domingo, 15 de febrero de 2026

¡Hasta que volvamos a encontrarnos!

Se llama Cristóbal y era una de esas personas que te hacían recobrar la fe en el ser humano, una persona que ha dejado una huella bonita. No sabría decir exactamente cuándo le conocí. Sí sé que fue a través de mi marido —se conocían desde jóvenes, ambos eran miembros del Movimiento de los Focolares—.

Sevillano, con un gracejo natural, su mirada y su sonrisa te conquistaban, apasionado de su profesión —fue bibliotecario en Camas durante casi cuatro décadas y el ayuntamiento le otorgó en 2018 la Medalla de Honor “por su aportación a la cultura y al servicio público”—, un ser humano y un cristiano ejemplar.

Juan Carlos y yo nos casamos en marzo de 2019 y la semana de Pascua de ese año pasamos unos días en su casa en Camas. Él todavía no se había jubilado —le quedaba apenas un año para hacerlo— y mientras estaba trabajando descubríamos Sevilla de la mano de otro buen amigo. Con Cristóbal visitamos y disfrutamos del cerro de Santa Brígida, de la Dehesa de Abajo, de Itálica, etc. Y conocimos a Juan, su padre, que entonces tenía 99 años, por cierto, muy llenos de vida. Cristóbal te hacía sentir lo que es hogar, que como escribiera Juan Carlos después de aquellos estupendos días: “no es un lugar con paredes ricamente decoradas, ni bellos muebles en ambientes acogedores. Ni siquiera platos calientes de suculentos manjares. Son corazones que, vibrando, hacen resonar los corazones cercanos; viviendo, dan y reciben vida” (Duque Ametxazurra, 2019).

En octubre de 2023 Cristóbal, Juan Carlos, otros tres amigos y yo pasamos unos días en el Centro Mariápolis Loreto (Castell d'Aro, Girona) soñando cómo podría ser la nueva revista del Movimiento de los Focolares en España —en abril de 2024 salió el primer número de LAR—. Fueron unos días de convivencia intensa y fructífera. Por esa época le detectaron a Cristóbal la enfermedad. No se encontraba bien, apenas comía, pero lo dio todo y nos regaló su sabiduría y buen humor.

En abril de 2024 fuimos un fin de semana a visitarle a Sevilla. Un amigo común nos había dicho que la enfermedad avanzaba muy rápido y que el pronóstico era muy malo. Unos días antes el Athletic de Bilbao había jugado —y ganado— la Final de la Copa allí. Le llevamos una camiseta conmemorativa. Se nos ocurrió llevarle eso porque no era oportuno llevar nada de comer. En la foto del día que nos marchamos llevaba puesta la camiseta. Impactaba la fortaleza, la templanza, la aceptación con la que hablaba de la enfermedad. A su alrededor había todo un batallón de gente para cuidarle y acompañarle. Y él aceptaba y agradecía todo el amor recibido. En esa situación también se hacía manifiesta su generosidad, se preocupaba porque no faltara de nada para quienes se acercaban a su casa. Recuerdo que incluso sacaba fuerzas para compartir y leer algunos fragmentos de libros, sus queridos libros.

Al día siguiente de volver a Bilbao empecé a mandarle prácticamente a diario una canción, un vídeo, un poema, un texto… Es la forma que encontré para acompañarle en la distancia, para decirle que le tenía muy presente, que me importaba. En ocasiones me contestaba o me mandaba alguna foto. Me acuerdo de una en la que, después de mucho tiempo, se estaba comiendo una croqueta. No se lo llegué a decir. No sé si a él le hacía bien recibir los mensajes, pero sé que a mí sí prepararlos. Me hacía tenerle presente, salir de mí, entrenar el cuidado y la amistad. El viernes estuve a punto de enviarle un mensaje —tenía varios en la reserva—. Estuve un rato pensando cual sería el envío que mejor resumiría el camino compartido… No me costó mucho… la canción “Gracias a la vida”.

Amigo, conocerte ha sido un gran regalo... ¡Hasta que volvamos a encontrarnos!

 

Referencias