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lunes, 7 de abril de 2025

Testimonios que conciencian: la voz de las víctimas

 

El Centro de Ética Aplicada de la Universidad de Deusto organiza anualmente un Encuentro con víctimas de la violencia de motivación política, que, como señala Izaskun Sáez de la Fuente, “se enmarca en la opción de la Universidad por contribuir a la construcción de una cultura de paz que demanda un trabajo de conocimiento crítico de lo acontecido y la deslegitimación de la violencia desde el horizonte de la defensa de la dignidad y de los derechos humanos de todas las personas. Nada mejor que escuchar de primera mano a quienes han tenido que sufrir esa violencia en carne propia para mostrar con nitidez su injusticia e ilegitimidad”. En 2025 el Encuentro ha tenido lugar el 12 de marzo en dos sesiones. Una por la mañana con Mari Carmen Hernández, viuda de Jesús Mari Pedrosa (concejal del PP del Ayuntamiento de Durango asesinado por ETA en 2000); y otra por la tarde con Inés Núñez de la Parte, hija de Francisco Javier Núñez (profesor de matemáticas y víctima mortal de la violencia policial y parapolicial en 1977).

Este encuentro está dirigido al alumnado de Ética cívica y profesional, asignatura que se cursa en todos los grados de la universidad. Por segundo año consecutivo he acudido con mi alumnado tanto de Derecho Económico como de ADE. Impresiona ver el Auditorio lleno de jóvenes escuchando con atención una historia y unos hechos que no todos y todas conocen. Eran infantes cuando ETA anunció el cese definitivo de su actividad armada el 20 de octubre de 2011. Impresiona aún más el testimonio de quienes han sufrido en primera persona las consecuencias de actos que son totalmente injustificables, que atentan contra la dignidad humana y que han marcado con nitidez un antes y un después, hechos que cambiaron radicalmente sus vidas. Además, en ocasiones, sufren también la falta de reconocimiento por parte del entorno y las instituciones, como se refleja en la reflexión de uno de los asistentes:

 “Afortunadamente, parte de mi familia que ha sufrido este tipo de violencia injusta ha sido reconocida por la sociedad como víctimas, como es el caso de mi abuelo judío [fue víctima del Holocausto y de la Revolución Húngara de 1956], o mi tío abuelo Osmundo. Sin embargo, el conflicto en Macedonia que vivió mi abuela paterna sigue considerándose una situación ‘política’ y no una injusticia sin sentido. O mi otro tío abuelo, que sufrió un encarcelamiento injusto por parte del régimen de Franco, que tiene que ver cómo a día de hoy hay gente que debate la seriedad y los problemas que causó la dictadura franquista en nuestro país. Todavía queda mucho trabajo por hacer para que las personas que han sido víctimas de este tipo de ataques puedan ser reconocidas por lo que son, y no tengan que estar constantemente luchando por el reconocimiento de su sufrimiento, o que tengan que escuchar como hay gente que minimiza o directamente se burla de sus experiencias. El odio que todavía tienen que sufrir, a pesar de haber pasado ya por una experiencia que es difícil de imaginar, es en mi opinión una extensión del ataque político que sigue perdurando”. Alexander Fried Pérez, 3º ADE + FAB

Del testimonio de Mari Carmen yo destacaría su serenidad y su mensaje exento de odio y abierto a la reconciliación (en gran medida gracias a su fe cristiana). Del de Inés, su tesón y valentía para reclamar justicia para su padre, a pesar de las fuertes presiones sufridas durante muchos años. Esto último lo recoge muy bien uno de los alumnos presentes en la sesión:

"Me gustaría hacer hincapié en que estos hechos tan dramáticos que tanto han hecho sufrir a una familia que no tenía culpa de absolutamente nada en términos políticos ni de ninguna otra índole, han perdurado en el recuerdo de sus más allegados pero no en el de la sociedad debido a la falta de visibilidad, y que, en mi opinión, si no fuera porque, su hija gracias a su esfuerzo y tesón hoy en día tiene un puesto en el que le permite poder tener acceso a determinados recursos y contactos (que le han permitido honrar como se merecía desde un principio la memoria de su padre), desgraciadamente la gran mayoría del resto de las familias de las víctimas no se les brinda el recuerdo que merecen y se les olvida ante una pavorosa impunidad que a día de hoy perdura". Enrique del Amo Mecinas, 3º ADE + FAB

Testimonios en primera persona ayudan a repensar cuál es el servicio que deben prestar a la sociedad las profesiones para las que preparamos en la universidad. En este sentido es reseñable la aportación de esta alumna:

“Esta reflexión me deja una certeza incómoda pero necesaria: no basta con conocer las leyes, ni siquiera con saber aplicarlas. Lo que marca la diferencia es desde dónde se ejerce el derecho y para quién. Escuchar los testimonios de quienes han sufrido la violencia política me ha confrontado con la urgencia de una abogacía comprometida con algo más que la resolución de litigios. Me ha hecho entender que el derecho puede ser una forma de amparo, una voz para quienes no han tenido voz, y también una vía para sostener la dignidad allí donde ha sido negada. Como futura abogada, no quiero limitarme a encajar casos en estructuras legales, sino ser capaz de reconocer el dolor detrás de los expedientes y trabajar para que ese dolor no quede impune ni olvidado. Quiero contribuir a tejer justicia con memoria, con escucha, con humildad, sabiendo que reconciliar no es borrar, sino mirar de frente lo que pasó y construir, desde ahí, un futuro más habitable”. Aroa Montero Ceballos, 4º Derecho económico

Me gustaría terminar con una frase que dijo Inés: “Ninguna idea justifica el recurso a la violencia y la vulneración de Derechos Humanos”. Ejercicios de memoria y de justicia como el Encuentro relatado son fundamentales para que la historia no se repita. La voz de las víctimas no se debe ni acallar ni utilizar indebidamente.


