un grupo en el que cada uno vaya siguiendo su propio proceso. El perdón es una decisión, una actitud, una forma de vivir. Es una nueva forma de ver personas y hechos. Es un proceso de autosanación que hay que vivir. El perdón transforma nuestra mirada, busca una nueva narrativa que ayude a construir un nuevo relato. El perdón no está reñido con emprender acciones incluso legales, si fuera necesario. El perdón y la reconciliación son dos procesos diferentes. El perdón es un proceso necesario para la reconciliación. En ESPERE se habla de tres tipos de reconciliación:
De coexistencia (a distancia, o con prudente distancia).
De convivencia (o próxima, en ella la cooperación y la solidaridad son posibles).
De comunión (en la que el amor renace y se profundiza la fraternidad).
No siempre es posible la reconciliación. Puede que la persona que cometió la ofensa muriera, que no se sepa dónde está, o que no quiera la reconciliación. En algunos casos no es aconsejable (porque no se dan las condiciones necesarias). En algunos casos quedará sólo la coexistencia.
Quiero acabar con una frase de los materiales que hemos recibido: “el objetivo del perdón es arrojar luz sobre los engaños, temores, juicios y críticas que nos han mantenido cautivos en el papel de nuestro propio carcelero”. El perdón es un acto de amor hacia uno mismo y es posible incluso en las circunstancias más duras, como muestra el siguiente vídeo.
[QUIÉN SOY] “Fui puta. Fui víctima. Fui un ser inocente cuyos
derechos fueron vulnerados por miles de hombres, con el amparo de los estados.
Ya no soy víctima. Porque ser víctima NO es un estado mental y social
permanente e irreversible. Porque de serlo, de nada servirían la prevención,
reparación y protección. Fui niña. Soy mujer” (p.18)
[QUÉ QUIERO] “Quiero dejar de ser la víctima, la superviviente, la
violada, la exprostituta, la puta, la rumana que da su testimonio. Ser objeto
de análisis tras ser objeto de consumo te mantiene como objeto de deseo. Quiero
ser sujeto” (p.20) (*1)
[QUÉ NECESITO] “Valor, tiempo y capacidad reflexiva. Solo tres
cosas. Pero de manera bidireccional” (p.21)
El pasado 30 de noviembre asistí a la conferencia de Amelia
Tiganus—activista y conferenciante contra la explotación sexual— organizada por Espäcio Regäderä, cuyo título hace
alusión a su último libro, La revuelta de las putas. De víctima a
activista, del que lleva vendidos 50.000 ejemplares —va por la 10ª reimpresión,
algo poco usual para un libro feminista—. Existe una versión en cómic inspirada
en su historia, AMELIA. Historia de una lucha. He
leído con mucho interés el libro y voy a compartir aquí algunas ideas de la
charla que completaré con citas textuales.
Hay algunos datos que dan mucho que pensar. España es el país más putero de Europa y el
tercero en el mundo. La industria de la explotación sexual: pornografía,
trata, sugar dating (*2),
prostitución, etc. mueve más dinero que las armas y las drogas.
