jueves, 3 de septiembre de 2026

No hay palabras

 

“El sufrimiento que experimentamos por la marcha definitiva de la persona querida va íntimamente ligado a la naturaleza del vínculo que teníamos con el difunto. Cuanto más apego haya entre las personas, mayor sufrimiento causa la ruptura, mayor indignación, rabia y desconcierto, en especial cuando no había ningún indicio de que la muerte irrumpiría en el escenario. Si esta llega lentamente, y se manifiesta previamente con toda clase de síntomas, los que se quedan tienen ocasión de prepararse, de anticipar el duelo, de hacerse a la idea, de acostumbrarse a la ausencia del otro; pero cuando aparece como un caballo desbocado en plena plaza pública, el dolor que causa es inmenso, inenarrable.
Es entonces cuando no hay palabras” (Torralba, 2024, p.89).

He tenido ocasión de leer a Francesc Torralba, filósofo y teólogo, y de escucharle tanto en vivo como en vídeos. Siempre me ha sorprendido su hondura y la capacidad de explicar de forma accesible y bella experiencias profundamente humanas. Recuerdo el día que un amigo me envió la noticia del fallecimiento de su hijo Oriol en un accidente de montaña cuando ambos estaban juntos haciendo una ruta. De esa experiencia y el ejercicio introspectivo que supone la escritura, surge el libro que da título a esta entrada, No hay palabras. Asumir la muerte de un hijo (Torralba, 2024). [A partir de este momento en las citas literales únicamente señalaré la página]. El libro consta de tres partes —1) El último día de mi hijo. Aquel 14 de agosto de 2023; 2) Aprendizajes difíciles; 3) Las palabras del filósofo— y Epílogo. Voy a compartir aquí algunas de las ideas que me llevo de una lectura que es muy recomendable.

Desde el principio Torralba señala las dudas que le han asaltado. “Las preguntas ante el sentido de esta muerte y de esta vida han repiqueteado en el interior de mi cabeza durante todos estos meses. Nunca como hasta ahora había lanzado tantos interrogantes al cielo. No tengo una respuesta concluyente, pero creo que lo que hace que una vida sea valiosa no es el tiempo vivido, sino el bien que ha generado, la belleza que ha creado mientras existía. Mi hijo tuvo una vida breve, pero hizo mucho bien, y muchos amigos suyos se lo agradecen” (p.12).

Es muy interesante y apropiada la diferencia que hace entre superar y asumir —este último, verbo que elige para el título—. “Se supera un examen, una prueba, unas oposiciones, pero no se supera la muerte de un ser querido. Asumir es el verbo más apropiado porque significa, textualmente, tomar para sí, hacerse cargo” (p.16). Insiste en que una experiencia traumática simplemente sucede y le lleva a uno a sus propios límites, lo que puede ser una ocasión para crecer y comprender mejor a las demás personas. En nuestra existencia vivimos muchos hechos —entendido como algo que es habitual— pero también vivimos acontecimientos —“[Acontecimiento] Es un episodio vital que marca un antes y un después en la trayectoria biográfica de un ser humano, que abre una discontinuidad en el tiempo, un salto entre dos hechos” (p. 57)—. No todos los acontecimientos son trágicos, pero, sin lugar a duda, la muerte de un hijo sí lo es. Personalmente, la mera idea de esa posibilidad me parece insoportable.

La muerte suscita una montaña rusa de emociones en la que el entorno debe reaccionar en un punto intermedio entre la lástima y la indiferencia:

“En este conglomerado intangible de sentimientos hay ira, indignación, rabia, impotencia, cólera, nostalgia, pena, tristeza y desesperación, pero todos estos estados emocionales no se dan de manera separada, ni secuenciada, uno después de otro, sino mezclados, formando una espesura difícil de aclarar. Es arduo tratar de separarlos con un bisturí como lo hace un cirujano con los tejidos, las venas y las arterias.
Cuando alguien, con buena intención, nos pregunta cómo estamos o qué sentimos, notamos un nudo en la garganta e intentamos evitar la cuestión que nos inquieta, porque no tenemos ninguna garantía de poder terminar la frase. A veces, antes de responder, se hace un largo silencio, porque no sabemos por dónde empezar. Esto nos hace humildes y, a la vez, humanos” (p.61).

Uno de los primeros aprendizajes que señala Torralba es el guardar silencio ante la experiencia de la muerte que tiene la otra persona. Cuando nos enfrentamos al tema del duelo hay que distinguir entre mostrar y decir. “Hay vivencias que no podemos terminar de decirnos. […] Podemos mostrar aquello que experimentamos a través de otros recursos” (p.63). Entre esos recursos encontramos: el abrazo —“es como una columna de carne ante la intemperie” (p.64)—; la caricia, que es más que un leve roce —“muestra respeto hacia la alteridad, pero no así indiferencia. Muestra proximidad, pero no voluntad de dominio ni de sumisión. Quien acaricia no coge, no manipula; vela por el otro, pero, al mismo tiempo, lo suelta” (p.65)—; la lágrima —“es la gramática de la angustia, el esperanto del sufrimiento. Llorar es liberador, necesario y catártico cuando la pena inunda el corazón” (p. 67)—; el arte —“es otro modo de mostrar aquello que sentimos y que no podemos expresar verbalmente a causa de la magnitud de la experiencia que estamos atravesando” (p.67)—; una carta —“ya que nos permite atrevernos a escribir lo que nunca tendríamos el valor de decir cara a cara porque la presencia del otro nos disuade de hacerlo” (p.67)—; o la música —“es la más sutil de las artes y la más profunda, pues atraviesa la corteza de los fenómenos y ahonda más allá de lo que vemos y tocamos. Nos hace trascender y nos transporta a un mundo que nos resulta, al mismo tiempo, extraño y familiar” (p.69)—.