Referencias


domingo, 11 de agosto de 2024

Sobre el perdón

[Entrada publicada originalmente el 31.05.2010 en el Blog de Inteligencia Emocional de EITB, desaparecido el 01.07.2024] 

“Y en cada tumba había plantado un girasol, recto y firme como un soldado en un desfile.

Me quedé mirándolos hechizado. Recorrí con mi mirada a un girasol que se elevaba desde la tumba. La cabeza de la flor parecía absorber los rayos del Sol como espejos y los atraía hacia la oscuridad del suelo. Parecía emerger desde el interior de la tierra y se asomaba al exterior como si fuera un periscopio. Estaba pintado de vivos colores y a su alrededor las mariposas volaban de flor en flor ¿Llevaban mensajes de una tumba a otras? ¿Acaso susurraban a cada flor que le diera un mensaje al soldado que yacía bajo ella? Sí, eso era exactamente lo que hacían: los muertos estaban recibiendo luz y mensajes.

En ese momento envidié a los soldados muertos. Cada uno tenía un girasol que los unía al mundo exterior, y mariposas que visitaban su tumba. Para mí no habrá ningún girasol. Me enterrarán en una fosa común en la que los cuerpos se apilarán sobre mí.

Ningún girasol traerá luz a mi oscuridad ni ninguna mariposa bailará sobre mi espantosa tumba.”

Wiesenthal, Simon (2008, 1ª ed.1970): Los límites del perdón: dilemas éticos y racionales de una decisión. Barcelona: Paidós, p.23.

 Las palabras que arriba reproduzco pertenecen a un clásico de la literatura sobre el holocausto nazi, Los límites del perdón, de Simon Wiesenthal. El autor las enmarca en una escena que le llamó la atención cuando volvían al campo de concentración después de un día de trabajo: un cementerio con un girasol en cada tumba. La conclusión a la que llega es que los soldados que allí yacían, incluso después de muertos, eran superiores a ellos.

En el libro Wiesenthal narra un dilema que se le presentó a él en la época de internamiento en Wilhaus. Un día, mientras estaba trabajando en un hospital, una enfermera le conduce al lecho de muerte de un joven soldado nazi que, atormentado por sus crímenes, quería confesarse y recibir la absolución por parte de un judío. Aún sabiendo que el enfermo probablemente no sobreviviría a aquel día, después de escuchar su confesión, él guardó silencio y salió de la habitación. Al día siguiente, que volvió a trabajar al mismo sitio, la enfermera le comunicó que el soldado había muerto el día anterior. Tiempo después de salir del campo de internamiento, aprovechando una visita a Munich, pasó por Stuttgart y visitó a la madre del soldado quien se había quedado viuda y guardaba una buena imagen de su hijo. En esa ocasión Wiesenthal también guardó silencio. Acabada la narración plantea al lector que se haga la pregunta: “¿Qué habría hecho yo?”. Y ese reto se lo propone a distintos personajes (profesores, rabinos, escritores, judíos, cristianos, etc.) que comparten su opinión con el lector en la segunda parte del libro (el simposio); algunas respuestas son muy diferentes entre sí, incluso opuestas. Como señala el autor: “el punto más importante es, por supuesto, la cuestión del perdón. Perdonar es algo que sólo el tiempo puede conceder, pero también el perdón es un acto de voluntad y sólo la víctima tiene autoridad para tomar la decisión” (p.80). Cada uno puede perdonar únicamente los crímenes o ultrajes que se han cometido contra su persona.

Por mi formación y mi tradición cristiana tiendo a pensar que siempre que haya arrepentimiento hay que perdonar. Leer el libro me ha abierto los ojos a cómo ven el tema los judíos. Me quedo con la exposición que hace Deborah E. Lipstadt. El teshuvah, arrepentimiento, sirve para reconciliarnos con Dios y con los demás seres humanos. Éste exige, en primer lugar, acudir a la parte agraviada; encontrarnos cara a cara con la parte ofendida. Después de ese encuentro, y de intentar corregir el mal, es cuando debemos volvernos hacia Dios. Pero no hay un teshuvah completo hasta que el individuo se vuelva a encontrar en una situación parecida y no repite sus pecados. Un paso más es la kaparah, expiación, que sólo se obtiene cuando se afrontan las consecuencias de los actos. Los actos buenos conllevan bendición y los malos castigo; no es suficiente con el arrepentimiento (pp.140-143). 

Si algo está claro es que lo que no podemos y no debemos es olvidar. Sería injusto para las víctimas y para toda la humanidad; nos podría llevar a cometer las mismas atrocidades o parecidas. Coincido con el planteamiento que hace Sven Alkalaj “Si el genocidio queda impune, sentará un precedente para genocidios futuros. Sin justicia nunca podrá haber reconciliación ni auténtica paz (...) debemos recordar que cada crimen contra el Derecho Internacional es un crimen contra la humanidad y no sólo contra la persona o sociedad que lo sufre” (p. 85). 

