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viernes, 10 de abril de 2026

Querido profe, me invaden las tinieblas

 

El pasado 21 de marzo impartí una conferencia en Cadiñanos (Burgos) a la que puse por título: “Cuidar, Despedir y Sanar: El valor de estar presentes”. Me dieron la posibilidad de elegir el tema y opté por uno de los que últimamente más me llama: la enfermedad, el duelo y el final de la vida. Hay muchas personas a quienes no le gusta nada hablar de estos temas. A mí me encanta, porque me conecta con la vida y con mis prioridades. Creo firmemente que todas las personas, desde edad temprana, deberíamos familiarizarnos con la muerte, ya que tarde o temprano nos la encontraremos cara a cara. Y es mejor hacerlo sin miedo ni prejuicios.

A raíz de la charla me hicieron llegar un artículo cuyo título me cautivó —“La vida y la muerte por correo electrónico” (Hermoso, 2026)— y que me hizo descubrir dos libros. Voy a hacer esta reflexión sobre uno de ellos: Querido profe, me invaden las tinieblas (Bonete, 2025).

Desde el primer momento el libro me evocó a otro —Martes con mi viejo profesor (Albom, 1998)— que he leído varias veces y al que he aludido en entradas anteriores (Echaniz Barrondo, 2020, 2013a y 2013b). En esta ocasión se invierten las tornas. No es el discípulo quien acompaña al profesor en su última etapa. Al detectarle cáncer, una antigua alumna se pone en contacto con quien fuera su profesor de la asignatura Ética de la muerte diez años atrás en la Universidad de Salamanca —Enrique Bonete— y empiezan una relación ‘epistolar’ que la alumna mantiene oculta a sus personas cercanas. El profesor va respondiendo a sus inquietudes de la mano de grandes maestros de la filosofía. La relación acaba cuando la alumna no responde a varios mensajes y el profesor asume que le ha llegado la hora. El libro ve la luz varios años después de la muerte de la alumna. Es ella misma quien le sugiere que las misivas que se cruzan podrían ayudar a otras personas en una situación similar.

El título del libro es muy gráfico y recoge muy bien la vivencia de la alumna: “Disculpe mi pesimismo, profesor: a veces ahoga. Especialmente durante las noches, cuando me siento sola, desprotegida, rodeada de un silencio inquietante. Pero también por el día. En realidad, se podría decir que la oscuridad mental es algo así como mi estado más duradero, una constante compañera. Profe, me invaden las tinieblas... Y tengo miedo... Por eso busco la luz y la fortaleza moral de los sabios que usted tanto estudia” (pp.79-80).

A lo largo del intercambio ‘epistolar’ alumna y profesor van compartiendo ideas y experiencias muy profundas. Recordando a Séneca el profesor le escribe: “La persona sabia ha de meditar en la muerte, sea cual sea el contexto en que se halle (salud o enfermedad, alegría o pena); en definitiva, debe familiarizarse con su permanente cercanía. Así aprende a prepararse para cuando llegue. Quien nunca piensa en ella no sabrá qué actitud adoptar en el momento clave. Mas quien en su mente la hace presente, al acercarse la mirará sin aspavientos (…) Las decisiones más serias y graves de la existencia han de ser tomadas teniendo presente el final. Si no se contempla la vida personal desde el morir, la interpretación del quehacer cotidiano queda falsificada. Se ha de aprender a disfrutar de lo más valioso de cada día (los afectos, por ejemplo) como si fuera el último” (pp.56-57).

La llegada de la enfermedad y la muerte trastoca el proyecto vital tanto de quien la vive como de sus personas cercanas, pero no significa que desaparezca el sentido. Como señala el profesor: “¿Somos como una mera pompa de jabón? ¿Hinchamos nuestra vida sabiendo que va a explotar? Qué gráfico y metafórico todo esto ... Sabemos que la muerte, al final, vencerá. Pero ello no ha de aplastarnos, sino al contrario: a pesar de la meta hacia la que caminamos, la trayectoria vital no carece de sentido, ni es absurda ni desesperada la lucha por vencer a la muerte. Mientras vivimos, el goce del presente y, sobre todo, la compañía de los seres queridos ofrece momentos de plenitud al proceso temporal en el que estamos inmersos” (p.114). Un poco más adelante añade: “Es comprensible temer el proceso de morir, los dolores y sufrimientos que puede ocasionar. Pero no es racional sentir miedo a la muerte, al hecho de desaparecer, que es bien distinto al proceso temporal de ir muriendo. Así lo han diferenciado la mayoría de los filósofos” (p.122)

Me parece especialmente bello el último párrafo antes del Epílogo: “En realidad, la muerte de una persona querida no deja de ser, para quienes permanecemos aún en este mundo, el silencio de la ausencia; sí, el doloroso eco de una voz, el recuerdo de palabras con ternura escritas” (p.168). Por experiencia sé que lo más doloroso de la pérdida de un ser querido es no volver a oír su voz, escuchar su risa, estrechar su mano…

Abre la entrada la imagen con la que comencé la charla a la que aludo. ¡Qué importante y bonita tarea el sostener(nos)! ¡Que regalo poder compartir con otra persona sus dudas e inquietudes, especialmente en momentos dolorosos! Cuidar y acompañar es un gran regalo que nos transforma la vida y la dota de sentido.

ADENDA. El domingo 19 de abril de 2026 el profesor Bonete fue entrevistado en el programa Últimas preguntas de RTVE (ver referencia) a raíz de la publicación del libro aquí mencionado. 

Referencias

jueves, 2 de abril de 2026

Comunidades compasivas

 

El 26 de marzo asistí a la Clase magistral “Comunidades compasivas”, impartida por Rafael Mota Vargas —médico especialista en Medicina Interna y Cuidados Paliativos— y organizada por la Fundación Pía Aguirreche. Comparto aquí algún de las ideas que extraje de la misma.

No enfrentamos a una realidad que viene marcada por el envejecimiento de la población y el aumento de las enfermedades crónicas, de la dependencia y de la discapacidad. Todo esto supone una mayor exigencia de cuidados en familias cada vez más cortas. Asistimos, además, a una epidemia silenciosa: la soledad. Se hace más necesario que nunca una atención integrada —sanitaria, social y comunitaria— centrada en la persona.

Se suele identificar la compasión con la pena y la lástima. Sin embargo, la compasión implica reconocer el sufrimiento, resonar emocionalmente (identificarnos con el sufrimiento), e ir más allá de la mera observación: ¿Qué puedo hacer yo para aliviar ese sufrimiento?

La Fundación New Health, surgida en 2013 en Sevilla, opera en varios países de Europa y Latinoamérica y trabaja en el desarrollo de “CIUDADES COMPASIVAS mediante la metodología TODOS CONTIGO® por la que se acompaña a las organizaciones al desarrollo de acciones de sensibilización, formación, investigación e intervención comunitaria para la activación de redes de cuidado y acompañamiento alrededor de las personas con enfermedad avanzada y sus familiares”. Hay tres puntos clave: 1) La sociedad como impulsora del cambio; 2) La compasión como eje transversal —la compasión en palabras del Dr. Enric Benito es “la forma que toma el amor cuando se encuentra con el sufrimiento”—; 3) El impulso de las redes comunitarias, “ciudadanos comprometidos y capacitados en el cuidado y acompañamiento de las personas más vulnerables de su comunidad”. En definitiva, hablamos de Cuidados, Compasión y Comunidad. ¿Y cómo se operativiza eso? A través de la Concienciación, Capacitación y Creación de Redes.

