lunes, 12 de abril de 2021

Los colores son más vívidos

 


[He publicado esta entrada en el Blog de Inteligencia Emocional de Eitb el 12.04.2021]

Es domingo de Pascua… por la mañana salgo a dar un paseíto y los colores me parecen más vívidos que nunca. Y tiene una explicación…

Hacía unas horas había recibido el alta de la Covid-19. Todo empezó de la manera más insospechada. A mi ama le operaron de la mano el día 17 de marzo. El 19 empezó con síntomas: fiebre y algo de tos. Pensamos que se había resfriado en la operación. En alguna otra operación le había pasado. Vino a mi casa el día 21 y el 23 dio positivo. Yo di positivo el 24. Mi hijo dio negativo en la primera y positivo en la segunda, el día 1 de abril.  A punto de cumplir 21 años se ha pasado todas las vacaciones en casa. A mi marido, que está en su casa con su hija, le sucedió lo mismo que a mí hijo. Afortunadamente su hija dio negativo en las cuatro pruebas que le hicieron. Mi ama ingresó en el hospital el día 26. Está en la UCI y va poco a poco. Mi hermana, que estuvo con mi ama hasta que vino a mi casa, también dio positivo. Y eso que 18 días antes le habían puesto la vacuna. Mi marido ingresó en el hospital el 7 de abril... ¿Quién nos iba a decir que nos iba a tocar de cerca?

Las emociones se han ido sucediendo y me han ido llevando de un lugar para otro.  Voy a mencionar algunas, aunque no estén en orden y hayan estado yendo y viniendo… Cuando te hacen la prueba a ti y a las personas cercanas sientes cierta expectación y desasosiego. No quieres haber sido origen de contagios. Había algo dentro que me decía que la tos que yo tenía era un síntoma claro. Con la llamada del resultado positivo te ‘golpea’ toda la información que has ido escuchando en todo este tiempo y aparece el desánimo. Cuando mi ama estaba en mi casa y no podía hacer nada, no quería comer y cada vez estaba más apagada sentía una gran frustración e impotencia. Y también algo de culpa: ¿podría haber hecho más? Reconozco que cuando se la llevaron en la ambulancia dos sanitarios vestidos de astronautas sentí cierto alivio porque le iban a atender mejor que yo. Y de nuevo asomaba la culpa por sentir ese alivio. A la vez me invadió un profundo temor y una gran tristeza. No se me borra la expresión de su cara que era de vulnerabilidad absoluta y de cierto desconcierto. En ese momento uno de los escenarios que tu mente te presenta es que igual no vuelve. No me caracterizo por el pesimismo, pero es incontestable que es un escenario posible. Durante los primeros días de mi madre en el hospital sentía permanentemente intranquilidad, agitación y enojo, sin entender muy bien por qué me sentía así. Todo volvió a repetirse cuando la ambulancia se llevó a mi marido. Afortunadamente, solo fueron cuatro días y la mejoría fue clara. Poco a poco fui aprendiendo a controlar la impaciencia que surgía según se iba acercando la hora de la llamada del hospital, que no siempre era a la misma hora (una horquilla de dos horas es mucho esperar). Indudablemente un ratito diario de meditación por la mañana sirvió de gran ayuda. La ilusión aparecía con cada mínimo avance que se daba “dentro de la gravedad”. Los días pasaban sin mucha novedad y con un cansancio permanente y el hastío y la resignación te acompañaban. A mí me dieron el alta y salí a la calle el día de la final de copa entre la Real y el Athletic. Al salir a la calle y ver el ambiente sentí enfado, rabia, pesar y desconfianza… ¿No hemos aprendido nada? Cada vez hay menos personas que pueden decir que no han vivido de cerca la enfermedad y, a pesar de todo, las muestras de falta de solidaridad y de sensibilidad son patentes… A día de hoy mi ama sigue en la UCI y todavía queda mucha incertidumbre. La montaña rusa emocional parece que va a durar un tiempo.

Si tengo que destacar una emoción que me ha acompañado todo este tiempo, es el agradecimiento. Me siento agradecida a la vida, a mis amigas y amigos, a los profesionales de la medicina y a mi familia. Cada llamada, cada mensaje, cada ofrecimiento, cada palabra de ánimo y consuelo, cada parte médico, cada muestra de cariño, cercanía y preocupación me han ayudado a mantener el optimismo dentro de la incertidumbre, aunque no puedo negar que la soledad también ha hecho acto de presencia en algún momento. Me siento muy afortunada por tener un entorno tan bondadoso y afectuoso. No se puede expresar con palabras lo que sientes cuando te traen a la puerta de tu casa comida preparada o cuando te llaman para dar un paseo al recibir el alta. Quizá lo que más se acerque es sobrecogimiento.

Me gustaría terminar con unas palabras de Jorge Bucay sobre el valor de la vida, que son muy pertinentes en el momento que estamos viviendo: “En tiempos como este, donde esta pandemia cruel amenaza la vida de todos y la vida de algunos más que la de otros, bueno sería tener presente que no hay valor más supremo; ni la economía, ni el progreso personal, ni los intereses de posesión de cada uno, ni la codicia de un grupo determinado sobre otro. Nada puede estar por encima del valor de la vida misma; no sólo la de unos pocos, sino la de todos. Sigue siendo cierto que la única manera de preservar la propia vida es preservar la vida de todos porque solamente así podremos superar esta situación”



domingo, 28 de marzo de 2021

¿Y si?

 

El pasado 23 de marzo participé en GazteUp 2021, Jornada de Empleo y Juventud, organizada por El Correo y Deusto Alumni con una charla que lleva por título el de esta entrada, y que voy a resumir aquí. Mi punto de partida era invertir un mensaje que nuestros y nuestras jóvenes suelen recibir habitualmente: “tienes que estudiar algo que tenga salidas”. Lo importante es pararse, mirar hacia dentro y escucharse. 

Hay una pregunta que suelo hacer a mi alumnado de primero el primer día de clase de la asignatura: ¿Qué harías si el dinero no importara? La respuesta más frecuente, hay que tener en cuenta que es alumnado del Grado de Turismo, es viajar. Hay un vídeo muy sugerente con una locución de Alan Watts, filósofo británico conocido por popularizar y ‘traducir’ las filosofías orientales a nuestro contexto, en el que explica cómo suele lanzar esa pregunta. En el vídeo hay un mensaje que me parece muy importante: “Si dices que ganar dinero es lo más importante pasarás tu vida malgastando tu tiempo. Estarás haciendo cosas que no te gustan para seguir con una vida que consiste en hacer cosas que no te gustan. Lo que es estúpido. Es mejor tener una vida corta llena de cosas que te gusta hacer que una larga vida vivida de forma miserable. Si haces lo que realmente te gusta, no importa lo que sea, quizá puedas llegar a ser un maestro en eso”.

