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jueves, 3 de septiembre de 2026

No hay palabras

 

“El sufrimiento que experimentamos por la marcha definitiva de la persona querida va íntimamente ligado a la naturaleza del vínculo que teníamos con el difunto. Cuanto más apego haya entre las personas, mayor sufrimiento causa la ruptura, mayor indignación, rabia y desconcierto, en especial cuando no había ningún indicio de que la muerte irrumpiría en el escenario. Si esta llega lentamente, y se manifiesta previamente con toda clase de síntomas, los que se quedan tienen ocasión de prepararse, de anticipar el duelo, de hacerse a la idea, de acostumbrarse a la ausencia del otro; pero cuando aparece como un caballo desbocado en plena plaza pública, el dolor que causa es inmenso, inenarrable.
Es entonces cuando no hay palabras” (Torralba, 2024, p.89).

He tenido ocasión de leer a Francesc Torralba, filósofo y teólogo, y de escucharle tanto en vivo como en vídeos. Siempre me ha sorprendido su hondura y la capacidad de explicar de forma accesible y bella experiencias profundamente humanas. Recuerdo el día que un amigo me envió la noticia del fallecimiento de su hijo Oriol en un accidente de montaña cuando ambos estaban juntos haciendo una ruta. De esa experiencia y el ejercicio introspectivo que supone la escritura, surge el libro que da título a esta entrada, No hay palabras. Asumir la muerte de un hijo (Torralba, 2024). [A partir de este momento en las citas literales únicamente señalaré la página]. El libro consta de tres partes —1) El último día de mi hijo. Aquel 14 de agosto de 2023; 2) Aprendizajes difíciles; 3) Las palabras del filósofo— y Epílogo. Voy a compartir aquí algunas de las ideas que me llevo de una lectura que es muy recomendable.

Desde el principio Torralba señala las dudas que le han asaltado. “Las preguntas ante el sentido de esta muerte y de esta vida han repiqueteado en el interior de mi cabeza durante todos estos meses. Nunca como hasta ahora había lanzado tantos interrogantes al cielo. No tengo una respuesta concluyente, pero creo que lo que hace que una vida sea valiosa no es el tiempo vivido, sino el bien que ha generado, la belleza que ha creado mientras existía. Mi hijo tuvo una vida breve, pero hizo mucho bien, y muchos amigos suyos se lo agradecen” (p.12).

Es muy interesante y apropiada la diferencia que hace entre superar y asumir —este último, verbo que elige para el título—. “Se supera un examen, una prueba, unas oposiciones, pero no se supera la muerte de un ser querido. Asumir es el verbo más apropiado porque significa, textualmente, tomar para sí, hacerse cargo” (p.16). Insiste en que una experiencia traumática simplemente sucede y le lleva a uno a sus propios límites, lo que puede ser una ocasión para crecer y comprender mejor a las demás personas. En nuestra existencia vivimos muchos hechos —entendido como algo que es habitual— pero también vivimos acontecimientos —“[Acontecimiento] Es un episodio vital que marca un antes y un después en la trayectoria biográfica de un ser humano, que abre una discontinuidad en el tiempo, un salto entre dos hechos” (p. 57)—. No todos los acontecimientos son trágicos, pero, sin lugar a duda, la muerte de un hijo sí lo es. Personalmente, la mera idea de esa posibilidad me parece insoportable.

La muerte suscita una montaña rusa de emociones en la que el entorno debe reaccionar en un punto intermedio entre la lástima y la indiferencia:

“En este conglomerado intangible de sentimientos hay ira, indignación, rabia, impotencia, cólera, nostalgia, pena, tristeza y desesperación, pero todos estos estados emocionales no se dan de manera separada, ni secuenciada, uno después de otro, sino mezclados, formando una espesura difícil de aclarar. Es arduo tratar de separarlos con un bisturí como lo hace un cirujano con los tejidos, las venas y las arterias.
Cuando alguien, con buena intención, nos pregunta cómo estamos o qué sentimos, notamos un nudo en la garganta e intentamos evitar la cuestión que nos inquieta, porque no tenemos ninguna garantía de poder terminar la frase. A veces, antes de responder, se hace un largo silencio, porque no sabemos por dónde empezar. Esto nos hace humildes y, a la vez, humanos” (p.61).

