“El sufrimiento que
experimentamos por la marcha definitiva de la persona querida va íntimamente
ligado a la naturaleza del vínculo que teníamos con el difunto. Cuanto más
apego haya entre las personas, mayor sufrimiento causa la ruptura, mayor
indignación, rabia y desconcierto, en especial cuando no había ningún indicio
de que la muerte irrumpiría en el escenario. Si esta llega lentamente, y se
manifiesta previamente con toda clase de síntomas, los que se quedan tienen
ocasión de prepararse, de anticipar el duelo, de hacerse a la idea, de
acostumbrarse a la ausencia del otro; pero cuando aparece como un caballo
desbocado en plena plaza pública, el dolor que causa es inmenso, inenarrable.
Es entonces cuando no hay palabras” (Torralba, 2024, p.89).
He tenido ocasión de leer a Francesc Torralba, filósofo y
teólogo, y de escucharle tanto en vivo como en vídeos. Siempre me ha
sorprendido su hondura y la capacidad de explicar de forma accesible y bella
experiencias profundamente humanas. Recuerdo el día que un amigo me envió la
noticia del fallecimiento de su hijo Oriol en un accidente de montaña cuando
ambos estaban juntos haciendo una ruta. De esa experiencia y el ejercicio
introspectivo que supone la escritura, surge el libro que da título a esta
entrada, No hay palabras. Asumir la
muerte de un hijo (Torralba, 2024). [A partir de este momento en las citas
literales únicamente señalaré la página]. El libro consta de tres partes —1) El
último día de mi hijo. Aquel 14 de agosto de 2023; 2) Aprendizajes difíciles; 3)
Las palabras del filósofo— y Epílogo. Voy a compartir aquí algunas de las ideas
que me llevo de una lectura que es muy recomendable.
Desde el principio Torralba señala las dudas que le han
asaltado. “Las preguntas ante el sentido
de esta muerte y de esta vida han repiqueteado en el interior de mi cabeza
durante todos estos meses. Nunca como hasta ahora había lanzado tantos
interrogantes al cielo. No tengo una respuesta concluyente, pero creo que lo
que hace que una vida sea valiosa no es el tiempo vivido, sino el bien que ha
generado, la belleza que ha creado mientras existía. Mi hijo tuvo una vida
breve, pero hizo mucho bien, y muchos amigos suyos se lo agradecen” (p.12).
Es muy interesante y
apropiada la diferencia que hace entre superar y asumir —este último, verbo
que elige para el título—. “Se supera un examen, una prueba, unas oposiciones,
pero no se supera la muerte de un ser querido. Asumir es el verbo más apropiado
porque significa, textualmente, tomar
para sí, hacerse cargo” (p.16). Insiste en que una experiencia traumática
simplemente sucede y le lleva a uno a sus propios límites, lo que puede ser una
ocasión para crecer y comprender mejor a las demás personas. En nuestra
existencia vivimos muchos hechos —entendido como algo que es habitual— pero
también vivimos acontecimientos —“[Acontecimiento] Es un episodio vital que
marca un antes y un después en la trayectoria biográfica de un ser humano, que
abre una discontinuidad en el tiempo, un salto entre dos hechos” (p. 57)—. No
todos los acontecimientos son trágicos, pero, sin lugar a duda, la muerte de un
hijo sí lo es. Personalmente, la mera idea de esa posibilidad me parece insoportable.
La muerte suscita una montaña rusa de emociones en la que el entorno debe reaccionar en un punto intermedio entre la lástima y la indiferencia:
“En este conglomerado intangible
de sentimientos hay ira, indignación, rabia, impotencia, cólera, nostalgia,
pena, tristeza y desesperación, pero todos estos estados emocionales no se dan
de manera separada, ni secuenciada, uno después de otro, sino mezclados,
formando una espesura difícil de aclarar. Es arduo tratar de separarlos con un
bisturí como lo hace un cirujano con los tejidos, las venas y las arterias.
