El pasado 21 de marzo impartí una conferencia en Cadiñanos
(Burgos) a la que puse por título: “Cuidar, Despedir y Sanar: El valor de estar
presentes”. Me dieron la posibilidad de elegir el tema y opté por uno de los
que últimamente más me llama: la
enfermedad, el duelo y el final de la vida. Hay muchas personas a quienes
no le gusta nada hablar de estos temas. A mí me encanta, porque me conecta con
la vida y con mis prioridades. Creo firmemente que todas las personas, desde
edad temprana, deberíamos familiarizarnos con la muerte, ya que tarde o
temprano nos la encontraremos cara a cara. Y es mejor hacerlo sin miedo ni
prejuicios.
A raíz de la charla me hicieron llegar un artículo cuyo
título me cautivó —“La vida y la muerte por correo electrónico” (Hermoso, 2026)—
y que me hizo descubrir dos libros. Voy a hacer esta reflexión sobre uno de
ellos: Querido profe, me invaden las
tinieblas (Bonete, 2025).
Desde el primer momento el libro me evocó a otro —Martes
con mi viejo profesor (Albom,
1998)— que he leído varias veces y al que he aludido en entradas anteriores (Echaniz
Barrondo, 2020, 2013a
y 2013b).
En esta ocasión se invierten las tornas. No es el discípulo quien acompaña al
profesor en su última etapa. Al detectarle cáncer, una antigua alumna se pone
en contacto con quien fuera su profesor de la asignatura Ética de la muerte diez años atrás en la Universidad de Salamanca —Enrique
Bonete— y empiezan una relación ‘epistolar’ que la alumna mantiene oculta a sus
personas cercanas. El profesor va respondiendo a sus inquietudes de la mano de
grandes maestros de la filosofía. La relación acaba cuando la alumna no
responde a varios mensajes y el profesor asume que le ha llegado la hora. El
libro ve la luz varios años después de la muerte de la alumna. Es ella misma quien
le sugiere que las misivas que se cruzan podrían ayudar a otras personas en una
situación similar.
El título del libro es muy gráfico y recoge muy bien la vivencia
de la alumna: “Disculpe mi pesimismo, profesor: a veces ahoga. Especialmente
durante las noches, cuando me siento sola, desprotegida, rodeada de un silencio
inquietante. Pero también por el día. En realidad, se podría decir que la
oscuridad mental es algo así como mi estado más duradero, una constante
compañera. Profe, me invaden las tinieblas... Y tengo miedo... Por eso busco la luz y la fortaleza moral de los
sabios que usted tanto estudia” (pp.79-80).
A lo largo del intercambio ‘epistolar’ alumna y profesor van
compartiendo ideas y experiencias muy profundas. Recordando a Séneca el
profesor le escribe: “La persona sabia ha de meditar en la muerte, sea cual sea
el contexto en que se halle (salud o enfermedad, alegría o pena); en
definitiva, debe familiarizarse con su permanente cercanía. Así aprende a
prepararse para cuando llegue. Quien nunca piensa en ella no sabrá qué actitud
adoptar en el momento clave. Mas quien en su mente la hace presente, al
acercarse la mirará sin aspavientos (…) Las
decisiones más serias y graves de la existencia han de ser tomadas teniendo
presente el final. Si no se contempla la vida personal desde el morir, la
interpretación del quehacer cotidiano queda falsificada. Se ha de aprender a
disfrutar de lo más valioso de cada día (los afectos, por ejemplo) como si
fuera el último” (pp.56-57).
La llegada de la enfermedad y la muerte trastoca el proyecto
vital tanto de quien la vive como de sus personas cercanas, pero no significa que desaparezca el sentido.
Como señala el profesor: “¿Somos como una mera pompa de jabón? ¿Hinchamos
nuestra vida sabiendo que va a explotar? Qué gráfico y metafórico todo esto ...
Sabemos que la muerte, al final, vencerá. Pero ello no ha de aplastarnos, sino
al contrario: a pesar de la meta hacia la que caminamos, la trayectoria vital
no carece de sentido, ni es absurda ni desesperada la lucha por vencer a la
muerte. Mientras vivimos, el goce del presente y, sobre todo, la compañía de
los seres queridos ofrece momentos de plenitud al proceso temporal en el que
estamos inmersos” (p.114). Un poco más adelante añade: “Es comprensible temer
el proceso de morir, los dolores y
sufrimientos que puede ocasionar. Pero no es racional sentir miedo a la muerte, al hecho de desaparecer, que es
bien distinto al proceso temporal de ir muriendo. Así lo han diferenciado la
mayoría de los filósofos” (p.122)
Me parece especialmente bello el último párrafo antes del
Epílogo: “En realidad, la muerte de una persona querida no deja de ser, para
quienes permanecemos aún en este mundo, el silencio de la ausencia; sí, el
doloroso eco de una voz, el recuerdo de palabras con ternura escritas” (p.168).
Por experiencia sé que lo más doloroso
de la pérdida de un ser querido es no volver a oír su voz, escuchar su risa, estrechar
su mano…
Abre la entrada la imagen con la que comencé la charla a la
que aludo. ¡Qué importante y bonita tarea el sostener(nos)! ¡Que regalo poder
compartir con otra persona sus dudas e inquietudes, especialmente en momentos
dolorosos! Cuidar y acompañar es un gran
regalo que nos transforma la vida y la dota de sentido.
Referencias
- Albom, Mitch (1998). Martes con mi viejo profesor. Una lección de la vida, de la muerte y del amor. Madrid: Maeva.
- Bonete, Enrique (2025). Querido profe, me invaden las tinieblas. Diálogos sobre cómo vivir y morir. Barcelona: Ariel.
- Echaniz Barrondo (2020, 24 febrero). Prioridades. https://echanizbarrondo.blogspot.com/2020/02/prioridades.html
- Echaniz Barrondo (2013a, 29 noviembre). Gracias maestros y maestras!!!!!!!!!!!!! https://echanizbarrondo.blogspot.com/2013/11/gracias-maestros-y-maestras.html
- Echaniz Barrondo (2013b, 15 noviembre). Comunicación con personas con cáncer y sus familias. https://echanizbarrondo.blogspot.com/2013/11/comunicacion-con-personas-con-cancer-y.html
- Hermoso, Borja (2026, 21 febrero). La vida y la muerte por correo electrónico. El País Semanal https://elpais.com/eps/2026-02-21/la-vida-y-la-muerte-por-correo-electronico.html










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