Uno de los primeros aprendizajes que señala Torralba es el guardar silencio ante la experiencia de la muerte que tiene la otra persona. Cuando nos enfrentamos al tema del duelo hay que distinguir entre mostrar y decir. “Hay vivencias que no podemos terminar de decirnos. […] Podemos mostrar aquello que experimentamos a través de otros recursos” (p.63). Entre esos recursos encontramos: el abrazo —“es como una columna de carne ante la intemperie” (p.64)—; la caricia, que es más que un leve roce —“muestra respeto hacia la alteridad, pero no así indiferencia. Muestra proximidad, pero no voluntad de dominio ni de sumisión. Quien acaricia no coge, no manipula; vela por el otro, pero, al mismo tiempo, lo suelta” (p.65)—; la lágrima —“es la gramática de la angustia, el esperanto del sufrimiento. Llorar es liberador, necesario y catártico cuando la pena inunda el corazón” (p. 67)—; el arte —“es otro modo de mostrar aquello que sentimos y que no podemos expresar verbalmente a causa de la magnitud de la experiencia que estamos atravesando” (p.67)—; una carta —“ya que nos permite atrevernos a escribir lo que nunca tendríamos el valor de decir cara a cara porque la presencia del otro nos disuade de hacerlo” (p.67)—; o la música —“es la más sutil de las artes y la más profunda, pues atraviesa la corteza de los fenómenos y ahonda más allá de lo que vemos y tocamos. Nos hace trascender y nos transporta a un mundo que nos resulta, al mismo tiempo, extraño y familiar” (p.69)—.

Cuando fallece dramáticamente un ser querido la persona sufre una alteración profunda en todas las dimensiones del ser: la corporal, la mental, la emocional, la social y, también, la espiritual. Independientemente de ser creyente o ateo, “la muerte provoca un tsunami espiritual en el alma de quien la sobrevive. Tiemblan las creencias, los valores, también los ideales de vida. Lo que creíamos se pone a prueba, se somete a un duro examen. También se desordena la pirámide axiológica personal, ya que aquello que tenía valor deja de tenerlo, porque se ve sustituido por algo más relevante. La situación-límite es un depurador. Nos pone contra las cuerdas. Quien cree que la muerte es la transición hacia un estado de vida plena, hacia un estado de felicidad total, se siente invadido por la duda” (p.73). En algunos casos, la situación-límite propicia una crisis espiritual intensa y grave; en otros, lo contrario, se transita hacia la fe. Hay quienes sienten el impulso de deshacerse de la imagen personal que tienen de Dios. También hay quienes
se acercan a tradiciones simbólicas y espirituales lejanas. “Sea como sea, la muerte próxima conmueve a la vida espiritual, la purga” (p.75).

Torralba se resiste a utilizar el término pérdida para referirse al final de una vida. Cuando una persona muere, cesa de existir. “Es el final definitivo de la existencia en el tiempo y en el espacio, pero no es una pérdida. Simplemente, nos vamos, dejamos de estar aquí, y este dejar de estar abre un vacío, una zanja que no es únicamente física, sino emocional. Dejamos un vacío en el corazón de los que se quedan, una grieta en su alma. Dejamos de estar, pero no necesariamente de ser” (p.77).

