El 10 de abril, en la clase de Ética cívica y profesional, 4º de Derecho Económico, contamos con
una invitada de lujo, Cristina Maruri
Chimeno. Su currículum es extenso y variado. Completa su Licenciatura en
Derecho por la Universidad de Deusto con tres Másteres. Es Asesora jurídica de
Tubos Reunidos Group, S.L.U, grupo siderúrgico con una plantilla de 1.500
personas, desde hace más de treinta años. Autora de novela, poesía y relato
corto. Colaboradora de El Correo y La Vanguardia. Conferenciante,
fotógrafa. Activista social, Embajadora del Fair
Saturday y cofundadora del Orfanato Lights of Kazinga (Uganda). [Para más
información, ver entrevista]
Cristina comenzó su intervención con toda una Declaración:
“Estoy aquí porque vivo de aprender. Quiero dialogar con vosotros, vosotras, vosotres, y aprender”. Lanzó, y respondió desde su perspectiva, tres
poderosas preguntas que conectan profundamente con el sentido de la profesión y
el proyecto personal de vida: 1. ¿Por
qué estudiáis Derecho? 2. ¿Para qué estudiáis Derecho? 3. ¿Cómo queréis
organizar vuestra vida? ¿Qué parte queréis dedicar a la profesión?
A partir de ahí, respondió a las preguntas que le planteó la
audiencia, y compartió dilemas éticos a los que se ha enfrentado en su
ejercicio profesional y reflexiones muy interesantes:
“Si llevo más de treinta años en
la empresa es porque, aunque he conocido 17 presidentes diferentes, nadie ha
podido decir que he hecho algo que no era adecuado, que no era correcto”.
“Si ahora tuviera que elegir
profesión me fijaría en mí. La elección de la profesión es como la elección de
pareja, nadie te puede condicionar. Pero es importante conocerse bien y no
mentirse… Cada persona es única y no hay que copiar a nadie”.
“He podido compaginar la
profesión con otros proyectos con orden y previsión y diciendo que no a algunas
propuestas. Esto es imprescindible para poder meter tanta vida a mis días como
quiero (…) Procuro disfrutar de la vida. Sólo tengo miedo a la enfermedad, a la
pérdida de mis seres queridos y a hacer algo que me haga daño a mí o a los
demás”.
“No me considero una persona de
éxito, sólo una persona que va ganando cotas de libertad, de ser y hacer lo que
quiere. El éxito viene dado por ser feliz, por sentirte bien contigo misma”.
“Un puesto de confianza conlleva
mucha soledad en muchos momentos... A mí me ha salvado mi rebeldía y mi amor
propio… He vivido en primera persona lo que es que un jefe haga todo lo posible
por que te vayas”.
“Parto de la base de que ayudar
es una responsabilidad. Quienes tenemos oportunidades tenemos que ayudar a
quienes no las tienen”.
Grandes aprendizajes
de una vida intensa, con sentido y valores.
[He
publicado esta entrada el 07.11.2022 en el Blog de Inteligencia Emocional
de Eitb-desaparecido el 01.07.2024]
Recuerdo que cuando vi por primera vez la película Al cruzar el límite (Extreme Measures es el título original) se me quedó grabada y la recordé en cuanto empecé a dar clases de ética. Es una película estupenda para reflejar diferentes modos de entender la profesión y los límites en el ejercicio de la misma. Habla de ética médica y ética en la investigación, pero hay enseñanzas que sirven para la ética de cualquier disciplina. Suelo utilizar la escena que aparece al final de la entrada para hacer un resumen de la ética de las profesiones.
En la mencionada escena, que vamos a analizar, hay tres personajes principales: el Dr. Guy Luthan, médico de urgencias (Hugh Grant); el Dr. Lawrence Myrick, director del hospital (Gene Hackman) y la recepcionista del hospital quien conoce los hechos que están sucediendo en el mismo.
Expliquemos el contexto de la escena. Guy Luthan es médico de urgencias en un hospital de Nueva York. Un día llega a urgencias un vagabundo con unos síntomas extraños, que acaba muriendo y sus informes desaparecen. Empieza a investigar y descubre que en las plantas de arriba del hospital están experimentando con seres humanos en la búsqueda de una cura para las personas parapléjicas. Para la experimentación secuestran a personas que viven en la calle y algunas acaban muriendo sin que nadie las eche de menos. A Guy le hacen una encerrona y le expulsan del hospital, pero él sigue investigando. Justo antes de la escena, secuestran a Guy y le hacen creer que se ha quedado parapléjico. Cuando empiezan a desaparecer los síntomas que le habían provocado se escapa. En el ascensor forcejea con el guarda de seguridad que pierde el conocimiento. Guy coge su arma. Ahí comienza la escena.
Se ven encarnadas las dos caras del fenómeno moral: las éticas teleológicas (la cara del bien) frente a éticas deontológicas (la cara del deber y las normas). El Dr. Guy Luthan representa la cara del deber y el Dr. Lawrence Myrick la cara de la felicidad, cayendo en “el fin justifica los medios”.
