viernes, 18 de enero de 2019

¿Por qué nos enamoramos de la piedra?

[He publicado esta entrada en el Blog de Inteligencia Emocional de Eitb el 18.01.2019]


Hace tiempo que me ronda por la cabeza una pregunta, por qué nos enamoramos de las piedras que encontramos en el camino. Tropezar no es malo, encariñarse de las piedras sí. Las relaciones son una gran fuente de alegría y felicidad pero también de dolor y sufrimiento, y más si no aprendemos y cometemos una y otra vez los mismos errores. Y da lo mismo que hablemos de amistades, familia o pareja.

Hace unos meses le escribía el siguiente correo a una persona muy querida que estaba pasando por un problema de pareja.

Asunto: Quiero compartir esto contigo...

No sé si te van a gustar mis palabras pero no puedo quedarme indiferente ante lo que te está sucediendo porque me duele verte sufrir.

Sé que estás enamorada. Sé que la lealtad a los que quieres es muy importante para ti. Sé que tu nivel de compromiso con las personas es muy elevado. Sé cuánto valoras la amistad, la familia y la pareja.

Quiero compartir contigo lo que me preocupa. Sé que puedes y quieres perdonar. Ten en cuenta que se puede perdonar y a la vez acabar con una relación que te hace sufrir. Cuando no se coincide en los proyectos de vida y en los planteamientos vitales eso es una fuente inagotable de sufrimiento (y eso es válido para amistades, familia, etc.). Te lo digo con conocimiento de causa. Es terrible estar en pareja y sentirte absolutamente sola. El problema es que para cuando te das cuenta ya tienes cicatrices muy profundas que tardan en curar. Porque el corazón se te rompe con cada traición, decepción, falta de amor, etc. Tú tienes muchas personas que estamos dispuestas a recoger los trozos pero cada vez los pedazos son más pequeños. Y, además, seguro que cada vez te vas sintiendo más pequeña y acabas convencida de que el problema está en ti. A mí me costó salir de eso. Sé que el padre de mis hijos no es malo, pero sí que era incapaz de darme lo que yo necesito. Y no lo he comprendido por completo hasta que me he encontrado con mi actual pareja. Cuando ves la vida de una forma parecida y miras en la misma dirección todo es diferente y merece la pena superar cualquier contratiempo.

Espero no haberte molestado. Te quiero y puedes contar conmigo.

Es cierto que nos resulta mucho más fácil ver el camino del fracaso en carne ajena que en la nuestra propia. Pero no es menos cierto que a menudo nos obstinamos en el error y no aprendemos, repetimos una y otra vez las mismas conductas y los mismos errores de concepto. Muchas veces se debe a un exceso de ingenuidad y de confianza… ¿Cómo vamos a desconfiar de esa persona tan ‘maravillosa’ que tenemos enfrente?... ¿No será culpa nuestra? Algo habremos hecho mal… Nuestro amor seguro que le hace cambiar… ¿Cómo no le voy a dar otra oportunidad?... Lo peor de esto es que poco a poco mina la autoconfianza, el autoconcepto y la seguridad de quien siempre está dispuesto o dispuesta a dar… Las decepciones, la desilusión, la sensación de fracaso es cada vez mayor y el corazón se rompe en pedazos cada vez más pequeños lo que hace más difícil repararlo. Y cómo duele  ver a alguien a quien aprecias y valoras caer en esa espiral autodestructiva sin poder hacer nada más que recoger y guardar los pedacitos…

Probablemente el gran problema es que queremos y nos quieren mal. Todo empieza por amarnos y 
respetarnos sin olvidar nunca a la persona más importante de nuestra vida, que es quien nos mira todos los días en el espejo. Como escuché hace mucho tiempo… Nadie da lo que no tiene.



viernes, 21 de diciembre de 2018

¡Viva la segunda oportunidad!


[He publicado esta entrada en el Blog de Inteligencia Emocional de Eitb el 21.12.2018]

Hace tiempo, en una de las entradas que he escrito que más visitas tiene, Sobrevivir al Amor Zero, decía: “Una de las grandes lecciones que he aprendido en la vida, no sin dolor y sufrimiento, es que no se debe mendigar amor, no se puede hacer que otro te ame.  ‘Solía pensar que la peor cosa en la vida era terminar solo. No lo es. Lo peor de la vida es terminar con alguien que te hace sentir solo’ (Robin Williams en Sra. Doubtfire). El amor verdadero no puede ser una fuente de desazón; no te vacía sino que te plenifica; no te destruye sino que te ayuda a ser tú mismo”.

Me reafirmo en mis palabras, no se debe mendigar amor. El amor te tiene que ayudar a ser la mejor versión de ti misma, si no, no es amor. Y lo digo ahora que pertenezco, como una amiga me dijo, al club de la segunda oportunidad y estoy “a punto” de volver a casarme, enamorada, convencida e ilusionada.