Badajoz Compasiva —iniciativa de la cual Rafael Mota Vargas es impulsor— es un proyecto de la Asociación Cuidándonos, “entidad sin ánimo de lucro que trata de implicar a los ciudadanos en el cuidado y acompañamiento de las personas que enfrentan enfermedades en el final de sus vidas”. Impresiona ver tanta energía y vitalidad puesta al servicio de las personas de forma altruista, a través de proyectos como: “Café Contigo: Acompañar y Cuidar hasta el Final”, “Escuela Contigo: El regalo de Cuidar”, “Universidad Contigo” o “Árboles para el Recuerdo”.

Para terminar unos versos que reflejan lo verdaderamente importante, hacer tu parte, dejar una huella bonita. Además, como dice el Dr. Enric Benito, “Acompañar y estar ahí tiene premio” (Echaniz Barrondo, 2023).

Recomiendo ver el documental “DEATH CAFÉ: la Música de tu Vida” impulsado por AECC Badajoz, Badajoz Contigo, Ciudad Compasiva y Músicos Sin Fronteras.


Referencias

martes, 20 de agosto de 2024

Escuchar con los ojos

 

[Entrada publicada originalmente el 06.07.2011 en el Blog de Inteligencia Emocional de EITB, desaparecido el 01.07.2024]

“Tú encontrarás la solución. Lo único que puedo hacer para que la encuentres es ayudarte a verte a ti misma. Intentar hacerte un buen retrato” (cita de apertura del libro)

Recientemente he leído un libro de Ferran Ramon-Cortés que lleva por título el que encabeza  este post, y que es muy sugerente como todo lo que escribe el citado autor sobre comunicación. Hace tiempo que estoy convencida que un requisito fundamental, y no siempre tenido en cuenta, para una buena comunicación es la escucha, que se debe realizar a través de todos nuestros sentidos. A lo largo del libro el autor presenta cinco claves para conocer a los demás, comprenderlos y conectar con ellos; y lo hace utilizando los pasos para realizar un buen retrato y que paso a comentar.

  1. “Mirar por el visor”. Es necesario cambiar la perspectiva; salir de mí para concentrarme en el otro; dejar de ser protagonista para convertirme en espectador.  Para ello debo parar mi ‘runrun’ interno y escucharle con todo mi ser, también con los ojos. Ésta es la única manera de que se sienta escuchado.
  2. “Encuadrar la imagen”. Una vez en el papel de observador debo conseguir que el otro se abra, que comparta sus sentimientos y que yo pueda ir explorando por los caminos que me va insinuando. Para lograrlo deberé conseguir que el otro se sienta cómodo, en confianza; deberé ser empático y aceptar sin juzgar lo que el otro me dice; y deberé animarle a que concrete, a que me proporcione ejemplos y casos concretos.
  3. “Elegir la luz”. Hay que buscar la raíz de los problemas y conductas para poder crecer. Muchas veces enmascaramos nuestros verdaderos problemas detrás de conflictos puntuales, porque igual ni siquiera nos damos cuenta de cuáles son. Dos habilidades son fundamentales para ello: la autenticidad (para que el otro te sienta cercano, y no que le estás analizando como un profesional) y la proximidad (que ayuda a concentrarse en lo que el otro siente aquí y ahora). “En las relaciones profesionales la amistad es una elección mientras que la confianza tendría que ser una obligación, porque si no hay confianza, los errores, los malentendidos y los conflictos están asegurados” (p.57).
  4. “Enfocar y disparar”. Para ayudar al otro debo ser capaz de captar y comprender lo que siente, que siempre será legítimo e indiscutible. En este proceso ayudan la confrontación (en este momento puedo evidenciar las posibles contradicciones sin herir) y la autorrevelación (exponer una vivencia que se parezca en el sentimiento y que la utilice para ayudar al otro, no para descargarme).
  5. “Revelar”. Se trata de propiciar el autoconocimiento, acompañar al otro hasta que lo descubra y le ponga palabras. Para esto es necesario tener valor (estar dispuesto a involucrarte con el otro, no sentir que el problema es de él, atreverse a decirle lo que hay que decirle) y ser sincero pero teniendo en cuenta lo que el otro puede aguantar (no se puede herir en nombre de la sinceridad).

Os animo y me animo a escuchar con los ojos… y con todo el ser…

Bibliografía:

  • Ramon-Cortés, Ferran (2011): Escuchar con los ojos. Barcelona: RBA.



lunes, 19 de agosto de 2024

Es de bien nacidos…


[Entrada publicada originalmente el 26.05.2011 en el Blog de Inteligencia Emocional de EITB, desaparecido el 01.07.2024]


CIELO E INFIERNO CERCANOS

 

Un samurai fue a visitar a un viejo sabio para plantearle una duda que lo atormentaba.

-Señor, estoy aquí porque necesito saber si existen el infierno y el paraíso.

-¿Quién lo pregunta? -contestó el maestro.

-Un guerrero samurai.

-¿Tú un samurai? -se burló el maestro-. ¿Con esa cara de idiota que tienes?

 

El guerrero no daba crédito a lo que oía.

-Seguro que además de estúpido eres un cobarde -se mofó de nuevo.

La ira se adueñó del samurai que desenvainó instintivamente su sable.

-¡Ahora se abren las puertas del infierno! -gritó el anciano.

 

El guerrero comprendió de súbito la actitud del maestro y guardó su sable avergonzado.

-¡Ahora se abren las puertas del paraíso! -exclamó de nuevo el maestro.

 

Cuento Tradicional de Oriente

 Hace poco más de un mes escribía un post [Las emociones nos hacen vulnerables] al acabar un curso.  Ahora he terminado otro, esta vez de 30 horas, también impartido con mi amigo Rogelio Fernández, sobre Liderazgo e Inteligencia Emocional (IE), organizado por DeustuLan y subvencionado por Hobetuz.

Algo de lo que se ha hablado mucho en el curso es el tema de la comunicación, con otros y con uno mismo. El liderazgo es un proceso de influencia en el que la comunicación es básica para generar credibilidad y confianza, que son dos pilares básicos para movilizar y ‘enganchar’ a las personas. El desarrollo de un liderazgo emocionalmente inteligente (entendiendo la IE como  la identificación, comprensión, uso y gestión de las emociones propias y de los demás) contribuye a dotar de sentido al trabajo y a que se dé una implicación que genera resultados superiores a los de la suma de las individualidades; y esto no se logra sin una buena comunicación.