Por esta razón es de vital importancia hacerse preguntas. No se trata tanto de cuáles son las respuestas, que pueden variar, sino de hacerse las preguntas adecuadas, lo que tiene mucho de arte. Además, las respuestas siempre son personales. Las que se dan otras personas nos pueden inspirar, pero debemos encontrar las nuestras. Hay dos preguntas que a menudo solemos confundir: ¿Por qué? y ¿Para qué? Por qué nos remite a las razones, los argumentos. El ser humano es capaz de justificar casi cualquier cosa. Cuando tomamos una decisión o realizamos una acción siempre podremos encontrar alguna razón para hacerlo. Sin embargo, para qué nos conecta con el sentido, la finalidad profunda, y esa es la pregunta importante. Una lectura muy recomendable es El hombre en busca de sentido de Viktor Frankl.

El 15 enero 2009 un Airbus A320 amerizó en el río Hudson. Las imágenes dieron la vuelta al mundo, incluso hay una película sobre el hecho (Sully). Ric Elias iba en la primera fila de ese vuelo y en una charla TED cuenta 3 cosas que aprendí mientras mi avión se estrellaba. La primera de ellas es que “Todo cambia en un instante”. Este es un hecho del que muchas veces no somos conscientes hasta que nos azota la enfermedad, la muerte o una catástrofe. No tenemos más que ver cómo cambió nuestra vida el 14 de marzo de 2020 cuando se decretó el estado de alarma en España. La segunda: “Hay que eliminar la energía negativa de la vida y elegir ser feliz”. En ese momento en el que todo cambia solemos caer en la cuenta de la cantidad de lastre que arrastramos en nuestra vida: actividades y personas que no aportan e incluso que restan. Día a día hay que elegir ser felices (a veces nos empeñamos en lo contrario). Y la tercera: “Mi principal objetivo en la vida es ser un gran padre”. Este era el sentido de Rick Elias. Cada uno tiene que encontrar su sentido. Y nunca es tarde para hacerlo. Las prioridades se pueden cambiar. Es cuestión de conectar con nuestro Para qué. 


Hace unos años Mihály Csíkszentmihályi, una de las figuras relevantes de la psicología positiva, escribió Fluir (Flow): Una psicología de la felicidad (ver resumen aquí). “Flow o flujo es el estado mental en que la gente está tan absorta en la actividad que está haciendo que olvida todo lo demás. La experiencia en sí misma es tan gratificante que, aunque cueste un gran esfuerzo completarla, la haremos sin cuestionarlo”. Estamos en Flow cuando estamos tan absortos con la actividad que no queremos parar, que se nos va la noción del tiempo. Sabemos que estamos realizando un trabajo que nos llena y nos aporta cuando sentimos ese Flow, cuando no estamos pendientes de cumplir el horario. De no ser así, el trabajo puede acabar siendo como una pesada losa que llevamos a rastras. No es lo mismo que tu trabajo te eleve o que te hunda. 



Hay un concepto japonés que es muy sugerente, Ikigai. Es tu razón de ser, lo que hace que tenga sentido levantarse cada mañana. Se da en ese punto en el que confluyen lo que amas, en lo que eres bueno, lo que necesita el mundo y por lo que te pueden pagar. Yo tengo la suerte de haber encontrado mi Ikigai. Cada mañana me repito a mí misma lo grande que es mi misión como docente, contribuyo a la formación integral de hombres y mujeres que en breve ejercerán su profesión.

En todo este proceso es muy importante desarrollar nuestra inteligencia emocional que supone identificar (ser capaces de poner nombre, etiqueta), comprender (entender cómo funcionan las emociones, qué efectos tienen), usar (adoptar el estado de ánimo adecuado) y regular (o gestionar; durante mucho tiempo la llamada ha sido a reprimir las emociones, pero eso es una mala gestión de las mismas; se trata de interpretar y utilizar la información que nos dan) tanto en uno mismo como en los demás. De las cuatro habilidades la más difícil es la de regular. Aunque en la medida que se identifica y se comprende, eso ayuda a regular.

En el ámbito de la gestión y la dirección se suele distinguir entre hardskills (habilidades, conocimientos y cualificaciones aprendidas y certificables) y softskills (rasgos de personalidad, habilidades personales e interpersonales). En un interesante artículo Josh Bersin señala que tenemos que dejar de hablar de softskills (habilidades blandas) porque esas son las powerskills (las habilidades que dan poder). Optimismo, curiosidad, tenacidad, flexibilidad, integridad, generosidad, alegría, amabilidad, etc. son habilidades complejas, que lleva tiempo desarrollar y son las que marcan la diferencia en el ámbito laboral. 

A lo largo de esta entrada nos han acompañado unos dibujos. En este vemos la persona detrás de ellos, Miryam Artola. Ella se define como “Visual Practitioner& Facilitadora Visual”. Es la fundadora y CEO de Muxote Potolo Bat SL, que cada día regala un dibumensaje en las redes sociales. Miryam es un buen exponente de lo que supone hacer de tu vocación tu profesión. Hace unos años dejó su trabajo en una ONG para llevar adelante su Ikigai. Como ella dice en su página web: “A base de rotulador, mucha, mucha Vida y una amplia paleta de colores nació Muxote. Las dos somos yo y yo somos las dos… con alguna trampa, y algún trocito de cartón”.

Para terminar, me gustaría lanzar una invitación, otra pregunta, para mí misma y para los demás ¿Y si trabajas todos los días… para transformar el mundo? Y todo ello empezando por transformarte a ti mismo, a ti misma. 







lunes, 8 de marzo de 2021

8-M: Sobre las distopías

 


[He publicado esta entrada en el Blog del Centro de Ética Aplicada de la Universidad de Deusto el 08.03.2021]

Hace ya un tiempo una amiga me habló sobre una serie basada en una novela distópica y recientemente me he animado a verla. Al buscar la palabra distopía en la Real Academia de la Lengua aparece: “Representación ficticia de una sociedad futura de características negativas causantes de la alienación humana”. El cuento de la criada me está resultando tan inquietante como interesante. Despierta en mi rechazo, desagrado, incomodidad, indignación, curiosidad y otras muchas emociones entre las que destaca el desasosiego… ¿Podría llegar a ser algo más que una representación ficticia?