Me sorprende encontrarme con el escrito que hice poco después de separarme, un momento de gran oscuridad, y en el que me decía a mí misma, ¡Busca en tu interior!: “¿Y en este momento cómo salir adelante? ¿Cómo elaborar el duelo de una forma constructiva? Veo dos caminos que habré de recorrer en paralelo. En primer lugar, como decía el ‘cuento’ del principio, tengo un importante camino hacia adentro. Debo mirar hacia mi interior y conectar con lo que soy. Debo reelaborar algunos de los aspectos que hasta ahora me definían en parte. Debo aceptar los cambios y mirarme con mucho cariño. Debo aprender de esta situación. El otro camino es el de apoyarme en mis amistades, el de pedir ayuda y dejarme querer y acompañar, pero siempre conectando con mi búsqueda interior y no escapando de ella”. Creo que no estaría hoy en el punto que estoy si no hubiera seguido ese camino, si no hubiera aprendido a escucharme y a valorarme (lo que no quiere decir que siempre lo consiga) y si no hubiera tenido la ayuda y el acompañamiento de las personas que me quieren, en algunos momentos me sostienen y me hacen también de espejo.

Lo que durante un tiempo viví como un importante fracaso ha sido una de mis grandes lecciones de vida. Me enseñó el valor de la familia y de la amistad (dos de los grandes dones de la vida); el significado del amor (que empieza ineludiblemente por una misma); el amor como respuesta a cualquier pregunta (sobre todo la del sentido de la existencia); la fe como un camino con recovecos y momentos de desierto pero siempre abierto a la esperanza; el aquí y el ahora como único momento que nos pertenece… La vida es un gran regalo aunque a veces tenga un sabor amargo.

Estoy feliz con mi segunda oportunidad. Ahora sí tengo un compañero de camino y estoy en disposición de construir una verdadera comunidad de vida y amor. Y, como dice la canción, “seguiremos luchando hasta el final… no es tiempo para perdedores”.


viernes, 23 de noviembre de 2018

¿Por qué tengo miedo?


[He publicado esta entrada en el Blog de Inteligencia Emocional de Eitb el 23.11.2018]

Recientemente he asistido a un concierto, más bien una meditación comunitaria cantada, de la Hermana Glenda, a quien descubrí hace unos veinte años. Es una cantautora de música cristiana nacida en Chile y con nacionalidad española que se dedica a la evangelización a través de la música. Una de las canciones, que hacía mucho que no escuchaba, me removió por dentro, Nada es imposible para ti. Sus versos todavía resuenan en mí: “¿Por qué tengo miedo? (…) ¿Por qué tengo dudas?”

Como dice mi amigo Roge hay muchos miedos… “Miedos desadaptativos, paralizantes, agresivos, humillantes, cotidianos, invisibles, amigos, condicionados y condicionantes, viejos y nuevos, aceptados, odiados, del pasado, del presente, del futuro… de los más peligrosos. Miedos fóbicos, terroríficos, pavorosos, pero también sutiles, silenciosos, permanentes, depresivos y deprimentes”. A veces nos cuesta vernos como animales y no somos conscientes de que nuestra razón no puede acallar lo que nuestras emociones ‘gritan’ por cada poro de nuestra piel. Ante el miedo nuestro cerebro tiene grabadas tres respuestas: ataque, huida o inmovilidad. He de reconocer que en mí la más habitual es la inmovilidad, el miedo me paraliza, me bloquea. Y, como dice Roge, eso te hace presa fácil de los depredadores y depredadoras, que huelen el miedo y  les excita porque te conviertes en  una presa. ¿Y cuáles son mis mayores miedos, los fantasmas que me acompañan? En mi caso los tengo bien identificados: el rechazo y el abandono… Y esto me habla del miedo a la soledad.

Hay un vídeo muy sugerente de José María Rodríguez Olaizola sj que se titula “¿Se puede bailar con la soledad?” (tiene también un libro con ese título). Como señala puede parecer una paradoja porque el baile evoca algo alegre mientras que la soledad evoca algo triste. En toda vida hay soledad (creo que la mayor constatación de ello es que todas las personas nacemos y morimos solas aunque estemos rodeadas de gente). Hay soledad buscada con la que es fácil bailar. Lo complicado es bailar con esa soledad no buscada, la que te ataca cuando miras las vidas de los demás y te parece que están llenas de vínculos y encuentros mientras que la tuya no lo está. Rodríguez Olaizola da tres claves para bailar con esa soledad: 1) Escuchar la música, aprender a oír los ruidos y voces que nos hablan de vida y nos demuestran que no estamos solos o solas; 2) Aprender a escuchar a las demás personas, a reconocerlas, con sus luces y sus sombras, más allá de sus máscaras; 3) Ofrecer afecto, no exigirlo… ahí empezamos a bailar.