En cuanto a la comunicación con otros, quisiera centrarme especialmente en la empatía. El diccionario de la RAE la define como “identificación mental y afectiva de un sujeto con el estado de ánimo de otro”. Para esto es necesario escuchar al otro con los oídos, los ojos y el corazón. Y escuchar no es hablar, es estar atento, observar, mirar con profundidad, ir más allá de las palabras… Es necesario salir de uno mismo con la voluntad de adentrarse con un profundo respeto en el otro, siempre que éste me “abra la puerta”. Muchos, por no decir todos, los problemas en las relaciones con los otros son problemas de comunicación. Y en muchas ocasiones se debe a que no nos hemos acercado al otro, no hemos hecho el esfuerzo por comprenderle, no nos hemos puesto en su lugar, no hemos sabido transmitirle nuestros deseos o pensamientos de forma adecuada…

Respecto a la comunicación con uno mismo, voy a hablar de la responsabilidad. Recientemente he leído una frase que me ha confirmado lo que yo ya intuía: “El lenguaje no sólo describe la realidad, sino que además es capaz de crearla. Nuestra forma de hablarnos a nosotros mismos afecta tremendamente a nuestra manera de relacionarnos con el mundo” (Alonso Puig, 2011, p.52). Muchas veces no somos responsables de lo que nos ocurre, de lo que otros nos hacen, de las situaciones que nos tocan vivir… pero de lo que sí somos responsables es de cómo nos lo tomamos, cómo lo afrontamos, qué nos decimos a nosotros mismos al respecto. Yo, normalmente, no voy a saber la verdadera intención con la que otra persona me dice o me hace algo pero está en mí decidir si dejo que me hiera o no; si voy a responder o no, y cómo; si voy a permitir que me perturbe o no… Recordemos el cuento del principio... Muchas veces nos empeñamos en ver constantes ataques y amenazas en el exterior y nuestro peor enemigo somos nosotros mismos, y las cosas que nos decimos. ¡Cuidado con lo que nos decimos! Si nos preocupamos tanto por lo que comemos, el ejercicio físico, la salud, etc. ¿Por qué prestamos tan poca atención al ‘runrun’ de nuestra cabeza?... “Si habláramos a los demás como lo hacemos a nosotros mismos, probablemente no tendríamos ni un amigo” (Alonso Puig, 2011, p.81).

Regala a los demás, y regálate a ti mismo palabras y mensajes positivos. Mírate y mira a los demás, no como lo que son sino como lo que pueden llegar a ser…

Y como es de bien nacidos ser agradecidos… No puedo acabar de otra forma… Gracias a todos (Leire, Iñigo, Mercedes, María, Andone, Ana, Mertxe, José Antonio, Ricardo, Ana, Pedro, Amaia, Susana, Alfredo, Leire, Txetxu, Edurne, Isabel, Dulce y Roge)… por el tiempo y la vida compartidos… por la oportunidad de conocernos y transformarnos.

Recordad la frase de Virgilio… “Possunt quia posse videntur” (Pueden porque creen que pueden).

Bibliografía:

  • Alonso Puig, Mario (2011): Vivir es un asunto urgente. 7ª ed. (1ª ed. De 2008). Madrid: Aguilar.

jueves, 15 de agosto de 2024

Carta a un médico

 


[Entrada publicada originalmente el 30.03.2011 en el Blog de Inteligencia Emocional de EITB, desaparecido el 01.07.2024]

Estimado Doctor,

Hoy, 29 de marzo de 2011, has operado a mi madre y cuando has hablado con mi hermana y conmigo nos has dicho que esperas no arrepentirte de haberlo hecho. Yo espero que el dolor que nos han causado tus palabras se quede en una mera anécdota que comentemos un día mientras paseemos con mi ama.

Mi madre lleva con problemas de espalda desde hace más de dos años. Su movilidad y su calidad de vida han empeorado notablemente. Lleva mucho tiempo aguantando unos dolores insoportables, pero no ha perdido la esperanza y se ha esforzado sobremanera para no abandonarse y no quedarse relegada a una silla de ruedas. Hace un año y cinco meses estuvimos en tu consulta y nos dijiste que la única opción era operar y que entraba en lista de espera. Llevamos más de un año esperando la llamada para la operación. El preoperatorio que le hicieron caducó hace más de 9 meses. Y este tiempo de espera no ha estado exento de sufrimiento. En varias ocasiones ha tenido que ir a urgencias para que le dieran ‘chutes’ contra el dolor. Y eso que las listas de espera en Osakidetza supuestamente no superan los seis meses…

Esta mañana se han llevado a mi ama a las 8.30 al quirófano y nos han dicho que fuéramos a la sala de espera. Hasta las 13.30 no nos han llamado por el altavoz. Han sido 5 horas de nervios e inquietud que se suman a un par de noches de mal dormir.

La conversación que hemos tenido, bueno monólogo por tu parte, me ha parecido surrealista. Por más que lo pienso me cuesta comprender tu actitud. Creo que había razón en tus palabras pero tengo duda de si nos has visto como personas, más allá de la familia de un ‘número de historia clínica’. Nada más entrar, según nos hemos sentado nos has dicho: “He estado a punto de no operarle. No se puede operar a alguien tan gordo. Los médicos podemos correr riesgos en el quirófano, es nuestro trabajo, pero sólo si va a haber resultados. En este caso, esta operación no va a servir para nada y va a tener unos dolores horribles”. Esa ha sido la primera de las lindezas que nos has soltado. Yo no daba crédito y no podía articular palabra. Y ha habido muchas más: “La radiografía va a quedar perfecta, porque hemos hecho lo que teníamos que hacer, pero no va a servir para nada”… “Una persona normal pierde unos 450cc de sangre, vuestra madre, es vuestra madre, ¿no?, casi dos litros. Y eso siempre genera complicaciones. A los médicos no nos gusta tener cadáveres… ¿Y para qué? La experiencia me dice (he operado en condiciones similares a 6 personas, 5 mujeres y un hombre, de los que me acuerdo con nombre y apellido) que nunca adelgazan y entonces la operación no sirve para nada”… “Si Osakidetza no fuera el circo que es, si las listas de espera fueran de mes y medio, le hubiera mandado a casa y le habría dicho que adelgazara y entonces volviera”…  “Hace una semana tuvimos una intervención de lo mismo pero no se ha parecido en nada. Alguien que hubiera visto la de hoy le habría parecido, en comparación, una carnicería”… “Si hubiera sido mi madre no le habría operado. Vosotras veréis el método que utilizáis para que adelgace… como si le tenéis que coser la boca”… “He insistido mucho en que adelgazara” (sólo le has visto en una ocasión y desde entonces ha adelgazado).

Y todo esto lo decías con una sonrisa en la cara tipo Joker que quiero creer que era de nervios por la tensión de la intervención; y sin decirnos si había salido de la operación o no.

Y yo te quiero preguntar: ¿Hablas así a todos los pacientes? ¿Y a sus familias? ¿Los ves como personas? ¿O sólo como casos? ¿En algún momento piensas cómo se sienten? ¿Qué veías al mirarnos? Para ti será un número de historia clínica, un caso con complicaciones, pero para nosotras es quien nos ha dado la vida y quien nos ha criado como mejor ha sabido o podido.

Afortunadamente, lo bueno de esta situación es que probablemente tú seas el mejor ‘carpintero de huesos’ del hospital (ser médico me parece que implica mucho más) y que mi ama al menos tiene una posibilidad de mejorar su calidad de vida.

Quiero despedirme diciéndote que sé que tu profesión no es fácil, que agradezco lo que has hecho (no lo que nos has dicho), pero igual mirando a los pacientes y a sus familias como personas puedes conectar mejor con su dolor, que no es sólo físico, y contribuir a paliarlo.