Una tentación, ante el vacío que deja la muerte de un ser querido, es la dejar de preocuparnos por el aquí y el ahora, la de no atender a las personas que siguen a nuestro lado. “El tiempo no lo cura todo, pero permite poner distancia con el acontecimiento, verlo con perspectiva, debilita la punzada de dolor y todo ello abre la puerta a asumir la ausencia del ser querido con serenidad y a recuperar el deseo y la ilusión de vivir” (p.91). En esta encrucijada vital o bien podemos caer en la filosofía del absurdo —“uno llega a la conclusión de que vivir es un sinsentido, un fenómeno carente de lógica y racionalidad. Nacemos y morimos sin una explicación” (p.102)—; o bien podemos abandonarnos al misterio del mundo —“reconocer la debilidad de la razón humana para comprender ciertos acontecimientos con la esperanza de que, en otra dimensión de la realidad, podamos entenderlos y se haga la luz” (p.102)—. Un poco más adelante Torralba añade: “Asumir la muerte de un hijo significa permitirse la posibilidad de aspirar a una felicidad imperfecta. La felicidad, absoluta, inexpugnable, es sencillamente un mito, carne de ficción. Está fuera de las coordenadas espacio-tiempo. La felicidad, en este mundo, es siempre imperfecta” (p. 160).

Otra lección importante, un paso más en el asumir que alguien ya no está, es la gratitud hacia esa persona. “La lección que extraigo es clara: es preciso apreciar y dar las gracias en vida por todo aquello que las otras personas, cercanas o lejanas, conocidas o desconocidas, nos dan. El lenguaje de la gratitud requiere atención y consciencia, pero, sobre todo, apertura de miras y generosidad de espíritu. Quien lo experimenta dentro de su ser siente la necesidad de exclamar «¡Gracias!»” (p.139).

Torralba presenta una hipótesis sugerente: “la seriedad radica en vivir cada día como si fuera el último”, que ha transformado en ejercicio que plantea a su alumnado. “Cuando les pido este ejercicio —cómo vivirían un día pensando que es el último—, experimentan desconcierto, desasosiego, pero después, al cabo de poco, se ponen a escribir y no se oye ni un alma en el aula. Nadie me ha entregado nunca una hoja en blanco. Nadie ha escrito nunca frivolidades. El último día se pronuncian palabras de amor, se hacen gestos de perdón y de reconciliación, se practica la gratitud hacia los padres y los amigos, se celebran despedidas muy solemnes” (p.207).

En el epílogo plantea que quien ha sufrido una pérdida está en condiciones de descubrir tres grandes virtudes humanas: la humildad —“es la virtud de la desnudez y de la exposición. Es humilde quien sabe que, bajo las vestimentas ampulosas, todos somos igual de frágiles y estamos igual de expuestos a la muerte. Ella nos revela que no somos nada” (p.212)—; la compasión —“compadecer es sufrir con alguien, pero el sufrimiento no es algo deseado. Es tener simpatía con el dolor o con la tristeza. Consiste en participar en el sufrimiento del prójimo” (p.213) — y la magnanimidad —“la persona que ha sufrido la muerte de un ser querido constata que la vida es demasiado corta para desperdiciarla en estupideces. Descubre en la magnanimidad la virtud de la grandeza, que lo habilita para inclinarse hacia lo que es grande. Radica en no dedicarse a nimiedades ni a necedades” (p.213) —.

¡Ojalá cuando personas muy queridas dejen de existir podamos dar las gracias por la vida y el tiempo compartido y nos pongamos en la senda de descubrir las grandes virtudes de la humildad, la compasión y la magnanimidad”.

Referencias

 


viernes, 14 de agosto de 2026

Lo indisponible

 

Hace unos meses un amigo me recomendó un libro, Lo indisponible (Rosa, 2023). Ha sido el primer libro que he leído en este período vacacional y, como vaticinó mi amigo, me ha gustado mucho. Su autor, Hartmut Rosa, es Catedrático de Sociología en la Universidad Friedrich-Schiller de Jena y director del Max Weber Center for Advanced Cultural and Social Studies, de la Universidad de Erfurt. Voy a reflejar aquí las principales ideas que me llevo de la lectura.

Hay una imagen que explica inmejorablemente el título: “La nevada es prácticamente la forma pura de manifestación de lo indisponible: no podemos fabricarla ni conseguirla por la fuerza; ni siquiera podemos preverla con seguridad, al menos no con mucha anticipación. Y mucho menos podemos atrapar la nieve, apropiarnos de ella. Si la cogemos con la mano, se nos derrite entre los dedos; si la llevamos a casa, se nos escurre; y si la guardamos en el congelador, deja de ser nieve” (p.9).