Guy le recrimina al director que se ha olvidado del bien interno de la profesión (toda profesión cumple un bien único y específico que la legitima y le da sentido). En el caso de la medicina podríamos definirlo con los fines señalados por investigadores del Centro Hastings (Nueva York): 1) La prevención de enfermedades y lesiones y la promoción y la conservación de la salud; 2) El alivio del dolor y el sufrimiento causados por males; 3) La atención y curación de los enfermos y los cuidados a los incurables; y 4) La evitación de la muerte prematura y la búsqueda de una muerte tranquila.
Además, Guy apela al Juramento hipocrático (primer código deontológico de la medicina): “Usted no puede hacerlo. Es médico e hizo un juramento”. En el juramento se recoge: “Estableceré el régimen de los enfermos de la manera que les sea más provechosa según mis facultades y a mi entender, evitando todo mal y toda injusticia”.
Podemos ver también que se ha caído en dos de los problemas éticos de la profesión: la corrupción (priorizar los bienes externos -fama, prestigio, poder, etc.- frente al bien interno) y el corporativismo (defender los intereses del propio grupo por encima de los intereses generales, del bien común). Todas las personas que sabían qué ocurría y callaban, en esta escena representadas por la recepcionista del hospital y el guarda de seguridad, son responsables de los hechos con la institución.
Se observa cómo se ven comprometidos los principios de la ética profesional: 1) Principio de no maleficencia (Ante todo, no hacer daño). Es un límite deontológico, no está permitido hacer daño. Sin embargo, en el hospital se secuestra, se tortura e incluso se mata. 2) Principio de beneficencia (Hacer el bien, haciendo bien lo que se hace sin caer en el paternalismo). La investigación persigue hacer un bien, pero los medios son inaceptables. 3) Principio de autonomía (la persona profesional debe potenciar la autonomía y toma de decisiones por parte del usuario/paciente/cliente). No se respeta la autonomía de las personas. Como recuerda Guy, no se piden personas voluntarias, y tampoco han participado ni la mujer ni la hija de Myrick. 4) Principio de justicia. Se ve vulnerado porque se ha dañado el de no maleficencia. No se puede actuar como un dios decidiendo quién vive y quién no.
También se puede ver reflejado el debate entre la obligación de guardar el secreto profesional y la de comunicar la verdad. En este caso, por los graves daños que se están produciendo, prima la obligación de comunicar la verdad. Son muchas las personas que faltan a esa obligación y se convierten en colaboradoras necesarias.
La ética y los valores se demuestran en la práctica y un buen ejercicio de la profesión no puede prescindir de ellos en su toma de decisiones.
Situación: Martes,
4 de mayo, sobre las 20:15. Autobús línea 75 con unas 30 personas dentro. Se
acerca a la parada de Pedro Martínez Artola 2, junto a la Comisaría de la
Ertzaintza de Zabalburu precedido por una furgoneta de este cuerpo. Frente a la comisaría hay varios coches
patrulla aparcados y la furgoneta maniobra a su derecha, invadiendo la parada e
iniciando una maniobra de aparcamiento marcha atrás. El autobús tiene que
frenar bruscamente al no poder librar ni la furgoneta, ni el coche patrulla
aparcado a su derecha. Un ertzaina se acerca al conductor y le dice que rebase
a la furgoneta para poder aparcar. El conductor, en un tono amable, le dice que
no puede hacerlo porque puede golpear a uno de los coches patrulla o a la
furgoneta. El espacio es muy justo para el autobús, a la derecha tiene los
coches patrulla y a la izquierda el murito de la entrada al parking. El agente
empieza a subir el tono y a imponer su autoridad con unas formas inapropiadas. Tres
agentes más salen de la furgoneta y uno de ellos ordena al conductor del autobús
que abra la puerta y le increpa repitiendo las instrucciones del primer agente.
El conductor se contiene e insiste en que es más fácil que la furgoneta suba un
poco más arriba (también podría haberse metido en la entrada del parking y
luego continuar la maniobra). El conductor, impotente, acaba haciendo lo que el
agente le dice y consigue pasar. El pasaje está alterado, las personas en la
parada también son testigos de la situación. El conductor antes de abrir la
puerta en la parada pide en voz alta al pasaje si alguien le puede dejar sus
datos. Me apresuro a darle los míos y los de mi marido y otra persona deja
también los suyos. De pie, vuelve a preguntar si alguien más le da los datos y
nadie responde.
Escribo estas líneas movida por la indignación y la solidaridad.