Se narra la vida en la República de Gilead, anteriormente Estados Unidos, que está bajo un gobierno totalitario de inspiración religiosa. Es una sociedad muy clasista y en la que apenas hay niños y niñas. Los estratos están muy diferenciados en sus funciones y normas y tienen un código de vestimenta: Están las criadas, mujeres fértiles que se asignan a las familias de clase alta para que los comandantes, altos cargos del gobierno, las fecunden bajo la connivencia de las esposas; las marthas son las que se ocupan de las tareas domésticas; las tías son quienes adoctrinan a las criadas y se encargan de supervisarlas; los ojos, hombres que espían por encargo del gobierno; los cazadores; las Jezabel, prostitutas que atienden a las élites en locales clandestinos. Las criadas pierden su nombre y adoptan el de su comandante (Defred, Dewarren, etc.); el nombre cambia cuando cambian de casa. El orden se mantiene por medio de la fuerza y el miedo. Las calles están militarizadas y contravenir las normas se castiga físicamente, incluso con la muerte. Las personas que se oponen al régimen son colgadas públicamente.

En la serie se pone de manifiesto claramente algo que ya sabía, la fragilidad de los derechos humanos y más los de las mujeres y otros grupos históricamente excluidos y discriminados. Soy consciente de que, a pesar de ser mujer, hablo desde el privilegio: blanca, europea, doctora en empresariales, profesora universitaria, propietaria, independiente económicamente, con una red relaciones y contactos importante, etc. Y desde ahí, voy a compartir algunas de las llamadas e impactos que he recibido al ver la serie.

Hay una imagen que es de una extrema dureza y que me remueve completamente. Los días del mes en los que las criadas son fértiles se produce a diario la “ceremonia”. Se reúnen todas las personas de la casa; el comandante saca una Biblia y lee el siguiente fragmento:

Al ver que no podía dar hijos a Jacob, Raquel tuvo envidia de su hermana, y dijo a su marido: «Dame hijos, porque si no, me muero».

Pero Jacob, indignado, le respondió: «¿Acaso yo puedo hacer las veces de Dios, que te impide ser madre?».

Ella añadió: «Aquí tienes a mi esclava Bilhá. Únete a ella, y que dé a luz sobre mis rodillas. Por medio de ella, también yo voy a tener hijos». Génesis 30: 1-3.

A continuación, el comandante, la esposa y la criada se dirigen al dormitorio. La esposa se sienta en la cama. La criada se tumba en la cama con los pies apoyados en el suelo y la cabeza en el regazo de la esposa, quien le sujeta las manos. El comandante de pie procede a intentar fecundar a la criada, lo que no deja de ser una violación ritualizada. El ambiente, la tensión, las emociones reprimidas no dejan indiferente. Más si se tienen presentes los datos sobre la violencia contra mujeres y niñas (véase ONUMujeres).

En la serie se van sucediendo escenas del presente y del pasado. Defred, la protagonista, que es la criada de los Waterford, en un momento alude a la fábula de La rana y el agua hirviendo para señalar que la sociedad no vio venir los cambios que se avecinaban. Tampoco la señora Waterford que ayudó a su marido a redactar las nuevas leyes de Gilead y se ve relegada a esposa sin posibilidad de hacer escuchar su voz y esperando a que “se obre el milagro” y su criada le dé descendencia. Su frustración y desesperación la descarga con crueldad en Defred. Una sociedad no puede presenciar impasible el recorte de derechos y libertades porque puede suceder que todo lo conquistado con el esfuerzo, la lucha e incluso la vida de muchas personas se desplome y tenga una difícil y dolorosa vuelta atrás.

Hay varias preguntas que me han ido surgiendo ¿Cabe ser feliz en una sociedad totalitaria? ¿Se puede disfrutar viendo la desigualdad arbitraria y el miedo institucionalizado que conduce irremediablemente a la corrupción? Probablemente habrá personas que confundan privilegios con méritos (invito a leer esta entrevista a Michael Sandel sobre la meritocracia) y quien permanezca impasible ante el sufrimiento otro ser humano, o puede que ni siquiera reconozca a ese otro como un ser con dignidad. No obstante, me niego a creer que sea posible doblegar por completo la voluntad de todo ser humano. Mientras quede un atisbo de consciencia de la dignidad, mientras no nos dejemos adormecer por la indolencia o la resignación hay esperanza de rebelión y cambio.

No quiero acabar sin hacer una alusión al tema elegido por OnuMujeres para el Día Internacional de la Mujer 2021: “Mujeres líderes: Por un futuro igualitario en el mundo de la Covid-19”. Nos encontramos en un momento histórico en el que muchas seguridades se han visto tambaleadas y se “ha puesto de relieve tanto la importancia fundamental de las contribuciones de las mujeres como las cargas desproporcionadas que soportan”. Ojalá sepamos estar a la altura de la historia como humanidad y seamos capaces de crear unas condiciones que hagan imposible que una distopía como la comentada se haga realidad y hagamos del mundo un lugar mejor para todas las personas.


jueves, 11 de febrero de 2021

Tres buenas brújulas morales: Vergüenza, culpa y orgullo

 


[He publicado esta entrada en el Blog de Inteligencia Emocional de Eitb el 11.02.2021]

En esta entrada trataré sobre las emociones autoconscientes: la vergüenza, la culpa y el orgullo, a partir de Etxebarria Bilbao (2020). En una entrada anterior, Empatía y moralidad, tomé como base el mismo libro. Las emociones autoconscientes son una brújula interna importante para el control de la conducta por parte del yo; hacen menos necesario el control externo. De las tres, el orgullo es la menos estudiada.

En inglés, los conceptos de shame y guilt no se corresponden exactamente con nuestra vergüenza y culpa, respectivamente. En la siguiente tabla 1 podemos ver las diferencias entre una y otra en nuestro contexto cultural. Shame no incluye las versiones más livianas de vergüenza, que estarían más cerca de embarrassment (que traducimos como vergüenza, pero también como corte, apuro o bochorno; y se suele producir en presencia de otras personas).

Tabla 1: Diferencias entre vergüenza y culpa

Vergüenza

Culpa

Pública (requiere observadores externos)

Privada (desaprobación propia)

Fallos no morales (es vs. desearía ser)

Fallos morales (es vs. debería ser)

Fallos incontrolables

Fallos controlables

Deseo de huir

Deseo de reparar

Foco: Yo en su conjunto

Foco: Acción concreta

Fuente: Adaptado de Etxebarria Bilbao (2020: 85)

 

La vergüenza provoca el ‘tierra trágame’, el deseo de no hacer actuado así o que, por lo menos, nadie lo hubiera visto. Suele conllevar rumia. Se manifiesta en encogimiento del cuerpo y rubor. Recuerdo las palabras de quien fuera compañero en la universidad, Iñaki Beti, en su escrito Breve elogio de la vergüenza: “Sin vergüenza, nuestros comportamientos y palabras muchas veces devienen en procaces, irrespetuosos, soberbios, mentirosos y engañosos”.