Y merece la pena bailar porque, como señala el siguiente autor al que vamos a mencionar,  “la buena vida se construye con buenas relaciones”.  Robert Waldinger es el 4º director del Harvard Study of Adult Development, una investigación sobre la vida (trabajo, salud, vida familiar, etc.) de 724 hombres a lo largo de 75 años realizada a través de cuestionarios, entrevistas, historias médicas, etc. La pregunta a la que tratan de dar respuesta en el estudio es: ¿Qué nos hace felices y saludables?  El mencionado estudio comenzó en 1938. En la fecha de la charla, diciembre de 2015, 60 de esos hombres continuaban con vida y seguían participando en el estudio. Había dos grupos iniciales: uno eran alumnos cursando segundo año de carrera en Harvard; el otro eran chicos de los barrios más pobres de Boston. Actualmente están estudiando a los descendientes de los participantes en el estudio, más de 2000, y hace una década se incorporó a las mujeres de los participantes. La conclusión central del estudio no tiene que ver con la fama y el dinero: “Las buenas relaciones nos hacen más felices y más saludables”. Se derivan tres aprendizajes importantes: 1) “Las conexiones sociales nos hacen bien y la soledad mata”; 2)”Lo que importa es la calidad de las relaciones más cercanas”; 3)”Las buenas relaciones no sólo protegen el cuerpo, protegen el cerebro”. No es necesario que las relaciones sean buenas todo el tiempo, en todas hay altibajos, lo importante es saber que se puede contar con la otra persona.

Volviendo a la canción que mencionaba al principio… ¿Por qué tengo miedo sin nada es imposible para ti y, añado, has llenado mi camino de personas que le dan brillo y sentido?


miércoles, 7 de noviembre de 2018

Apostemos por la sororidad


[He publicado esta entrada en el Blog de Doce Miradas el 06.11.2018]

Hace tiempo escribí una entrada en mi blog que llevaba por título “El peligro de la historia única”, que es el de una charla TED que dio la escritora nigeriana Chimamanda Ngozi Adichie en 2009. En dicha entrada llegaba a esta conclusión:
“La charla también me hacía pensar en la lucha feminista, en el patriarcado. Durante muchos, demasiados, años la historia de las mujeres ha sido contada e interpretada por hombres. La voz de la mujer ha sido silenciada o minusvalorada… Todo cambio hacia la real igualdad de oportunidades entre hombres y mujeres pasa por superar la historia única”.

El patriarcado está inscrito muy fuerte en nuestro ADN social. Una muestra de ello la podemos ver en el vídeo de BBC News Mundo (2018) en el que se propone el siguiente acertijo:
“Un padre y un hijo viajan en coche. Tienen un accidente grave, el padre muere y al hijo se lo llevan al hospital porque necesita una compleja operación de emergencia. Llaman a una eminencia médica pero cuando llega y ve al paciente dice: ‘No puedo operarlo, es mi hijo’”

Como se explica en el vídeo incluso personas con mucha conciencia feminista no se plantean que la respuesta es que la eminencia médica es la madre debido a la “parcialidad implícita”, que tiene un origen cultural pero que se vuelve parte de un proceso automático. Yo misma cuando acabé mi tesis doctoral sobre el tema del liderazgo femenino llegaba a la conclusión de que, en gran medida, estaba alienada. Ir contra los “mandatos sociales” exige estar muy alerta, a sabiendas de que algunas veces no caerás en la cuenta y reproducirás los mecanismos que perpetúan las diferencias.  

Recientemente he leído un nuevo artículo de Adichie (2018), cuyo título es: “El silencio es un lujo que no podemos permitirnos”. En él invita a la valentía, a romper el silencio, a ir en contra de lo establecido y luchar por la justicia. “Es la hora de la valentía, que no es la ausencia de miedo sino la decisión de actuar a pesar de tenerlo (…) Esa experiencia [una relacionada con una visita a la iglesia de su niñez en la que se habían dado pasos hacia atrás] me hizo abandonar mi idea boba y romántica de que ‘hablar claro’ va unido a la certeza de un apoyo generalizado. Pero me aclaró la importancia de hablar de lo que importa: no se debe hablar porque uno esté seguro de que le van a apoyar, sino porque no puede permitirse el silencio (…) Mi responsabilidad como ciudadana es la verdad y la justicia”. Las mujeres tenemos que unirnos y dar a conocer nuestra voz. Y más cuando, como dice Adichie (2018), “sabemos por las investigaciones que las mujeres leen libros escritos por hombres y por mujeres, pero los hombres leen libros escritos por hombres”. Los relatos de las mujeres son para todas las personas porque hablan de la humanidad. Como decía Mao Zedong, “Las mujeres sostienen la mitad del cielo, porque con la otra mano sostienen la mitad del mundo”.

Dar a conocer nuestra voz pasa por reconocer las discriminaciones múltiples y la necesidad de una aproximación interseccional. “Considerar además del género, otras desigualdades exige pasar de un enfoque unitario a un enfoque que ha de integrar desigualdades múltiples que incluyen primero la raza y la clase social, luego en lugar de la clase social lo harán la edad, la religión o creencia, la discapacidad y la orientación sexual” (Expósito, 2012, 207). No se trata de dar a conocer la voz de la mujer sino las voces de las mujeres, que son muchas y muy diversas en función de las mencionadas discriminaciones múltiples.



Y una de las mejores vías para hacerlo es a través del ejercicio de la sororidad, entendida como “una experiencia de las mujeres que conduce a la búsqueda de relaciones positivas y a la alianza existencial y política, cuerpo a cuerpo, subjetividad a subjetividad con otras mujeres, para contribuir con acciones específicas a la eliminación social de todas las formas de opresión y al apoyo mutuo para lograr el poderío genérico de todas y al empoderamiento vital de cada mujer” (Lagarde, 2006, 126). En definitiva son pactos entre mujeres a favor de mujeres y para hacer del mundo un lugar mejor para todas las personas.

