Llevaba tiempo pensando en apuntarme a un gimnasio, ahora
que ya tenía una rutina de ir a la piscina. En julio fui con mis hermanas a una
clase de prueba. Además, mis hijos me insistían: "Ama, tienes que hacer
fuerza y cardio".
La primera semana de "vuelta al cole" se me ha
hecho un poco "cuesta arriba", pero el sábado le dije a mi marido que me acompañará al gimnasio —me
imagino que para no echarme atrás y ver si él se animaba—.
Después de ver el gimnasio, cuando le dije a la monitora que
iba a apuntarme, me dijo que ella me ayudaba. Su primera frase: “No sé si te
manejas con el móvil”... Y poco después, cuando me acababa de explicar que daba
la clase de pilates dos días a la semana: “Mi clase es muy cañera”. ¡Mal
empezamos si no me ve capaz de manejar una app y de soportar una clase de
pilates!
Mi primer día de
gimnasio ha sido el domingo. Espero que no me haya visto nadie conocido ni me
hayan grabado...[Para horror mío, mi
hijo pequeño me ha dicho que a ese gimnasio van algunos de sus amigos]. Me
he sentido como Mr.Bean (ver aquí), la
protagonista de uno de los monólogos de
Leo Harlem (ver aquí)
o dentro de un "articuento" de Juanjo Millas... O todo a la vez...
Primero una vuelta de
reconocimiento para decidir por dónde empezar... Más de la mitad de las
cosas que veo —además de parecer instrumentos de tortura— no tengo ni idea de
para qué sirven, ni cómo se manejan. No me atrevo a fijarme demasiado en lo que
hacen quienes están en las máquinas. Elijo
lo que a mí parecer no tenía que revestir ninguna dificultad, la cinta
andadora. ¡Craso error! Una chica me dice a qué botón dar en el
"ordenador de abordo" —increíble la cantidad de botones que tienen
todas las máquinas—. En la máquina de al lado un "señor" de mi edad —o
puede que mayor— andando a un ritmo más que ligero. Empiezo a moverme y la
cinta apenas responde. Me tropiezo, me tambaleo y el "señor" me dice
que al principio me sujete con una mano. De verdad que lo intento, pero me
siento ridícula, torpe, como si no pudiera andar. Me entra la risa floja, el
"señor" me mira. Le digo: "es que no estoy andando normal".
Me mira de nuevo y lo ratifica. Por vergüenza me bajo de la cinta, no sin
dificultad.
Me voy a una bicicleta porque eso no puede ser peor. Esta
vez acierto, y hasta lo disfruto. También pruebo una máquina de remo. Me siento
en la primera y casi no me llegan los pies a los pedales. Pruebo en la de al
lado y casi me pegan las rodillas en la barbilla. Consigo encontrar la palanca
para mover el banco. Cuando logro fijar los pies apenas llego a coger el manillar
—he buscado y el nombre técnico es palonier—.
Al final lo consigo y creo que lo hago aceptablemente.
Después de alguna otra prueba, al final voy a una máquina en
la que deslizas los pies y te puedes agarrar a una especie de palos. Noto que
algo no va bien. Me fijo discretamente en la chica que está a mi lado y veo que
mientras ella desplaza los pies hacia delante, yo lo hago hacia atrás. Corrijo
y sigo un ratito... Decido dejarlo. Casi
una hora el primer día no está mal. Y cero lesiones.
Para compensar me voy un rato a lo conocido, la piscina...
Me parece algo fácil, muy fácil, como para bebés.
Este episodio me ha
recordado mi primera experiencia con una hamaca. Me compré una, con
mosquitera, para poder leer al aire libre sin que me comiesen los mosquitos. Me
la ató a unos árboles mi marido, me dio explicaciones para subirme y se marchó.
Yo cogí impulso hacia atrás para subirme, di una vuelta de campana —o puede que
incluso más de una— y aterricé con mis maltrechas rodillas... Unos meses
después me operaron del menisco. [La foto
que abre la entrada es una captura de un reel que publicó mi marido en mi
perfil de Facebook preguntándome si me sonaba —la odisea de un oso intentando subirse a una hamaca—. Una amiga me dijo que ella le hubiera
matado... Pero yo soy una insustancial y me hace mucha gracia].
En fin, todo sea por
la salud. Espero no acabar diciendo como Juanjo Millás: "a la mitad
del parque decido volver a casa con el mismo espíritu de derrota con el que
abandono el periódico apenas abierto. Me falta fondo o me sobra espanto".
“El sufrimiento que
experimentamos por la marcha definitiva de la persona querida va íntimamente
ligado a la naturaleza del vínculo que teníamos con el difunto. Cuanto más
apego haya entre las personas, mayor sufrimiento causa la ruptura, mayor
indignación, rabia y desconcierto, en especial cuando no había ningún indicio
de que la muerte irrumpiría en el escenario. Si esta llega lentamente, y se
manifiesta previamente con toda clase de síntomas, los que se quedan tienen
ocasión de prepararse, de anticipar el duelo, de hacerse a la idea, de
acostumbrarse a la ausencia del otro; pero cuando aparece como un caballo
desbocado en plena plaza pública, el dolor que causa es inmenso, inenarrable.
Es entonces cuando no hay palabras” (Torralba, 2024, p.89).
He tenido ocasión de leer a Francesc Torralba, filósofo y
teólogo, y de escucharle tanto en vivo como en vídeos. Siempre me ha
sorprendido su hondura y la capacidad de explicar de forma accesible y bella
experiencias profundamente humanas. Recuerdo el día que un amigo me envió la
noticia del fallecimiento de su hijo Oriol en un accidente de montaña cuando
ambos estaban juntos haciendo una ruta. De esa experiencia y el ejercicio
introspectivo que supone la escritura, surge el libro que da título a esta
entrada, No hay palabras. Asumir la
muerte de un hijo (Torralba, 2024). [A partir de este momento en las citas
literales únicamente señalaré la página]. El libro consta de tres partes —1) El
último día de mi hijo. Aquel 14 de agosto de 2023; 2) Aprendizajes difíciles; 3)
Las palabras del filósofo— y Epílogo. Voy a compartir aquí algunas de las ideas
que me llevo de una lectura que es muy recomendable.
Desde el principio Torralba señala las dudas que le han
asaltado. “Las preguntas ante el sentido
de esta muerte y de esta vida han repiqueteado en el interior de mi cabeza
durante todos estos meses. Nunca como hasta ahora había lanzado tantos
interrogantes al cielo. No tengo una respuesta concluyente, pero creo que lo
que hace que una vida sea valiosa no es el tiempo vivido, sino el bien que ha
generado, la belleza que ha creado mientras existía. Mi hijo tuvo una vida
breve, pero hizo mucho bien, y muchos amigos suyos se lo agradecen” (p.12).