"Una vez leí en alguna parte que es imposible romper las creencias firmes de un hombre. Si alguna vez llegué a pensar que eso era cierto, la vida en el campo de concentración me enseñó que estaba equivocado. Es imposible creer en nada viviendo en un mundo que ha dejado de considerar al hombre como tal, que constantemente ‘demuestra’ que uno ya no es un hombre. Así que uno empieza a dudar, empieza a dejar de creer en que existe un orden mundial en el que Dios ocupa un lugar definido. Uno realmente empieza a pensar que Dios está de permiso. De otro modo, todo lo que está ocurriendo sería imposible. Dios debe haberse marchado. Y Él no tiene un sustituto” (p.19)

 ¿Usted qué opina?





lunes, 14 de marzo de 2022

Encuentro con mi niña interior


[He publicado esta entrada el 14.03.2022 en el Blog de Inteligencia Emocional de Eitb-desaparecido el 01.07.2024]

 Recientemente he asistido a un curso muy interesante sobre el Niño interior, impartido por Alodia Cabañas. La invitación partió de una buena amiga, Nekane Adrién, de quien llevo un tiempo aprendiendo sobre el eneagrama. Como dice otra buena amiga, “nada es casual, todo es causal”, y así me siento. Este curso me ha llegado en el momento oportuno. Era lo que necesitaba…

Cada uno de nosotros tenemos un niño, una niña interior herida.  Esta metáfora hace referencia a nuestra parte más vulnerable y sensible, a todos los procesos que se han quedado parados, las carencias y el dolor que vamos arrastrando y no nos deja desplegar todo nuestro potencial. Coexiste con un niño, una niña interior divina, que es nuestro núcleo sano, nuestro yo profundo y auténtico (lleno de creatividad, belleza, entusiasmo, fuerza, etc.). A medida que nos vamos desconectando del núcleo sano nos vamos adaptando a lo que las demás personas creen que somos y vamos generando una máscara, un falso yo, que nos ayuda a estar en relación con los demás. Para conectar con nuestro niño, nuestra niña, necesitamos un espejo donde ver quiénes somos, un entorno seguro, de amor incondicional. [En este vídeo de Victoria Cadarso se explica de forma sencilla qué es el niño interior, pinchar aquí].

A través de una meditación guiada, poniendo el foco en nuestro cuerpo, conectamos con el niño, esta niña, desde la persona adulta compasiva que somos. Para ello cada uno ‘buscó’ su lugar seguro. El mío lo tengo claro. Es la entrada de mi casa, ‘mi cueva’, donde nada más llegar me desprendo de la mochila del ordenador, los zapatos, el abrigo y con ellos me libero de parte de la carga que he arrastrado a lo largo del día. Al terminar la meditación escribimos una carta. Esta es mi carta:

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Querida Aran, [Aran es el nombre cariñoso de mi infancia, con el que me llaman mi familia y mis personas más cercanas]

Estás y estarás conmigo. Sé que a veces tienes miedo y te sientes sola. Que sufres el dolor de la vida y del mundo, el dolor de una humanidad que no siempre se comporta como debe. Has sufrido golpes y cicatrices, pero has tenido y tienes una buena vida. Muchas personas se han cruzado en tu camino y te han dado lo mejor que tenían o podían. Me surge un mantra que quiero que recitemos juntas, yo a ti y tú a mí: Lo siento, perdóname, gracias, te amo. Te amo porque Te veo (eres y estás). Soy tú y eres yo. Juntas podemos transitar lo que nos queda del camino y podemos hacer que sea bueno para nosotras y para los demás. Me abrazas y te abrazo y nuestro corazón palpita al unísono.

Te veo [Te veo equivale a decir te reconozco, valoro tu existencia, abro mis ojos, mis oídos y mi mente para acercarme a ti]

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En el trabajo con nuestro niño, nuestra niña interior tenemos que aprender a relacionarnos con nuestro crítico interno, esa voces, mensajes y creencias limitantes que van reduciendo nuestro potencial. Es importante identificarlo (para poder poner distancia), reconocer su existencia y comprender que nos ha servido para cubrir las necesidades no cubiertas, para adaptarnos al entorno. Cuando lo hacemos consciente y lo ponemos al servicio de nuestra vocación, en lugar de al servicio de nuestro ego, se pone a nuestro favor.

Descubramos nuestras partes heridas, acariciémoslas, mirémonos con cariño y sigamos adelante.

Tú, la persona más rica de la Tierra,

te comportas como un hijo pródigo;

por favor, regresa a tu patrimonio.

Ofrezcámonos unos a otros la felicidad y aprendamos

a habitar el momento presente.

Alberguemos la vida en nuestros brazos

y abandonemos el olvido y la desesperanza.

Thich Nhat Hahn, El arte de cuidar a tu niño interior

lunes, 2 de julio de 2018

Lo que aprendí del perdón y la reconciliación

[He publicado esta entrada el 02.07.2018 en el Blog de Inteligencia Emocional de Eitb-desaparecido el 01.07.2024]

Cuando a principios de año recibí la invitación de Manu Arrue, sj para participar en el proyecto las Escuelas de Perdón y Reconciliación (ESPERE) que la Compañía de Jesús quiere iniciar en el Loiola Zentroa del Santuario de Loiola algo me empujó a decir que sí, a pesar de que éste está siendo un curso especialmente duro con muchas clases, una asignatura nueva, etc. La formación inicial sonaba atractiva. Se nos decía que eligiéramos una herida que no estuviera muy sangrante para iniciarnos en la metodología. Se insistía en que no se trataba de una formación teórica sino de algo experiencial. Una conoce sus cicatrices y siempre queda la ligera duda de si están tan bien cerradas como crees… En cualquier caso, estoy convencida de que profundizar en el perdón es la mejor medicina…