Indignación por varias razones. En primer lugar, porque ha sido una situación clara de mal uso del poder. El hecho de
llevar uniforme no legitima para hacer cualquier cosa. Pertenecer a un cuerpo
de policía da mucho poder y parafraseando a Spiderman: “Todo poder conlleva una
gran responsabilidad”. El Código Deontológico de la Policía del País Vasco (Ley 4/1992, de 17 de julio, de
Policía del País Vasco) señala que “El servicio público de policía se ejercerá
con absoluto respeto a la Constitución, al Estatuto de Autonomía y al resto del
ordenamiento jurídico, y al mismo incumbe cumplir los deberes que le impone la
Ley, sirviendo a la comunidad y protegiendo a todas las personas contra actos
ilegales que impidan el libre ejercicio de sus derechos y libertades (…) Los miembros de la Policía del País Vasco
actuarán con absoluta neutralidad política e imparcialidad, y evitarán
cualquier práctica abusiva o arbitraria”. En esta actuación he visto poco
servicio y mucha arbitrariedad. En segundo lugar, porque he percibido también cierto
corporativismo (RAE: En un grupo o
sector profesional, actitud de defensa a ultranza de la solidaridad interna y
los intereses de sus miembros). El resto de agentes presentes lejos de mediar y
ayudar a solucionar la situación han apoyado a su compañero. Una mala actuación
profesional va en demérito de la profesión que se ejerce y puede dañar la
imagen pública y la confianza de la ciudadanía. En tercer lugar, por la falta de compromiso e implicación de
las personas presentes. Quienes abusan de su poder se alimentan del miedo y
del silencio cómplice de muchas personas. Martin Luther King decía: "No me
preocupa tanto la gente mala, sino el espantoso silencio de la gente
buena".
En esta situación en mí ha
podido más la solidaridad con la persona víctima de la situación, en clara
inferioridad de poder. Podía sentir la rabia contenida del conductor ante la
injusta situación. Su impotencia, su búsqueda casi infructuosa de apoyo, su
decepción ante el silencio… ¿Quién nos asegura
que un día no vamos a ser las víctimas en una situación así? Siempre es bueno
recordar la regla de oro: “Haz a los demás lo que quieras que te hagan” / “No
hagas a los demás lo que no quieres que te hagan”.
Del 20 al 22 de mayo se celebró el Bilbao Photo Experience. Gracias a
mi profesora de fotografía, Belén Ibarrola Goiri, pude asistir a la ponencia de Gervasio Sánchez, fotógrafo especializado en fotoperiodismo de guerra, quien ha mirado
más allá de su cámara los grandes conflictos de Europa, Asia, África y América
Latina por más de treinta años. Salí conmovida de la conferencia, que fue mucho
más que conocer su excelente labor fotográfica. Podría resumir lo vivido con
una frase… El compromiso detrás de la
mirada… las historias y los nombres más allá de la instantánea.
Presentaré
aquí algunas de las ideas que compartió y la reflexión que a mí me suscitaron.
Comenzó su charla subrayando el Premio Princesa de Asturias
de Comunicación y Humanidades 2016, otorgado al fotoperiodista estadounidense James Nachtwey, “conocido por sus
cuatro décadas de trabajo en guerras, campos de refugiados y ciudades
castigadas por catástrofes naturales o ataques terroristas”.
Me impactó que continuó diciendo que no se atrevía a
describir la guerra y el dolor que genera, que va más allá del “bang-bang”. Una guerra no se acaba cuando se deja de
disparar, ni cuando dice Wikipedia... Acaba cuando se superan las consecuencias
y eso puede tardar años, décadas o no darse nunca… Sin embargo, algunos
periodistas se piensan que ellos son los protagonistas… Señaló que cada vez le
importa menos el “bang-bang”, que ha
dejado de centrarse en la parte efectista. Le interesa más la vida cotidiana,
el cómo sobreviven las personas… Según él los muertos son el ‘menor’ de los problemas
de una guerra… ¿Qué pasa con los supervivientes? Así dicho puede sonar un poco
fuerte pero cobra todo el sentido al seguir todo su discurso…
Comentó que desde hace dos décadas más que mostrar el
“bang-bang” hace visibles historias con nombres y apellidos. Cada muerte deja una historia inconclusa.
Ese niño, esa niña que mueren en una guerra podrían haber sido un Premio Nobel,
los descubridores de la cura de alguna enfermedad… El día que veamos las
guerras en función de las historias inconclusas nos lo tomaremos en serio. Y no
hay que olvidar que cada vez que hay una guerra hay quienes hacen negocio y
siempre se encuentran muy lejos de la primera línea de fuego. A pesar de su
optimismo decía que por esa razón (los beneficios que generan) es muy difícil
que dejen de formar parte de nuestra vida. Investigadores de la Universidad de
Cambridge han mostrado evidencias de lo que parece que fue una matanza
hace cerca de 10.000 años en Kenia. Él se ha encontrado con muchas personas
cercanas a los 30 años, en países con una esperanza de vida que ronda los 40,
que no conocen lo que es un país sin guerra… Es duro… Yo me pregunto cuáles
serán los resortes de Gervasio para mantener el optimismo y la esperanza
después de haber vivido de cerca por elección tanto dolor…
Para Gervasio la vida
en medio de la guerra tiene mucho más valor. Comentó que hizo su primer
trabajo en Sarajevo en blanco y negro para evidenciar que podría ser cualquier
guerra, en cualquier tiempo y lugar, que todas las guerras comparten imágenes.