La culpa, que en el ámbito moral suele considerarse la emoción más importante, aparece cuando somos conscientes de que hemos hecho, o vamos a hacer, algo que está mal. Se habla de dos tipos de culpa: 1) intrapsíquica (intrapersonal) o ansioso-agresiva, asociada a actos, pensamientos o deseos que contravienen normas [esta tiene unos límites difusos con la vergüenza]; y 2) interpersonal o empática, aparece como reacción al dolor ajeno y relacionada con la conciencia de ser causante del mismo.

En las experiencias de culpa se dan: empatía, ansiedad, agresividad (dirigida hacia uno mismo o los demás), así como asco o miedo. Las reacciones de culpa son más habituales o intensas cuando los actos afectan a personas cercanas.

El orgullo tiene que ver con una autoevaluación positiva en distintos ámbitos: deportivo, profesional, etc. Se distinguen dos tipos de orgullo: auténtico, ligado a una situación concreta (yo-en-acción) y hubrístico, se generaliza a todas las situaciones (yo-como-actor). Es una emoción muy permeable a la opinión de los demás. En el ámbito moral tiene una función reguladora de la acción moral, pero es débil. Puede verse socavada por diversos factores.

Veamos en la tabla 2 los distintos efectos que tienen la vergüenza, la culpa y el orgullo.

Tabla 2: Efectos de la vergüenza, la culpa y el orgullo

Vergüenza

Culpa

Orgullo

Implica tendencia al escape, a la huida.

Motiva la reparación (a favor de la víctima o de otras personas).

 

Refuerza la conducta moral positiva.

Conlleva intentos de superación de los propios fallos.

Favorece la revisión crítica de la propia conducta.

Favorece la conducta a la que se asocia.

Favorece (de forma limitada) la prosocialidad y mejora las relaciones sociales.

Motiva la conducta prosocial, conlleva autocorrección moral (aunque, en ocasiones, puede dar lugar a mecanismos proyectivos).

Favorece la congruencia entre los valores y la conducta moral.

Función autoreguladora de las conductas sociales inapropiadas.

Inhibe las conductas a las que se asocia.

Favorece la identidad moral.

 

Puede conducir a conductas autopunitivas, para restaurar el equilibrio con la víctima (véase el Efecto Dobby, en alusión al personaje de Harry Potter).

En conjunto, culpa y orgullo son esenciales para dirigir y controlar el comportamiento en consonancia con los valores morales.

 

Favorece la conformidad con las demandas ajenas (no solo las de la víctima).

Fuente: Elaborado a partir de Etxebarria Bilbao (2020: cap.4)

 

Vistas estas emociones y los importantes efectos que tienen, cabe destacar el gran papel que tienen como brújulas morales. Seamos conscientes de ello y trabajemos para desarrollarlas.

 

Bibliografía


viernes, 22 de enero de 2021

El encuentro con el otro: la labor del tutor o tutora

 


El 21 de enero ha tenido lugar la Jornada del 25. Aniversario del SOU (Servicio de Orientación Universitaria) de la Universidad de Deusto. Afortunadamente he podido asistir de forma presencial. Ha sido un acto entrañable en el que al final del mismo ha recibido un merecido homenaje el impulsor del Servicio, Manuel Marroquín, SJ. Al comienzo del acto el homenajeado ha recordado cuál es el concepto de persona que está en el corazón del SOU: humanismo abierto a la trascendencia; siempre ha estado presente el ahondar en aquello que nos ayuda a ser personas más empáticas, más solidarias, más humanas… Y nos ha recordado las palabras del Padre Arrupe que abren esta entrada.

La ponencia central ha estado a cargo de Amaia Mauriz-Etxabe, directora del Instituto Bios, Psicoterapia Integrativa de Bilbao y antigua alumna de nuestra universidad. El título de la misma "La sorpresa del encuentro con el otro: desafíos y regalos" prometía un contenido muy interesante y oportuno para los tutores, tutoras y profesorado ahí congregado. Ha sido muy interesante e interpeladora. Voy a compartir aquí las principales ideas que me llevo.

Amaia ha comenzado con un reto, la propuesta de recuperar la mirada limpia y curiosa de un niño o niña que observa el mundo. En ese momento me ha venido a la mente una imagen con unas miradas muy familiares, inspiradoras y queridas para mí…


Amaia nos ha recordado que nuestra labor de tutoría es una relación de ayuda en una etapa peculiar de la vida de nuestros tutorandos y tutorandas. Un tiempo en el que construyen mucho de su vida y en el que ya cargan una mochila con algunos vacíos, pero también con algunas herramientas. Y nos ha lanzado otras preguntas: ¿Por qué estáis aquí? ¿Por quién? ¿La mirada de quién os ha acompañado para desarrollar este rol? Ha venturado, y en mi caso lo he visto clarísimo, que nos ha traído la implicación de alguien, un respeto genuino, una mirada que acompaña. Al momento me han venido algunos rostros, no muchos, porque, como ella ha dicho, “lo troncal es muy selectivo”.

Nos ha comentado algunas ideas de Manuel Marroquín, quien fue su profesor, expresadas en La relación de ayuda en R. Carkhuff. ¿Quién puede hacer counselling y psicoterapia? Personas que son antes humanas que psicoterapeutas; se trata de buscar dentro de mí para hacer un camino personal. Personas que tienen un compromiso básico con la persona a la que acompañan. Personas que entienden la dinámica de la personalidad del otro, que se implican en el cambio del otro. Y nos ha contado que viene de una cultura en la que cuando se respeta a alguien se mantienen las distancias, y eso a veces se traduce en silencio. Tenemos que ser conscientes de que podemos ser alguien que ha sembrado una semilla que ha marcado un camino, aunque nunca lo sepamos. El encuentro con el otro conlleva un encuentro con uno mismo.

Ha aludido también a la ética y la relación. La ética es una respuesta a los espacios vacíos. La relación confronta nuestros valores: ¿quién soy? ¿cuál es mi identidad? ¿y la del otro? El encuentro con el otro es un acto de entrega, de intimidad, un acto generoso… En el encuentro con otra persona me hago una idea de quién soy, en qué momento estoy (con el otro y conmigo); exige un interés genuino, más allá de prejuicios e interpretaciones, y una aceptación incondicional. Esa aceptación incondicional es lo que hace que se construya la implicación, que ayuda a crear puentes entre dos personas diferentes, con historias y marcos de referencia distintos. Esto me recuerda que tengo que seguir entendiendo (escucha abierta, activa, plena) sin prejuicios ni conclusiones previas, lo que permite que la persona siga contando… Amaia ha comentado que en un correo que había recibido de Erskine le recordaba que el lenguaje patológico resulta opresivo, incluso violento. Que para que se dé conexión en una relación hay que aproximarse con la mente abierta y que siempre hay que tener claro un principio: no sé nada de la experiencia interna de la otra persona, por lo que tengo que preguntar, escuchar e indagar.