Al acabar la formación inicial a quienes estamos dispuestos a acompañar talleres se nos dio la posibilidad de complementar la experiencia con un curso online de la Universidad Antonio Ruiz de Montoya . Cada lectura, cada vídeo, cada tarea ha aportado un granito. Me ha mostrado una cara sobre el tema. Me ha hecho plantearme o replantearme alguna cuestión. Voy a destacar aquí algunos de los principales aprendizajes para mí, o los que me resultan más relevantes en este momento vital. Me voy a centrar, sobre todo, en el perdón.  Sobre la reconciliación únicamente diré que no es posible sin el perdón. Son procesos diferentes y no se pueden forzar; el perdón no necesariamente lleva a la reconciliación pero sí es un requisito imprescindible.

El perdón no es un acto, un suceso, es un proceso, sobre todo con uno mismo. Exige tiempo, mucha valentía y sinceridad con uno mismo y con los demás. Al igual que sucede con el duelo no hay un tiempo estándar, no hay tiempos máximos ni mínimos. Depende de la persona, de la ofensa, de quien la ha infligido, del momento, de las circunstancias… de tantos factores… Y no siempre son los mismos ni en la misma medida… Me ha resultado muy enriquecedor escuchar o leer experiencias de personas que han sufrido ofensas muy importantes, han seguido su proceso y han logrado perdonar e incluso se han acercado a la persona ofensora.

Casarjian (s/f, p.56) nos da unas interesantes claves:  Perdonarnos a nosotros mismos es el proceso de: 1) reconocer la verdad; 2) asumir la responsabilidad de lo que hemos hecho; 3) aprender de la experiencia reconociendo los sentimientos más profundos que motivaron ese comportamiento y los pensamientos que hacen que nos sintamos culpables y continuemos juzgándonos; 4) abrirnos el corazón a nosotros mismos y escuchar compasivamente los temores y las peticiones de ayuda y valoración que hay en el interior; 5) cicatrizar las heridas emocionales atendiendo a esas peticiones de maneras sanas, amorosas y responsables, y 6) poniéndonos del lado del Yo y afirmando nuestra inocencia fundamental. Puede que seamos culpables de un  comportamiento determinado, pero nuestro Yo esencial es siempre inocente y digno de amor”. Somos personas dignas de amor, el amor es la clave. Y el amor empieza por el amor a uno mismo. Al decir esto pienso en una escena de la película Angel-AMira en el espejo, ¿qué es lo que ves?

Todas las ofensas son importantes porque han causado una herida. Una herida mal curada puede causar muchos problemas, aun siendo aparentemente muy pequeña. Ofendemos y somos ofendidos. Nos causan dolor y causamos dolor y no siempre es por maldad. Hay ocasiones en las que ni siquiera somos conscientes del mal que hemos hecho o de lo que ha supuesto para la otra persona. Las ofensas dejan cicatriz pero hay belleza en las cicatrices. Al fin y al cabo… qué es la belleza. Las personas más bellas, para mí, son aquellas que lucen sus cicatrices, sin exhibicionismo, sin rabia, sin rencor, con elegancia y serenidad.

Quien perdona es la víctima. Como dice Etxeberria (2001: 14): “Quien perdona, en su sentido más estricto, es, según se acaba de avanzar, la víctima, quien ha sufrido injustamente un daño (corporal, psíquico, simbólico-cultural o material) provocado intencionadamente por otra persona a la que, en genérico, llamaré ‘victimario’. Nadie puede perdonar a éste por delegación no otorgada, sustituyendo a quien ha recibido la ofensa “. Hay ofensas que son imperdonables porque son irreparables: el asesinato, la tortura, el genocidio, etc.

Hannah Arendt acuñó la expresión de la “banalidad del mal” haciendo referencia a que el mal es algo en lo que todos podemos caer; cualquiera puede cometer la brutalidad más tremenda, no es necesario un corazón cruel o unas intenciones perversas, basta con dejar de preguntarse y de discernir.  Morgado Bernal (2018) añade una visión interesante, "acostumbrarse a vivir con el mal no necesariamente significa banalizarlo. Si así fuera, quienes vivimos en países desarrollados también lo haríamos al aceptar con cierta normalidad el estado de pobreza y calamidad en otras partes del mundo e incluso en nuestro propio entorno, pues no dejamos de tomar un café caliente con tarta de manzana en una cafetería porque haya un pobre mendigo muriéndose de hambre y frío junto a su puerta. Lo hacemos, no porque creamos que eso no es algo malo, sino porque remediarlo es algo que en general consideramos fuera de nuestro alcance".  

Perdón no es olvido. El perdón lo que nos trae es una nueva visión sobre los hechos y las personas. Para cambiar el relato hay que trabajar, además de con la memoria, con el pensamiento y las emociones. Y una vez más, para esto la clave es el amor. Me gusta mucho la viñeta de Gibi y Doppiaw (Autor: Walter Kostner) que abre este escrito. Para mí representa lo que es el perdón: transitar por el dolor para llegar al amor (a uno mismo y a los demás).

García Higuera (2010) señala unas etapas que hay que recorrer (puede que sea necesario volver hacia atrás y pasar de nuevo por alguna de ellas) para perdonar: 1) análisis y reconocimiento del daño sufrido; 2) elegir la opción de perdonar; 3) aceptación del sufrimiento y de la rabia; 4) establecer estrategias para autoprotegerse; y 5) una expresión explícita de perdón.