Cuando alguien, con buena intención, nos pregunta cómo estamos o qué sentimos,
notamos un nudo en la garganta e intentamos evitar la cuestión que nos
inquieta, porque no tenemos ninguna garantía de poder terminar la frase. A
veces, antes de responder, se hace un largo silencio, porque no sabemos por
dónde empezar. Esto nos hace humildes y, a la vez, humanos” (p.61).
Uno de los primeros aprendizajes que señala Torralba es el guardar silencio ante la experiencia de la
muerte que tiene la otra persona. Cuando nos enfrentamos al tema del duelo
hay que distinguir entre mostrar y decir. “Hay vivencias que no podemos terminar
de decirnos. […] Podemos mostrar aquello que experimentamos a
través de otros recursos” (p.63). Entre esos recursos encontramos: el abrazo —“es como una columna de carne
ante la intemperie” (p.64)—; la caricia,
que es más que un leve roce —“muestra respeto hacia la alteridad, pero no así
indiferencia. Muestra proximidad, pero no voluntad de dominio ni de sumisión.
Quien acaricia no coge, no manipula; vela por el otro, pero, al mismo tiempo,
lo suelta” (p.65)—; la lágrima —“es
la gramática de la angustia, el esperanto del sufrimiento. Llorar es liberador,
necesario y catártico cuando la pena inunda el corazón” (p. 67)—; el arte —“es otro modo de mostrar aquello
que sentimos y que no podemos expresar verbalmente a causa de la magnitud de la
experiencia que estamos atravesando” (p.67)—; una carta —“ya que nos permite atrevernos a escribir lo que nunca
tendríamos el valor de decir cara a cara porque la presencia del otro nos
disuade de hacerlo” (p.67)—; o la música
—“es la más sutil de las artes y la más profunda, pues atraviesa la corteza de
los fenómenos y ahonda más allá de lo que vemos y tocamos. Nos hace trascender
y nos transporta a un mundo que nos resulta, al mismo tiempo, extraño y
familiar” (p.69)—.
Cuando fallece dramáticamente un ser querido la persona
sufre una alteración profunda en todas
las dimensiones del ser: la corporal, la mental, la emocional, la social y,
también, la espiritual. Independientemente de ser creyente o ateo, “la muerte
provoca un tsunami espiritual en el alma de quien la sobrevive. Tiemblan las
creencias, los valores, también los ideales de vida. Lo que creíamos se pone a
prueba, se somete a un duro examen. También se desordena la pirámide axiológica
personal, ya que aquello que tenía valor deja de tenerlo, porque se ve sustituido
por algo más relevante. La situación-límite es un depurador. Nos pone contra
las cuerdas. Quien cree que la muerte es la transición hacia un estado de vida
plena, hacia un estado de felicidad total, se siente invadido por la duda”
(p.73). En algunos casos, la situación-límite propicia una crisis espiritual
intensa y grave; en otros, lo contrario, se transita hacia la fe. Hay quienes sienten
el impulso de deshacerse de la imagen personal que tienen de Dios. También hay
quienes
se acercan a tradiciones simbólicas y espirituales lejanas. “Sea como
sea, la muerte próxima conmueve a la vida espiritual, la purga” (p.75).
Torralba se resiste a
utilizar el término pérdida para referirse al final de una vida. Cuando una
persona muere, cesa de existir. “Es el final definitivo de la existencia en el
tiempo y en el espacio, pero no es una pérdida. Simplemente, nos vamos, dejamos
de estar aquí, y este dejar de estar abre un vacío, una zanja que no es
únicamente física, sino emocional. Dejamos un vacío en el corazón de los que se
quedan, una grieta en su alma. Dejamos de estar,
pero no necesariamente de ser”
(p.77).