Es muy interesante y
apropiada la diferencia que hace entre superar y asumir —este último, verbo
que elige para el título—. “Se supera un examen, una prueba, unas oposiciones,
pero no se supera la muerte de un ser querido. Asumir es el verbo más apropiado
porque significa, textualmente, tomar
para sí, hacerse cargo” (p.16). Insiste en que una experiencia traumática
simplemente sucede y le lleva a uno a sus propios límites, lo que puede ser una
ocasión para crecer y comprender mejor a las demás personas. En nuestra
existencia vivimos muchos hechos —entendido como algo que es habitual— pero
también vivimos acontecimientos —“[Acontecimiento] Es un episodio vital que
marca un antes y un después en la trayectoria biográfica de un ser humano, que
abre una discontinuidad en el tiempo, un salto entre dos hechos” (p. 57)—. No
todos los acontecimientos son trágicos, pero, sin lugar a duda, la muerte de un
hijo sí lo es. Personalmente, la mera idea de esa posibilidad me parece insoportable.
La muerte suscita una montaña rusa de emociones en la que el
entorno debe reaccionar en un punto intermedio entre la lástima y la
indiferencia:
“En este conglomerado intangible
de sentimientos hay ira, indignación, rabia, impotencia, cólera, nostalgia,
pena, tristeza y desesperación, pero todos estos estados emocionales no se dan
de manera separada, ni secuenciada, uno después de otro, sino mezclados,
formando una espesura difícil de aclarar. Es arduo tratar de separarlos con un
bisturí como lo hace un cirujano con los tejidos, las venas y las arterias.
Cuando alguien, con buena intención, nos pregunta cómo estamos o qué sentimos,
notamos un nudo en la garganta e intentamos evitar la cuestión que nos
inquieta, porque no tenemos ninguna garantía de poder terminar la frase. A
veces, antes de responder, se hace un largo silencio, porque no sabemos por
dónde empezar. Esto nos hace humildes y, a la vez, humanos” (p.61).
Uno de los primeros aprendizajes que señala Torralba es el guardar silencio ante la experiencia de la
muerte que tiene la otra persona. Cuando nos enfrentamos al tema del duelo
hay que distinguir entre mostrar y decir. “Hay vivencias que no podemos terminar
de decirnos. […] Podemos mostrar aquello que experimentamos a
través de otros recursos” (p.63). Entre esos recursos encontramos: el abrazo —“es como una columna de carne
ante la intemperie” (p.64)—; la caricia,
que es más que un leve roce —“muestra respeto hacia la alteridad, pero no así
indiferencia. Muestra proximidad, pero no voluntad de dominio ni de sumisión.
Quien acaricia no coge, no manipula; vela por el otro, pero, al mismo tiempo,
lo suelta” (p.65)—; la lágrima —“es
la gramática de la angustia, el esperanto del sufrimiento. Llorar es liberador,
necesario y catártico cuando la pena inunda el corazón” (p. 67)—; el arte —“es otro modo de mostrar aquello
que sentimos y que no podemos expresar verbalmente a causa de la magnitud de la
experiencia que estamos atravesando” (p.67)—; una carta —“ya que nos permite atrevernos a escribir lo que nunca
tendríamos el valor de decir cara a cara porque la presencia del otro nos
disuade de hacerlo” (p.67)—; o la música
—“es la más sutil de las artes y la más profunda, pues atraviesa la corteza de
los fenómenos y ahonda más allá de lo que vemos y tocamos. Nos hace trascender
y nos transporta a un mundo que nos resulta, al mismo tiempo, extraño y
familiar” (p.69)—.
Cuando fallece dramáticamente un ser querido la persona
sufre una alteración profunda en todas
las dimensiones del ser: la corporal, la mental, la emocional, la social y,
también, la espiritual. Independientemente de ser creyente o ateo, “la muerte
provoca un tsunami espiritual en el alma de quien la sobrevive. Tiemblan las
creencias, los valores, también los ideales de vida. Lo que creíamos se pone a
prueba, se somete a un duro examen. También se desordena la pirámide axiológica
personal, ya que aquello que tenía valor deja de tenerlo, porque se ve sustituido
por algo más relevante. La situación-límite es un depurador. Nos pone contra
las cuerdas. Quien cree que la muerte es la transición hacia un estado de vida
plena, hacia un estado de felicidad total, se siente invadido por la duda”
(p.73). En algunos casos, la situación-límite propicia una crisis espiritual
intensa y grave; en otros, lo contrario, se transita hacia la fe. Hay quienes sienten
el impulso de deshacerse de la imagen personal que tienen de Dios. También hay
quienes
se acercan a tradiciones simbólicas y espirituales lejanas. “Sea como
sea, la muerte próxima conmueve a la vida espiritual, la purga” (p.75).
Torralba se resiste a
utilizar el término pérdida para referirse al final de una vida. Cuando una
persona muere, cesa de existir. “Es el final definitivo de la existencia en el
tiempo y en el espacio, pero no es una pérdida. Simplemente, nos vamos, dejamos
de estar aquí, y este dejar de estar abre un vacío, una zanja que no es
únicamente física, sino emocional. Dejamos un vacío en el corazón de los que se
quedan, una grieta en su alma. Dejamos de estar,
pero no necesariamente de ser”
(p.77).
Una tentación, ante el vacío que deja la muerte de un ser
querido, es la dejar de preocuparnos por el aquí y el ahora, la de no atender a
las personas que siguen a nuestro lado. “El
tiempo no lo cura todo, pero permite poner distancia con el acontecimiento,
verlo con perspectiva, debilita la punzada de dolor y todo ello abre la puerta
a asumir la ausencia del ser querido con serenidad y a recuperar el deseo y la
ilusión de vivir” (p.91). En esta encrucijada vital o bien podemos caer en la filosofía del absurdo —“uno llega a la
conclusión de que vivir es un sinsentido, un fenómeno carente de lógica y
racionalidad. Nacemos y morimos sin una explicación” (p.102)—; o bien podemos abandonarnos al misterio del
mundo —“reconocer la debilidad de la razón humana para comprender ciertos
acontecimientos con la esperanza de que, en otra dimensión de la realidad,
podamos entenderlos y se haga la luz” (p.102)—. Un poco más adelante Torralba
añade: “Asumir la muerte de un hijo significa permitirse la posibilidad de
aspirar a una felicidad imperfecta. La felicidad, absoluta, inexpugnable, es
sencillamente un mito, carne de ficción. Está fuera de las coordenadas espacio-tiempo.
La felicidad, en este mundo, es siempre imperfecta” (p. 160).
Otra lección importante, un paso más en el asumir que
alguien ya no está, es la gratitud hacia
esa persona. “La lección que extraigo es clara: es preciso apreciar y dar
las gracias en vida por todo aquello que las otras personas, cercanas o
lejanas, conocidas o desconocidas, nos dan. El lenguaje de la gratitud requiere
atención y consciencia, pero, sobre todo, apertura de miras y generosidad de
espíritu. Quien lo experimenta dentro de su ser siente la necesidad de exclamar
«¡Gracias!»” (p.139).
Torralba presenta una hipótesis sugerente: “la seriedad radica en vivir cada día como
si fuera el último”, que ha transformado en ejercicio que plantea a su
alumnado. “Cuando les pido este ejercicio —cómo vivirían un día pensando que es
el último—, experimentan desconcierto, desasosiego, pero después, al cabo de
poco, se ponen a escribir y no se oye ni un alma en el aula. Nadie me ha
entregado nunca una hoja en blanco. Nadie ha escrito nunca frivolidades. El
último día se pronuncian palabras de amor, se hacen gestos de perdón y de
reconciliación, se practica la gratitud hacia los padres y los amigos, se
celebran despedidas muy solemnes” (p.207).