Para terminar, me quedo con uno de los primeros vídeos del curso “Perdonar. 7 mil millones de Otros”, en el que se muestran testimonios muy diversos de personas de diferentes países. Cada uno somos un mundo. A unos les cuesta más perdonar a otros menos. Todos tenemos heridas, todos causamos heridas. ¿Qué elijo yo aquí y ahora? ¿Perdono o alimento mi herida? ¿Me aferro a la rabia, la culpa, el miedo, la tristeza, etc. o me doy y doy una nueva oportunidad? ¿Estoy dispuesta a transitar por el dolor para llegar al amor?

Bibliografía

miércoles, 4 de mayo de 2016

Reconciliación: Análisis de la realidad desde la fuente de vida

[He publicado esta entrada el 04.05.2016 en el Blog de Inteligencia Emocional de Eitb-desaparecido el 01.07.2024]


Tengo la suerte de haber estado del 26 al 29 de abril en Loiola en una formación que se enmarca en un plan que dura cuatro años. El segundo día trabajamos el tema de la reconciliación con Elías López sj, consultor del Servicio Jesuita a Refugiados (SJR) en el ámbito de la reconciliación. Le acompañaba Manu Arrue sj, responsable de Paz y Reconciliación de la Diócesis de Bilbao. 

Realizamos un trabajo colaborativo en el que vimos qué se aporta a los procesos de paz y reconciliación desde la espiritualidad ignaciana (espíritu ≡ aliento vital). Que nadie se asuste por el término… “La espiritualidad ignaciana intenta ayudar a vivir la vida de una forma integrada”, a la manera de Ignacio de Loiola.

Empezamos la mañana con el ejercicio de Mindfulness (atención plena) que aquí sintetizo:

El lugar… inmejorable, el jardín que está detrás de la Basílica de Loiola. En un corro hicimos unos ejercicios para trabajar la lateralidad y relajarnos. Después recibimos la invitación de cerrar los ojos y dejarnos llevar para trabajar la atención plena, realizando el siguiente recorrido:

Cada uno realiza tres inspiraciones profundas con la invitación de soltar, relajarse y sentir el cuerpo (las sensaciones que percibe).

Después cada uno respira a su ritmo llevando la atención a la respiración. Si llega una distracción practicamos las 2 R: no me Resisto; no Retengo (esta pauta se mantiene durante todo el ejercicio).

Empezamos a respirar diciendo mentalmente DENTRO al inspirar, FUERA al espirar. Así estamos un rato (de fondo siempre las 2 R).

Después llevamos la atención al silencio entre el DENTRO – FUERA y el silencio entre FUERA-DENTRO. Lo repetimos varias veces para luego llevar la atención al silencio que SOY.

Dirigimos nuestra atención al centro del silencio que SOY. Allí me encuentro una puerta. Me acerco, la miro y la abro. Me lleva a mi jardín interior. Me fijo atentamente cómo es mi jardín, qué veo, qué escucho… Me percato de que se oye el rumor de un riachuelo. Me acerco y lentamente lo remonto hasta llegar al origen. Ahí está la FUENTE QUE ME DA VIDA. Disfruto de la fuente, la observo, conecto con ella. Después de disfrutar esa conexión voy abandonando poco a poco mi jardín interior…

Es difícil describir lo sentido durante el ejercicio... Me faltan las palabras… Me sorprende mi jardín interior. Me siento muy a gusto en él. Percibo mucha fuerza, mucha energía. Según remonto el riachuelo veo rostros de personas, las personas de mi vida. Al llegar a mi fuente de vida no puedo reprimir el llanto. Me embarga la emoción…

Al acabar el ejercicio y volver a la sala, dejando atrás la naturaleza, hacemos nuestro primer registro del día (examen, que diremos más adelante):

¿Qué siento aquí y ahora? La sensación corporal es liviandad, me siento ligera; y el sentimiento es de gratitud.
¿A qué me mueve? Aparecen sin pensarlo tres verbos: amar, abrazar, sonreír

Ese simple registro es de una gran profundidad y ayuda. Doy un paso atrás (conecto con mi fuente de vida) para dar un paso adelante (a qué me mueve, desde la positividad). Para superar conflictos es fundamental hacer un análisis contemplativo de la realidad, un análisis desde la fuente de vida. [Esta es la vía para ganar en libertad interior, indiferencia, dirá Ignacio: da un paso atrás; respira; haz silencio; conecta con tu fuente de vida; entrega; agradece; da un paso adelante; transforma].

Una frase nos acompaña durante todo el día: “la inteligencia no está entre las orejas, sino entre narices”. La inteligencia es comunicativa, es fundamental incluir la voz del otro. A continuación reproduzco el mapa que construimos de forma colaborativa todas las personas asistentes después de responder a cuál es la primera palabra que relacionamos con reconciliación:


El contexto desde el que hablamos es el de la violencia que existe a distintos niveles: personal, educativo, social, religioso, político, ecológico, generacional, de género, etc. Hay que constatar, además, que las redes de violencia son muy complejas.  “RE-CON-CILIAR ≡ Volver – juntar – llamada”. Ha habido una ruptura porque ha habido una injusticia que atenta contra la dignidad. Algo muy importante es discernir la reconciliación según tiempos, lugares y personas, para dar modo y orden (éste es un concepto muy ignaciano y se refiere al cómo y al cuándo; al procedimiento, la metodología, que debe de ser siempre personalizada y acompañada). En los procesos de reconciliación siempre hay que poner una silla vacía, hay que pensar en quién queda excluido. Hay que ‘interrumpir’ para que la narrativa no sea totalizante, sino abierta y dialogada. El espacio es fundamental. Hay una vieja máxima inglesa que dice “Where you stand, depends on where you sit”. Dónde tenemos puestos los pies determina; defendemos dependiendo de dónde estamos sentados. Elías nos contó un testimonio conmovedor. Doña Socorro, una mujer a la que conoció en Cúcuta (Colombia), era una desplazada interna del proceso de reconciliación. Ella quería justicia pero no confiaba en la humana. En el conflicto mataron a su marido, su hijo, su nieto, un hijo estaba encarcelado y otro hijo desaparecido desde 2006. Ella veía que a cambio de verdad se podía reducir la responsabilidad penal (así sucedió con el asesino de su hijo). Y decía algo como: “¿Quién soy yo para perdonar? ¿Acaso puedo perdonar un dolor tan grande? Lo pongo en las manos de Dios. Así se alivia algo el dolor y yo algo también perdono…”. Doña Socorro es el ejemplo de que la reconciliación es posible. Su hijo desaparecido apareció muerto. Le dio sepultura y ahora vuelve a sonreír…

Cuando nos encontramos ante un conflicto, que no es otra cosa que la percepción de una incompatibilidad (es relacional), podemos abordarlo desde tres perspectivas: 1) Resolución de conflictos (tienen solución); 2) Gestión de conflictos (podemos dominarlo a través de técnicas); y 3) transformación de conflictos (partimos de que nunca se resuelven del todo, pero suponen una oportunidad de crecimiento). La reconciliación es una forma de transformar conflictos. “Para no vivir alienado, alinéate”.


La reconciliación es un proceso relacional colaborativo, en el que hace falta mucha creatividad; se necesita cambiar de perspectiva ¿Y qué se necesita para trabajar el estilo colaborativo? Escucha, empatía, verdad, etc.

Para Ignacio el deseo es lo que marca a la persona. Una vez se ha conectado con la fuente de vida hay que redefinir todo lo anterior. Una persona que está en contacto con la fuente de vida gana en libertad interior. En este proceso Ignacio da una gran importancia al Examen del día (es lo único que marca como obligatorio para los jesuitas). Se trata de al final del día dar un paso atrás para conectar con la fuente de vida y preparar el día siguiente.

Para transitar entre víctima y victimario hace falta una pedagogía del perdón que Elías López propone como la resultante de dos modelos en diálogo: 1) la justicia transicional (TARR, por su siglas en inglés) y 2) el sacramento del perdón (no voy a profundizar aquí; dejo para quien quiera este artículo de Elías).


Para terminar, una frase que me dio qué pensar… “Lo importante no es si estoy herida o no, sino cómo toco la herida, desde dónde toco la herida”… Conectemos con nuestra fuente de vida y desde ahí analicemos la realidad y sanemos las heridas…


lunes, 28 de marzo de 2016

Sobre la justicia, la compasión y el perdón


[He publicado esta entrada el 28.03.2016 en el Blog de Inteligencia Emocional de Eitb-desaparecido el 01.07.2024]

Llevo unas semanas, casi desde que empezó el cuatrimestre, dándole vueltas al tema de la justicia y de los derechos humanos. En los dos grupos que tengo este año en la asignatura de Ética cívica y profesional se están dando unos debates que dan qué pensar…  Algún día he salido de clase consternada por las opiniones que he escuchado…  Además se suma el dolor por los refugiados, por las personas que han perdido la vida por el sinsentido de la guerra, del terrorismo y de todo tipo de violencia, por tanto sufrimiento innecesario…

Parece mentira que jóvenes universitarios de poco más de 20 años sean capaces de defender de forma airada y rotunda que si una persona mata a alguien cercano, ya sea por error o por una negligencia, ellos matarían a esa persona. Que es justo, que es lo adecuado, que es normal… Y eso aun sabiendo que no está bien, que no es correcto… El principal argumento es que se lo ha buscado, que renunció a sus derechos al hacer daño a otra persona…  ¿Cómo hablar de principios de ética profesional si no se asume lo más básico, la centralidad de la vida, que los derechos humanos son universales e inalienables…? ¿A dónde nos llevaría la universalización de esa postura? Podríamos entrar en una espiral de violencia sin fin… Esto suele ocurrir en los conflictos armados y las guerras…

Hace un año escribí un post, Sentimientos de justicia, sobre la película  El secreto de sus ojos por el impacto que me produjo la historia. Puedo entender, no es difícil, el dolor que produce la muerte injusta y violenta de tu pareja pero dedicar tu vida a la venganza, bajo la apariencia de justicia, no te hace ningún bien. Te hace perder tu humanidad. Te endurece el corazón. Te arruina la vida (aquí el alumnado argumenta que la vida ya se te había arruinado con la muerte de tu ser querido)…  

Creo que debemos educar y educarnos en la compasión y el perdón  para no dejarnos llevar por nuestros sentimientos e introducir racionalidad en la respuesta a las ofensas que nos hacen.