Y ha puesto un símil muy sugerente, que nos puede inspirar en la labor de tutoría. Cuando un niño se cae, va donde su madre y esta, aunque no sea real, le pone una tirita que hace que su dolor se mitigue. Como tutores y tutoras debemos recordar este acrónimo RERA:

Reparación

Estabilización (tranquilizar)

Reorganización psicológica

Animar a crecer y desarrollarse (una mirada incondicional repetida en el tiempo acompaña hacia adentro y estimula a dar un paso adelante).

¿Cómo podemos desarrollar todo lo comentado? Teniendo en cuenta y dando respuesta a las necesidades relacionales. Una necesidad es algo irrenunciable, y es diferente a un deseo. Cuando una necesidad no se satisface tiene un reflejo negativo en la salud de la persona. Erskine y sus colaboradores, a través de una investigación cualitativa desarrollada a lo largo de los años, han identificado 8 necesidades relacionales que se repiten:

  1. Necesidad de seguridad, de sentirse visceralmente a salvo; de sentirse aceptado/a como uno/a es, sin crítica, humillación o ser ignorado/a. Es la base para que la relación crezca.
  2. Necesidad de valoración y validación; ser valorado/a; escuchado/a; atendido/a, tomado/a en serio. Quien lo recibe aprende que a alguien le importa lo que dice, piensa o siente.
  3. Necesidad de aceptación por parte de una persona más fuerte, más sabia, en quien se pueda apoyar. Es necesario tener a una persona que sea un referente, alguien a quien si llamo tengo la seguridad de que va a estar ahí, alguien que va a ser mi columna vertebral, me va a ayudar en momentos de toma de decisiones, de conflictos. En los casos de burnout esta suele ser la necesidad no satisfecha.
  4. Necesidad de reciprocidad (mutualidad). Ser comprendido/a por alguien que ha pasado por una situación similar, que conoce la calidad y el tipo de experiencia. Hay momentos en los que sentimos que somos la única persona a la que le ha pasado algo así…
  5. Necesidad de autodefinición. Necesitamos expresar la propia singularidad, nuestra forma única de ser. A veces puede ser exagerado durante un tiempo, pero es la forma de construir nuestra identidad única. Cuando no se satisface el precio lo pagamos hacia adentro, no sé quién soy ni qué quiero.
  6. Necesidad de hacer impacto, de influir en otra persona de alguna manera y tener evidencia de ello, saber que somos significativos en la relación. Si no se satisface genera frustración, incomodidad, puede hacer que nos rindamos, etc.
  7. Necesidad de que la otra persona tome la iniciativa, es el modo de que la otra persona exprese que eres importante y anima a que tomes el riesgo de acercarte.
  8. Necesidad de expresar amor. En toda relación positiva se produce acercamiento, sensación de cariño y afecto. Poder expresarlo y que el otro lo reciba ayuda a no negar la intimidad y cercanía que se da en una relación de ayuda eficaz.

Ojalá seamos capaces como tutores y tutoras de co-crear (es un camino de ida y vuelta) relaciones positivas de ayuda… Todo un regalo y un desafío. Todo lo que he escuchado, una vez más, me ha confirmado la importancia del efecto Pigmalión y de la mirada apreciativa…







lunes, 28 de diciembre de 2020

Empatía y moralidad


[He publicado esta entrada en el Blog de Inteligencia Emocional de Eitb el 28.12.20]

Estoy leyendo un libro de Itziar Etxebarria Bilbao, Catedrática de Psicología Básica de la UPV-EHU, que me cautivó por el título: Las emociones y el mundo moral. Más allá de la empatía. Voy a resumir y comentar el capítulo dedicado a “La empatía y emociones derivadas”.

Hay dos concepciones de la empatía: 1) respuesta cognitiva, comprensión de los pensamientos, sentimientos, etc. de la otra persona (se fija en el proceso); 2) respuesta emocional ante la situación de la otra persona (se fija en el resultado del proceso). Los autores que se han fijado en la relación entre empatía y moralidad se decantan por la segunda concepción, y la mayor parte de los análisis se centran en el papel de la empatía ante el sufrimiento ajeno (aunque la empatía con el bienestar de las otras personas también tiene un gran valor moral). En este sentido se suele hablar de preocupación empática (empathic concern).

Como señala Etxebarria Bilbao (2020) la empatía tiene efectos positivos en el ámbito moral:

  • La empatía centrada en la víctima (preocupación empática) favorece conductas de ayuda, más allá de la búsqueda de un interés personal, la respuesta a un malestar personal (empatía centrada en uno mismo).
  • La empatía, que no es propiamente una emoción, es la fuente de diversas emociones morales, que pueden darse de forma combinada: compasión (que favorece la ayuda y consuelo de las víctimas); la indignación (que lleva frenar el daño a las víctimas); culpa (que conduce a reparar el daño, o si es anticipada, a inhibirse de hacer daño); cólera (que mueve a luchar contra las injusticias). Hay cierta base innata de moralidad, que incluso compartimos con muchos animales (véase el vídeo), y que puede estar presente incluso en situaciones muy desfavorables de socialización.
  • La empatía inhibe la agresión, aunque a veces el impulso agresivo es tan fuerte que no puede frenarlo (con la correspondiente culpa a posteriori). En las guerras se intenta anular los sentimientos de empatía hacia los enemigos mientras que en los procesos de resolución de conflictos se tratan de potenciar.
  • La empatía favorece el perdón. Aunque, paradójicamente, en ocasiones la empatía con la víctima impone el imperativo moral de no perdonar.
  • La empatía juega un papel importante en la distinción entre moralidad y convención. En la primera el bien o mal es independiente de la existencia de una norma social al respecto.
  • La empatía influye en los principios y los juicios morales: activa la idea de evitar dañar a otros y procurarles el bienestar; contribuye a la preferencia por los principios de necesidad e igualdad frente al de equidad (especialmente la basada en el producto); juega un papel fundamental en el juicio moral y la toma de decisiones.

A pesar de estas valiosas contribuciones la empatía tiene riesgos y limitaciones, reconocidas por la mayoría de los autores:

  • La sobre-activación o sobre-excitación empática, que hace que la preocupación empática se convierta en malestar personal y active defensas que hagan desaparecer todo lo que la empatía aporta.
  • La habituación. Ante un estímulo repetido la intensidad de la respuesta disminuye.
  • Los sesgos empáticos, entre los que destacan el de aquí y ahora (se empatiza con más facilidad con lo cercano frente a lo lejano; con lo que ocurre en el momento presente frente a lo que ocurra en el futuro); y el de familiaridad-semejanza (se siente mayor empatía hacia los familiares/cercanos o aquellas personas que se nos asemejan).
  • La fragilidad de la empatía. Los prejuicios raciales, culturales, etc., así como las ideologías pueden debilitar, e incluso anular la empatía. La psicopatía parcial o circunscrita es un fenómeno más común de lo que se piensa.