En el epílogo plantea que quien ha sufrido una pérdida está en condiciones de descubrir tres
grandes virtudes humanas: la
humildad —“es la virtud de la desnudez y de la exposición. Es humilde quien
sabe que, bajo las vestimentas ampulosas, todos somos igual de frágiles y
estamos igual de expuestos a la muerte. Ella nos revela que no somos nada”
(p.212)—; la compasión —“compadecer
es sufrir con alguien, pero el sufrimiento no es algo deseado. Es tener
simpatía con el dolor o con la tristeza. Consiste en participar en el
sufrimiento del prójimo” (p.213) — y la
magnanimidad —“la persona que ha sufrido la muerte de un ser querido
constata que la vida es demasiado corta para desperdiciarla en estupideces.
Descubre en la magnanimidad la virtud de lagrandeza, que lo
habilita para inclinarse hacia lo que es grande. Radica en no dedicarse a
nimiedades ni a necedades” (p.213) —.
¡Ojalá cuando
personas muy queridas dejen de existir podamos dar las gracias por la vida y el
tiempo compartido y nos pongamos en la senda de descubrir las grandes virtudes
de la humildad, la compasión y la magnanimidad”.
Hace unos meses un amigo me recomendó un libro, Lo indisponible (Rosa, 2023). Ha sido el
primer libro que he leído en este período vacacional y, como vaticinó mi amigo,
me ha gustado mucho. Su autor, Hartmut Rosa, es Catedrático
de Sociología en la Universidad Friedrich-Schiller de Jena y director del Max
Weber Center for Advanced Cultural and Social Studies, de la Universidad de
Erfurt. Voy a reflejar aquí las principales ideas que me llevo de la lectura.
Hay
una imagen que explica inmejorablemente el título: “La nevada es prácticamente la forma pura de manifestación de lo
indisponible: no podemos fabricarla ni conseguirla por la fuerza; ni siquiera
podemos preverla con seguridad, al menos no con mucha anticipación. Y mucho
menos podemos atrapar la nieve, apropiarnos de ella. Si la cogemos con la mano,
se nos derrite entre los dedos; si la llevamos a casa, se nos escurre; y si la
guardamos en el congelador, deja de ser nieve” (p.9).
El
ensayo desarrolla una tesis clara: “para los sujetos tardomodernos, el mundo se
ha convertido por completo en un punto de agresión. Todo lo que aparece debe ser conocido, dominado, conquistado y
aprovechado” (p.17). Un poco más adelante explica: “Una sociedad es moderna
cuando solo puede estabilizarse de forma dinámica, es decir, cuando necesita el
constante crecimiento (económico), la aceleración (técnica) y la innovación
(cultural) para mantener su statu quo
institucional” (p.21).
Por
un lado, el juego del incremento se mantiene porque nos aterra tener cada vez menos. “Nunca es suficiente; no porque
seamos insaciables, sino porque todo el tiempo y en todos lados parecemos
encontrarnos en unas escaleras mecánicas descendientes” (p.22). Por otro lado,
existe una creencia muy arraigada, un imperativo categórico: “Nuestra vida
mejorará si logramos poner (más) mundo al alcance; así afirma el mantra
inexpresado —pero reificado y reiterado incesantemente en la acción— que rige
la vida moderna. Actúa de modo que tu
alcance del mundo aumente” (p.23).
El
proceso de puesta a disponibilidad consta
de cuatro dimensiones: 1) “Hacer visible
o cognoscible, expandir el conocimiento de lo
que está ahí” (p.29); 2) “Poner (físicamente) al alcance o hacer accesible”
(pp.29-30); 3) “El intento de volver
dominable o poner bajo control un
segmento del mundo” (p.30). Esta dimensión se ve claramente en el colonialismo;
4) “La dimensión de volver utilizable
o la puesta al servicio de” (p.31).
Vamos poniendo el mundo a disponibilidad, pero “aparece de manera simultánea
como amenazado y amenazante; y, con ello, en última instancia, como constitutivamente indisponible” (p. 35).
Cuando se da la disponibilidad total en las cuatro dimensiones desaparece el
deseo. Y si se da indisponibilidad total en las cuatro no existe atractivo.
La
esencia de la existencia humana y de las relaciones con el mundo es la responsividad o la capacidad de
resonancia, que tiene cuatro rasgos: 1) “El momento de la conmoción (afección)” (p.54): cuando algo o
alguien, de repente, nos interpela; 2) “El momento de la autoeficacia (respuesta)”
(p.54): cuando hay un movimiento hacia afuera, una reacción propia ante aquello
que nos ha conmovido; 3) “El momento de
la asimilación transformación (transformación)” (p.56): las relaciones de
resonancia nos transforman en ellas y con ellas, no sabemos en qué grado; 4) “El momento de la indisponibilidad”
(p.59): la resonancia no se puede ni forzar ni impedir. Además, no podemos saber
en qué dirección nos transformaremos.
Pudiera parecer que el texto es pesimista. Sin embargo,
muestra una clave fundamental para relacionarnos de una forma diferente con el
mundo: “Si el mundo dejara de aparecer como un punto de agresión para mostrarse
como un punto de resonancia —esto es, si en lugar de encontrarnos con él en el
modo de la agresión, la dominación, el control y la puesta a disponibilidad, lo hiciéramos en una actitud de asimilación
transformadora, de escucha y respuesta autoeficaz dirigida a una alcanzabilidad
responsiva mutua—, el juego del incremento perdería su sentido y, lo que es
aún más importante, su energía psicológico-motivacional. En este caso, otro
mundo sería posible” (p.155).
Habrá quien se pregunte qué sentido tiene la foto que abre
esta entrada. Para mí muestra un encuentro con lo indisponible, una experiencia
reciente de resonancia. El pasado 5 de agosto fuimos con unos amigos a un
concierto —Zimmer, Williams y 100 años de
cine— en el Palau de la Música de Barcelona. El lugar tiene magia, te
envuelve, la acústica es estupenda… Pero hubo un momento que me conmovió
profundamente. He visto muchas veces Memorias
de África, y he escuchado la banda sonora muchas más. Creo que ya con el
primer acorde sentí que la música me ‘hablaba’ con palabras nuevas. Las
lágrimas brotaban sin parar y era muy reconfortante. ¿Lo esperaba? No. ¿Lo buscaba? No, simplemente sucedió.
Para terminar unos versos…
“Temo tanto la palabra de los seres humanos” Rainer María Rilke (en
Rosa, 2023, p.143)
Temo mucho la palabra de los seres
humanos.
Lo dicen todo tan claramente:
Eso significa perro y aquello casa,
Y aquí está el principio y allá el
final.
Me asusta también su sentido, su
juego con el escarnio.
Ellos lo saben todo —lo que fue y lo
que será—,
ya ninguna montaña es maravillosa
para ellos;
su jardín y su bien lindan con Dios.