Existen diferentes modelos
ideológicos ante la prostitución. Entre ellos los principales serían: 1) El prohibicionista, que invisibiliza el problema y culpabiliza y castiga a las víctimas (p. ej., Rumanía); 2) El regulacionista, también llamado prosex
o proderechos, que habla de trabajadoras sexuales y reclama derechos, desviando
el foco del propio sistema (p. ej., Alemania y Países Bajos); y 3) El abolicionista, que habla de mujeres en
situación de prostitución, lo que resalta el hecho de que es una cuestión de
género y que es reversible (p. ej., Suecia, Noruega y Francia). Busca prevenir,
proteger y reparar a las víctimas, así como castigar tanto a los proxenetas
como a los puteros. [Para profundizar en los modelos, véase Molina Montero, 2018]
Amelia aboga por el último modelo, ya que el problema es el sistema prostitucional,
que tiene estructura de campo de concentración y en el que todas somos
prostituibles. Es un sistema conformado por:
“los estados, que permiten y
facilitan que esto exista; los proxenetas,
considerados respetables empresarios de la noche; los pequeños y grandes negocios que se lucran directamente con la
existencia de este sistema, y los puteros,
el brazo ejecutor que destruye mujeres y niñas a la vez que financian y
sostienen este orden patriarcal, capitalista y racista. Las mujeres son el eslabón más débil. Pero
interesa mucho hacer que parezca un tema de mujeres para invisibilizar a los
auténticos responsables de esta barbarie” (p.99). Existe también otro eslabón,
las mamis: “Las auténticas mamis —mujeres
exprostituidas— están sobre todo en la recepción y se encargan de controlar a
las mujeres y hacer cumplir las normas; además, son los ojos y los oídos del
proxeneta” (p.132).
“La prostitución no
es ni «sexo» ni «trabajo», sino violencia sexual de hombres contra mujeres”
(p.152) lo que es incompatible con la dignidad humana [véase el primer párrafo
del Preámbulo del Convenio para la
represión de la trata de personas y de la explotación de la prostitución ajena
de 1949 al que España se adhirió en 1962]. Los prostíbulos son campos de
concentración en los que los candados son el miedo, las amenazas, sobre la
propia vida o las de los seres queridos. Hay un perfil bastante extendido de la
víctima de este mundo: “mujer, joven, inmigrante, con grandes responsabilidades
familiares, en situación de vulnerabilidad y exclusión social, con gran
precariedad económica, en ocasiones con dificultades con el idioma, que sufre
una gran movilidad y un gran desconocimiento de los derechos y (los
insuficientes) recursos existentes” (p.182). Y la única vía de escape son los
verdugos, los puteros.
Amelia explica que, en su experiencia, se ha encontrado con distintos tipos de puteros: 1) El putero majo, “para mí, uno de los
peores maltratadores. Estos iban de buenos y me hacían preguntas, me contaban
cosas (…) quieren comprar aquello que ni las putas vendemos: las caricias, el
cariño, la ternura, los abrazos sinceros, los besos de amor... Lo quieren todo
por un miserable billete” (p.112); 2) El putero
macho “que piensa que su masculinidad, su valor como hombre, tiene que ver
con la cantidad de mujeres a las que penetra y a las que —en su imaginación,
claro está— satisface sexualmente” (p.114); 3) El putero misógino, “es el más violento y peligroso, porque las
prácticas que lleva a cabo para sentir placer dentro de su sadismo son
difíciles de narrar (…) Cuanto más dolor, humillación y miedo te hacen pasar,
más disfrutan” (p.114). Y añade otro perfil, “y luego están los hombres que
dicen que no van de putas, sino que van de copas o que solo acompañan a sus
amigos (puteros). Y yo pregunto ¿cómo te puedes divertir en un campo de
concentración?” (p.115).
Amelia describe los cinco años que pasó en más de cuarenta
prostíbulos con una imagen: “un reloj
sin agujas. La esclavitud es una vida sin sentido del tiempo (…) En el
prostíbulo pierdes tu identidad y te conviertes en una mujer en serie:
intercambiable y utilizable sin medida. El campo de concentración te aliena, te
despersonaliza. El tiempo se detiene, la mente se separa, el alma se esfuma y
tu cuerpo solo intenta sobrevivir. Solo hace falta imaginarse a todas las que
no pueden hablar y contar este relato: las que mueren por enfermar gravemente a
causa de las adicciones, los abusos y la tortura; las que son asesinadas: las
víctimas de feminicidio por prostitución son las grandes olvidadas de la
violencia machista” (pp.89-90). Evadirse para sobrevivir, unas relaciones
frágiles entre compañeras —que se ven como rivales—, el consumo de sustancias
que aparece desde el principio —se les ‘vende’ como una forma de ganar más
dinero—, obligaciones y deudas contraídas —generadas por el propio sistema—, y
muchas huellas profundas —entre ellas: deterioro físico, trastornos de
alimentación y del sueño, aislamiento, estados depresivos, trastornos del
sueño, alteraciones emocionales, ideación e intentos de suicidio— hacen muy
difícil la salida de este mundo. El trauma es muy profundo. [Animo a ver el
vídeo Ninguna mujer nace para puta, de
Sonia Sánchez]
La charla y el libro
me han cambiado la mirada y ha dado un nuevo sentido a mi compromiso feminista.