Por lo anteriormente señalado es muy importante educar la empatía, “transformar una simple respuesta natural, con todos sus riesgos y limitaciones, en una virtud. Se trata de pasar de lo que es a lo que debe ser: sentirse concernido no solo por los próximos, sino por cualquier ser humano (e incluso otros animales)” (Etxebarria Bilbao, 2020: 70), lo que exige subrayar la común humanidad y educar otras emociones que anulan la empatía (asco, miedo al diferente, odio al oponente, etc.).

Hace algún tiempo escribía en una entrada de blog que “La compasión es empatía en acción, va más allá de comprender el dolor del otro desde su situación, me mueve y me compromete. Es un sentimiento humano muy elevado que deberíamos cultivar desde la cuna. El mundo sería un lugar mucho más amable si hubiera más compasión” (ver entrada Compasión: empatía en acción). La imagen que abre esta entrada representa a la perfección lo que es la compasión, que la empatía no es solo una respuesta cognitiva, sino también emocional. Los niños y niñas son grandes maestros de lo que es la empatía, universal y libre de prejuicios. Tal vez deberíamos volvernos como niños y recuperar esa mirada limpia y compasiva.

 

Bibliografía





martes, 15 de diciembre de 2020

Desvelos de madre y educadora

 



Para que lo leas con calma...

Cariño, no sé muy bien por dónde empezar a escribir estas líneas. Desde ayer bullen muchas ideas en mi cabeza y mis emociones están un poco alteradas. Espero poder transmitirte unas y otras de la mejor manera. Verás que se entremezcla mi voz como madre, como ciudadana y como profesora de ética (que es algo que tengo muy arraigado). Cuando vengas en vacaciones tendremos tiempo para hablarlo con calma y en persona.

Empiezo por las emociones, que se me han ido solapando unas con otras: sorpresa, estupor, preocupación, indignación, enfado, tristeza, mucha tristeza, sobre todo tristeza… Cada día desde que nacisteis hago una petición al cielo… a Dios… a la vida… “Que mis hijos sean buenas personas” … Creo que no hay cosa más importante para mí. Entiendo el éxito en la vida como ser una buena persona, hacer lo que hay que hacer, aunque el contexto no favorezca. Contribuir a dejar el mundo un poco mejor de lo que lo has encontrado… Recuerdo una vez que estabas en el colegio, en una época en la que andabas muy revuelto y tu comportamiento no era demasiado bueno, que antes de una reunión de padres le dijiste a tu tutor: “Diles que somos buena gente”. No nos lo dijo, pero yo sabía que el comentario era tuyo…

Hace mucho hice mía una máxima que escuché al que entonces era Rector del Tec: “El bien es bien, aunque nadie lo haga; el mal es mal, aunque todos lo practiquen”. Intento que esa máxima y la regla de oro (en positivo: “Haz a los demás lo que quieras que te hagan”, o en negativo: “No hagas a los demás lo que no quieres que te hagan”) orienten mis acciones. Y eso que quiero para mí es en lo que he intentado educaros a vosotros, no solo con palabras sino con acciones. Llevo mucho tiempo trabajando mis valores e intentando llevarlos a la práctica. No siempre lo consigo, no soy ni mucho menos perfecta, pero pongo un gran esfuerzo consciente en vivir lo que creo. Y si fracaso en el intento, vuelvo a intentarlo… las veces que haga falta…

Como tú bien sabes actos, actitudes y carácter están íntimamente relacionados. Cada acto, cada acción, puede ser catalogada como buena o mala. La repetición de actos va conformando actitudes, predisposiciones para actuar. Y el conjunto de nuestras acciones conforman nuestro carácter, o “modo de ser adquirido”, que puede ser, en términos aristotélicos, vicioso (tiende hacia el mal) o virtuoso (tiende hacia el bien). Cada uno vamos fijando nuestro carácter acción a acción, decisión a decisión. Ayer me preguntabas: “¿Y eso me hace peor persona?”. Claro que una mala acción no te convierte en una mala persona, pero seguro que te aleja algo de la persona que quieres ser. Y no creo que nadie quiera ser una mala persona. Siempre digo a mis alumnos y a mis alumnas que espero que se les encienda una ‘alarma’ cada vez que digan la frase “Total… eso no hace mal a nadie”. Muchas veces cuando pronunciamos esa frase nos olvidamos de la persona más importante, cada uno de nosotros y de nosotras. Puede que una acción no tenga consecuencias, o que no te pillen, o que nadie se entere… Pero cada uno sabe cuando no ha actuado bien y eso afecta a la persona que cada uno construimos, a ese carácter que vamos conformando acción a acción, decisión a decisión.

Sé que algunas de mis ideas y mis valores te pueden parecer anticuados, que no compartes (ni siquiera sé si entiendes) la fe que profeso… Sé también que no estás de acuerdo con la sociedad, el sistema, el capital, las injusticias… pero no cualquier medio vale para transformar el mundo. Importan los fines, pero no te puedes desentender de los medios. ¿Te imaginas que todas las personas actuaran de la misma manera? ¿Sería el mundo un lugar mejor? Acuérdate del imperativo categórico de Kant: “Actúa de tal manera que tu conducta pueda ser considerada una ley universal” (y la segunda formulación: “trata al ser humano como un fin en sí mismo, nunca como un puro medio”).

Las normas y las leyes están para cumplirlas porque favorecen el buen funcionamiento de la sociedad. Está claro que no todas las normas y leyes son justas, pero que una norma o ley no sea justa no legitima que uno se salte todas o que cumpla solo las que le interesan. ¿Sería mejor un mundo sin leyes y normas? ¿Cómo se protegería a las personas más vulnerables? ¿Habría mayor igualdad y justicia? Sinceramente, creo que no. Se puede luchar por cambiar las normas y leyes, pero, vuelvo a lo de antes, no de cualquier manera. Relacionado con esto, hay algo que me preocupa y es el tema de la escala y la oportunidad. Quienes cometen delitos, quienes tienen comportamientos corruptos, quienes atentan contra el bien común, normalmente no empiezan por grandes cosas.  Se empieza cometiendo pequeñas transgresiones, pero a medida que se sale indemne y se tiene oportunidad y acceso a otros niveles, sube la escala de la transgresión. Y luego no vale el “yo no quería”… Acuérdate de algo que os he repetido muchas veces… “acción, reacción, repercusión”, responsabilidad en acción.