Una tentación, ante el vacío que deja la muerte de un ser
querido, es la dejar de preocuparnos por el aquí y el ahora, la de no atender a
las personas que siguen a nuestro lado. “El
tiempo no lo cura todo, pero permite poner distancia con el acontecimiento,
verlo con perspectiva, debilita la punzada de dolor y todo ello abre la puerta
a asumir la ausencia del ser querido con serenidad y a recuperar el deseo y la
ilusión de vivir” (p.91). En esta encrucijada vital o bien podemos caer en la filosofía del absurdo —“uno llega a la
conclusión de que vivir es un sinsentido, un fenómeno carente de lógica y
racionalidad. Nacemos y morimos sin una explicación” (p.102)—; o bien podemos abandonarnos al misterio del
mundo —“reconocer la debilidad de la razón humana para comprender ciertos
acontecimientos con la esperanza de que, en otra dimensión de la realidad,
podamos entenderlos y se haga la luz” (p.102)—. Un poco más adelante Torralba
añade: “Asumir la muerte de un hijo significa permitirse la posibilidad de
aspirar a una felicidad imperfecta. La felicidad, absoluta, inexpugnable, es
sencillamente un mito, carne de ficción. Está fuera de las coordenadas espacio-tiempo.
La felicidad, en este mundo, es siempre imperfecta” (p. 160).
Otra lección importante, un paso más en el asumir que
alguien ya no está, es la gratitud hacia
esa persona. “La lección que extraigo es clara: es preciso apreciar y dar
las gracias en vida por todo aquello que las otras personas, cercanas o
lejanas, conocidas o desconocidas, nos dan. El lenguaje de la gratitud requiere
atención y consciencia, pero, sobre todo, apertura de miras y generosidad de
espíritu. Quien lo experimenta dentro de su ser siente la necesidad de exclamar
«¡Gracias!»” (p.139).
Torralba presenta una hipótesis sugerente: “la seriedad radica en vivir cada día como
si fuera el último”, que ha transformado en ejercicio que plantea a su
alumnado. “Cuando les pido este ejercicio —cómo vivirían un día pensando que es
el último—, experimentan desconcierto, desasosiego, pero después, al cabo de
poco, se ponen a escribir y no se oye ni un alma en el aula. Nadie me ha
entregado nunca una hoja en blanco. Nadie ha escrito nunca frivolidades. El
último día se pronuncian palabras de amor, se hacen gestos de perdón y de
reconciliación, se practica la gratitud hacia los padres y los amigos, se
celebran despedidas muy solemnes” (p.207).
En el epílogo plantea que quien ha sufrido una pérdida está en condiciones de descubrir tres
grandes virtudes humanas: la
humildad —“es la virtud de la desnudez y de la exposición. Es humilde quien
sabe que, bajo las vestimentas ampulosas, todos somos igual de frágiles y
estamos igual de expuestos a la muerte. Ella nos revela que no somos nada”
(p.212)—; la compasión —“compadecer
es sufrir con alguien, pero el sufrimiento no es algo deseado. Es tener
simpatía con el dolor o con la tristeza. Consiste en participar en el
sufrimiento del prójimo” (p.213) — y la
magnanimidad —“la persona que ha sufrido la muerte de un ser querido
constata que la vida es demasiado corta para desperdiciarla en estupideces.
Descubre en la magnanimidad la virtud de la grandeza, que lo
habilita para inclinarse hacia lo que es grande. Radica en no dedicarse a
nimiedades ni a necedades” (p.213) —.
¡Ojalá cuando
personas muy queridas dejen de existir podamos dar las gracias por la vida y el
tiempo compartido y nos pongamos en la senda de descubrir las grandes virtudes
de la humildad, la compasión y la magnanimidad”.
Referencias
- Roca Project Clips (2026, 9 abril). Su hijo perdió la vida mientras hacían una ruta en la montaña [archivo de vídeo] https://www.youtube.com/watch?v=TgqvTwBjLF8
- Torralba, Francesc (2024). No hay palabras. Asumir la muerte de un hijo. Barcelona: Now Books
- Torralba, Francesc https://www.francesctorralba.com/es/