“Es triste reconocer la cantidad de potencial, talento, capacidades y vidas
humanas destruidas por el sistema prostitucional. Triste pero imprescindible.
El patriarcado nos enferma. El capitalismo nos enferma. El feminismo es la cura
a tanto sufrimiento y desigualdad. Porque el feminismo no solo salva vidas,
además las dota de un profundo sentido de humanidad (…) Porque ninguna se salva sola. Nos salvamos juntas. La resiliencia tiene
rostro de mujer. Y sonrisa de niña” (p.184)
(*1) NOTA –
Me resultó muy significativo el testimonio de Amelia cuando contaba que en
varias ocasiones le ofrecieron escribir el libro y cuando decía que no lo veía
le ofrecían escribirlo por ella. Una vez más objeto que no sujeto…
(*2) NOTA –
Cuando escribo en Google para comprobar la ortografía la IA me devuelve este
contenido: “El ‘sugar dating’ es una relación de beneficio mutuo donde una
persona, usualmente mayor y con recursos económicos (‘sugar daddy’ o ‘sugar
mommy’), ofrece apoyo financiero o regalos a otra persona más joven (‘sugar
baby’) a cambio de compañía, tiempo o intimidad”. ¡Así explicado parece algo consentido y bueno!
LaSexta (2018, 2 abril). Amelia: "España es el país
donde más consumo hay y no existe una ley contra la trata" – Salvados
[archivo de vídeo]. https://www.youtube.com/watch?v=ij5-INaqES8
Portal puntero de información y periodismo de datos con
perspectiva feminista https://feminicidio.net/
Dejo a continuación dos breves entrevistas a Amelia, una realizada por Jordi Évole (Salvados) y otra realizada por Innovandis —Programa de Innovación y Emprendimiento de la Universidad de Deusto— a raíz de la publicación del libro.
[He
publicado esta entrada el 05.10.2020 en el Blog de Inteligencia Emocional de
Eitb-desaparecido el 01.07.2024]
¿Qué padre o madre no ha pronunciado la frase “¡Cómo crece mi hijo/a!”? Verles crecer es una de las cosas que más consciente te hace del paso de tiempo. Un día parece que falta mucho tiempo para que emprendan el vuelo y al día siguiente les ves extender sus alas y tomar altura… Hace algo menos de un año publicaba una entrada, con ocasión de la partida de mi hijo mayor hacia su estancia Erasmus, que terminaba así:
“Te he dado raíces… He ‘cosido’ tus alas con jirones de mi alma. Soy el puerto en el que siempre podrás atracar… Pero ha llegado el momento de que despliegues tus alas y que vueles como estoy segura que sabes hacer… ¡Suerte Xabi!”
Hace unos días me volvía a despedir para una estancia más larga, un año, pero algo más cerca, Madrid. Esta vez ha sido un poco menos duro. No tuve que contener las lágrimas. Le despedí con una sonrisa. Estaba algo más preparada… si es que alguna vez se puede estar preparada para que un hijo se vaya de casa.