Eres dueño de tu vida y de tus decisiones. Yo quiero, siempre he querido, lo mejor para ti. No puedo obligarte a actuar como yo creo que se debe actuar, pero tampoco puedo renunciar a decirte lo que pienso y cómo me siento… No puedo dejar de preocuparme por ti porque me importa la persona que eres. Y siempre con una premisa previa: “Te quiero por encima de todo y a pesar de todo”.

Ama

 

 


lunes, 30 de noviembre de 2020

Educar es…

 

[He publicado esta entrada en el Blog de Inteligencia Emocional de Eitb el 30.11.20]


En lo últimos días han confluido dos hechos que me inspiran esta reflexión. Por un lado, he asistido al seminario “Diálogos sobre pedagogía ignaciana” impartido por el Rector de la Universidad de Deusto, José María Guibert, e inspirado en su último libro. Por otro, una conversación con una amiga que me contaba la situación que había vivido su hijo adolescente en el colegio y el desasosiego e indignación que le producía. 

Empiezo por esto último. Clase de gimnasia, 2º ESO, 13 años, hormonas revolucionadas, espacio algo más relajado que el aula cotidiana… Niños y niñas están corriendo siguiendo las indicaciones del profesor. El hijo de mi amiga va a la par que su amigo del alma. Seguramente no están concentrados al 100%... ¿Quién no se acuerda de las tonterías que se hacían con esa edad en cualquier contexto? El profesor detiene la clase, les increpa que no se están tomando en serio la actividad y les ordena lo siguiente: Tienen que correr persiguiéndose el uno al otro; quien alcance al otro se libra del castigo; y quien ‘pierda’ tendrá que quedarse el viernes por la tarde haciendo una tarea… Empiezan a correr. El resto de la clase jalea a los corredores. Al final, el hijo de mi amiga alcanza a su mejor amigo. ¿Se puede decir que ha ganado? ¿Cómo se siente? ¿Cómo se siente su amigo? ¿Qué es lo que ha aprendido? ¿Qué es lo que ha aprendido el resto de la clase?

No es difícil ponerse en la piel del hijo de mi amiga… Sentía desconcierto (¿qué es lo que me está diciendo? ¿por qué tengo que hacer esto?); vergüenza y humillación (la situación recuerda a una escena del Circo romano); rabia y frustración por tener que hacer algo que puede dañar a su amigo y a la relación; impotencia por verse obligado a cumplir unas órdenes difíciles de comprender, pero que de no cumplirlas podrían interpretarse como insubordinación; pena por saber que su amigo es menos rápido y va a ser él quien le atrape… Y todo esto ¿para qué? ¿Cuál es la intención educativa de esto?

Esto me lleva al libro de Guibert (2020, p.9) que comienza así: “Con este libro quiero presentar una reflexión sobre una de las actividades más nobles que existen en la humanidad: la educación. Preocuparse por el que no sabe, ayudarle a aprender y a crecer en su entorno, generar caminos de emancipación y de construcción compartida de la personalidad, acompañar senderos de discernimiento y maduración, etc. o cualquier rasgo que elijamos para describir la actividad educativa, son hitos preciosos que tocan lo más hondo de la fibra humana”. La labor de un docente es contribuir a la formación integral de las personas que tiene a su cargo, y va mucho más allá de transmitir unos conocimientos (en eso internet supera a cualquiera). Es preparar para la vida en todas sus dimensiones. “El deseo de hacer bien al educando y el amor a esa persona deben marcar o iluminar la acción educativa” (Guibert, 2020, p 11). Esta es una clave fundamental, la labor educativa debe estar inspirada en el amor. Puede resultar chocante hablar de amor en este contexto, pero es básico. En mi despacho tengo una lámina con la imagen que abre esta entrada y que me recuerda cada día que las huellas que debo dejar son huellas de amor; y las dejo con lo que digo y lo que hago.

Me gustaría terminar con la cita con la que abre su libro Guibert (2020) y que pertenece al Padre General de la Compañía de Jesús:

“La educación es un factor de desarrollo humano a través del cual se persiguen la justicia social, la reconciliación entre los seres humanos y con el medio ambiente, se promueve la paz y se detiene la violencia; se abren horizontes universales y trascendentes. Un ser humano educado sabe situar sus metas personales dentro de la búsqueda del bien común” Arturo Sosa, SJ

Cada educador, cada educadora tenemos una gran responsabilidad… Somos “guardianes de la llama”…

Bibliografía

Guibert, José María, SJ (2020). Para comprender la pedagogía Ignaciana. Bilbao: Mensajero



lunes, 2 de noviembre de 2020

Aprender, desaprender y reaprender

 


[He publicado esta entrada en el Blog de Inteligencia Emocional de Eitb el 02.11.2020]

Hay una frase de Herbert Gerjuoy, que Alvin Toffler popularizó al citarla en El shock del futuro, que da qué pensar: “Los analfabetos del siglo XXI no serán aquellos que no sepan leer y escribir, sino aquellos que no sepan aprender, desaprender y reaprender”.

Recientemente, preparando una conferencia, me he reencontrado con un libro que leí hace muchos años, cuyo editor era Carlos Alemany y tenía un título muy prometedor, 14 aprendizajes vitales. Estos 14 aprendizajes comenzaban con “Aprender a desaprender” y terminaban con “Aprender a despedirse”. El reencuentro ha sido feliz y me ha hecho pararme y revisar qué aprendizajes de los señalados me han costado, me están costando, más. Voy a comentar dos de ellos.

Sin duda, el más difícil ha sido Aprender a decir ‘no’. Desde niña, por educación y también por carácter, he vivido muy pendiente de los deseos y necesidades de las demás personas. Me he desvivido por ayudar, cuidar y agradar. Muchas veces lo he hecho a costa de mis deseos y necesidades, a regañadientes y refunfuñando. Con el tiempo he ido aprendiendo que no se puede agradar a todo el mundo, que hay peticiones que son injustas, que hay personas que piden y nunca dan, que mis deseos y necesidades son importantes, que nadie da lo que no tiene (el amor y el cuidado empiezan por una misma). Afortunadamente, he avanzado en asertividad, un estilo de comunicación que se halla entre dos extremos: la pasividad y la agresividad. He aprendido a reclamar mis derechos, pensamientos y necesidades sin agredir (o al menos en ese camino estoy).