Una familiar doliente

lunes, 5 de agosto de 2024

Te veo


[Entrada publicada originalmente el 11.01.2010 en el Blog de Inteligencia Emocional de EITB, desaparecido el 01.07.2024]

Recientemente he visto la película Avatar. La estética es muy bonita, hay diálogos muy interesantes, es un poco larga aunque entretenida; pero si algo me llamó la atención era cómo se saludaban los Na’vi, habitantes del planeta Pandora. Se decían mutuamente “Te veo”.

Indagando un poco me encuentro con estas palabras, la negrita es mía, de Peter Senge (LaQuinta Disciplina en la práctica, p.3):  “Entre las tribus del norte de Natal, Sudáfrica, el saludo más común, equivalente a nuestro ‘hola’, es la expresión ‘Sawu bona’. Significa literalmente ‘te veo’. Los miembros de la tribu responden diciendo ‘Sikkhona’, ‘estoy aquí’. El orden del diálogo es importante: Mientras no me hayas visto, no existo. Es como si al verme me dieras la existencia”. Da mucho que pensar... Desde pequeños sabemos que no es lo mismo oír que escuchar, ni mirar que ver. Muchas veces pasamos junto a otras personas sin verlas y las oímos sin escucharlas. Suele pasar que no reparamos en cómo está la persona que tenemos enfrente porque ni siquiera le miramos a la cara. Hay quien se escuda en que no mira a los ojos para no invadir la intimidad pero eso en ocasiones suele ser una excusa para no implicarnos, para no vernos afectados por el otro, para no dejarnos tocar por su humanidad, ni permitirle entrar en la nuestra.

Una amiga me mandó una presentación con unas ideas de RubemAlves sobre la educación. Reproduzco aquellas que más me impactaron y que tienen que ver con lo que quiero decir: “La primera tarea de la educación es enseñar a ver (...) Sin la educación de las sensibilidades, todas las habilidades se tornan sin sentido. (...) Cuando la gente abre los ojos, se abren las ventanas de su cuerpo, y el mundo aparece reflejado dentro de la gente”. Nacemos con ojos y oídos pero los actos de ver y escuchar no son naturales, hay que aprenderlos. Dedicamos mucho tiempo a enseñar y aprender habilidades, técnicas, herramientas, conocimientos útiles, etc. pero es prioritario educar sensibilidades. Sin sensibilidad ¿para qué nos sirve lo aprendido? ¿Cómo lo vamos a aplicar de una forma constructiva? ¿Cómo nos van a servir para la vida? En otro post [Inteligencia ética] comentaba como los fracasos de la inteligencia vienen por no ser capaces de resolver los problemas prácticos. Para resolver problemas prácticos es necesario tener desarrollada la sensibilidad, la capacidad de reconocerse y reconocer a otros, la habilidad de detectar aquello que va más allá de las palabras, la destreza de ‘leer’ en las situaciones y acontecimientos.

Quiero desde aquí animaros y animarme a en cada encuentro, ya sea con personas conocidas o desconocidas, abrir los ojos, los oídos, la mente y acercarnos a ese otro que se nos presenta delante y que es un mar de posibilidades. 

Querido lector, querida lectora “Te veo”

 

 




miércoles, 24 de julio de 2024

Sensibilidad ante las injusticias


[Entrada publicada originalmente el 08.05.2009 en el Blog de Inteligencia Emocional de EITB, desaparecido el 01.07.2024]

Escribo esta líneas porque he sido testigo mudo de una situación que creo encierra una injusticia y no he hecho nada ante la misma. Situación: sábado por la tarde, 18.00, en la cola del supermercado con mi hijo de 10 años. Delante de nosotros estaban una pareja de rumanos que llevaban un paquete gigante de pipas. Cuando han ido a pagar, 87 céntimos, lo han querido hacer con monedas de 1, 2 y 5 céntimos, sobre todo las dos primeras. La cajera se ha puesto muy dura y no les ha dejado pagar con esas monedas. Ha estado dos o tres minutos repitiéndoles frases como: “Sabéis que no se puede pagar con monedas tan pequeñas”, “Id al banco a que os las cambien”, “Os lo hemos dicho muchas veces”, “Ahora no hay cola, pero yo no puedo ponerme a contarlas”, etc. Además, lo hacía en un tono muy alto. Ellos muy educados y sin alzar la voz ni perder los nervios le decían: “Es dinero, ¿no?”. Al final la mujer ha sacado una moneda de un euro y ha pagado diciendo: “¿Esto sí es dinero y lo otro no? ¿No sabes contar?”, a lo que la cajera ha respondido: “Y tú no sabes ir al banco”. Cuando se han marchado me ha empezado a pedir disculpas, y a decir algunas cosas en alto como si quisiera que las demás cajeras y el resto de la clientela le oyeran. Yo no he dicho nada ni tampoco le he mirado porque, lejos de sentir simpatía hacia ella, lo que estaba era indignada.

Ya en casa hemos comentado la situación en familia. El hijo que había presenciado la situación decía: “Igual es una norma del supermercado...”. Mi marido comentaba que era perfectamente legal, que deben aceptar el dinero que les den aunque sean monedas pequeñas, y recordaba el caso de Ruiz Mateos cuando pagó una multa de forma similar. Al intentar buscar esa noticia me he encontrado con una parecida y más cercana en el tiempo (julio de 2008). Un ciudadano belga decidió pagar su factura de la luz con 215 kilos de monedas de un céntimo para protestar por la subida de los precios de la energía en los países europeos. Noticias como estas despiertan la solidaridad y la simpatía y aparecen en numerosos medios. Sin embargo, nadie hemos hecho ni dicho nada en el supermercado.

A mí me venían pensamientos y sentimientos contradictorios.  Por un lado me ponía en el lugar de la cajera, trabajando un sábado por la tarde, encontrándose con numerosas situaciones desagradables y teniendo que, supuestamente, cumplir una norma que su superior le había dado. Por otro lado veía completamente injustificado el tono y la actitud que tenía. Hubiera tardado menos en contar las monedas que lo que ha tardado en cobrarles. Me surgía la duda de si, en parte, la actitud se debería a que eran extranjeros ¿Si mi hijo o yo le hubiéramos dado monedas pequeñas se habría comportado igual? Además era a todas luces ilegal e injusto lo que estaba haciendo, pero sabía que esas personas nunca llamarían a los municipales porque podría ser perjudicial para ellos. ¿No es eso un abuso de poder? He estado dudando si cambiarle yo algunas monedas o decir algo, pero ha podido el argumento de: “¿Para qué meterte en líos? Tienes que volver muchas veces a este supermercado”.

Sin embargo, he decidido que la próxima vez, de forma educada diré que legalmente deben aceptar ese dinero. Lo haré porque no me gusta colaborar, aunque sea con mi silencio, ante una injusticia y porque quiero educar a mis hijos en la responsabilidad y la sensibilidad. Y lo haré también por solidaridad con la parte más débil.

¿Y usted qué haría?

 



 





sábado, 13 de julio de 2024

¿Héroes o villanos?

 


[Entrada publicada originalmente el 09.04.2008 en el Blog de Inteligencia Emocional de EITB, desaparecido el 01.07.2024]

Las personas somos ¿héroes o villanos? ¿somos buenas o malas por naturaleza? Estas son preguntas que acompañan a la humanidad desde sus inicios.