Son muchas, y de muy diverso tipo, las emociones que me invaden en este momento. Se solapan unas con otras (¡Así son las emociones…!) y me tienen un poco agitada. Me vienen a la cabeza unos versos de una canción de Andrea Bocelli y su hijo Mateo a la que dediqué otra entrada: “Que sigo dispuesto a amarte sin fin / Pero a cada paso que doy / Más te alejas tú”. Siento un amor que me desborda y me recuerda que tiene que hacer su camino; por otro lado, siento algo de tristeza porque no le voy a ver tanto y una pizca de añoranza de ese niño que siempre me quería tener cerca. No puedo negar que también siento un poco de miedo porque va a una ciudad que está más azotada por la pandemia y en la que acecha la sombra de que limiten la movilidad y eso impida que pueda venir en un tiempo largo. Sin duda estoy alegre porque esta vez le ha costado menos irse, no ha estado tan nervioso, no tenía cara de cachorrito asustado (eso me partió el corazón el año pasado al dejarle en el aeropuerto…). Además, está contento e ilusionado con el Máster que va a hacer y con el hecho de compartir piso con amigos. Eso me da mucha tranquilidad. Y quizá el sentimiento que predomina es el de orgullo. Le veo convertido en un adulto (aunque a veces algunos comportamientos digan lo contrario). Decidido, capaz de organizarse y administrar el dinero que hemos acordado que va a tener. Consciente del esfuerzo que supone estudiar fuera. Y lo más importante, con principios… Y por todo ello me siento satisfecha. Mi tarea era la de educar y, a pesar de muchos errores y cosas que podría haber hecho mejor, la he cumplido. La siembra está hecha, ahora queda recoger los frutos.
Mientras escribo estas líneas me llama mi hijo pequeño y me dice que “está bien pero que ha roto el coche”. Venía de un partido con dos compañeros de equipo y han tenido un accidente. Por un instante se para el mundo, me cuesta respirar… La mente me va a mil por hora. Me repito a mí misma: “Tranquila, todos están bien, también el conductor del otro coche”. Recibo unas fotos de cómo ha quedado el coche. Me invade el llanto porque soy consciente de lo que podía haber pasado. El tiempo se me hace eterno hasta que llega a casa… Me fundo en un abrazo liberador que se lleva toda la tensión contenida. Creo que pocas veces he sentido tanta gratitud.
La verdad es que les he llevado 9 meses en las entrañas, pero desde ese momento se me han instalado en la mente y el corazón y ocupan un espacio inmenso. Es lo que tiene ser madre… una tarea de 24 horas, 7 días a la semana y con una alta intensidad emocional…
[Entrada publicada originalmente el 08.05.2009 en
el Blog de Inteligencia Emocional de EITB, desaparecido el 01.07.2024]
Escribo esta líneas porque he sido testigo mudo de una situación que creo
encierra una injusticia y no he hecho nada ante la misma. Situación: sábado por
la tarde, 18.00, en la cola del supermercado con mi hijo de 10 años. Delante de
nosotros estaban una pareja de rumanos que llevaban un paquete gigante de
pipas. Cuando han ido a pagar, 87 céntimos, lo han querido hacer con monedas de
1, 2 y 5 céntimos, sobre todo las dos primeras. La cajera se ha puesto muy dura
y no les ha dejado pagar con esas monedas. Ha estado dos o tres minutos
repitiéndoles frases como: “Sabéis que no se puede pagar con monedas tan
pequeñas”, “Id al banco a que os las cambien”, “Os lo hemos dicho muchas
veces”, “Ahora no hay cola, pero yo no puedo ponerme a contarlas”, etc. Además,
lo hacía en un tono muy alto. Ellos muy educados y sin alzar la voz ni perder
los nervios le decían: “Es dinero,
¿no?”. Al final la mujer ha sacado una moneda de un euro y ha pagado
diciendo: “¿Esto sí es dinero y lo otro
no? ¿No sabes contar?”, a lo que la cajera ha respondido: “Y tú no sabes ir al banco”. Cuando se
han marchado me ha empezado a pedir disculpas, y a decir algunas cosas en alto
como si quisiera que las demás cajeras y el resto de la clientela le oyeran. Yo
no he dicho nada ni tampoco le he mirado porque, lejos de sentir simpatía hacia
ella, lo que estaba era indignada.