Destacaría también el Aprender a perdonarse a sí mismo y dejarse perdonar. Cada vez que, con intención o no, causamos un mal a otra persona también nosotros salimos dañados. “Ese sujeto, que se percata de su falta y la vive como culpa, tiene el peligro de quedar encerrado en el círculo de la culpabilidad de un modo patológico” (Masiá-Clavel, 2000:169). El perdón es liberador. No significa tolerar, disculpar u olvidar; ni dispensa de la responsabilidad y la obligación de reparar. Hay una cita que suelo mencionar en clase: “Cualquiera puede asumir una determinada responsabilidad sin sentirse culpable y, a la inversa, siempre hay quien prefiere regodearse con su sentimiento de culpabilidad sin sentirse responsable por la causa del mismo, pero lo suyo es que ambas nociones vayan de consuno y la culpa sea un síntoma de responsabilidad o que atender a las propias responsabilidades ahuyente cualquier asomo de culpabilidad por nuestra parte” (Aramayo, 2003: 15).

Para aprender y reaprender es fundamental desaprender que, como señala García-Monge (2000: 15), no es fácil por las siguientes razones: por la relevancia en nuestra vida de las personas que nos legaron algunos conocimientos y experiencias; por los beneficios, ya sean conscientes o no, experimentados por esas conductas aprendidas; por las emociones que quedaron grabadas de forma indeleble con cada uno de los aprendizajes; por los refuerzos que posibilitaron su consistencia y constancia; y también porque esos aprendizajes nos posibilitaron identidad y pertenencia. Hace falta mucha voluntad y humildad para dejar atrás lo que ya no sirve y adquirir conocimientos y hábitos nuevos.

Mariano Sigman, neurocientífico, nos recuerda el ‘umbral OK’ o el ‘umbral correcto’. Hay un punto en el que creemos haber llegado al máximo de nuestra capacidad de aprendizaje y nos estancamos. Es muy importante no dejar de esforzarnos y aspirar a mejorar. Siempre es un buen momento para aprender, desaprender y reaprender. Como dice el proverbio zen: “cuando el alumno está preparado, aparece el maestro”. No tenemos que autolimitar nuestro potencial, no hay límite para el crecimiento personal.

Bibliografía

  • Alemany, Carlos (Ed.). 14 aprendizajes vitales. 6º ed. Bilbao: Desclée de Brouwer.
  • AprendemosJuntos (2019, 17 de junio). Si te han dicho que no puedes aprender algo es mentira. Mariano Sigman, neurocientífico. [Archivo de vídeo]. Recuperado de: https://www.youtube.com/watch?v=nR3cOPMY2aA
  • Aramayo, Roberto R. (2003). Culpa y responsabilidad como vertientes de la conciencia moral.  Isegoria, 29: 15-34
  • García-Monge, José A. (2000). Aprender a desaprender. En Carlos Alemany (Ed.). 14 aprendizajes vitales. 6º ed. Bilbao: Desclée de Brouwer, 13-22.
  • Masiá-Clavel, Juan (2000). Aprender a perdonarse a sí mismo y dejarse perdonar. En Carlos Alemany (Ed.). 14 aprendizajes vitales. 6º ed. Bilbao: Desclée de Brouwer, 167-182.


lunes, 5 de octubre de 2020

Emociones encontradas: sobre los hijos

 


[He publicado esta entrada en el Blog de Inteligencia Emocional de Eitb el 05.10.2020]

¿Qué padre o madre no ha pronunciado la frase “¡Cómo crece mi hijo/a!”? Verles crecer es una de las cosas que más consciente te hace del paso de tiempo. Un día parece que falta mucho tiempo para que emprendan el vuelo y al día siguiente les ves extender sus alas y tomar altura… Hace algo menos de un año publicaba una entrada, con ocasión de la partida de mi hijo mayor hacia su estancia Erasmus, que terminaba así:

“Te he dado raíces… He ‘cosido’ tus alas con jirones de mi alma. Soy el puerto en el que siempre podrás atracar… Pero ha llegado el momento de que despliegues tus alas y que vueles como estoy segura que sabes hacer… ¡Suerte Xabi!”

Hace unos días me volvía a despedir para una estancia más larga, un año, pero algo más cerca, Madrid. Esta vez ha sido un poco menos duro. No tuve que contener las lágrimas. Le despedí con una sonrisa. Estaba algo más preparada… si es que alguna vez se puede estar preparada para que un hijo se vaya de casa.

Son muchas, y de muy diverso tipo, las emociones que me invaden en este momento. Se solapan unas con otras (¡Así son las emociones…!) y me tienen un poco agitada. Me vienen a la cabeza unos versos de una canción de Andrea Bocelli y su hijo Mateo a la que dediqué otra entrada: “Que sigo dispuesto a amarte sin fin / Pero a cada paso que doy / Más te alejas tú”. Siento un amor que me desborda y me recuerda que tiene que hacer su camino; por otro lado, siento algo de tristeza porque no le voy a ver tanto y una pizca de añoranza de ese niño que siempre me quería tener cerca. No puedo negar que también siento un poco de miedo porque va a una ciudad que está más azotada por la pandemia y en la que acecha la sombra de que limiten la movilidad y eso impida que pueda venir en un tiempo largo. Sin duda estoy alegre porque esta vez le ha costado menos irse, no ha estado tan nervioso, no tenía cara de cachorrito asustado (eso me partió el corazón el año pasado al dejarle en el aeropuerto…). Además, está contento e ilusionado con el Máster que va a hacer y con el hecho de compartir piso con amigos. Eso me da mucha tranquilidad. Y quizá el sentimiento que predomina es el de orgullo. Le veo convertido en un adulto (aunque a veces algunos comportamientos digan lo contrario). Decidido, capaz de organizarse y administrar el dinero que hemos acordado que va a tener. Consciente del esfuerzo que supone estudiar fuera. Y lo más importante, con principios… Y por todo ello me siento satisfecha. Mi tarea era la de educar y, a pesar de muchos errores y cosas que podría haber hecho mejor, la he cumplido. La siembra está hecha, ahora queda recoger los frutos.

Mientras escribo estas líneas me llama mi hijo pequeño y me dice que “está bien pero que ha roto el coche”. Venía de un partido con dos compañeros de equipo y han tenido un accidente. Por un instante se para el mundo, me cuesta respirar… La mente me va a mil por hora. Me repito a mí misma: “Tranquila, todos están bien, también el conductor del otro coche”. Recibo unas fotos de cómo ha quedado el coche. Me invade el llanto porque soy consciente de lo que podía haber pasado. El tiempo se me hace eterno hasta que llega a casa… Me fundo en un abrazo liberador que se lleva toda la tensión contenida. Creo que pocas veces he sentido tanta gratitud.

La verdad es que les he llevado 9 meses en las entrañas, pero desde ese momento se me han instalado en la mente y el corazón y ocupan un espacio inmenso. Es lo que tiene ser madre… una tarea de 24 horas, 7 días a la semana y con una alta intensidad emocional…