Apostemos por la sororidad. Como dice Burgos (2018), en lugar de seguir el “mandato” y competir con cada mujer con la que te cruces,  “decide ser su igual, su hermana, su amiga, su aliada. Decide sustituir la envidia por admiración, las críticas por apoyo, la lucha por amor”.




Referencias


viernes, 26 de octubre de 2018

Ven a mí… Más allá de las palabras


[He publicado esta entrada en el Blog de Inteligencia Emocional de Eitb el 26.10.2018]

Recientemente he descubierto un vídeo de Andrea Bocelli con su hijo Mateo… “Ven a mí”. Precioso vídeo… Preciosa canción… Quiero compartir aquí lo que me ha sugerido. Y lo hago en el día que se cumplen 20 años de que me estrené como madre.

La principal sensación que me queda es de ternura ¡Qué maravilla ver y sentir la complicidad de padre e hijo! El orgullo recíproco… La satisfacción de compartir mucho más que una canción… El paso del testigo… Una carrera que comienza y una ya consolidada que sirve de aliento y estímulo… Una puerta que se abre, un mundo por descubrir y construir…

La letra (véase la foto) es muy evocadora…

“Ven a mí… Escúchame… Abrázame… Si quieres tú”. Como padres y madres nos corresponde acompañar a nuestros hijos e hijas en su camino de crecimiento y hacerlo cada vez más en la distancia, pero permaneciendo siempre disponibles para aquello que quieran o necesiten. Llega un momento en el que sólo queda esperar a que vengan a nosotros… si ellos y ellas quieren. No es nuestro momento ni nuestra vida, sino la suya. ¡Qué difícil mantenerse en la justa distancia! Darles raíces y alas es nuestro mejor legado. Como decía Juan Ramón Jiménez: “Raíces y alas. Pero que las alas arraiguen y las raíces vuelen”.

“Que sigo dispuesto a amarte sin fin / Pero a cada paso que doy / Más te alejas tú”. El día que fui madre comprendí, no de forma racional sino experiencial, lo que es el amor incondicional. Estar dispuesta a amar sin fin, sin límites, sin medida, sin esperar nada a cambio, sin reproches, sin preguntas, por encima de todas las respuestas… Y a sabiendas de que poco a poco, día a día, a medida que emprenden su camino se alejan llevándose una parte de tu corazón y de tu vida… Y el ciclo se repetirá… Ellos y ellas lo harán con sus hijos e hijas.

“En cada paso que des, cree en ti”. Creo que no hay palabras más potentes hacia un hijo o una hija… Una invitación, una llamada a que sigan a sus corazones, a que superen sus miedos y luchen por lo que creen… aunque nosotros no lo veamos claro… incluso, a veces, en contra de nuestro criterio. Hace mucho  que hice mío el lema de Virgilio, “Possunt quia posse videntur” (pueden porque creen que pueden).

“Es un viaje eterno, yo sonreiré / Si me llevas contigo a volar otra vez”. Son mágicos esos momentos en los que, como cuando eran pequeños, te invitan a ‘jugar’ y a soñar con ellos. Te abren la puerta de su mundo y tú entras agradecida…

“Te puedo ver / Aunque cierre mis ojos, te ven”. Ese gran secreto compartió el zorro con El Principito: “Sólo con el corazón se puede ver bien; lo esencial es invisible a los ojos”.

Para terminar unos versos  de Khalil Gibran, El Profeta:
“Vuestros hijos no son vuestros hijos.
Son los hijos y las hijas del ansia de la Vida por sí
misma.
Vienen a través vuestro, pero no son vuestros.
Y aunque vivan con vosotros, no os pertenecen.
(…)
Sois los arcos con los que vuestros niños, cual flechas
vivas, son lanzados”.


lunes, 24 de septiembre de 2018

Palabras para el corazón


[He publicado esta entrada en el Blog de Inteligencia Emocional de Eitb el 24.09.2018]

El otro día presencié una de esas escenas que te encogen el alma, de esas en las que no sabes si es mejor intervenir o no. Opté por alejarme y no he parado de darle vueltas porque me invadieron la rabia y la tristeza.