Hace unos días vi un capítulo de C.S.I Las Vegas cuya trama consistía en que un grupo de jóvenes se dedicaba a agredir mortalmente a aquellas personas con las que se encontraban accidentalmente después de haber quedado vía sms con tal objetivo. Al final resulta que estos jóvenes, algunos de ellos menores de edad y de familias ‘normales’, lo hacían por aburrimiento y como forma de diversión. Casos similares los vivimos también en nuestro entorno: palizas a inmigrantes, a compañeros o compañeras de clase; personas “sin techo” quemadas mientras duermen; palizas grabadas con el móvil y colgadas en internet, etc. ¿Cómo es posible? ¿Qué está pasando para que ‘chicos buenos’ (y chicas también) se comporten así?

Después leí un artículo con el inquietante título de “EL EFECTO LUCIFER. Su vecino podría ser un torturador...”.

El Efecto Lucifer es el título de un libro escrito por Philip Zimbardo, Profesor Emérito de la Universidad de Stanford. Es conocido su Experimento de la Prisión de Stanford. Reproduzco sus palabras sobre en qué consistió dicho experimento recogidas por Kindsein:

Fue mi intento para determinar qué ocurre cuando pones a gente buena en un lugar malvado: ¿Triunfa la humanidad, o la fuerza de la situación puede acabar dominando hasta al más bueno de nosotros? Mis estudiantes de Stanford, Craig Haney y Curt Banks, y yo creamos un ambiente carcelario muy realista, una ‘mala cesta’ en la que colocamos a 24 individuos voluntarios seleccionados entre estudiantes universitarios para un experimento de dos semanas. Les elegimos de entre 75 voluntarios que pasaron una batería de tests psicológicos. Tirando una moneda al aire, se decidía quién iba a hacer el papel de preso y quién el de guarda. Naturalmente, los prisioneros vivían allí día y noche, y los guardas hacían un turno de 8 horas. Al principio, no pasó nada, pero la segunda mañana los prisioneros se rebelaron, los guardas frenaron la rebelión y después crearon medidas contra los "prisioneros peligrosos". Desde ese momento, el abuso, la agresión, e incluso el placer sádico en humillar a los prisioneros se convirtió en una norma. A las 36 horas, un prisionero tuvo un colapso emocional y tuvo que ser liberado, y volvió a ocurrir a otros prisioneros en los siguientes cuatro días. Chicos buenos y normales se habían corrompido por el poder de su papel y por el soporte institucional para desempeñarlo que les diferenciaba de sus humildes prisioneros. Se probó que la "mala cesta" tenía un efecto tóxico en nuestras "manzanas sanas". Nuestro estudio de dos semanas tuvo que parar antes de tiempo después de sólo seis días porque cada vez estaba más fuera de control”.

Resulta estremecedor pensar que cualquiera de nosotros podría actuar de manera similar con el soporte del entorno o del grupo ¿Qué se puede hacer para evitar este tipo de conductas? Zimbardo señala que, dado que “cada uno de nosotros tiene la triple posibilidad de: ser pasivo y no hacer nada, volverse malos, o llegar a ser héroes”, la solución puede estar en inspirar la “imaginación heroica”.

A mí me parece, además de compartir la propuesta de Zimbardo, que hay que trabajar desde todos los ámbitos en dos vías: 1) la capacidad de empatía y 2) la sensibilidad ética. Si perdemos o no tenemos suficientemente desarrollada la capacidad de empatía no podemos descubrir el rostro del otro, no vamos a ser capaces de ver en el otro una persona merecedora de respeto y acreedora de dignidad. Si yo descubro el rostro del otro difícilmente me voy a poder abstraer de su dolor y sufrimiento. Yo no puedo maltratar al otro si le veo como una persona que sufre y siente como yo. Y en cuanto a la sensibilidad ética, creo que es fundamental trabajar este aspecto para que a la hora de tomar decisiones y actuar nos preguntemos por la bondad o maldad de nuestras acciones, por cuál es la acción correcta. Muchas veces ni siquiera caemos en la cuenta de que algo está mal porque ni siquiera nos lo hemos planteado. 

Para acabar una frase del mencionado capitulo de C.S.I. “Una brújula moral te señala el camino pero no te obliga a seguirlo” (Grissom, cabeza visible del equipo de investigación forense). Es fundamental tener bien asentados los principios pero incluso en ese caso no estamos exentos de optar por el mal.

¿Qué opinas? ¿Héroes o villanos? ¿Y tú?

Bibliografía:

  • López Blanco, Myriam (2007). ¿Por qué los chicos "buenos" hacen cosas malas? Entrevista a Philip Zimbardo, autor de "El efecto Lucifer”. KindSein.com, n.20. http://www.kindsein.com/es/20/1/466/


viernes, 29 de diciembre de 2023

Acompañar y cuidar en la despedida

 


[He publicado esta entrada el 29.12.2023 en el Blog de Inteligencia Emocional de Eitb-desaparecido el 01.07.2024]


Hace ya treinta años unos amigos me regalaron un libro que abrió en mí una ventana a un tema que, a pesar de su universalidad e inevitabilidad, en nuestra cultura no es muy popular, la muerte. El libro era La muerte un amanecer, de Elisabeth Kübler-Ross (ahí comenzó mi pasión por las mariposas). Desde ese momento ha habido muchas más lecturas sobre el tema y he vivido, y sufrido, varias muertes muy cercanas. En mi experiencia cada muerte recuerda las anteriores, pero también prepara para las que están por venir, incluida la propia.

Voy a recoger y comentar aquí algunas de las ideas de la última lectura realizada, Hacia una cultura paliativa, del Dr. Jacinto Bátiz, un reconocido experto en cuidados paliativos a quien siempre merece la pena leer y escuchar.

La muerte es la otra cara de la vida. No hay vida sin muerte, aunque cueste aceptarlo. “Es necesario que incorporemos la muerte a la vida y dejar de considerar la medicina como algo que consiste sólo en evitar que la gente muera. La sociedad trata de ignorar la muerte; la juzga como un fracaso y procura postergarla cada vez más, asumiendo como un triunfo la cultura de los trasplantes y la sustitución de tejidos y órganos por nuevos tejidos o prótesis artificiales” (Bátiz, 2022: 26) ¿Qué se podría hacer para incorporar la muerte a la vida? Desarrollar una “cultura paliativa que esté basada en la compasión y en el acompañamiento a la persona que sufre. (…) La compasión requiere sentir empatía hacia el dolor del otro, ponernos en su mismo nivel y comprender su problema, como si fuéramos nosotros los que lo tuviéramos. (…) Lo esencial en el proceso de acompañar es no dejar solo a quien no desea estar solo. Cuando se ha perdido la esperanza de que la enfermedad que se padece vaya a ser curada, es de suma importancia que quien la sufre sepa que está siendo cuidado por otros para aliviar su sufrimiento” (Bátiz, 2022: 27). En una ocasión escuché una definición de compasión, como empatía en acción, que me resultó muy clarificadora.