Una de las mejores definiciones que he escuchado de compasión es la de empatía en acción. “La compasión es el florecimiento absoluto de la conciencia. Es la pasión despojada de toda la oscuridad, liberada de todas las ataduras, purificada de todo el veneno. La pasión se convierte en compasión. La pasión es la semilla y la compasión es su florecimiento. […] La compasión es inmotivada, no tiene ningún motivo en absoluto. Ocurre simplemente porque tienes, porque das, y no porque el otro necesite nada. En la compasión no hay ninguna consideración hacia el otro. Tienes tanto que te desborda. La compasión es como la respiración, espontánea y natural” Osho

Y en muchos casos no es posible la compasión sin el perdón, que seguramente es una de las decisiones más valientes y con mayor potencial sanador y liberador. Supone elegir el bien, el amor y la vida.
“Perdonar. Perdonar siempre. El perdón no es olvido, que muchas veces significa no querer mirar la realidad de frente. El perdón no es debilidad, es decir, pasar por alto una ofensa por miedo al que la ha cometido si es más fuerte. El perdón no consiste en decir que no tiene importancia lo que es grave o que es bueno lo que es malo.

El perdón no es indiferencia. El perdón es un acto de voluntad y de lucidez, por lo tanto de libertad, que consiste en acoger a los hermanos como son no obstante el mal que nos han hecho, como Dios nos acoge a nosotros, pecadores, no obstante nuestros defectos. El perdón consiste en no responder a la ofensa con la ofensa, sino en hacer lo que dice S. Pablo: ‘No te dejes vencer por el mal, sino vence el mal con el bien’.

El perdón consiste en darle la oportunidad a quien te ha hecho un agravio de que pueda tener una relación nueva contigo; la oportunidad de que ambos podáis retomar la vida, tener un porvenir en el que el mal no tenga la última palabra”. Chiara Lubich

Me gustaría terminar con una preciosa canción de Gontzal Mendibil, “Lágrimas al viento”. Como dice la canción “Hoy me duele el alma, hoy lloro por ti”, lloro por tanta injusticia, por tanto dolor.. y elijo la vida, la compasión y el perdón". 


lunes, 2 de marzo de 2015

Sentimientos de justicia

[He publicado esta entrada el 02.03.2015 en el Blog de Inteligencia Emocional de Eitb-desaparecido el 01.07.2024]


La primera práctica que suelo realizar en mis clases de Ética cívica y profesional es la de comentar una serie de definiciones bajo el epígrafe “Para mí lo ético es sobre todo…” del profesor Eduardo Schmidt sj. La última de dichas definiciones, que es una de las más elegidas por el alumnado, dice “…lo que está de acuerdo con mis sentimientos de justicia”.  Cuando comentamos esta definición suelo señalar que sería una buena definición de ética si elimináramos “mis sentimientos”, ya que éstos son subjetivos (varían mucho de una persona a otra) y variables (incluso la misma persona puede reaccionar de forma diferente ante un estímulo similar según las circunstancias o el momento). La ética tiene mucho que ver con la Justicia, entendiéndola como “dar a cada uno lo suyo”, que no necesariamente con el sistema judicial y la aplicación que se hace de las leyes. Uno de los sentimientos de justicia más extendido, y ampliamente aceptado, es el de la venganza. En nuestro refranero hay muchas alusiones… “Ojo por ojo, diente por diente”; “El que la hace la paga”; “La venganza es un plato que se sirve frío”… También los hay sobre la vacuidad de la misma, pero ya llegaremos ahí…
Recientemente he visto una película que me ha dado qué pensar, El secreto de sus ojos. Se puede analizar esta película desde muchos puntos de vista (el de la comunicación, por ejemplo) pero me voy a detener en un punto que tiene que ver con la ética.  No quiero desvelar completamente el argumento de la película. Simplemente diré que el protagonista masculino, Espósito,  un agente judicial que se acaba de retirar quiere escribir una novela inspirada en unos hechos ocurridos 25 años atrás que le han perseguido durante todo ese tiempo. Como dice la sinopsis de la página oficial de la película: “los recuerdos no son una mansa superficie sobre la que yace la verdad para que Espósito la recoja. Son caminos oscuros y sinuosos. Y la verdad que se oculta detrás de ellos es mucho menos sencilla que lo que Espósito ha imaginado”.
La investigación de un terrible crimen, el asesinato y violación de una joven, marca la vida de Espósito por todo lo que de ahí se deriva. Gracias a él y a su compañero (que morirá después trágicamente) se detiene al asesino; pero al de unos meses es puesto en libertad para trabajar como sicario (Argentina vive en ese tiempo un periodo muy convulso).
Transcurridos 25 años Espósito va a visitar al marido de la joven (Morales) a quien en su día él le había dicho que el asesino (Gómez) cumpliría cadena perpetua, pero no fue así. Vive en una granja alejada. Espósito le pregunta cómo ha podido sobrevivir viendo libre al asesino confeso de su esposa. Después de un rato de conversación Morales explota y le dice que al final le secuestró y le mató. Espósito le cree y se marcha pero algo le hace volver a la granja a escondidas. Descubre que en realidad Morales secuestró al asesino y lo mantiene preso en la granja. Le da de comer, pero no tiene ningún trato con él. La escena (se puede ver más abajo) es desgarradora… Gómez se acerca a Espósito como quien ve un fantasma (es la primera persona a parte de Morales que ve en 25 años), le intenta tocar y con un hilo de voz le dice: “Por favor, por favor… pídale que aunque sea me hable… Por favor”.  Y las palabras de Morales: “Usted dijo perpetua”.
Podríamos plantearnos que Morales tuvo un dilema ético al ver al asesino confeso de su mujer en libertad. No obstante, racionalmente no podemos considerar legítima su actuación. ¿Gómez era un asesino? Sí, confesó y fue condenado por sus acciones ¿Actuó bien el sistema? Por supuesto que no, los sistemas judiciales no son perfectos y en ocasiones están influidos por intereses políticos o económicos.  Pero… “El bien es bien aunque nadie lo haga, el mal es mal aunque todos lo practiquen”. La Declaración Universal de Derechos Humanos, que nació “como ideal común por el que todos los pueblos y naciones deben esforzarse” – y podríamos añadir individuos-,  señala en su artículo 5: “Nadie será sometido a torturas ni a penas o tratos crueles, inhumanos o degradantes”. Morales era víctima de su resentimiento, alimentado a lo largo de los años. Su indignación era razonable, también su ira inicial, pero su decisión lejos de reparar su pérdida le hizo alejarse de su humanidad. Seguramente, el perdón y la compasión hubieran ayudado mejor a sanar su herida y a vivir una vida plena. Una de las razones que Adela Cortina da en su libro Para qué sirve la ética es para “intentar forjarse un buen carácter, que aumenta la probabilidad de ser felices y justos, al ayudar a estimar los mejores valores y optar por ellos” (p.46).
El paradigma de la Inteligencia Emocional habla de la “unión de razón y emoción en todos los procesos mentales”. Que la justicia guíe nuestras decisiones y acciones, pero discernamos siempre qué sentimientos están de fondo…