Estábamos en la parada de autobús y llegaron un padre y un hijo adolescente de unos catorce o quince años. Ante un comentario del hijo sobre el peso de una de las bolsas que llevaban con compra el padre le empezó a insultar en un tono muy alto y no dejaba de gritar groserías. Al principio el hijo se defendía pero llegó un momento en que calló y se quedó cabizbajo. Desde fuera la reacción del padre era claramente desmedida y muy poco afortunada. Cuesta escuchar a un padre decirle a su hijo semejantes burradas y no intervenir… Llegó a decirle ‘eres el peor hijo’. Y no era sólo lo que decía sino la carga emocional con la que lo hacía… ¡Devastador! Las palabras son un arma de doble filo y hieren más que un cuchillo. Dejan cicatrices invisibles que el tiempo no cura y que nunca se sabe cuándo se pueden reabrir. ¡Qué fácil resulta atacar a alguien! ¡Qué sencillo herir a quienes más conocemos! Hace tiempo escribí sobre una foto que daba un sabio consejo… Antes de hablar piensa [THINK, por las iniciales de las palabras en inglés: T- ¿Es cierto?;  H- ¿Ayuda?; I- ¿Es inspirador? ¿Es positivo?; N- ¿Es necesario?; K- ¿Es amable?]. En el caso señalado todas las respuestas eran negativas… Entonces ¿para qué? Seguramente no había  un para qué  más allá de un desahogo… ¿Y el chaval? ¿Qué pudo aprender de esa situación? ¿Qué modelo de relación y comunicación estaba viviendo? No dejo de pensar…¡Qué mal se tenía que sentir!

En más de una ocasión he comentado que soy una firme convencida del Efecto Pigmalión, que habla sobre la fuerza que tienen sobre nosotros las expectativas que otros tienen y nos transmiten. Este efecto funciona tanto en positivo como en negativo, por eso es muy importante cuidar los mensajes que lanzamos, consciente o inconscientemente, con palabras y también con gestos. Los padres, las madres, así como las y los educadores,  jugamos un papel decisivo en la autoestima de nuestros hijos e hijas y en el desarrollo de sus destrezas. Todo ser humano es un diamante en bruto lleno de posibilidades. Hay que educar  la mirada para ver más allá de lo que las personas son e intuir qué pueden llegar a ser. Es terrible que quien se supone que te ama incondicionalmente te haga sentir pequeño, insignificante, e incluso malo...

Ahora que mis hijos ya no son unos niños echo la mirada atrás y de lo único que me arrepiento es de las veces en las que les he chillado sin control, las veces en las que mi frustración o cansancio ha hablado más alto que el amor que les tengo. Esas ocasiones en las que mi niña interior se ha descontrolado y ha perdido los papeles… Menos mal que he aprendido a morderme la lengua antes de decir algo que pueda dañar a otra persona. Aunque he de reconocer que no lo consigo al cien por cien. Eso sí, soy muy consciente de que es fundamental ser especialmente cuidadosa con las personas más cercanas ya que con ellas nuestros dardos son mucho más certeros y el daño es más profundo.

Cambiemos la perspectiva… Miremos de una forma nueva a las personas. Hablemos desde y para el corazón. Aprendamos a decir con convencimiento… Corre, vuela, no te detengas…

Primero el caballo y después el carro

[He publicado esta entrada en el Blog de Inteligencia Emocional de Eitb el 20.08.2018]


Es una suerte conocer a un autor y en este caso más. Hace unos meses Enrique Pallarés me regaló un ejemplar del libro cuya imagen abre esta entrada. El título es sugerente y la foto de portada más. Un vaso ¿medio lleno o medio vacío? Es un libro muy fácil de leer que propone pautas para afrontar problemas comunes y promover el bienestar personal. Es difícil no verse reflejada en sus páginas. Me voy a apoyar para esta entrada en el capítulo 6 que enseguida captó mi interés, “El caballo delante del carro”.

Conozco muchas personas que, por muy diversos motivos, pasan o han pasado por momentos difíciles (yo misma) y que poco a poco van aislándose, dejan de hacer aquello que les gusta y entran en lo que Pallarés (2013: cap.14) explica como espiral descendente: cuando la relación entre dos factores, hechos o fuerzas hace que una de ellas aumente la intensidad de la otra dando lugar a unas consecuencias cada vez más negativas. Hay muchos ejemplos de espirales descendentes: dolor y tensión muscular (yo que sufro bastante de lumbago sé de esto); culpabilidad o vergüenza e ira; insomnio y dormir durante el día; insomnio y preocupación por no dormir (no puedes dormir y no dejas de calcular las horas que te quedan para levantarte); ponerse colorado y advertirlo (esto es muy habitual al hablar en público); atracón y ayuno; estereotipos y prejuicios y distancia (actualmente está muy vivo el miedo a los inmigrantes). También hay espirales ascendentes (funcionan igual pero sus efectos son positivos): positividad y apertura mental o positividad y confianza.