Cuando fallece dramáticamente un ser querido la persona sufre una alteración profunda en todas las dimensiones del ser: la corporal, la mental, la emocional, la social y, también, la espiritual. Independientemente de ser creyente o ateo, “la muerte provoca un tsunami espiritual en el alma de quien la sobrevive. Tiemblan las creencias, los valores, también los ideales de vida. Lo que creíamos se pone a prueba, se somete a un duro examen. También se desordena la pirámide axiológica personal, ya que aquello que tenía valor deja de tenerlo, porque se ve sustituido por algo más relevante. La situación-límite es un depurador. Nos pone contra las cuerdas. Quien cree que la muerte es la transición hacia un estado de vida plena, hacia un estado de felicidad total, se siente invadido por la duda” (p.73). En algunos casos, la situación-límite propicia una crisis espiritual intensa y grave; en otros, lo contrario, se transita hacia la fe. Hay quienes sienten el impulso de deshacerse de la imagen personal que tienen de Dios. También hay quienes
se acercan a tradiciones simbólicas y espirituales lejanas. “Sea como sea, la muerte próxima conmueve a la vida espiritual, la purga” (p.75).

Torralba se resiste a utilizar el término pérdida para referirse al final de una vida. Cuando una persona muere, cesa de existir. “Es el final definitivo de la existencia en el tiempo y en el espacio, pero no es una pérdida. Simplemente, nos vamos, dejamos de estar aquí, y este dejar de estar abre un vacío, una zanja que no es únicamente física, sino emocional. Dejamos un vacío en el corazón de los que se quedan, una grieta en su alma. Dejamos de estar, pero no necesariamente de ser” (p.77).

Una tentación, ante el vacío que deja la muerte de un ser querido, es la dejar de preocuparnos por el aquí y el ahora, la de no atender a las personas que siguen a nuestro lado. “El tiempo no lo cura todo, pero permite poner distancia con el acontecimiento, verlo con perspectiva, debilita la punzada de dolor y todo ello abre la puerta a asumir la ausencia del ser querido con serenidad y a recuperar el deseo y la ilusión de vivir” (p.91). En esta encrucijada vital o bien podemos caer en la filosofía del absurdo —“uno llega a la conclusión de que vivir es un sinsentido, un fenómeno carente de lógica y racionalidad. Nacemos y morimos sin una explicación” (p.102)—; o bien podemos abandonarnos al misterio del mundo —“reconocer la debilidad de la razón humana para comprender ciertos acontecimientos con la esperanza de que, en otra dimensión de la realidad, podamos entenderlos y se haga la luz” (p.102)—. Un poco más adelante Torralba añade: “Asumir la muerte de un hijo significa permitirse la posibilidad de aspirar a una felicidad imperfecta. La felicidad, absoluta, inexpugnable, es sencillamente un mito, carne de ficción. Está fuera de las coordenadas espacio-tiempo. La felicidad, en este mundo, es siempre imperfecta” (p. 160).

Otra lección importante, un paso más en el asumir que alguien ya no está, es la gratitud hacia esa persona. “La lección que extraigo es clara: es preciso apreciar y dar las gracias en vida por todo aquello que las otras personas, cercanas o lejanas, conocidas o desconocidas, nos dan. El lenguaje de la gratitud requiere atención y consciencia, pero, sobre todo, apertura de miras y generosidad de espíritu. Quien lo experimenta dentro de su ser siente la necesidad de exclamar «¡Gracias!»” (p.139).

Torralba presenta una hipótesis sugerente: “la seriedad radica en vivir cada día como si fuera el último”, que ha transformado en ejercicio que plantea a su alumnado. “Cuando les pido este ejercicio —cómo vivirían un día pensando que es el último—, experimentan desconcierto, desasosiego, pero después, al cabo de poco, se ponen a escribir y no se oye ni un alma en el aula. Nadie me ha entregado nunca una hoja en blanco. Nadie ha escrito nunca frivolidades. El último día se pronuncian palabras de amor, se hacen gestos de perdón y de reconciliación, se practica la gratitud hacia los padres y los amigos, se celebran despedidas muy solemnes” (p.207).

En el epílogo plantea que quien ha sufrido una pérdida está en condiciones de descubrir tres grandes virtudes humanas: la humildad —“es la virtud de la desnudez y de la exposición. Es humilde quien sabe que, bajo las vestimentas ampulosas, todos somos igual de frágiles y estamos igual de expuestos a la muerte. Ella nos revela que no somos nada” (p.212)—; la compasión —“compadecer es sufrir con alguien, pero el sufrimiento no es algo deseado. Es tener simpatía con el dolor o con la tristeza. Consiste en participar en el sufrimiento del prójimo” (p.213) — y la magnanimidad —“la persona que ha sufrido la muerte de un ser querido constata que la vida es demasiado corta para desperdiciarla en estupideces. Descubre en la magnanimidad la virtud de la grandeza, que lo habilita para inclinarse hacia lo que es grande. Radica en no dedicarse a nimiedades ni a necedades” (p.213) —.

¡Ojalá cuando personas muy queridas dejen de existir podamos dar las gracias por la vida y el tiempo compartido y nos pongamos en la senda de descubrir las grandes virtudes de la humildad, la compasión y la magnanimidad”.

Referencias

 


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