En la filosofía de los cuidados paliativos hay unos principios básicos para cuidar a quienes están en el final de su vida (Bátiz, 2022: 33-39): “1) La muerte es una etapa de la vida. Para la medicina paliativa, el fracaso no radica en la muerte, sino en la presencia de sufrimientos inútiles que podrían haberse aliviado. 2) Siempre hay algo que hacer. Con una continua atención al mínimo detalle siempre es posible aliviar el sufrimiento de un enfermo moribundo. 3) El paciente es el principal protagonista. La etapa terminal de una enfermedad representa para el enfermo una experiencia única e individual. 4) La familia es coprotagonista. Es necesaria una gran dedicación para el apoyo durante el duelo anticipado, el asesoramiento técnico, el refuerzo positivo de la labor realizada y la resolución de conflictos. La atención en el duelo forma parte de la práctica asistencial de la medicina paliativa. La labor realizada con los familiares tiene la importancia adicional de prevenir el sufrimiento futuro y de extender a la sociedad la filosofía de los cuidados paliativos. 5) El trabajo debe hacerse en equipo [personal de enfermería, personal auxiliar, personal de limpieza, trabajador(a) social, sacerdote o agente pastoral, personal médico y voluntarios/as]”.

Ante la cercanía de la muerte sufre la persona completa, por lo que hay que procurar alivio tanto biológico como biográfico. Genera sufrimiento unos síntomas mal controlados, la sensación de dependencia, el no sentirse querido, la soledad no deseada, los asuntos pendientes, etc. “Cuando alguien sufre, lo que más desea es que sus seres queridos estén junto a él, no sentirse solo, y que los profesionales no le abandonemos, que le escuchemos y que estemos disponibles cuando nos necesite para poder aliviar sus síntomas molestos hasta el extremo que sea necesario. Hemos de hacerle sentir que está acompañado y atendido. También nos tenemos que preocupar de su familia que, sin duda, sufre ante el sufrimiento de su ser querido” (Bátiz, 2022: 50).

Acompañar es cuidar. En ocasiones quienes acompañan a quien está sufriendo manifiestan que no se sienten útiles. “Pero siempre les decimos que la compañía es un gran medicamento, que para administrarlo no hace falta estar graduado por ninguna universidad; cualquier persona puede administrarlo y que siempre tengan en cuenta que el enfermo a quien acompañan necesita ser cuidado y que acompañar también es cuidar” (Bátiz, 2022: 51). Recomendaciones para quienes acompañan: sentarse cerca, coger de la mano, acariciar, mirar, sonreír, mantener algún tipo de comunicación, etc.

Para terminar hago mío el que el Dr. Bátiz (2022: 77-83) indica que sería su “documento de voluntades anticipadas, al menos en su contenido”. Yo también quiero que me cuiden así:

  1. “Que me traten como un ser humano hasta el momento de mi muerte. Que no sólo me contemplen como una estructura biológica, sino que además tengan en cuenta mi dimensión emocional, social y espiritual”.
  2. “Que me permitan expresar mis propios sentimientos y emociones sobre mi forma de enfocar la muerte”.
  3. “Que me permitan participar en las decisiones que incumban a mis cuidados. Quien me voy a morir seré yo y quien estoy sufriendo soy yo” (autonomía compartida).
  4. “Que no me dejen morir solo, abandonado por mis seres queridos y por los profesionales”.
  5. “Que mis preguntas sean respondidas con sinceridad, que no me engañen”.
  6. “Que respeten mi individualidad y no me juzguen por mis decisiones, aunque sean contrarias a quienes me atienden”.
  7. “Que me cuiden personas solícitas, sensibles y entendidas”.
  8. “Quien me cuide al final de la vida lo haga como le gustaría que le cuidaran a él cuando llegue su momento”.
  9. “Que no precipiten deliberadamente mi muerte, pero que tampoco prolonguen innecesariamente mi agonía, sino que me cuiden para no sufrir mientras llegue mi muerte”.
  10. “Que atiendan a mis seres queridos después de mi muerte para aliviar su pena”.

Recientemente he vivido la muerte de una gran amiga, una hermana, Lumi. La ausencia duele, pero estoy convencida de que, como dice el Dr. Bátiz (2022: 60), “con la muerte termina una vida, pero no una relación”. Durante el proceso de su enfermedad me he enfrentado cara a cara con la realidad de que la muerte ya no es algo que pasa a personas mayores, sino una realidad que comienza a acechar muy cerca. Empiezan a faltar ya no solo mis mayores sino las personas que he elegido para hacer mi camino. He sido más consciente que nunca de que acompañar, y se puede hacer de diferentes formas, es cuidar. Y que hacerlo es un privilegio. La muerte es una gran escuela de vida.

Referencia

jueves, 23 de noviembre de 2023

El Poder de la escucha

 


[He publicado esta entrada el 23.11.2023 en el Blog de Inteligencia Emocional de Eitb-desaparecido el 01.07.2024]

A principios de noviembre asistí a un taller que me cautivó por el título, "El Poder de la escucha". Además, conocía al ponente, Eugenio Ibarzabal, y eso también lo hacía atractivo. Mis expectativas fueron superadas. Compartiré aquí las principales ideas.

Hoy en día la comunicación se considera una herramienta instrumental básica. Esta herramienta implica aprender a escuchar, aprender a hablar y aprender a escribir. La escucha es un previo sin el cual difícilmente se pueden desarrollar las demás. Existen muchos cursos de oratoria, hablar bien se considera importante. Escuchar se ve como algo de segundo nivel… Y es fundamental.

Las enseñanzas impartidas por Eugenio parten de su propia vida y experiencia: “Escuchar me ha cambiado la vida”, reconociendo que a veces es una ‘pelmada’ y que también es necesario protegerse. El punto de partida del taller fue una invitación a echar la vista atrás y recordar cuándo me he sentido escuchado, escuchada; en quién pienso si tengo que compartir algún tema importante… Seguramente será una persona callada, que sonríe, que no aconseja… Otra premisa importante: nos hablaba para que cada persona asistente mejorara su escucha, lo que no quiere decir que la demás personas te vayan a escuchar a ti. Lo que tenemos que tener siempre presente, y tenemos que hacérselo notar, es que la protagonista, la importante, es la otra persona.

¿Por dónde empiezo? (especialmente si es a alguien o un tema difícil). Hay que empezar por elegir bien el lugar. Lo mejor es salir del escenario habitual, del lugar en el que transcurre nuestra relación. Es importante conocer el espacio en el que nos vamos a encontrar. Hay que tener en cuenta que tenemos que contar con el tiempo suficiente (dos grandes dificultades para la escucha son la falta de tiempo y el ego, sobre esto volveremos). ¿Cómo convoco a la persona? Lo mejor es que la otra persona ‘colabore’ en la convocatoria, que sea una convocatoria ‘conjunta’. “¿Podríamos hablar en algún momento?” es muy diferente de “Tú y yo tenemos que hablar”. Otras frases podrían ser: “Tenemos un tema, me gustaría saber qué piensas”, “Me interesas, me interesa saber lo que piensas”.  Eugenio compartió una imagen muy potente para él: do personas en un coche, mirando la carretera, sin prisa… parece que tienen el mismo objetivo. Hay que intentar no dar mucha solemnidad a la cita, que forme parte de una normalidad, así se rebajan el miedo y la tensión.

