miércoles, 26 de abril de 2017

Aprender a cuidarse: autocompasión


“Desde el mismo momento en que nacemos, estamos bajo el cuidado y bondad de nuestros padres. Luego, al final de la vida, cuando estamos enfermos y viejos, también dependemos de la bondad de otros. ¿Por qué, entonces, en el medio descuidamos la bondad hacia los demás?”
“El Dalai Lama responde” en Los Maestros del Sendero: De Buda y Jesús a nuestros días. Wolpi, Samuel (1995). Buenos Aires: Kier, p. 187.

Tengo una buena amiga que suele repetir que “nada es casual, todo es causal”... Estoy realizando un curso de formación interna en la Universidad de Deusto impartido por Leticia Linares y que lleva por título: “Taller de entrenamiento en Atención Plena”. Ayer fue la séptima y penúltima sesión, bajo el lema “Aprender a cuidarse”.

Hace una semana me dio un fortísimo ataque de lumbago que me tiene bastante limitada, así como sensible e irritable. La sesión de ayer me vino como anillo al dedo. Me ha quedado muy muy clara la lección.

Aprendemos a cuidarnos dejándonos cuidar. Una lección que no siempre tenemos bien aprendida es la de la autocompasión, como nos ha dicho Leticia: auto-con-pasión. Dedicarnos tiempo y cuidados con pasión, como lo hacemos con otras personas. Hace un tiempo escribí una entrada sobre este elevado sentimiento, Compasión: empatía en acción, que va más allá de acercarnos al dolor del otro, supone movimiento y compromiso.

Hicimos una meditación larga muy sugerente que a mí me movió mucho y me hizo conectar conmigo  y con otras personas. Voy a reproducir aquí los pasos que fuimos dado.

Fue una meditación que iba centrándose en distintos personajes, a los que cada uno pusimos nombres concretos antes de empezar:
  • Uno mismo. Lo primero que hicimos fue vernos a nosotros mismos, sentados, de frente y tomando cierta distancia.
  • Un benefactor: una persona, ser, lugar… que despierta un especial afecto y acompañamiento, que te hace sonreír y sentirte bien. 
  • Un amigo, alguien que te inspira confianza y sentimientos positivos.
  • Una persona difícil, alguien que te genera sentimientos negativos. Ante esta persona difícil, que quizá es  a la que más nos puede costar mirar de frente, es bueno pensar lo siguiente: esta  persona está, igual que tú, buscando su lugar en la vida y en esos movimientos te causa dolor.
  • Una persona neutra.
  • Un grupo (o conjunto) de personas.

La consigna para toda la meditación fue que era como sentarnos con un amigo. Igual no podemos curarle ni quitarle su dolor, pero le podemos acompañar. Con cada personaje empezábamos sentándonos frente a él/ella, observándole y observando qué sentimientos nos producía. A cada uno le decíamos: “Igual que yo quiero ser feliz y estar en paz, tú también buscas la paz interior”.  Después, durante un rato, repetíamos (sintiendo lo que decíamos) las siguientes frases:
  • “Que no te pase nada malo”.
  • “Que tú seas feliz”.
  • “Que tú tengas salud”.
  • “Que te vaya bien en la vida”.

Si en algún momento nos despistábamos o nos ‘alejábamos’ de la persona poníamos la mano en nuestro corazón para reconectar con la bondad en nosotros o nos repetíamos a nosotros mismos las frases. Antes de pasar al siguiente personaje, en las transiciones repetíamos:     
  • “Que yo y todos los seres nos libremos del mal”.
  • “Que yo y todos los seres seamos felices”.
  • “Que yo y todos los seres tengamos salud”.
  • “Que a mí y todos los seres nos vaya bien en la vida”.
Lo que más me movió fue sentarme frente a mi benefactor, que murió hace más de veinte años pero que sentí muy presente; y ante el grupo, que ha ido creciendo con caras y nombres. Viví una profunda paz y un desbordante agradecimiento.  Me he sentí muy querida y muy acompañada.

“Compasión. Es la verdadera comunicación. Dar es la mejor forma de comunicarse”.

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