jueves, 7 de noviembre de 2013

Amar sin medida


“Mi madre solía decir que el amor nunca se malgasta, aunque no te lo devuelvan en la misma medida que mereces o deseas.
-Déjalo salir a raudales- decía. Abre tu corazón y no tengas miedo de que te lo rompan. Los corazones rotos se curan. Los corazones protegidos acaban convertidos en piedra” 
El café de los corazones rotos, Penélope Stoke

Hace unos días leí estas líneas y me parecieron muy sugerentes. Cuando has dado mucho, cuando has puesto mucha vida en una relación, sea del tipo que sea, y ésta se acaba, se rompe o se 'diluye' a veces te asaltan las dudas, como decía la canción de Victor Manuel:
"Quién puso más, los dos se echan en cara
Quién puso más, que incline la balanza
Quien puso más calor, ternura, comprensión.
Quién puso más, quién puso más amor".

Con el tiempo he aprendido, después de muchos disgustos y 'rotos' en el corazón, que esa no es la cuestión; no tiene sentido preguntarse "¿quién puso más amor?". Hay personas que te acompañan durante todo el camino, o al menos un trecho grande; otras permanecen un tiempo, incluso llegando a tener una relación intensa durante ese tiempo; algunas aparecen y desaparecen como el Guadiana; unas están cerca; otras las tienes permanentemente presentes, aunque la distancia te separe de ellas... Pero todas, sin excepción, aparecen en tu camino para algo. Todas encierran una lección de amor. No creo que nada sea casual, todo es causal, como dice una gran amiga.

Lo importante, lo único realmente importante, aunque no siempre fácil, es dejar que el amor brote de tu corazón independiente de lo que hagan los demás con él. Eso no es tu responsabilidad, es la suya. En tu mano está amar, pero no el que te correspondan o que lo hagan como tú esperas. A mí me gustaría decir como Pedro Casaldáliga: "Al final del camino me dirán: -¿Has vivido? ¿Has amado? Y yo, sin decir nada, abriré el corazón lleno de nombres".

"La medida del amor es amar sin medida" San Agustín.
                           
Autora del dibujo: Miriam Artola
Muxote Potolo Bat









lunes, 17 de junio de 2013

¿Qué es primero? ¿El amor o el perdón?

María Magdalena, Leonardo da Vinci
«…Por eso te digo que sus pecados, sus numerosos pecados, le quedan perdonados, por el mucho amor que ha manifestado. En cambio aquel al que se le perdona poco, demuestra poco amor».
Jesús dijo después a la mujer: «Tus pecados te quedan perdonados».
Y los que estaban con él a la mesa empezaron a pensar: «¿Así que ahora pretende perdonar pecados?».
Pero de nuevo Jesús se dirigió a la mujer: «Tu fe te ha salvado, vete en paz».
Lc 7, 47-50

Quiero compartir una reflexión a raíz del evangelio de ayer, 16 de junio de 2013, y de la homilía de Iñaki Aya, s.j.

En la homilía se hizo una bonita comparación con el amor de pareja y la visión tanto de quien perdona como de quien es perdonado, que voy a comentar desde mi perspectiva. Quien pide perdón es porque: 1) reconoce el amor y el proyecto que libremente hace con otra persona; 2) asume que ha fallado a ese amor, 3) quiere restablecer el compromiso. Quien perdona lo hace porque ama mucho y quiere renovar ese amor que se ha visto quebrado. 

Hay dos puntos de vista que aparentemente son inconciliables: el amor como condición del perdón y el amor como consecuencia del perdón. ¿Qué es primero? ¿El amor o el perdón? A mi modo de ver el amor es primero, es condición indispensable tanto para pedir perdón como para perdonar. Pedir perdón sin amor puede ser un acto de gran soberbia, así como perdonar sin amor, sin estar dispuesto a poner a cero el marcador de las ofensas. Sólo quien se siente desbordado por el amor puede perdonar y pedir perdón de corazón. El perdón es un acto de voluntad, de libertad, pero sobre todo de amor.