Siempre quiero advertirles y
oponérmeles; alejaos,
me gusta oír el canto de las cosas.
Vosotros las tocáis, y quedan mudas e
inmóviles.
Vosotros me asesináis todas las
cosas”.
Referencias
Rosa, Hartmut (2023). Lo indisponible. Barcelona: Herder.
Imagen tomada del programa Tabú: La Maldad, ¿la
banalidad del mal?
Acabamos de ver, por recomendación de una amiga, una
película de lo más sugerente, Nuremberg. Está basada en hechos
reales e inspirada en el libro El nazi y el psiquiatra, de Jack
El-Hai. La película pone el foco en la relación que se establece entre Hermann
Göring (interpretado por Russell Crowe), segundo en la línea de mando nazi y excomandante
de la Luftwaffe, y el psiquiatra Douglas M. Kelley
(interpretado por Rami Malek), quien recibió el encargo de explorar la salud
mental de los líderes nazis apresados. La familia de Kelley guardó durante décadas
su trabajo y le sirvió a El-Hai para documentarse.
El-Hai señala que "Kelley nunca ignoró la crueldad y las
decisiones frías de Göring durante la guerra, pero ambos desarrollaron una
relación que implicaba cierta admiración mutua, aunque no una amistad” (Alonso, 2025). El duelo psicológico entre Göring y Kelley
está magistralmente reflejado en la película, al igual que lo están las
tensiones morales y humanas que surgen en la relación.
En una entrevista de radio que concedió al sexto día del
proceso, Kelley dictaminó: "En general, los prisioneros no son diferentes de un grupo de ejecutivos de
cualquier otra parte; en contraste con la opinión popular, no están locos
ni son superhombres" (Alonso, 2025). Como
señala el biógrafo de Kelley, El-Hai, "tras concluir que los jerarcas
nazis no estaban mentalmente enfermos y que su comportamiento estaba dentro del
rango de lo normal —lo cual no significa que fuera bueno, sino que no podía
atribuirse a una enfermedad psiquiátrica—, Kelley se aterró" (Alonso, 2025). Al
volver a Estados Unidos, Kelley se dedicó a dar conferencias y escribir
artículos advirtiendo sobre el riesgo de que el fascismo pudiera llegar al
país, lo que no le hizo ganar muchas simpatías. En la película apenas se
menciona, pero al volver de Nurenberg Kelley dio un giro a su carrera
profesional para dedicarse a la criminología y poco más de una década después
se quitó la vida con el mismo método que Göring, una cápsula de cianuro de
potasio.
No sé si por deformación profesional —llevo muchos años
impartiendo la asignatura Ética cívica y
profesional en diferentes grados universitarios—, o porque siempre me ha
atraído el tema del bien y el mal, pensar
en la “banalidad del mal” me sobrecoge. Como escribía hace un tiempo: “Hannah
Arendt acuñó la expresión de la “banalidad del mal” haciendo referencia a que
el mal es algo en lo que todos podemos caer; cualquiera puede cometer la
brutalidad más tremenda, no es necesario un corazón cruel o unas intenciones
perversas, basta con dejar de preguntarse y de discernir” (Echaniz Barrondo, 2018). Viendo la película
me venía una y otra vez este tema y lo creía ver también en la impotencia del
Dr. Kelley.
Quiero terminar con las palabra finales del episodio
titulado “¿La banalidad del mal?” del programa Tabú, de Jon Sistiaga,
destacando, sobre todo, la última idea: “Nos habían enseñado que la cara era el
espejo del alma y ahora sabemos que las almas más negras pueden tener el rostro
más virtuoso. Que cualquiera de nosotros puede cruzar esa línea invisible. Que
todavía no tenemos claro dónde se aloja esa maldad si es en nuestra mente o en
nuestra genética. Si es una cuestión de azar o de predisposición. Porque no
todo el mundo es bueno, pero, afortunadamente, somos más. Y quizás debamos exigirnos más a menudo
cierta banalidad de hacer el bien. Y solo eso nos salve a vosotros, a mí... de
acabar arrastrados a las tinieblas de la maldad” (Qué Ver en Movistar Plus, 2017).
[Se puede ver el capítulo completo aquí]
Referencias
Alonso, Juan Francisco (2025, 16 de noviembre). Quién fue
Douglas Kelley, el psiquiatra que determinó que los líderes nazis "no
estaban locos" y podían responder por sus crímenes en los juicios de
Núremberg. BBC.comhttps://www.bbc.com/mundo/articles/c5ydz69q68go
El-Hai, Jack (2014). El
nazi y el psiquiatra. Planeta.
Juempatía (2022, 23 julio). La maldad - La banalidad del mal
| Tabú - Jon Sistiaga - Documental COMPLETO 1080p [archivo de vídeo] https://www.youtube.com/watch?v=zrLGS3hqXSg
“Tu muerte, hijo, no ha
ensombrecido el mundo. Ha sido un apagarse de luz en la luz. Y nosotros aquí,
ensordecidos de tragedia, heridos de blancura, mortalmente vivos, diciéndote” Francisco Umbral, Mortal y rosa.
El pasado 18 de junio tuvo lugar en la Universidad de Deusto,
organizada por la Fundación
Pía Aguirreche, la clase
magistral “Sólo se muere una vez” [ver
vídeo], impartida por
la Dra. Mónica
Lalanda—quien
se define como médico y viñetista—. Todo un placer escuchar un mensaje claro,
en un tono muy ameno, de quien ha ejercido durante mucho tiempo como médico de
urgencias. Voy a compartir aquí tanto algunas ideas como algunas de las viñetas
presentadas.
En nuestra sociedad la muerte es un tabú, y eso que estamos
“mortalmente vivos”. Gracias a muchos avances —alcantarillado, potabilidad del
agua, antibióticos, etc.— ha mejorado mucho la salud. La esperanza de vida
actualmente es de 84 años, y la esperanza de vida con buena salud es de 62
años. Sólo 2 de cada 10 personas se mueren de forma repentina. El resto se
muere de enfermedades largas y penosas. Pero vivir con una enfermedad también es vivir.
La mayoría de los y las profesionales de la medicina están
preparados para luchar contra la muerte. El médico, la médico, es la persona
formada para cuidar la vida de otras personas. La medicina se está
especializando tanto que los y las profesionales pierden la imagen general del
paciente. En palabras de Norberto G. de Vega, cirujano cardiovascular de 88
años: “El médico tiene que tocar el cuerpo, el médico tiene que tocar el alma,
pero el médico ya sólo toca el ordenador”.
Según la Dra. Lalanda, en el
medio sanitario, día de hoy, se viven tres
problemas muy importantes: 1) Medicalización de la vida; 2)
Médico-dependencia; 3) Infantilización social. La vida de las personas mayores
se utiliza para vender productos de personas mayores —véase a modo de ejemplo
los anuncios de compresas de incontinencia y de pegamento para dentaduras—. Estamos tan obsesionados
con la salud y la seguridad de las personas ancianas que no tenemos en
cuenta su felicidad. Basta fijarse en la vida en las residencias —con horarios
obligatorios, sin privacidad, con actividades que no has elegido, etc. —, que se
parece mucho a la de una cárcel. En este panorama la eutanasia parece que
devuelve el control. Existe la creencia extendida de que sólo la eutanasia es
muerte digna —este es un concepto muy amplio y complejo—. El modo de afrontar la
enfermedad y el deterioro es adecuar, dar a cada persona lo que necesita en
cada momento. De esta forma se puede “morir viviendo”.