Y en medio de toda guerra la vida continúa. Lo que pasa ahora en Siria ya pasó
en Bosnia hace algo más de 20 años. En Europa hemos conseguido no matarnos.
Hemos inventado auténticas brutalidades (esclavitud, nacismo, etc.) pero hemos
conseguido dejar de matarnos; aunque seguimos apoyando matanzas en otros
lugares. Cuando cayó el muro de Berlín él se encontraba en El Salvador. En aquél
momento llegó a pensar que se iba a quedar sin trabajo. Antes había dos
potencias y había cierto ‘control’, ahora hay caos. Según él hemos llegado a un
momento en que todo puede empeorar. Nunca ha habido tantos refugiados y
desplazados.
Una clave de su trabajo es que ha intentado ser compasivo. ‘La dignidad es lo que importa’. Según
él es importante acercarte al dolor y pensar qué harías si estuvieras en su
lugar. Ha renunciado a la foto impactante, que genera mucho debate y
declaraciones vacías, como la foto del niño de dos años que apareció muerto en
la playa. A raíz de ese último hecho hubo muchas reflexiones indignantes. Quizá lo mejor hubiera sido el silencio del luto…
Al ver de cerca tanto dolor y sufrimiento constata que resulta difícil gestionar los sentimientos.
Genera mucha impotencia y desesperación ver que todo se repite; es más, cada
vez presencia escenas de mayor sufrimiento. Es complicado gestionar lo que ves,
te lo tienes que ‘tragar’. Como ‘anécdota’ cuenta que en 1994 salió de Ruanda
después de ver morir a miles de personas y se fue a descansar y desconectar a
las playas de Siria. Y ahora…
Contó que cuando empezó su carrera profesional pensaba que
lo que hacía serviría para algo, para golpear conciencias y abrir debate, para
mejorar el mundo. Dio un consejo muy claro: hay que ser críticos y autocríticos. No se puede ser complaciente
con lo que ocurre y con el poder. Él hacía una reflexión, ¿voy donde quiero? La
respuesta es clara, “no, voy donde me lleva la ola mediática”.
Después de haber cubierto el cerco de Sarajevo durante tres
años conoció la historia de Kuito (Angola) donde
habían muerto tres veces más personas que en Sarajevo en el plazo de apenas 9
meses. Y se preguntaba, ¿dónde estaba yo cuando morían tantas personas? Así
empezó el proyecto Vidas minadas
que fue financiado por el dueño de varias revistas del corazón. Comentó que la
suya es una profesión en la que un grupo reducido ha pervertido la esencia de
la misma. Es necesario buscar equilibrios entre los tiempos de los proyectos y
el modo de hacer las cosas, lo que exige mucho coraje. Los políticos y los
Directores de comunicación quieren que los proyectos se hagan rápido… Y cada proyecto
necesita su tiempo. “Los periodistas debemos vigilar al poder político y
económico y no acostarnos con él”.
Para él es más difícil editar que fotografiar. Le interesa
encontrar el hilo narrativo. Muchas veces al escribir lo que más le cuesta es la
primera frase. Cuando tiene claro el hilo y la historia va todo seguido… Muchas
veces le preguntan cuál es la foto que más le gusta. Suele decir que muchas
veces las que han tenido menos brillo porque son las que le han conducido a las
que han sido comunicadas, las que aparecen en los reportajes, las que todos
eligen…
Uno de los nombres y apellidos del proyecto de Vidas Minadas es Adis Smajic a quien conoció poco después de que con 13 años le
estallara una mina antipersona que se activó al recogerla del suelo para que
nadie la pisara. Una mina que cuesta 6 euros, y a alguien le da un beneficio de
3, cambió su vida para siempre. Con 13 años ya era un veterano de guerra que se
ha tenido que someter a más de 30 operaciones para paliar las consecuencias.
Gervasio ha acompañado a Adis durante años y le ha visto crecer, conocer el
amor y le ha acompañado en el nacimiento de su hijo… (véase el vídeo del
final).
Otro proyecto al que Gervasio se ha dedicado desde 1998,
recopilando material en diez países, es Desparecidos.
Según él la desaparición forzosa es el
mayor drama de una guerra. Los escombros desaparecen, los heridos se pueden
curar, los muertos se entierran, las tumbas se arreglan… Pero… ¿Qué pasa con
los desaparecidos? ¿Qué ocurre cuando todos quieren mirar hacia adelante pero
hay quienes se han quedado atrapados? Normalmente no trabaja en España porque
aquí viene a descansar, pero a raíz del comentario de una periodista el epílogo del libro
lo dedicó a España. ‘La dignidad es lo
que importa’. Las víctimas tienen derecho a encontrar una respuesta a su drama.
Muchas de las actuaciones del Gobierno de Los Estados Unidos son criticables
pero después del 11-S se comprometió a recuperar todos los restos humanos y han
realizado programas y pruebas de ADN a los familiares para hacerlo. Hay quien
ha recibido una uña… Se ha encontrado con gente que dice que para qué hacer
tanto esfuerzo. La respuesta es clara… Pregúntate… Si fuera mi hijo o hija,
padre o madre, esposo o esposa, hermano o hermana ¿qué haría?