Para romper la espiral descendente que se activa con un estado de ánimo bajo o con la depresión es bueno recordar que el caballo siempre va delante del carro. Hay que retomar o iniciar las actividades en vez de esperar a que el ánimo mejore. Dejar las actividades cuando uno tiene el ánimo bajo puede producir un alivio pasajero, pero agrava la situación a medio o largo plazo. Pallarés (2013: 37) ofrece una serie de orientaciones para salir de esa situación de ánimo bajo o depresión, para poner el caballo delante:
  • Elaborar una lista de las actividades que te resultaban agradables antes de esta situación.
  • Priorizar dichas actividades, clasificarlas para ver cuáles serían más fáciles de retomar.
  • Hay que empezar, sin dilación, por aquello que resulte más accesible. La procrastinación puede ser uno de los peores enemigos para salir de un bache.
  • Aplazar el sentir gusto o interés, al menos por un tiempo. Igual que cuando tenemos un problema de salud nos tomamos la medicina prescrita porque es eficaz para superarla, debemos retomar la actividad porque es bueno, aunque ahora no nos satisfaga.
  • Esperar pacientemente a los efectos positivos. No serán inmediatos y probablemente nos costará verlos. Perseverar y no ceder. Una pequeña historia personal: Tengo el menisco interior izquierdo roto. La traumatóloga me dijo que en lugar de operar íbamos a probar con rehabilitación. No fue hasta la sesión 28, de 30, que noté la mejoría. Y de momento no he necesitado la operación. Renegué mucho, sufrí cada sesión de rehabilitación, pero la mejoría llegó. Y me alegro de haber esperado. Pallarés (2013: cáp. 24) nos recuerda que al hablar de recuperación ( y también de crear un hábito) no debemos pensar en una línea ascendente y recta, sino en una ondulada y con mesetas. Los avances y retrocesos forman parte del proceso.
  • Ir paso a paso, sin forzar la marcha. No se trata de que el caballo vaya siempre al trote o al galope, basta con que no se detenga.
Escribiendo esta entrada he recordado un cuento de Anthony de Mello (La oración de la rana). Me parece una bonita imagen a recordar en los momentos bajos. A veces puede ser bueno dejarse llevar por la música. 
“Los judíos de una pequeña ciudad rusa esperaban ansiosos la llegada de un rabino. Se trataba de un acontecimiento poco frecuente, y por eso habían dedicado mucho tiempo a preparar las preguntas que iban a hacerle.
Cuando, al fin, llegó y se reunieron con él en el ayuntamiento, el rabino pudo palpar la tensión reinante mientras todos se disponían a escuchar las respuestas que él iba a darles.
Al principio no dijo nada, sino que se limitó a mirarles fijamente a los ojos, a la vez que tarareaba insistentemente una melodía. Pronto empezó todo el mundo a tararear. Entonces el rabino se puso a cantar y todos le imitaron. Luego comenzó a balancearse y a danzar con gestos solemnes y rítmicos, y todos hicieron lo mismo. Al cabo de un rato, estaban todos tan enfrascados en la danza y tan absortos en sus movimientos que parecían insensibles a todo lo demás; de este modo, todo el mundo quedó restablecido y curado de la fragmentación interior que nos aparta de la Verdad”.

Para terminar quiero dejar una melodía que muchos días me pongo para comenzar el día y empezar la actividad más allá de si estoy bien o mal de si me apetece o no hacer algo… Es un buen mantra “éste es el mejor momento”…


Bibliografía

  • Pallarés Molíns, Enrique (2013). Cómo sentirse mejor con la ayuda de anécdotas e imágenes. Bilbao: Ediciones Mensajero.

Etiquetas: Aprendizaje; Desarrollo Personal; Educacion emocional; Inteligencia emocional 

martes, 24 de julio de 2018

Cinco mujeres hablan de Jesús de Nazaret (II)


Siguiendo con la entrada de ayer, comparto la homilía que he preparado para hoy. 

24 de julio, Mt 12, 46-50
En aquel tiempo, estaba Jesús hablando a la gente cuando su madre y sus hermanos se  presentaron fuera, tratando de hablar con él. Uno se lo avisó: «Oye, tu madre y tus hermanos están fuera y quieren hablar contigo». Pero él contestó al que le avisaba: «¿Quién es mi madre  y quiénes son mis hermanos?». Y, señalando con la mano a los discípulos dijo: «Estos son mi madre y mis hermanos. El que cumple la voluntad de mi Padre del cielo, ese es mi hermano, y mi hermana, y mi madre».

“Quien cumple la voluntad de mi Padre del cielo es mi hermano, mi hermana y mi madre”

Este texto me interpela mucho. Como madre siento la dureza de la pregunta… ¿quiénes son mi madre y mis hermanos? En un primer momento puede resultar una pregunta desgarradora. En la tradición judía la familia siempre ha sido considerada la base de la sociedad. Y una pregunta como esa, que podía resonar como desprecio, podía resultar escandalosa. Hoy en día que hay realidades muy diferentes, que no hay un único modelo de familia, que hay muchas personas solas que establecen vínculos muy sólidos con personas a las que no les unen lazos de sangre… quizá sea especialmente pertinente preguntarse qué es la familia, quiénes forman mi familia.

¿Quiénes son mi madre y mis hermanos? Veamos la pregunta desde otra perspectiva. En este texto Jesús nos habla de la familia espiritual. Nos recuerda que todos formamos parte de la gran familia de Dios, que todos recibimos la llamada a ser hijos e hijas suyos. Jesús, lejos de despreciar a su madre y sus hermanos, les reconoce como parte de esa gran familia que trasciende los lazos de sangre. En el evangelio de ayer se nos invitaba a permanecer en el amor de Dios y dar frutos. Quienes responden a la invitación se unen a esa familia espiritual cuya unión es más honda y duradera que la de la sangre, la del origen.