Ya en casa hemos comentado la situación
en familia. El hijo que había presenciado la situación decía: “Igual es una norma del supermercado...”.
Mi marido comentaba que era perfectamente legal, que deben aceptar el dinero
que les den aunque sean monedas pequeñas, y recordaba el caso de Ruiz Mateos
cuando pagó una multa de forma similar. Al intentar buscar esa noticia me he
encontrado con una parecida y más cercana en el tiempo (julio de 2008). Un
ciudadano belga decidió pagar su factura de la luz con 215 kilos de monedas de
un céntimo para protestar por la subida de los precios de la energía en los
países europeos. Noticias como estas despiertan la solidaridad y la simpatía y
aparecen en numerosos medios. Sin embargo, nadie hemos hecho ni dicho nada en
el supermercado.
A mí me venían pensamientos y sentimientos
contradictorios. Por un lado me ponía en
el lugar de la cajera, trabajando un sábado por la tarde, encontrándose con
numerosas situaciones desagradables y teniendo que, supuestamente, cumplir una
norma que su superior le había dado. Por otro lado veía completamente
injustificado el tono y la actitud que tenía. Hubiera tardado menos en contar
las monedas que lo que ha tardado en cobrarles. Me surgía la duda de si, en
parte, la actitud se debería a que eran extranjeros ¿Si mi hijo o yo le hubiéramos dado monedas pequeñas se habría
comportado igual? Además era a todas luces ilegal e injusto lo que estaba
haciendo, pero sabía que esas personas nunca llamarían a los municipales porque
podría ser perjudicial para ellos. ¿No
es eso un abuso de poder? He estado dudando si cambiarle yo algunas monedas
o decir algo, pero ha podido el argumento de: “¿Para qué meterte en líos? Tienes que volver muchas veces a este
supermercado”.
Sin embargo, he decidido que la próxima
vez, de forma educada diré que legalmente deben aceptar ese dinero. Lo haré
porque no me gusta colaborar, aunque sea con mi silencio, ante una injusticia y
porque quiero educar a mis hijos en la responsabilidad y la sensibilidad. Y lo
haré también por solidaridad con la parte más débil.
[He publicado esta entrada el 06.02.2023 en el Blog de Inteligencia
Emocional de Eitb-desaparecido el 01.07.2024]
No es la primera vez que escribo sobre la resiliencia, hace años lo hice a raíz de una conferencia de Luis Rojas Marcos (ver Echaniz, 2011). En esta ocasión la entrada está inspirada por las ideas que me llevo del curso “¿Podemos ayudar a que nuestros estudiantes mejoren su resiliencia?”, impartido por Elsa del Pozo García, para el Servicio de Orientación Universitaria de la Universidad de Deusto. He de reconocer que me llevó al curso el interés por acompañar bien a mi alumnado, pero también el obtener ideas y pautas que me sirvan a mí.
La resiliencia podría definirse como la capacidad para resistir y recuperarse ante circunstancias adversas, bien de carácter personal o social. Una imagen que se suele utilizar para explicar la resiliencia es la de un muelle que se estira pero, una vez que ha cesado la fuerza que tiraba de él, vuelve a su lugar. Hay que decir que también hay muelles que no vuelven a su forma original, y, no obstante, siguen funcionando.
La resiliencia se puede entrenar, es fruto del aprendizaje, lo que requiere constancia y fortaleza. Se puede entrenar a cualquier persona en esta habilidad, aunque algunas tienen un mejor punto de partida (bien sea por sus características personales, porque cuentan con una buena red, etc.). Es un factor protector para el bienestar, ayuda a salir antes del dolor y el malestar. Hay una escena en El Rey León en la que Rafiki va acompañando a Simba en su camino de resiliencia.