Otro nombre propio… Ascensión Mendieta, que tenía 88 años cuando fue a Declarar a Argentina para que
exhumaran el cuerpo de su padre de una fosa común en el cementerio de
Guadalajara. Ascensión tenía 13 años cuando su padre murió. El tiempo apremia...
Ella ahora tiene 90 años y está a punto de conseguir recuperar el cuerpo de su
padre gracias a una jueza argentina y un sindicato noruego. Su razón para tanta
lucha: cuando muera quiere que le entierren en la misma tumba que a su padre.
Gervasio comentó que con el tiempo ha caído en la cuenta de que en las desapariciones forzosas las
víctimas no son los muertos, sino las familias que pasan años buscando. Él
nunca ha escuchado la palabra venganza al pie de una fosa común, en ningún
lugar del mundo.
¿Qué me llevo yo de la conferencia? Tocar una vida es fácil, transformarla no tanto… Basta con conectar
con las emociones para producir un impacto; pero cuando tocas la vida de
alguien tienes una responsabilidad… Todo gran poder conlleva una gran
responsabilidad…
Para finalizar la
historia de Adis Smajic, extracto tomado del documental Imprescindibles- Gervasio Sánchez, testigo de guerra, reconocido con el Delfín de Oro del
Festival de Televisión de Cannes y emitido por la 2 de RTVE el 23 de octubre de
2014.
Cuando en junio del año pasado empecé la andadura de este blog lo hice con una entrada que llevaba por título Efecto Pigmalión. Ya entonces decía que volvería sobre el tema ya que me apasiona y soy una firme creyente del mismo. El propio título del blog,"Querer es poder. Creer es crear", es un reflejo de esta idea. [A quien quiera leer más sobre las profecías que se autocumplen le animo a leer el artículo Pigmalión en la gerencia]. Vuelvo hoy sobre el tema para contar una experiencia personal, que más bien son dos que se entrecruzan.
Por si alguien no lo sabe mi docencia de grado de los últimos años ha estado centrada en la Ética profesional. Me imagino alguno de los pensamientos/comentarios: "¿eso existe?"; "¿es posible la ética en el ámbito profesional?"; "los negocios son los negocios"; "la ética ¿no está reservada al ámbito personal?"... Llevo suficientes años impartiendo clase en este área como para no sorprenderme por ningún comentario... Bueno, para no faltar a la verdad, todavía soy lo suficientemente ingenua como para sorprenderme con alguno... Afortunadamente, me apasiona lo que hago y creo firmemente en lo que transmito...
Uno de los temas que trabajo en mi asignatura es el de la de profesión y la ética de las profesiones. Al comenzar este tema siempre empiezo haciendo un ejercicio para distinguir entre profesión y trabajo y los matices que rodean uno y otro concepto. Una de las cuestiones que siempre aparece es el de la vocación. ¿La profesión tiene que ver con la vocación? ¿Es exigible la vocación en el ejercicio profesional? Ante este debate me gusta mucho la postura de González Vila (2000) que argumenta que la profesionalidad es exigible pero no así la vocación y que concluye su artículo diciendo: "La profesionalidad constituye un bien en sí y una exigencia moral. No contrapongamos profesionalidad y vocación. Exijamos, exijámonos profesionalidad, e inyectemos, a la vez, sentido vocacional en nuestras tareas, desde motivaciones alimentadas por el amor" (p.53). No se ejerce igual cuando se hace desde la vocación, no se disfruta lo mismo, y eso es algo que la persona destinataria también distingue. Me gusta hablar de la profesión como vocación de servicio. Nunca debemos olvidar que no ejercemos la profesión en el vacío, sino que siempre está al servicio de las personas, de la comunidad, de la sociedad.
He hablado de la primera experiencia. La segunda es de mi vida personal. Mi hijo mayor, Xabier, es uno de esos alumnos que pueden ser, sé de lo que hablo, incómodos en el aula. Demasiado espontáneo, participativo en exceso, muy movido, hablador a destiempo... Encantador a veces, tremendamente impulsivo otras... Con esta descripción se puede uno imaginar que a menudo recibo llamadas del colegio porque su comportamiento no es el adecuado en un aula, aunque por otro lado, es 'de libro' en un adolescente. Recientemente recibí una llamada que a ninguna madre agrada. Mi hijo se había pegado en clase con un compañero. Un ataque de testosterona por ambas partes les había llevado a las manos. El tutor me llamó para comentármelo y decirme que al día siguiente decidirían en la reunión de tutores cuál sería la sanción, que podría ser entre tres y veinte días de expulsión, al tratarse de una falta grave. No daba crédito... Es lo último que una espera de su hijo. Yo lo único que quiero es que sean buenas personas y sean felices... Le comenté al tutor si no podían buscar una sanción que fuera educativa tipo: ir a clase con los pequeños, cuidar el comedor, limpiar el patio... Quedarse en casa a esa edad es un 'premio'. El tutor me dijo que él opinaba igual y que vería lo que se podía hacer. Al final convenció al equipo y la sanción consistió en que los dos implicados y el propio tutor asistieron al Primer encuentro de la red de jóvenes por la solidaridad organizado por Alboan. Xabier, a priori, no estaba muy animado para acudir pero a la vuelta su comentario, que no es poco, fue "mejor de lo que esperaba".