Al comienzo de los Ejercicios Espirituales, que son un camino personal para conocer la voluntad de Dios en mi vida,  San Ignacio propuso el Principio y Fundamento que dice: “El hombre es criado para alabar, hacer reverencia y servir a Dios nuestro Señor y, mediante esto, salvar su ánima…” [EE 23]. Yo soy hija de Dios. Me ha llamado a la vida porque me ama y espera que, libremente, le corresponda amándole a él y a las demás personas. Toda la creación es fruto del amor de Dios. Soy invitada a desear y elegir aquello que me conduce al fin para el que he sido creada. Cada uno de nosotros estamos llamados a lo mismo. Sin embargo… ¡Cuántas veces nos olvidamos de esto y elegimos mal! ¡Cuántas veces nos dejamos llevar por lo que es más cómodo o fácil! ¡Cuántas veces nos dejamos influir por lo que hacen o piensan los demás! En clase suelo repetir muchas veces que cuando decimos frases como… “¡Total! No hace daño a nadie…” nos solemos olvidar de la persona más importante en nuestra vida… que es la que nos mira en el espejo cada día. Muchas veces tomamos decisiones que nos alejan de la persona que queremos ser, de la persona que estamos llamados a ser. Y lo hacemos en decisiones grandes y también en pequeñas elecciones.

Para mí, uno de los grandes problemas de nuestro modo de vida y de nuestro ritmo de vida es que vivimos anestesiados, que hemos dejado de hacernos preguntas. Que no confrontamos la realidad o los hechos. Que no nos preguntamos por lo que está bien o mal. Que confundimos lo que es con lo que debe de ser. Que no nos cuestionamos cuál es la voluntad de Dios en nuestra vida. Que vivimos de espaldas a Dios y, muchas veces, también de espaldas a los demás. Preguntar y preguntarnos es lo que permite que desarrollemos nuestro espíritu crítico, es lo que nos permite avanzar, es lo que nos hace desarrollar nuestra creatividad. No toda pregunta tiene respuesta, pero las preguntas abren posibilidades y permiten que se den los cambios. Para mí, el texto de hoy es una invitación a hacernos preguntas, a cuestionar nuestras acciones y las de los demás.  ¿Qué pasaría si hoy me encontrara con Jesús y me preguntara eres tú mi madre, mi hermana?

Al final de los Ejercicios Espirituales, en la “Contemplación para alcanzar amor”, San Ignacio propone esta bella oración, que se parece mucho a la respuesta que dio María, la criatura modelo del cumplimiento de la voluntad de Dios:

Tomad, Señor y recibid
toda mi libertad
mi memoria, mi entendimiento
y toda mi voluntad
Todo mi haber y mi poseer
vos me lo disteis
a vos Señor lo torno
Todo es vuestro
disponed a toda vuestra voluntad
Dadme vuestro amor y gracia
que ésta me basta
San Ignacio de Loyola, EE n.234  [Fuente: https://pastoralsj.org/recursos/oraciones/216 ]

Os animo y me animo a que cumplamos la voluntad de Dios, nuestro Padre-Madre, que no es otra que ser amor como él lo es. Pongámonos confiadamente en sus manos, como María. Que así sea. 

lunes, 23 de julio de 2018

Cinco mujeres hablan de Jesús de Nazaret (I)


Hace unos días recibí la invitación a participar en la Novena de San Ignacio de Loyola en la Iglesia del Sagrado Corazón (San Sebastián) haciendo dos días la homilía. Todo un reto... He de reconocer que me gustó la idea pero que me ha costado un poco prepararlo. Comparto aquí la homilía de hoy, 23 de julio.


23 de julio, Santa Brígida. Jn 15, 1-8
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Yo soy la verdadera vid, y mi Padre es el Labrador. A todo sarmiento mío que no da fruto lo arranca, y a todo el que da fruto lo poda, para que dé más fruto. Vosotros ya estáis limpios por las palabras que os he hablado;   permaneced en mí, y yo en vosotros. Como el sarmiento no puede dar fruto por sí si no permanece en la vid, así tampoco vosotros si no permanecéis en mí. Yo soy la vid, vosotros los sarmientos; el que permanece en mí y yo en él, ese da fruto abundante; porque sin mí no podéis hacer nada. Al que no permanece en mí lo tiran fuera, como el sarmiento, y se seca; luego los recogen y los echan al fuego, y arden. Si permanecéis en mí, y mis palabras  permanecen en vosotros, pedid lo que deseáis, y se realizará. Con esto recibe gloria mi Padre, con que deis fruto abundante; así seréis discípulos míos».

“La persona que permanece en mí y yo en ella da fruto abundante” (Jn 15, 5)

Permanecer. Siete veces se repite este verbo en el texto. La invitación es clara. La respuesta está en cada uno, en cada una. No hay futuro para el sarmiento sin la vid. Si la rama se aparta del árbol se seca. Estar separado no da ningún fruto, empobrece. Permanecer es recibir la savia y desarrollar una nueva mirada de lo que es amor y vida. En Dios todo fructifica.