En los seres humanos hay dos fuerzas opuestas que son fundamentales para crecer y avanzar: la Physis (da vitalidad y energía) y la Homeostasis (da estructura: significado, continuidad, predictibilidad, etc.). "Sin homeostasis no tendríamos estructura y sin physis no tendríamos estímulo". El éxito está en equilibrar ambas [para profundizar ver Erskine, 2011]. Y para acompañar a otras personas necesitamos conocer mínimamente la historia de la otra persona, desde una mirada genuina, incondicional, sin juicio. Y esto exige tiempo y escucha.
Veamos los siete pilares de la resiliencia que los psicólogos Wolin, S.J. y Wolin, S. desarrollaron en 1993 (ver Medina, 2021):
La introspección, la capacidad de preguntarse y darse respuesta a qué me impacta, por qué y cómo respondo.
La independencia, la capacidad de poner distancia ente uno mismo y los ambientes en los que se desenvuelve, la habilidad para tomar distancia.
La capacidad para relacionarse, de crear lazos significativos con otras personas.
La capacidad de iniciativa, que tiene que ver con exigirse y ponerse a prueba, de ejercer control sobre las situaciones (o sobre nuestra reacción ante las mismas).
El sentido del humor, encontrar lo cómico en la tragedia.
La ideología personal, la moralidad, el comprometerse de acuerdo a valores morales, discernir sobre lo bueno y lo malo. Actuar como uno cree que debe hacer ayuda a sublimar el dolor.
La creatividad puede contribuir a crear orden, belleza y finalidad donde había caos.
Existe una herramienta, “Círculo de influencia, círculo de preocupación”, de la que hablaba Steve Covey en Los 7 hábitos de las personas altamente efectivas (ver Apesteguia, 2017) que nos puede ayudar a desarrollar la resiliencia si aprendemos a centrarnos en aquello sobre lo que tengo algún tipo de influencia, que depende de mí (pensamientos, comportamientos, emociones y acciones), y dejo de preocuparme por aquello en lo que no tengo margen de actuación.
Para terminar, unos versos de una bonita canción de Diana Navarro, cuyo título, “Me amo y me acepto completamente”, sería bueno recitar a modo de mantra y grabárnoslo ‘a fuego’:
“Soy valiente por quererme, poco a poco soy más fuerte En mis manos tengo el cambio, la tristeza ya es pasado Tomo el mando estoy a salvo Me amo y me acepto completamente”
No te olvides de mí S.L (2017, 13 febrero). Diana Navarro. Resiliencia. Lyric Video. Me amo y me acepto completamente. [archivo de vídeo] https://www.youtube.com/watch?v=by6tEEBN69k
[He publicado esta entrada el 18.06.2023 en el Blog de Inteligencia
Emocional de Eitb-desaparecido el 01.07.2024]
Escribo estas líneas parareivindicar una emoción que me embarga en esta momento y que es muy agradable, el orgullo, en el sentido de la acepción n.1 de laRAE: “Sentimiento de satisfacción por los logros, capacidades o méritos propios o por algo en lo que una persona se siente concernida”. Dediqué otra entrada a esta emoción, tras la lectura del libroLas emociones y el mundo moral (Etxebarria Bilbao, 2020), y en la misma argumentaba que la vergüenza, la culpa y el orgullo son tres buenas brújulas morales (Echaniz Barrondo, 2021). En concreto, el orgullorefuerza y favorece la conducta moral positiva.
¿Y qué me hace sentirme orgullosa en este momento? Son dos las razones que provocan este sentimiento y que podrían verse como las dos caras de una misma moneda, la de educadora. Hace tiempo escribía, y suscribo al 100%, “mi profesión y mi vocación es la de educadora, que es más que profesora. Educar es tocar una vida para siempre, o al menos tener el poder y la responsabilidad de hacerlo…” (Echaniz Barrondo, 2017).