Los cuidados deben incluir todas
las dimensiones de la persona —cuerpo, existencial o espiritual, psicológica y
social—. Se ha mejorado mucho, pero todavía queda mucho por hacer para humanizar los cuidados. Hay tres ideas
clave a tener en cuenta: 1) La persona es más que sólo un cuerpo; 2)
Desmedicalizar el final es importante; 3) La dignidad debe ser clave en los
cuidados. Un sí rotundo a la adecuación terapéutica, y un no rotundo al
ensañamiento terapéutico —que no suele ocurrir por maldad o intereses ocultos,
sino por falta de formación o dificultad en asumir que no se puede curar y que
hay que afrontar conversaciones y decisiones difíciles—. Lo que en ningún caso
hay que hacer es abandonar al paciente. Cuando
no se puede curar hay que cuidar, hay que ayudar a que el tiempo que le
queda a la persona sea útil. Esta conversación la tiene que iniciar el médico,
ya que la familia, normalmente, se fía.
La información es un proceso y se tiene que adaptar al ritmo
del paciente. Debe darse una “verdad
soportable”. Sólo una persona bien informada puede participar en la toma de
decisiones. Muchas veces se suele dar una “conspiración de silencio”. Eso
aumenta la soledad del paciente ya que se le niega el tiempo y la oportunidad
para hablar. Protegiéndoles de su propia verdad les robamos su despedida, la
posibilidad de hacer memoria y revisión de su trayectoria vital, o de
planificar los cuidados. Dificulta dejar algo por escrito, dejar un legado. El
Dr. Ira Byock habla de cuatro sencillas frases —Gracias; Te quiero; Te perdono;
Lo siento— que pueden resolver conflictos emocionales y cerrar heridas
pendientes (Byock, 2006) y que cobran especial importancia en la despedida.
Al final de la vida o cuando conocemos que tenemos una
enfermedad grave hay decisiones que se pueden tomar y compartir, y hay
instrumentos para hacerlo, como son la
planificación compartida de decisiones y el documento de voluntades anticipadas
—también conocido como testamento vital—. Hay cuatro preguntas que pueden
ayudar a participar en un tratamiento: 1) ¿Es realmente necesario?; 2) ¿Cuáles
son los riesgos?; 3) ¿Hay otras opciones?; 4) ¿Qué pasa si no hago nada? [ver
la charla del Dr. Christer Mjåset TED, 2019]. Es muy importante
el trabajo conjunto de quienes ofrecen un tratamiento activo y el equipo de paliativos.
Hay algunos temas que es importante tener en cuenta para
tratar y acompañar a las personas mayores o a quienes están en fase terminal:
El momento de ir al baño es muy privado; que te duchen siendo adulto puede ser
muy duro; a veces se insiste demasiado en la alimentación —las personas no se
van a morir porque no coman, sino que no comen porque se van a morir—; es
importante cuidar la higiene y la imagen —el aspecto desaliñado roba la dignidad—.
Algo que me impactó fue el comentario de la Dra. Lalanda de que el estado de
las uñas de los pies es un gran indicador de la calidad y el afecto de los
cuidados que se reciben. Alguna vez vio en urgencias personas mayores que iban
para que se las cortaran.
Para terminar un vídeo breve, y de una gran delicadeza, en
el que la Dra. Lalanda explica cómo es
el proceso de morirse, qué ocurre en los últimos días y horas. Esto es algo
que toda persona debería conocer para cuando la muerte le visite en primera o
en tercera persona. El vídeo es apto para todas las edades.
Referencias
Byock, Ira (2006). Decir
Lo Que Importa. Ediciones Urano.
Hace muchos años leí un libro que me llegó muy dentro, El regreso del hijo pródigo: meditaciones
ante un cuadro de Rembrandt (Nouwen, 1996). En él se analiza el cuadro de
Rembrandt y la conocida parábola del evangelio de Lucas (15, 1-3.11-32) y te
hace transitar por los diferentes personajes. Hoy me identifico absolutamente
con el hermano mayor.
Comprendo mejor que nunca la rabia, el resentimiento, la
distancia del hijo mayor que no es capaz de alegrarse como el padre del regreso
del hermano. Él ha vivido —y sufrido— de cerca el dolor del padre mientras el
hijo menor estaba lejos, ‘viviendo la vida loca’, cuando se suponía que estaba
haciendo su camino y encontrándose a sí mismo. El dolor del padre es innegable.
Probablemente pocas cosas son peores para un padre que ver que un hijo toma un
camino equivocado, que va a sufrir, que va a caer y no poder hacer nada por
evitarlo. Cada persona tiene que hacer su camino y aprender a su ritmo. Y al
padre no le queda sino esperar a un lado, desde la distancia, para sostener en
la caída y ayudar a recomponer los pedazos.
El hijo mayor también sufre por su hermano, pero, sobre
todo, por su padre al que ve frágil, vulnerable, herido. Intenta consolarle,
agradarle, pero no se siente reconocido en su esfuerzo. No comprende la inmensa
alegría del padre y el “olvido” repentino de todo lo sufrido. Y qué decir si,
además, no confía en el arrepentimiento y el aprendizaje del hermano y tiene
que callar.
Ahora no puedo, pero espero poder decir como Nouwen (1996: 132).
“Rembrandt, que me mostró al Padre en su dimensión vulnerable, me hizo caer en
la cuenta de que mi vocación última es la de ser como el Padre y vivir su
divina compasión en mi vida cotidiana. Aunque sea el hijo menor y el hijo
mayor, no estoy llamado a continuar siéndolo, sino a convertirme en el padre.
Nadie ha sido padre o madre sin antes ser hijo o hija, pero cada hijo e hija
debe elegir conscientemente dar un paso más y convertirse en padre o madre para
otros”. ¿Qué significa convertirse en padre? “Rembrandt retrata al padre como
el hombre que ha transcendido los caminos de sus hijos. Su soledad y su ira
podían haber estado allí, pero han sido transformadas por el sufrimiento y las
lágrimas. Su soledad se ha convertido en una soledad infinita, su ira se ha
convertido en una gratitud sin fronteras. Éste es en quien debo convertirme” (Nouwen
(1996: 154).
El pasado 21 de marzo impartí una conferencia en Cadiñanos
(Burgos) a la que puse por título: “Cuidar, Despedir y Sanar: El valor de estar
presentes”. Me dieron la posibilidad de elegir el tema y opté por uno de los
que últimamente más me llama: la
enfermedad, el duelo y el final de la vida. Hay muchas personas a quienes
no le gusta nada hablar de estos temas. A mí me encanta, porque me conecta con
la vida y con mis prioridades. Creo firmemente que todas las personas, desde
edad temprana, deberíamos familiarizarnos con la muerte, ya que tarde o
temprano nos la encontraremos cara a cara. Y es mejor hacerlo sin miedo ni
prejuicios.