¿Cómo me preparo? La mejor forma es visualizando el encuentro. Es una técnica muy utilizada por deportistas de élite. Me vino a la mente una entrevista fantástica a Enhamed Enhamed, un medallista paraolímpico, que utiliza esta técnica.  Podemos visualizar la conversación, cómo me siento, cómo permanezco en silencio, etc. De esta forma se viven las dificultades anticipadamente. Lo peor que nos puede pasar es tener miedo al miedo. “¡Vívelo, pruébate sin riesgo!”, nos decía Eugenio. Personalmente es una técnica que utilizo y recomiendo. Recuerdo especialmente el día anterior a la defensa de mi tesis doctoral en la que repasé la presentación y ‘viví’ por anticipado el evento… ¡Una experiencia muy recomendable!

¿Cómo empiezo el proceso de escucha? Conviene no ir directamente al grano, empezar por una pregunta general. Un tema relativamente amable es preguntar por la familia. No te has metido en el tema, pero sí en la otra persona. Lo único que pretendes es generar confianza, o superar la desconfianza inicial. A la otra persona le tiene que quedar claro que no le vas a hacer daño y que te interesa. Funciona bien mimetizarse, acompasarse, con la otra persona. Si se mueve un poco, yo también. Si cambia de posición, yo también. [Mensaje: estoy pendiente de lo que me dices, me acomodo]. Tema de la respiración: Puedes llevar una reunión según cómo respires. Se puede conseguir que dos personas respiren acompasadamente. En un momento dado una pregunta que da buenos resultados es: “¿Y tú qué tal estás?”. Seguramente se dará un silencio, levantará a mirada, la dirigirá a la izquierda, puede que resuma alguna información que te ha dado antes. Con esto lo que se trata es de borrar esquemas previos. A lo largo del proceso es importante repetir, contrastar, confirmar, pero no discutir.  [Mensaje: Lo que estás contando me interesa y quiero entenderlo bien; disculpamos los errores, pero no que se aprovechen los malentendidos]. Vamos invirtiendo en confianza, se trata de crear un entorno seguro [Mensaje: tranquilo/tranquila, nadie te va a hacer daño]; es mucho más que guardar confidencialidad. Puede que la persona repita varias veces la misma idea (normalmente si la persona está abrumada o preocupada se puede liar, entremezclar cosas, etc.). Quien escucha puede ayudar a desbrozar, lo que puede ser un gran apoyo. Tú tes vas aclarando y a la otra persona le puede dar luz.

¿Qué pasa con el ego? [Ya hemos dicho que es uno de los enemigos de la escucha]. Va a haber ocasiones en las que el ego te va a estallar, vas a querer intervenir, puedes tener la tentación de interrumpir (y no para contrastar o confirmar). Cada uno tiene que desarrollar su propio mecanismo para no intervenir. Eugenio se dice a sí mismo, a modo de jaculatoria: “¡Cállate!”. Hay quien se agarra a la silla, o aprieta los pies… La escucha no va de dar soluciones. Una muestra de una buena escucha es que se generan silencios.

¿Y si la otra persona nos pide opinión? Darla a partir de los datos, los valore y las palabras de la otra persona. Puedes darte tiempo para responder [si dices que le vas a dar una opinión se la tienes que dar]. Pueden ayudar frases como: “No sé qué decirte. Lo único que se me ocurre es lo que no haría [y dices qué]”, “Me llama la atención… [y utilizas sus palabras]”. Como estás fuera de la situación tienes otra perspectiva y puedes ayudar a la persona a dar importancia a cosas que no veía. 

La importancia de hacer buenas preguntas. “Todos tenemos un límite de intimidad que no queremos sobrepasar. Hay un fondo que no queremos desvelar, un fondo que, sin embargo, explica buena parte del origen del problema y, en ocasiones, también cómo podríamos encaminarnos hacia una posible solución. Si en ese momento haces a quien está escuchando esa pregunta bien formulada y clave, la persona que ha llevado el proceso conforme hemos señalado, inevitablemente, lo quiera o no, dará el paso y contestará, desvelando lo que no tenía, hasta ese momento, la menor intención de desvelar. Ésa es, al menos, mi experiencia” (Ibarzabal, 2022: 162).

NOTA- Estas enseñanzas se pueden utilizar para lo bueno y para lo malo. Aquí se ofrecen como pautas para escuchar mejor, para comprender a la otra persona, para romper preconceptos.

Os invito a conocer al marido de la inglesa que vivía en la casa del danés (Gestion2000Editorial, 2022)…

“Porque escuchar nos da la posibilidad de abrirnos, de olvidarnos de nosotros mismos, de empezar nuevas vidas, de conocer otros parajes, otras profesiones, otras historias, otros platos de cocina, atrapar realidades en lugar de vientos, aprovechar todo eso que tenemos delante y que ha estado a punto de pasar ante nosotros sin que disfrutemos de ello.

Es vida que se nos ofrece para que la vivamos. Basta con pararse y escuchar.

Y puede ocurrir a cada momento” (Ibarzabal, 2022: 186).

 

Referencias

  • Aranzazu Echaniz Barrondo (2019, 5 noviembre). Extracto Visualización Enhamed Enhamed [archivo de vídeo] https://www.youtube.com/watch?v=kxV1Kdq5X3s
  • Gestion2000Editorial (2022, 11 mayo). El marido de la inglesa que vivía en casa del danés - Eugenio Ibarzabal [archivo de vídeo]. https://www.youtube.com/watch?v=9IXWn3RjlSA
  • Ibarzabal, Eugenio (2022). El marido de la inglesa que vivía en la casa del danés. Una historia sobre el poder de la escucha. Barcelona: Gestión 2000.


lunes, 7 de noviembre de 2022

Los límites de la profesión


[He publicado esta entrada el 07.11.2022 en el Blog de Inteligencia Emocional de Eitb-desaparecido el 01.07.2024]


Recuerdo que cuando vi por primera vez la película Al cruzar el límite (Extreme Measures es el título original) se me quedó grabada y la recordé en cuanto empecé a dar clases de ética. Es una película estupenda para reflejar diferentes modos de entender la profesión y los límites en el ejercicio de la misma. Habla de ética médica y ética en la investigación, pero hay enseñanzas que sirven para la ética de cualquier disciplina. Suelo utilizar la escena que aparece al final de la entrada para hacer un resumen de la ética de las profesiones.

En la mencionada escena, que vamos a analizar, hay tres personajes principales: el Dr. Guy Luthan, médico de urgencias (Hugh Grant); el Dr. Lawrence Myrick, director del hospital (Gene Hackman) y la recepcionista del hospital quien conoce los hechos que están sucediendo en el mismo.

Expliquemos el contexto de la escena. Guy Luthan es médico de urgencias en un hospital de Nueva York. Un día llega a urgencias un vagabundo con unos síntomas extraños, que acaba muriendo y sus informes desaparecen. Empieza a investigar y descubre que en las plantas de arriba del hospital están experimentando con seres humanos en la búsqueda de una cura para las personas parapléjicas. Para la experimentación secuestran a personas que viven en la calle y algunas acaban muriendo sin que nadie las eche de menos. A Guy le hacen una encerrona y le expulsan del hospital, pero él sigue investigando. Justo antes de la escena, secuestran a Guy y le hacen creer que se ha quedado parapléjico. Cuando empiezan a desaparecer los síntomas que le habían provocado se escapa. En el ascensor forcejea con el guarda de seguridad que pierde el conocimiento. Guy coge su arma. Ahí comienza la escena.