Primera razón, una de las razones más poderosas que mueven mi vida, mis hijos. “La verdad es que les he llevado 9 meses en las entrañas, pero desde ese momento se me han instalado en la mente y el corazón y ocupan un espacio inmenso. Es lo que tiene ser madre… una tarea de 24 horas, 7 días a la semana y con una alta intensidad emocional…” (Echaniz Barrondo, 2020). Veo a dos adultos que van dando pasos firmes en la construcción de sus vidas. Uno ha hecho la apuesta por estudiar el doctorado y el otro acaba de terminar el Máster y en septiembre empieza a trabajar en una empresa que le ilusiona. Es muy grande el esfuerzo: los desvelos, las preocupaciones, el tiempo dedicado… pero cuando les ves desplegar sus alas la satisfacción es indescriptible.
Segunda razón, mis alumnos y alumnas, algunos de los cuales se quedan grabados con fuerza en mi mente y en mi corazón. Me siento una persona muy afortunada porque creo que he descubierto mi Ikigai, la razón por la que me levanto cada mañana, mi sentido de propósito, he podido hacer de mi vocación mi profesión (Echaniz Barrondo, 2022). Y te refuerza cuando recibes, al acabar el curso, un mensaje como este: “Como conclusión solo me queda agradecerte estos meses contigo, puesto que aparte de aprender y disfrutar de la asignatura también he aprendido de mí, hemos trabajado muchos temas desde el respeto, me has dado confianza para hablar en clase sobre mis opiniones, cosa que como ya te he comentado varias veces es complicado y más siendo una persona tan insegura… pero sí, te agradezco la cercanía y la confianza que has transmitido. Eres buena persona y buena profesora y no te lo digo como alumna sino como persona. Así que gracias, me acordaré siempre de estos meses y de ti”.
Estoy convencida que pocas vocaciones son tan grandes y satisfactorias como la de educadora. Tocar una vida es trascender y transformar el mundo en positivo. ¡Qué orgullo! ¡Qué responsabilidad!
[Entrada publicada originalmente el 15.09.2009 en
el Blog de Inteligencia Emocional de EITB, desaparecido el 01.07.2024]
“El problema de la mujer siempre ha sido un problema de hombres”. Simone de Beauvoir
Voy a empezar estas líneas parafraseando
las últimas palabras de algunas presentaciones de powerpoint que recibo de vez
en cuando: “escribo esto para mujeres
que comparten la experiencia y para hombres que puedan asimilarla y sacar algo
de ella”. Voy a hablar de mi experiencia, que es personal, pero no única.
Hace ya unos días que he vuelto al
trabajo y las vacaciones son algo que ya casi está olvidado y que me pregunto
si habrá servido para “cargar las pilas” suficientemente hasta las próximas.
Habrá quien al leer esto vislumbre en mi ánimo el tan mencionado en esta época
del año, “síndrome postvacacional”
(síndrome que tiene sus defensores y detractores, pero sobre el que incluso la
Sociedad Española de Medicina de Familia y Comunitaria edita unas recomendaciones.
Mis hijos ya han vuelto al cole y siento una mezcla de pena, culpa y alivio
que voy a tratar de explicar, aunque la viñeta que acompaña al texto lo refleja
muy bien. Penaporque
es la confirmación de vuelve la rutina que predomina en mi vida y porque vamos
a compartir menos momentos. Además, a medida que crecen, y lo hacen muy rápido,
esos momentos compartidos van a ser menos cada vez y eso como madre me
entristece. Culpaporque
algo dentro de mí dice: “¡Qué bien! ¡Por fin recupero mi vida! (y a esto hay
que ponerle muchas comillas) ¡Ya podrían pasar algunas horas más en el cole! ¡A
ver si recuperan la disciplina...! (Los padres y madres sabemos que nuestros
vástagos se 'asilvestran' un poco en vacaciones y los horarios y la disciplina
suelen brillar por su ausencia)”. Alivioporque la tarea educativa pasa a ser compartida.