Da gusto encontrarse con profesionales de la educación con vocación de servicio y que ejercen, igual sin saberlo, el Efecto Pigmalión. ¡Gracias Roberto por creer en Xabier y por ver en él no lo que es sino lo que puede llegar a ser!
Bibliografía:
González Vila, Teófilo (2000): “Vocación, profesión y Profesionalidad”. Acontecimiento: órgano de expresión del Instituto Emmanuel Mounier, n. 54, , pp. 49-53. Disponible en http://www.mounier.es/revista/pdfs/054049053.pdf [Consulta 03.04.2014]
El 12 de noviembre de 2013 asistí a un taller organizado por el Departamento de Salud de la Oficina de Atención al Estudiante de la Universidad de Deusto, que llevaba por título el que encabeza esta entrada, "Comunicación con personas con cáncer y sus familias". Fue impartido por Estibaliz Alonso Undabeitia,Psicóloga de la Junta Provincial de Bizkaia de la AECC. Voy a trasladar aquí algunas de las ideas que allí se compartieron junto con mis reflexiones más personales.
Fueron dos los motivos principales que me llevaron a ese taller: 1) por trayectoria vital son varias las experiencias que tengo de enfermedades crónicas o terminales y creo que aún me queda mucho por aprender sobre cómo reaccionar en dichas situaciones; 2) me apasiona el tema de la comunicación y las relaciones; y la enfermedad siempre es una situación muy delicada desde el punto de vista de la comunicación.
Me sorprendió ver que, excluyéndome a mí, todas las asistentes tenían formación en Psicología, Educación Social o Educación Primaria. De un grupo de unas 25 personas sólo había un hombre. Salvo la ponente y yo, no creo que ninguna pasara de los 30 años. Algunas habían tenido contacto con la enfermedad pero la mayoría acudían motivadas por el enfoque profesional. La enfermedad, y en especial el cáncer, es algo que a todos nos sacude en algún momento de nuestra vida, pero parece que hay miedo a hablar sobre ello. Y parece que lo que no se nombra es como si no existiera... La ponente nos comentó que a ella le había llegado a pasar que participando como ponente en algunas Jornadas todas las charlas estaban llenas de gente menos la suya. ¿Acaso no es mejor saber qué hacer o qué no hacer; qué decir o qué no decir? El miedo es razonable pero que éste no nos impida responder como es adecuado.
El diagnóstico de una enfermedad, y más si es terminal, siempre supone una 'revolución' en una familia. Nada vuelve a ser igual. Se desatan muchas emociones y sentimientos (culpa, miedo, ansiedad, etc.) en todos los miembros. Hace falta tiempo para asimilar la noticia. Es difícil pensar con claridad y de forma global. Además, hay enfermedades con muy mala prensa, como puede ser el cáncer, aunque no siempre supongan un desenlace fatal. También podríamos hablar de las enfermedades raras, muchas de las cuales limitan de forma importante la vida de las personas pero ellas y sus familias las sufren sin la comprensión del resto.
¿Los familiares siguen con su vida normal? Normalmente a los familiares nadie les pregunta. Tienen que seguir adelante, reajustar su vida a la nueva situación. Es como si alguien les hubiera quitado su 'silla'. Cuando se les pregunta: "¿Y tú cómo estás?" suelen responder en nombre del enfermo: "Ayer estuvimos bien, no vomito..." y cosas similares. El objetivo de un grupo terapéutico para familiares es que respondan a la pregunta en primera persona del singular. De no ser así, van tirando, no se paran, no piden ayuda... Y eso pasa factura. Hay áreas muy importantes a explorar con las familias: ¿dónde estaban? ¿dónde están? ¿qué ha dejado de hacer? Centrarse únicamente en la persona enferma puede llevar a una situación sin salida, que no es buena para nadie.
Muy habitualmente se suele dar en torno al enfermo una 'conspiración de silencio', es decir, toda una serie de estrategias dirigidas a evitar que alguna de las partes involucradas (el propio enfermo, los hijos, los padres, etc.) conozca el diagnóstico, el pronóstico, las emociones o el propio malestar. Y esto suele generar un drama añadido. Lo peor que le puede ocurrir a uno es sentir que no tiene ningún control sobre lo que le está pasando. Se suelen producir bloqueos de comunicación con la persona enferma, que podrían resumirse en el pensamiento "cómo le voy a contar que...". Es como si la de 'enfermo de cáncer' se hubiera convertido en su única identidad. De esta manera la persona pierde, además de todo lo relacionado con el diagnóstico, la capacidad de escucha, de atender a los suyos, de sentirse útil, de sentirse persona... La persona se puede sentir además de sola, aislada. A veces también ocurre que los familiares están tan agotados, tan angustiados que la persona enferma se inhibe, oculta cómo está, y se dedica a cuidar de ellos.