A raíz de la charla me hicieron llegar un artículo cuyo
título me cautivó —“La vida y la muerte por correo electrónico” (Hermoso, 2026)—
y que me hizo descubrir dos libros. Voy a hacer esta reflexión sobre uno de
ellos: Querido profe, me invaden las
tinieblas (Bonete, 2025).
Desde el primer momento el libro me evocó a otro —Martes
con mi viejo profesor (Albom,
1998)— que he leído varias veces y al que he aludido en entradas anteriores (Echaniz
Barrondo, 2020, 2013a
y 2013b).
En esta ocasión se invierten las tornas. No es el discípulo quien acompaña al
profesor en su última etapa. Al detectarle cáncer, una antigua alumna se pone
en contacto con quien fuera su profesor de la asignatura Ética de la muerte diez años atrás en la Universidad de Salamanca —Enrique
Bonete— y empiezan una relación ‘epistolar’ que la alumna mantiene oculta a sus
personas cercanas. El profesor va respondiendo a sus inquietudes de la mano de
grandes maestros de la filosofía. La relación acaba cuando la alumna no
responde a varios mensajes y el profesor asume que le ha llegado la hora. El
libro ve la luz varios años después de la muerte de la alumna. Es ella misma quien
le sugiere que las misivas que se cruzan podrían ayudar a otras personas en una
situación similar.
El título del libro es muy gráfico y recoge muy bien la vivencia
de la alumna: “Disculpe mi pesimismo, profesor: a veces ahoga. Especialmente
durante las noches, cuando me siento sola, desprotegida, rodeada de un silencio
inquietante. Pero también por el día. En realidad, se podría decir que la
oscuridad mental es algo así como mi estado más duradero, una constante
compañera. Profe, me invaden las tinieblas... Y tengo miedo... Por eso busco la luz y la fortaleza moral de los
sabios que usted tanto estudia” (pp.79-80).
A lo largo del intercambio ‘epistolar’ alumna y profesor van
compartiendo ideas y experiencias muy profundas. Recordando a Séneca el
profesor le escribe: “La persona sabia ha de meditar en la muerte, sea cual sea
el contexto en que se halle (salud o enfermedad, alegría o pena); en
definitiva, debe familiarizarse con su permanente cercanía. Así aprende a
prepararse para cuando llegue. Quien nunca piensa en ella no sabrá qué actitud
adoptar en el momento clave. Mas quien en su mente la hace presente, al
acercarse la mirará sin aspavientos (…) Las
decisiones más serias y graves de la existencia han de ser tomadas teniendo
presente el final. Si no se contempla la vida personal desde el morir, la
interpretación del quehacer cotidiano queda falsificada. Se ha de aprender a
disfrutar de lo más valioso de cada día (los afectos, por ejemplo) como si
fuera el último” (pp.56-57).
La llegada de la enfermedad y la muerte trastoca el proyecto
vital tanto de quien la vive como de sus personas cercanas, pero no significa que desaparezca el sentido.
Como señala el profesor: “¿Somos como una mera pompa de jabón? ¿Hinchamos
nuestra vida sabiendo que va a explotar? Qué gráfico y metafórico todo esto ...
Sabemos que la muerte, al final, vencerá. Pero ello no ha de aplastarnos, sino
al contrario: a pesar de la meta hacia la que caminamos, la trayectoria vital
no carece de sentido, ni es absurda ni desesperada la lucha por vencer a la
muerte. Mientras vivimos, el goce del presente y, sobre todo, la compañía de
los seres queridos ofrece momentos de plenitud al proceso temporal en el que
estamos inmersos” (p.114). Un poco más adelante añade: “Es comprensible temer
el proceso de morir, los dolores y
sufrimientos que puede ocasionar. Pero no es racional sentir miedo a la muerte, al hecho de desaparecer, que es
bien distinto al proceso temporal de ir muriendo. Así lo han diferenciado la
mayoría de los filósofos” (p.122)
Me parece especialmente bello el último párrafo antes del
Epílogo: “En realidad, la muerte de una persona querida no deja de ser, para
quienes permanecemos aún en este mundo, el silencio de la ausencia; sí, el
doloroso eco de una voz, el recuerdo de palabras con ternura escritas” (p.168).
Por experiencia sé que lo más doloroso
de la pérdida de un ser querido es no volver a oír su voz, escuchar su risa, estrechar
su mano…
Abre la entrada la imagen con la que comencé la charla a la
que aludo. ¡Qué importante y bonita tarea el sostener(nos)! ¡Que regalo poder
compartir con otra persona sus dudas e inquietudes, especialmente en momentos
dolorosos! Cuidar y acompañar es un gran
regalo que nos transforma la vida y la dota de sentido.
ADENDA. El domingo 19 de abril de 2026 el profesor Bonete fue entrevistado en el programa Últimas preguntas de RTVE (ver referencia) a raíz de la publicación del libro aquí mencionado.
Referencias
Albom, Mitch (1998). Martes
con mi viejo profesor. Una lección de la vida, de la muerte y del amor.
Madrid: Maeva.
Bonete, Enrique (2025). Querido
profe, me invaden las tinieblas. Diálogos sobre cómo vivir y morir.
Barcelona: Ariel.
El 26 de marzo asistí a la Clase magistral “Comunidades
compasivas”, impartida por Rafael Mota Vargas —médico especialista en Medicina Interna y Cuidados Paliativos—
y organizada por la Fundación Pía Aguirreche. Comparto aquí algún de las ideas
que extraje de la misma.
No enfrentamos a una realidad que viene marcada por el envejecimiento de la población y el
aumento de las enfermedades crónicas,
de la dependencia y de la discapacidad. Todo esto supone una mayor exigencia de
cuidados en familias cada vez más cortas. Asistimos, además, a una epidemia
silenciosa: la soledad. Se hace más necesario que nunca una atención integrada —sanitaria,
social y comunitaria— centrada en la persona.
Se suele identificar la compasión con la pena y la lástima. Sin
embargo, la compasión implica reconocer el sufrimiento, resonar emocionalmente
(identificarnos con el sufrimiento), e ir más allá de la mera observación: ¿Qué
puedo hacer yo para aliviar ese sufrimiento?
La Fundación New Health, surgida en 2013 en Sevilla, opera en varios países de Europa y
Latinoamérica y trabaja en el desarrollo de “CIUDADES COMPASIVAS mediante la
metodología TODOS CONTIGO® por la que se acompaña a las organizaciones al
desarrollo de acciones de sensibilización, formación, investigación e
intervención comunitaria para la activación de redes de cuidado y
acompañamiento alrededor de las personas con enfermedad avanzada y sus
familiares”. Hay tres puntos clave: 1) La sociedad como impulsora del cambio;
2) La compasión como eje transversal —la compasión en palabras del Dr. Enric
Benito es “la forma que toma el amor cuando se encuentra con el sufrimiento”—;
3) El impulso de las redes comunitarias, “ciudadanos comprometidos y
capacitados en el cuidado y acompañamiento de las personas más vulnerables de
su comunidad”. En definitiva, hablamos de Cuidados, Compasión y Comunidad. ¿Y
cómo se operativiza eso? A través de la Concienciación, Capacitación y Creación
de Redes.