Dice el refrán, “obras son amores y no buenas razones”. El amor se ve en los hechos, no en las palabras; pero también nos podemos perder en el hacer si apartamos la vista de la fuente, si alejamos nuestra mirada de Dios, si no escuchamos su voz en nuestro corazón. La tradición ignaciana nos habla de la importancia de ser contemplativos en la acción[1]; nos habla del reto de encontrar a Dios en todas las cosas, en el día a día, en lo cotidiano. Eso significa permanecer, aunar la vida espiritual con la presencia comprometida en el mundo. Cada persona desde su lugar y su momento, desde sus opciones, según sus posibilidades. Veamos un ejemplo cercano.

Hace unos días en Bilbao tenía lugar la Asamblea de fundación de la Asociación Internacional de Universidades Jesuitas[2] (IAJU) bajo el lema “Transformando nuestro mundo juntos”. En la oración del acto de apertura se destacó, por sus lecciones de vida, la figura del Beato Gárate, quien fuera portero de la Universidad de Deusto durante 41 años y que nació no muy lejos de aquí junto a la Basílica de Loiola. De él se dijo, cito, “No hay virtud más eminente que el hacer sencillamente lo que tenemos que hacer (…) En todo servía a los hermanos. ‘Voy, Señor’, decía, cuando alguien quería algo. Iba sonriente y ágil por el edificio de la Universidad. Veía a Dios en todo, en todos. Sonreía, afable siempre, cuidaba a las personas. Detrás de tanta entrega latía la certeza de que amar no es otra cosa sino servir” [fin de la cita]. El Beato Garate servía y en ese servicio se manifestaba la presencia de Dios. Su amor era concreto y nos puede servir de estímulo. Para mí, como profesora universitaria, supuso una buena llamada de atención que se destacara su figura frente a personas muy eminentes que se han dedicado al trabajo académico a lo largo de los más de 130 años de historia de la universidad. Me recordó el sentido de mi trabajo y la misión compartida con todas y cada una de las personas que componemos la comunidad universitaria y que trabajamos codo con codo para transformar el mundo. Nuestra misión es clara: “Formar hombres y mujeres para los demás, responsables de sí mismos y del mundo que les rodea y comprometidos en la tarea de su transformación hacia una sociedad fraterna y justa”. Formar personas conscientes, competentes, comprometidas y compasivas, las 4 Cs que decimos. Soy parte de algo más grande que siempre debo tener presente y que es lo que legitima y da sentido a lo que hago. Y es importante que lo haga desde la alegría y con alegría, porque así estaré hablando de Dios, aunque no lo mencione.

Ver a Dios en todo y en todos. Esta actitud cambia nuestra mirada y nuestras obras. Cambia nuestra forma de relacionarnos con los demás y con toda la creación. Y además es fuente de verdadera alegría y gratitud. El Padre Arrupe lo expresaba de una manera muy bella:

Nada puede importar más que encontrar a Dios.
Es decir, enamorarse de Él
de una manera definitiva y absoluta.
Aquello de lo que te enamoras atrapa tu imaginación,
y acaba por ir dejando su huella en todo.
Será lo que decida qué es
lo que te saca de la cama en la mañana,
qué haces con tus atardeceres,
en qué empleas tus fines de semana,
lo que lees, lo que conoces,
lo que rompe tu corazón,
y lo que te sobrecoge de alegría y gratitud.
¡Enamórate! ¡Permanece en el amor!
Todo será de otra manera.

Os animo y me animo a que vivamos enamorados de Dios, a que permanezcamos en su amor y demos frutos abundantes. Que así sea.



[1] Esta expresión fue acuñada por quien fuera el Secretario de San Ignacio, Jerónimo Nadal.
[2] Es la red oficial de educación superior de la Compañía de Jesús.

sábado, 7 de julio de 2018

Hoy cumplo medio siglo de vida…



Hoy cumplo medio siglo de vida… Intensa… como yo.

Hace unos meses  percibí de forma clara y distinta, parafraseando a Descartes, que seguramente ya he vivido más de lo que me queda por vivir y me apetece parar y hacer balance. He decidido que quiero vivir en el aquí y el ahora.

He superado varios duelos; ha habido momentos malos y buenos; épocas felices y otras no tanto; sorpresas agradables y desagradables; errores y aciertos; puertas cerradas y ventanas abiertas; muchos aprendizajes, algunos a base de tropezar varias veces…  Incluso tengo algún ‘agujero negro’ en mi memoria, seguramente como medida de auto protección psicológica. Luzco unas cuantas heridas, la mayoría cerradas, y estoy orgullosa de mis cicatrices. No sería quien soy sin ellas... Y suponen un buen recordatorio de caminos que no quiero volver a tomar.

Lo mejor de este recorrido son todas las personas con las que me he encontrado, todos los  nombres que llevo grabados en el corazón. Algunos me acompañan desde el principio, otros se han ido incorporando. Algunos ya no están; otros han ido entrando y saliendo, pero se mantienen. Hay quienes han llegado para no salir nunca y hay quienes fueron muy importantes en una época. Todos estos nombres vienen en este momento a mi memoria.

El siguiente poema de Francisco Luís Bermúdez, que vi por primera vez en el despacho de un gran amigo, refleja muy bien la conclusión a la que llego.



El sentimiento que hoy me embarga es el agradecimiento… Y por eso canto alto y claro… “Gracias a la vida que me ha dado tanto”