¿Cómo podemos saber las necesidades de la persona enferma? Hay que procurar no tener prisa, dedicarles tiempo con paciencia, atención plena y apertura. Escuchar y compartir emociones y sentimientos. Intentar no dar nada por supuesto, preguntándoles qué quieren y cómo se sienten. Es importante crear un clima de confianza. ¿Cómo? No imponiendo lo que se debe hacer; Intentando no culpabilizar a la persona ("Ya te decía yo que fueras al médico"); Evitando dar consejos o frases hechas ("No te preocupes", "No es nada", "Seguro que te pones bien").
En el proceso de una enfermedad puede haber muchos momentos difíciles, en los que es importante tener en cuenta lo siguiente:
Hay que respetar los silencios. La persona, y los familiares, pueden querer compartir o no; y además tienen sus tiempos.
Debemos permanecer tranquilos ante la ira. Intentar calmar a alguien que está 'encendido' es inútil. No hay que interrumpir, es mejor esperar a que la ira se apacigüe, o al menos a que baje la intensidad. Debemos mostrarnos disponibles. Y una vez queintensidad descienda intentar saber cómo está la persona, cómo se siente.
Ante el llanto, debemos dejar que la persona llore, no interrumpirle. Hay que escuchar activamente lo que quiere decir. Si no sabemos qué decir no debemos sentirnos mal por ello. Mejor callar que frases del tipo "tranquilo, tranquilo, no pasa nada". ¿Cómo que no pasa nada...?
Al escribir estas líneas viene a mi mente un libro, basado en una experiencia real, Martes con mi viejo profesor, que es "La asignatura final de un catedrático: su propia muerte". Cuando el profesor recibe el diagnóstico de su enfermedad, ELA (esclerosis lateral amiotrófica, una enfermedad degenerativa de origen desconocido), siente que se detiene el mundo: "¿No debería detenerse el mundo? ¿Es que no saben lo que me ha pasado?" (p.20). Experimenta poco a poco lo que es dejar de conducir, dejar de nadar, dejar de dar clase, dejar de ser autónomo, dejar de tener un secreto (su enfermedad)... Y aún así, es capaz de prepararse para su final y hacer del mismo una buena experiencia, tanto para él como para los que le rodean. Llega, incluso, a hacer sus "funerales en vida". Este libro es un ejemplo de una excelente comunicación en la enfermedad y el final de la vida.
A mi modo de ver tres son las habilidades clave para la comunicación con personas enfermas y sus familias, que son claves para una comunicación efectiva en cualquier ámbito y están muy relacionadas entre sí:
Empatía: es necesario conectar con el torbellino de emociones, sentimientos y pensamientos que pasan tanto los enfermos como sus familias.
Escucha activa: no hay que dar nada por supuesto; hay que escuchar con los oídos y los ojos, lo que dicen y lo que callan, lo verbal y lo no verbal. Y para ello hay que dedicarles tiempo. Nunca se debe preguntar "¿cómo estás?" si no estamos dispuestos a escuchar.
Asertividad: “La asertividad es una estrategia de comunicación que se ubica como punto medio entre dos conductas opuestas: la agresividad y la pasividad (o no-asertividad). Los especialistas la definen como un comportamiento comunicacional maduro en el que el sujeto no agrede pero tampoco se somete a la voluntad de otras personas; en cambio, expresa sus convicciones y defiende sus derechos”. Decir que sí cuando es sí, decir no cuando es no pero siempre sin herir al otro.
Bibliografía:
Albom, Mitch (1998): Martes con mi viejo profesor. Una lección de la vida, de la muerte y del amor. Madrid: Maeva.
En esta entrada recojo el guante que me lanzó mi amiga Gema. Había encontrado la aplicación a su profesión que hacía un abogado de los "Diez mandamientos para no ser infeliz", propuestos por Eduardo Punset en la p.268 de su libro Excusas para no pensar;y me sugirió hacer lo propio para el profesorado universitario. Va por ti Gema... 1- “No
intente ser feliz todo el rato”. Cualquier profesional sabe que en su trabajo hay tareas que son muy gratificantes y otras que no lo son tanto. Para un educador lo más gratificante seguramente sea, para mí lo es, el contacto con el alumnado; dar clase; debatir conceptos y situaciones. Pero... ¿y las reuniones? ¿y la corrección? ¿el pasar notas? ¿las revisiones? ¿las tareas de gestión?... Para mi todo cobra sentido porque forma parte de la labor que legitima y da sentido a mi trabajo, contribuir a la formación integral del alumnado.