Badajoz Compasiva —iniciativa de la cual Rafael Mota Vargas es impulsor— es un
proyecto de la Asociación Cuidándonos, “entidad sin ánimo de lucro que trata de
implicar a los ciudadanos en el cuidado y acompañamiento de las personas que
enfrentan enfermedades en el final de sus vidas”. Impresiona ver tanta energía
y vitalidad puesta al servicio de las personas de forma altruista, a través de
proyectos como: “Café Contigo: Acompañar y Cuidar hasta el Final”, “Escuela
Contigo: El regalo de Cuidar”, “Universidad Contigo” o “Árboles para el
Recuerdo”.
Para terminar unos
versos que reflejan lo verdaderamente importante, hacer tu parte, dejar una
huella bonita. Además, como dice el Dr. Enric Benito, “Acompañar y estar
ahí tiene premio” (Echaniz Barrondo, 2023).
Recomiendo
ver el documental “DEATH CAFÉ: la Música de tu Vida” impulsado por AECC
Badajoz, Badajoz Contigo, Ciudad Compasiva y Músicos Sin Fronteras.
Con ocasión de la celebración del 8 de marzo, "Día
Internacional de las Mujeres", Emakunde —Instituto Vasco de la Mujer— junto
con las tres diputaciones forales y EUDEL —Asociación de Municipios Vascos— han
lanzado una campaña de sensibilización con el lema: "Dale espacio a la igualdad (Emakunde, 2026). Sigamos ganando terreno para los derechos de las mujeres en todos
los ámbitos". Es importante recordar(nos) que hay que seguir trabajando
por la igualdad de oportunidades entre hombres y mujeres, que el terreno ganado
es frágil y que no hay que bajar la guardia. Además, el retroceso de algunas es
un gran paso atrás para todas, para la humanidad en su conjunto.
El lema elegido por ONU Mujeres en 2026 para esta fecha es: “Derechos. Justicia. Acción. Por y para
todas” y con él hace un llamamiento “adoptar medidas urgentes y decididas para
poner fin a la impunidad, defender el Estado de derecho y lograr la igualdad
—en la ley, en la práctica y en todos los ámbitos de la vida— para todas las
mujeres y niñas” (ONU Mujeres, 2026).
Como señala el reciente informe del Secretario General de la
ONU: “En comparación con los hombres, las mujeres de todo el mundo se enfrentan
a mayores obstáculos para acceder a la justicia en casi el 70 % de los países
encuestados. Con frecuencia, la infraestructura de la justicia no defiende los
derechos de las mujeres y las niñas, que afrontan dificultades como las leyes
discriminatorias, los mecanismos de justicia inaccesibles, la escasa aplicación
y las normas restrictivas y patriarcales. Los errores de la justicia que
amenazan la vida de las mujeres y las niñas suelen gozar de impunidad y verse
perpetuados por ella. A nivel mundial, las mujeres gozan del 64 % de los
derechos que tienen los hombres, ya que siguen prevaleciendo los marcos
jurídicos discriminatorios” (Naciones Unidas, 2026, puntos 8 y 9).
En clase de Ética cívica y profesional, cuando trabajamos
los Derechos Humanos, me suele gustar dedicar una actividad a reflexionar sobre
los privilegios, la interseccionalidad, la meritocracia y la acción positiva. Cuando
acabamos la actividad les suelo hablar del Informe
Global sobre la Brecha de Género (Foro Económico Mundial, s.f) que se publica cada año y da información sobre
cuánto falta para que se dé la equidad de género. El Índice de Brecha de Género
incluye 4 dimensiones: 1) Participación y oportunidades económicas, 2) nivel
educativo, 3) salud y supervivencia, y 4) empoderamiento político. En la
siguiente tabla se recogen dos datos de los informes publicados entre 2017 y
2025.
Esta información siempre le sorprende al alumnado,
especialmente a las mujeres. En el informe del año 2025 se habla de que la
brecha se ha cerrado en un 68% y que faltan 123 años para alcanzar la equidad
de género. Eso supone que muchas generaciones no la van a conocer. Es importante
resaltar que existe mucha variación en el número de años entre regiones: Asia
central 208, Oriente medio y norte de África 185, Asia oriental y el Pacífico 179,
Asia meridional 138, África subsahariana 107, América del Norte 89, Europa 76 y
Latinoamérica y el Caribe 57.
Es fundamental dar
espacio a la igualdad y ganar terreno a los derechos de mujeres y niñas en
todos los ámbitos de la vida. Parafraseando las palabras de Teresa
Laespada, Diputada Foral del Departamento de Empleo, Cohesión Social e Igualdad
en Bizkaia, en la Gala de los Premios Zirgari 2026, trabajar por el avance de la igualdad es
una deuda moral y política con la vida.
Naciones Unidas (2026, 15 enero). Garantizar y
fortalecer el acceso a la justicia para todas las mujeres y las niñas, entre
otras cosas promoviendo sistemas jurídicos inclusivos y equitativos, eliminando
las leyes, políticas y prácticas discriminatorias, y afrontando las barreras
estructurales. Informe del Secretario General. https://docs.un.org/es/E/CN.6/2026/3
El jueves 12 de febrero tuvo lugar el evento titulado “Humanize the Company to Humanize Society”
organizado por la Fundación Vizcaína Aguirre, Deusto Business School, Fundación
Arizmendiarrieta y Deusto Business Alumni.
En primer lugar intervino Chris Lowney, reconocido experto en liderazgo humanista [ver
biografía aquí]. Empezó
recordando que nos encontramos en un mundo
VUCA (volatile —inestable—, uncertain —incierto—, confusing —confuso—, ambiguous —ambiguo—) en el que el liderazgo
se ha vuelto imprescindible. Después de su paso por la Compañía de Jesús y J.P.
Morgan & Co ha afianzado cuatro ideas importantes sobre el liderazgo: 1) No
es algo superficial —qué haces—, sino profundo
—tiene que ver con quién eres y qué representas, qué te mueve—. 2) No se trata
de trucos y consejos para manipular a las personas, sino del establecimiento de
relaciones que desarrollan el potencial
de las personas y respetan su dignidad. 3) Más que una suma de acciones es la expresión de las creencias más profundas.
4) No es sólo concreto y material sino, en última instancia, espiritual.
Como explicaba en su libro El liderazgo al estilo de los jesuitas, la Compañía de Jesús
—fundada en 1540— lleva casi cinco siglos formando en cuatro valores esenciales
a todos sus novicios para prepararlos para dirigir:
1) Conocimiento de sí
mismo. Es muy importante la reflexión sobre las debilidades, las fortalezas
y las creencias. “El Examen o Pausa Ignaciana es un ejercicio diario
de autoevaluación y reflexión, uno de los principios fundamentales de la
espiritualidad ignaciana” (sjandaluciaoriental, s.f.a). Y los Ejercicios espirituales son un método personalizado, una especie de
"tablas de gimnasia interna" que, a través del acompañamiento y la
apertura a Dios, buscan liberar el corazón y transformar la vida para cumplir
la voluntad divina (jesuitas.es, s.f.).