Se ven encarnadas las dos caras del fenómeno moral: las éticas teleológicas (la cara del bien) frente a éticas deontológicas (la cara del deber y las normas). El Dr. Guy Luthan representa la cara del deber y el Dr. Lawrence Myrick la cara de la felicidad, cayendo en “el fin justifica los medios”.

Guy le recrimina al director que se ha olvidado del bien interno de la profesión (toda profesión cumple un bien único y específico que la legitima y le da sentido). En el caso de la medicina podríamos definirlo con los fines señalados por investigadores del Centro Hastings (Nueva York): 1) La prevención de enfermedades y lesiones y la promoción y la conservación de la salud; 2) El alivio del dolor y el sufrimiento causados por males; 3) La atención y curación de los enfermos y los cuidados a los incurables; y 4)  La evitación de la muerte prematura y la búsqueda de una muerte tranquila.

Además, Guy apela al Juramento hipocrático (primer código deontológico de la medicina): “Usted no puede hacerlo. Es médico e hizo un juramento”. En el juramento se recoge: “Estableceré el régimen de los enfermos de la manera que les sea más provechosa según mis facultades y a mi entender, evitando todo mal y toda injusticia”.

Podemos ver también que se ha caído en dos de los problemas éticos de la profesión: la corrupción (priorizar los bienes externos -fama, prestigio, poder, etc.- frente al bien interno) y el corporativismo (defender los intereses del propio grupo por encima de los intereses generales, del bien común). Todas las personas que sabían qué ocurría y callaban, en esta escena representadas por la recepcionista del hospital y el guarda de seguridad, son responsables de los hechos con la institución.

Se observa cómo se ven comprometidos los principios de la ética profesional: 1) Principio de no maleficencia (Ante todo, no hacer daño). Es un límite deontológico, no está permitido hacer daño. Sin embargo, en el hospital se secuestra, se tortura e incluso se mata. 2) Principio de beneficencia (Hacer el bien, haciendo bien lo que se hace sin caer en el paternalismo). La investigación persigue hacer un bien, pero los medios son inaceptables. 3) Principio de autonomía (la persona profesional debe potenciar la autonomía y toma de decisiones por parte del usuario/paciente/cliente). No se respeta la autonomía de las personas. Como recuerda Guy, no se piden personas voluntarias, y tampoco han participado ni la mujer ni la hija de Myrick. 4) Principio de justicia. Se ve vulnerado porque se ha dañado el de no maleficencia. No se puede actuar como un dios decidiendo quién vive y quién no.

También se puede ver reflejado el debate entre la obligación de guardar el secreto profesional y la de comunicar la verdad. En este caso, por los graves daños que se están produciendo, prima la obligación de comunicar la verdad. Son muchas las personas que faltan a esa obligación y se convierten en colaboradoras necesarias.

La ética y los valores se demuestran en la práctica y un buen ejercicio de la profesión no puede prescindir de ellos en su toma de decisiones.

Referencias

jueves, 3 de febrero de 2022

Altruismo y empatía

 

[He publicado esta entrada el 03.02.2022 en el Blog de Inteligencia Emocional de Eitb-desaparecido el 01.07.2024]

Llevo unos días en los que estoy dándole muchas vueltas al tema de la empatía y el altruismo. Me golpeó fuertemente una noticia con el titular: “El fotógrafo René Robert muere congelado en las calles de París tras una caída” (Bassets, 2022). René Robert, un fotógrafo suizo que se especializó en retratar a cantantes, guitarristas y bailaoras de flamenco, murió de hipotermia a los 85 años tras permanecer, a causa de una caída, 9 horas tendido en el suelo en una céntrica calle de París. La pregunta es inevitable, ¿cómo es posible? ¿Nadie se dio cuenta? ¿Nadie fue capaz de socorrerle? Unos días después, su amigo Michel Mompontet, periodista, en su editorial en la televisión pública decía: “Antes de dar lecciones y acusar a quien sea hay que responder a una pregunta que me incomoda: ¿estoy seguro al 100% (de) que si me viese confrontado a esta escena, un hombre en el suelo, me habría detenido? ¿Nunca me habría apartado de un sin techo que veo acostado ante una puerta? No poder estar seguro al 100% es un dolor que me persigue. Pero tenemos prisa, tenemos prisa, tenemos nuestras vidas, y apartamos la mirada” (Bassets, 2022). De este suceso nos hemos enterado porque René Robert no era una persona anónima y tenía en su entorno quien ha podido hacerse eco de las circunstancias de su muerte. Por cierto, quien llamó a los bomberos fue un sin techo del barrio que no quería que su nombre trascendiese. La prisa y la lejanía nos alejan de los otros, sobre todo, sin rostro; no nos duelen.

Afortunadamente, también hay hechos que hacen recuperar la fe en el ser humano. En 2014 en la ciudad de Perth un pasajero quedó atrapado entre el vagón y el andén y decenas de personas se unieron para empujar y liberarle (NTN24, 2014). Mas recientemente, varias personas, entre ellas dos inmigrantes, se lanzaron sin dudar a la ría de Bilbao para salvar a un hombre de 72 años que había caído a la misma tras desvanecerse. Uno de ellos explicaba ante las cámaras: “Gente que se está muriendo delante de mí… Si veo que puedo hacer algo para ayudarle, tengo que hacerlo” (Lasexta.com, 2021).

Boris Cyrulnik, reconocido neurólogo, psiquiatra, psicoanalista y etólogo francés explica muy bien cómo las personas que han sufrido mucho son muy sensibles al sufrimiento ajeno: “Cuando hemos vivido una tragedia, estamos a la defensiva. Necesitamos defendernos. Y cuando retomamos nuestra vida y sufrimos menos, muy a menudo, a la gente le nace un deseo altruista. Tienen ganas de ayudar a otros, porque saben lo que es el sufrimiento (…) El altruismo es un mecanismo de legítima defensa para combatir el dolor” (AprendemosJuntos, 2018). El altruismo y la empatía están muy relacionados; sin empatía no hay altruismo. Es necesario dolerse por el dolor ajeno para ponernos en acción, para actuar ante las injusticias, para aliviar el sufrimiento de otro ser humano. “La empatía es la capacidad de descentralizarse uno mismo para representar el mundo de otro. Los niños privados de afecto y los niños aislados sensorialmente, si no tienen a nadie, no pueden aprender empatía. Si solo se tienen a sí mismos, se balancean, se vuelven grises, se hieren, se dan cabezazos contra la pared, se mutilan en la adolescencia… Si no hay alteridad, uno mismo es su única alteridad. No hay altruismo porque no hay empatía debido a la carencia afectiva precoz, muy precoz. Hay pedagogía de la empatía: si creamos un entorno seguro para el niño, una vez se sienta seguro, aprenderá a descubrir al otro. Pero solo puede ocurrir si se siente seguro. Entonces se interesará por el otro e iniciará un proceso de altruismo” Boris Cyrulnik (AprendemosJuntos, 2018).

Creemos espacios seguros en los que poder desarrollar la empatía y el altruismo. Abramos la mirada, el oído y el corazón al resto de seres humanos, conocidos o sin rostro. Solo así la humanidad podrá seguir avanzando.


Referencias