2- “Intente
disfrutar la preparación y la búsqueda de sus metas y objetivos”. Lo importante no es sólo llegar a la meta u objetivo, muchas veces el camino es muy satisfactorio, o al menos sirve para aprender y crecer. ¿Quién no ha perdido la noción del tiempo leyendo, preparando una clase o una conferencia? ¿Quién no ha dejado que la clase se le desbarate un poco por seguir con un tema que interesa al alumnado?
3- “La
felicidad es, primordialmente, la ausencia del miedo”. Mientras no vivamos sin miedo en el aquí y ahora difícilmente seremos felices. Mi amigo Rogelio Fernández escribía en un blog: "Vivir el presente nos ayudará a disfrutar más de
lo que hacemos, de lo que sentimos. Nos ayudará a quitarnos muchos miedos
inútiles y paralizantes que no nos ayudan en nada. Nos permitirá ver con mayor
claridad la realidad en la que vivimos y nos permitirá también
responsabilizarnos más de ella. Nos permitirá, en definitiva, vivir más felices
aunque esto… nos de miedo aceptarlo".
4- “Cuide
los detalles y las cosas pequeñas en lugar de seguir obsesionándose por los
grandes proyectos”. En la labor de un educador/investigador son muchas cosas las que cuentan. Además, con nuestra actitud, con nuestras acciones transmitimos mucho, a veces más que con nuestras palabras. Quizá no podamos hacer grandes aportaciones al conocimiento, a la ciencia... pero igual sí podemos contribuir a cambiar una vida, a despertar una vocación profesional, a hacer visible una realidad ¿Acaso no es eso algo grande?
5- “Las
investigaciones más recientes demuestran que el nivel de felicidad aumenta con
la edad”. Ciertamente, cada vez me siento más feliz a pesar de que la vida ya me ha dado unas cuantas sacudidas, me ha puesto algunas pruebas. Quizá por eso mismo, porque he vivido, sé apreciar mejor cada momento, cada situación; sé que no puedo esperar a mañana, que debo vivir en el presente. Y disfruto más también de mi trabajo [siendo consciente de que la institución en y para la que trabajo no es perfecta] porque he hecho de mi vocación mi profesión; porque encuentro sentido a mi quehacer.
6- “Concentre todos sus esfuerzos
en disfrutar de aquello que más le guste: leer, jugar al tenis o al golf, hasta
trabajar si le apetece”. Es un privilegio saber disfrutar de las cosas pequeñas, poder entregarte a cada tarea que realizas. Quienes trabajamos en educación tenemos el privilegio de poder realizar tareas muy enriquecedoras: leer, escribir, debatir, transmitir...
7- “No desprecie a nadie.La
antítesis del amor no es el odio, sino el desprecio hacia los demás”. No se me ocurre principio más fundamental en educación que el respeto. Debemos tratar a todas y a cada una de las personas con un exquisito respeto, reconociendo su dignidad (condición que les caracteriza de forma permanente y fundamentalpor el hecho de ser personas).
8- “Cuide
sus relaciones personales”. Uno de los padres de la psicología positiva, Martin Seligman, concluye en sus estudios sobre la felicidad que del trío salud, amor y dinero lo que más contribuye a la felicidad es el amor, unas relaciones sanas y satisfactorias. En nuestra profesión si algo hay es contacto con otras personas (alumnado, profesorado, personal no docente, otros profesionales, etc.). Y cada contacto, cada grupo con el que interactúas, es una posibilidad de crecimiento y aprendizaje.
9- “Aproveche la capacidad que
tenemos de imaginar -lo único que realmente nos diferencia de los chimpancés-
para pensar en cosas bellas, en lugar de en desgracias”. Una de las competencias claves que aparecen en todos los grados de nuestra universidad (Universidad de Deusto) es el pensamiento creativo, entendido como "el comportamiento mental que genera procesos de búsqueda y descubrimiento de soluciones nuevas e inhabituales, pero con sentido, en los distintos ámbitos de la vida". Ciertamente es una competencia básica para el trabajo y la vida; es importante potenciar y desarrollar este pensamiento a lo largo de toda la existencia. Sin embargo, no siempre lo ponemos en funcionamiento; en ocasiones creemos que está reservado a genios y similares. Sin embargo, todos podemos desarrollarlo y hacerlo funcionar a nuestro favor. Cuántas veces utilizamos nuestra imaginación únicamente para contemplar todas pegas, excusas y desgracias posibles... ¡Cambiemos el 'chip'!
10- “Durante el invierno no paramos de invertir en nuestro futuro
o en el de los seres queridos […]Aproveche las vacaciones y
el tiempo libre para invertir menos y colmar el déficit de mantenimiento de
uno mismo”. En una conferencia escuché una vez que "nadie da lo que no tiene". No puedo estar más de acuerdo. Es necesario parar, tomar fuerzas, escuchar y escucharse, leer, estudiar, cultivarse, etc. para poder compartirlo con los demás, para poder transmitir desde el convencimiento. Utilicemos nuestro tiempo libre para regenerarnos y recargar energía. Una última reflexión... ¿eres una zanahoria, un huevo o un grano de café?