domingo, 26 de julio de 2026

Sobre la banalidad del mal

 
Imagen tomada del programa Tabú: La Maldad, ¿la banalidad del mal?

Acabamos de ver, por recomendación de una amiga, una película de lo más sugerente, Nuremberg. Está basada en hechos reales e inspirada en el libro El nazi y el psiquiatra, de Jack El-Hai. La película pone el foco en la relación que se establece entre Hermann Göring (interpretado por Russell Crowe), segundo en la línea de mando nazi y excomandante de la Luftwaffe, y el psiquiatra Douglas M. Kelley (interpretado por Rami Malek), quien recibió el encargo de explorar la salud mental de los líderes nazis apresados. La familia de Kelley guardó durante décadas su trabajo y le sirvió a El-Hai para documentarse.

El-Hai señala que "Kelley nunca ignoró la crueldad y las decisiones frías de Göring durante la guerra, pero ambos desarrollaron una relación que implicaba cierta admiración mutua, aunque no una amistad” (Alonso, 2025). El duelo psicológico entre Göring y Kelley está magistralmente reflejado en la película, al igual que lo están las tensiones morales y humanas que surgen en la relación.

En una entrevista de radio que concedió al sexto día del proceso, Kelley dictaminó: "En general, los prisioneros no son diferentes de un grupo de ejecutivos de cualquier otra parte; en contraste con la opinión popular, no están locos ni son superhombres" (Alonso, 2025). Como señala el biógrafo de Kelley, El-Hai, "tras concluir que los jerarcas nazis no estaban mentalmente enfermos y que su comportamiento estaba dentro del rango de lo normal —lo cual no significa que fuera bueno, sino que no podía atribuirse a una enfermedad psiquiátrica—, Kelley se aterró" (Alonso, 2025). Al volver a Estados Unidos, Kelley se dedicó a dar conferencias y escribir artículos advirtiendo sobre el riesgo de que el fascismo pudiera llegar al país, lo que no le hizo ganar muchas simpatías. En la película apenas se menciona, pero al volver de Nurenberg Kelley dio un giro a su carrera profesional para dedicarse a la criminología y poco más de una década después se quitó la vida con el mismo método que Göring, una cápsula de cianuro de potasio.

No sé si por deformación profesional —llevo muchos años impartiendo la asignatura Ética cívica y profesional en diferentes grados universitarios—, o porque siempre me ha atraído el tema del bien y el mal, pensar en la “banalidad del mal” me sobrecoge. Como escribía hace un tiempo: “Hannah Arendt acuñó la expresión de la “banalidad del mal” haciendo referencia a que el mal es algo en lo que todos podemos caer; cualquiera puede cometer la brutalidad más tremenda, no es necesario un corazón cruel o unas intenciones perversas, basta con dejar de preguntarse y de discernir” (Echaniz Barrondo, 2018).  Viendo la película me venía una y otra vez este tema y lo creía ver también en la impotencia del Dr. Kelley.

Quiero terminar con las palabra finales del episodio titulado “¿La banalidad del mal?” del programa Tabú, de Jon Sistiaga, destacando, sobre todo, la última idea: “Nos habían enseñado que la cara era el espejo del alma y ahora sabemos que las almas más negras pueden tener el rostro más virtuoso. Que cualquiera de nosotros puede cruzar esa línea invisible. Que todavía no tenemos claro dónde se aloja esa maldad si es en nuestra mente o en nuestra genética. Si es una cuestión de azar o de predisposición. Porque no todo el mundo es bueno, pero, afortunadamente, somos más.
Y quizás debamos exigirnos más a menudo cierta banalidad de hacer el bien. Y solo eso nos salve a vosotros, a mí... de acabar arrastrados a las tinieblas de la maldad” (Qué Ver en Movistar Plus, 2017). [Se puede ver el capítulo completo aquí]

Referencias