Como madre trabajadora esta época del año
es muy complicada para mí. A la pereza de la vuelta a la rutina se le suma todo
lo relacionado con la vuelta al cole y la puesta en marcha de la vida familiar
cotidiana. Cuando mi marido se reincorpora al trabajo sólo se tiene que preocupar
de qué ropa se va a poner, consultar la agenda y recuperar aquello que necesita
para su trabajo. Sin embargo, en mi caso tengo que: llenar la nevera (que antes
de las vacaciones había vaciado); pasar por la librería a recoger los libros
que encargué en junio y forrarlos; preocuparme de que en la cuenta haya dinero
para cuando pasen la factura de dichos libros; enterarme de los horarios de
clase y de las actividades extraescolares; comprar el material escolar y los
libros de última hora; revisar que el chándal, las equipaciones deportivas y
las batas les valen para este curso y salir corriendo si se les han quedado
pequeñas; hacer que jueguen menos con la consola; hacer que cenen y se vayan
antes a la cama para ir recuperando los horarios, etc.
En fin, que los medios hablan mucho del
síndrome postvacacional y de la vuelta al cole pero nadie menciona lo
complicado que esto es para quienes soportan el mayor peso de la vida familiar
y además trabajan.
[He
publicado esta entrada el 23.03.2020 en el Blog de Inteligencia Emocional de
Eitb-desaparecido el 01.07.2024]
Escribo estas líneas, más bien las lloro, el sábado. Es el primer día que salgo del confinamiento para ir al súper y encontrarme en la cola con mi marido, después de una semana sin vernos. El lunes, cuando se publique esta entrada, se cumplirá nuestro primer año de matrimonio. Por decisión compartida cada uno sigue viviendo en su casa. El encierro lo estamos viviendo yo con mis hijos y él en su casa, a cinco minutos de la mía, a la que se mudó hace unos meses. Nos separa el catarro y la prudencia, ya que mis hijos y yo tenemos mocos y él está bien.
Creía que salir a la calle y verle me iba a animar ya que no salir me estaba empezando a pesar. No ha sido así… La calle infinitamente más vacía de lo habitual, la cola en la entrada del supermercado, los guantes, las mascarillas, las personas evitando cruzarse demasiado cerca, incluso evitando mirarse… me ha invadido una tristeza que me ha costado comprender y asimilar…
Me vienen a la cabeza unos versos de la canción Codo con codo de Jorge Drexler:
Ya volverán los abrazos,
los besos dados con calma,
si te encuentras un amigo
salúdalo con el alma.
Sonríe, tírale un beso,
desde lejos sé cercano,
no se toca el corazón
solamente con la mano.
Racionalmente sé que no se toca el corazón solo con la mano, que se puede saludar con el alma, que ya volverán los abrazos… pero ahí radica mi tristeza. En la falta de contacto. Me ha resultado desgarrador estar con mi marido y no poder darle un beso. No poder abrazarle. No poder dejarme abrazar… con uno de esos abrazos que recomponen el alma. Afortunadamente puedo apapachar a mis hijos. Apapachar, preciosa palabra que dicen que es la más bella en castellano [véase el vídeo]. Pero parece que no es suficiente… echo mucho de menos a toda mi gente… a la de todos los días y a la que veo menos pero que siempre está ahí.
Curiosa paradoja la que vivimos en este momento… para poder volver a estar cerca tenemos que mantenernos lejos. Me acuerdo mucho de una amiga que ha muerto recientemente y que pasó la última época de su vida aislada en un hospital… ¡Qué duro! Ver que se te escapa la vida y no poder estar con los tuyos. Seguramente esto le está sucediendo a la gente que está perdiendo la vida estos días. Están recibiendo los mejores cuidados posibles pero no les puede sostener la mano un ser querido… No quiero que parezca que estoy desolada… llorar me limpia el alma y la mente y me hace reconectar. Me brotan los versos de una canción que me llena de energía… “Recuerda que tenemos sólo un viaje de ida / Y hay que darle gracias siempre a la vida”.