2) Ingenio. La
libertad, la apertura es necesaria para adaptarse a un mundo cambiante. “La indiferencia[o libertad interior] significa desprenderse lo suficiente de las
cosas, de las personas o de las experiencias para poder acogerlas o dejarlas de
lado, según nos ayuden a «alabar, reverenciar y servir a Dios» —Ejercicios
Espirituales 23—” (McCoy, s.f.). Y
el discernimiento es una herramienta
ignaciana fundamental que nos ayuda a identificar y evaluar las fuerzas
internas contradictorias para elegir el camino que mejor nos alinee con la
voluntad de Dios (sjandaluciaoriental, s.f.b.).
3) Amor. Cada
persona es digna y merece respeto. “Una de las características de la educación
jesuita es la Cura Personalis,
entendida como el cuidado integral de la persona a través del acompañamiento,
que se realiza desde el amor y el servicio para que el otro crezca, respetando
sus particulares circunstancias y con aprecio a sus capacidades y necesidades”
(Centro Virtual de Pedagogía Ignaciana, 2018).
4) Heroísmo. Ganarse
el respeto del equipo conduce a que se sacrifiquen para servir a una misión
mayor, al compromiso con el “Magis”. “En la espiritualidad ignaciana, la
palabra MAGIS se refiere a un estilo de vida centrado en la calidad más que en
la cantidad. La búsqueda de la gloria de Dios (el AMDG ignaciano) debe hacerse
desde máximos, es decir, con el objetivo de que todo lo que hagamos esté lleno
de sentido y de profundidad, lleno de Dios” (Jesuitas Educsi, 2024).
Según Lowney, estos principios que rigen la Compañía son muy
relevantes hoy, incluso puede que más de lo que han sido hasta ahora. Como
muestra de ello hizo algunos destacados:
"El liderazgo es el arte de
influir y dirigir a las personas de tal manera que se gane su obediencia,
confianza, respeto y cooperación leal en el logro de los objetivos
comunes" (U.S. Air Force). [Habría
que matizar esta obediencia: el liderazgo no busca la sumisión].
En un artículo publicado en McKinsey Quarterly, Feser, Mayol y Srinivasan,
Ramesh (2015)
como resultado de una encuesta a 189.000 personas en 81 organizaciones
diferentes llegaron a la conclusión de que en las empresas con un liderazgo fuerte
se muestran los siguientes tipos de comportamiento: 1) Resolución eficaz de problemas. Se centra en el proceso previo a la
toma de decisiones: recopilar, analizar y considerar información de manera
profunda. 2) Orientación a resultados.
No basta con tener una visión; el líder debe asegurar que se alcancen los
objetivos. 3) Búsqueda de diferentes
perspectivas. Se manifiesta en líderes que analizan tendencias y escuchan
las ideas de sus empleados. 4) Apoyo a
los demás. Se basa en la empatía y la autenticidad. Los líderes
comprensivos generan confianza e inspiran a sus colegas para superar desafíos.
"El
liderazgo de Nivel 5 es un concepto desarrollado en el libro Good to Great[Empresas que sobresalen]. Los líderes de Nivel 5 muestran una
poderosa mezcla de humildad personal y una voluntad indomable. Son
increíblemente ambiciosos, pero su ambición está, ante todo, al servicio de la
causa, de la organización y su propósito, no de sí mismos" (Collins, s. f.).
En segundo lugar intervino Jon Emaldi, miembro de la Fundación
Arizmendiarrieta. En 2026, al cumplirse 50 años de su fallecimiento, se celebra
el “Año de Arizmendiarrieta, el Año de la Empresa Humanista”. José María de
Arizmendiarrieta, Don José María para quienes le conocieron, fue un gran líder
humanista, impulsor de la Experiencia Cooperativa de Mondragón [ver biografía aquí]. Expuso cómo
el liderazgo de Arizmendiarrieta está en línea con el liderazgo ignaciano, tal
y como puede apreciarse en la siguiente tabla que recoge algunos de sus
pensamientos.
Liderazgo ignaciano y
valores de Arizmendiarrieta
Conocimiento
de sí mismo
“Cabría
acabar con el pecado acabando con el hombre, pero, ¿lo merece?” (370)
Ingenio
“No
lamentos, sino acción” (231)
“El signo de
la vitalidad no es durar, sino renacer y adaptarse” (229)
Amor
“La unión es
la fuerza de los débiles. La solidaridad es la poderosa palanca que
multiplica nuestras fuerzas” (322)
“Hay que
socializar el saber para democratizar el poder” (185)
“Progresar
no es adquirir más, sino ser más, actuar mejor, darse más” (146)
Heroísmo
“El mundo no
se nos ha dado simplemente para contemplarlo sino para transformarlo y esta
transformación no se hace con los brazos sino primero con las ideas y los
planes de acción” (043)
“Las
entidades cooperativas tienen que ser elementos de progreso, de desarrollo,
de promoción de un nuevo orden social” (444)
“El
cooperativismo no es un fin sino un medio; es una institución; es un
instrumento idóneo para que se encarnen en la vida económica y social unos
ideales cuya bondad nadie puede discutir leal y noblemente, o al menos
cuentan con el asentimiento de los más” (532)
Elaborado a
partir de Otalora (1999). Entre paréntesis está el
número del pensamiento.
Desde la Fundación Arizmendiarrieta se ha desarrollado el Modelo inclusivo participativo de empresa
MIPE, que fue aprobado por unanimidad en el año 2018 por los Parlamentos navarro
y vasco. Se articula en cuatro ejes, cada uno de ellos articulado en diferentes
ámbitos y para los que presenta orientaciones y posibles indicadores. Los
mencionados ejes son (Fundación Arizmendiarrieta, 2022):
1. Gestión y cultura
de empresa. “Desarrollar prácticas de gestión y de cultura de empresa,
basándolas en la confianza, transparencia y cooperación, para su competitividad
y sostenibilidad” (p.5).
2. Proyecto
compartido. “Formular un proyecto compartido por los propietarios,
directivos y profesionales/trabajadores de la empresa, beneficioso a largo
plazo para todas y todos y en el que se dé prioridad a la sostenibilidad del
proyecto colectivo sobre los intereses de cualquiera de los grupos citados”
(p.18).
3. Participación en
gestión, resultados y propiedad. “Avanzar hacia la superación de la
dinámica de confrontación entre capital y trabajo mediante la participación de
los trabajadores en la gestión, en los resultados y en la propiedad” (p.25).
4. Impacto social. “Preocupación
por el impacto social de las actuaciones empresariales e implicación en algunos
de los problemas sociales del entorno” (p.32).
Me quedo con la invitación del título del evento: “humanicemos las organizaciones para humanizar
la sociedad”. Trabajemos por desarrollar un liderazgo humanista, tal y como
lo entiende la DBS (s.f.): “Un liderazgo que, desde el autoconocimiento y la
colaboración con los grupos de interés, pone en el centro la dignidad de las
personas para generar valor económico y social”.