El ensayo desarrolla una tesis clara: “para los sujetos tardomodernos, el mundo se ha convertido por completo en un punto de agresión. Todo lo que aparece debe ser conocido, dominado, conquistado y aprovechado” (p.17). Un poco más adelante explica: “Una sociedad es moderna cuando solo puede estabilizarse de forma dinámica, es decir, cuando necesita el constante crecimiento (económico), la aceleración (técnica) y la innovación (cultural) para mantener su statu quo institucional” (p.21).

Por un lado, el juego del incremento se mantiene porque nos aterra tener cada vez menos. “Nunca es suficiente; no porque seamos insaciables, sino porque todo el tiempo y en todos lados parecemos encontrarnos en unas escaleras mecánicas descendientes” (p.22). Por otro lado, existe una creencia muy arraigada, un imperativo categórico: “Nuestra vida mejorará si logramos poner (más) mundo al alcance; así afirma el mantra inexpresado —pero reificado y reiterado incesantemente en la acción— que rige la vida moderna. Actúa de modo que tu alcance del mundo aumente” (p.23).  

El proceso de puesta a disponibilidad consta de cuatro dimensiones: 1) “Hacer visible o cognoscible, expandir el conocimiento de lo que está ahí” (p.29); 2) “Poner (físicamente) al alcance o hacer accesible” (pp.29-30); 3) “El intento de volver dominable o poner bajo control un segmento del mundo” (p.30). Esta dimensión se ve claramente en el colonialismo; 4) “La dimensión de volver utilizable o la puesta al servicio de” (p.31). Vamos poniendo el mundo a disponibilidad, pero “aparece de manera simultánea como amenazado y amenazante; y, con ello, en última instancia, como constitutivamente indisponible” (p. 35). Cuando se da la disponibilidad total en las cuatro dimensiones desaparece el deseo. Y si se da indisponibilidad total en las cuatro no existe atractivo.

La esencia de la existencia humana y de las relaciones con el mundo es la responsividad o la capacidad de resonancia, que tiene cuatro rasgos: 1) “El momento de la conmoción (afección)” (p.54): cuando algo o alguien, de repente, nos interpela;  2) “El momento de la autoeficacia (respuesta)” (p.54): cuando hay un movimiento hacia afuera, una reacción propia ante aquello que nos ha conmovido; 3) “El momento de la asimilación transformación (transformación)” (p.56): las relaciones de resonancia nos transforman en ellas y con ellas, no sabemos en qué grado; 4) “El momento de la indisponibilidad” (p.59): la resonancia no se puede ni forzar ni impedir. Además, no podemos saber en qué dirección nos transformaremos.

Pudiera parecer que el texto es pesimista. Sin embargo, muestra una clave fundamental para relacionarnos de una forma diferente con el mundo: “Si el mundo dejara de aparecer como un punto de agresión para mostrarse como un punto de resonancia —esto es, si en lugar de encontrarnos con él en el modo de la agresión, la dominación, el control y la puesta a disponibilidad, lo hiciéramos en una actitud de asimilación transformadora, de escucha y respuesta autoeficaz dirigida a una alcanzabilidad responsiva mutua—, el juego del incremento perdería su sentido y, lo que es aún más importante, su energía psicológico-motivacional. En este caso, otro mundo sería posible” (p.155).

Habrá quien se pregunte qué sentido tiene la foto que abre esta entrada. Para mí muestra un encuentro con lo indisponible, una experiencia reciente de resonancia. El pasado 5 de agosto fuimos con unos amigos a un concierto —Zimmer, Williams y 100 años de cine— en el Palau de la Música de Barcelona. El lugar tiene magia, te envuelve, la acústica es estupenda… Pero hubo un momento que me conmovió profundamente. He visto muchas veces Memorias de África, y he escuchado la banda sonora muchas más. Creo que ya con el primer acorde sentí que la música me ‘hablaba’ con palabras nuevas. Las lágrimas brotaban sin parar y era muy reconfortante. ¿Lo esperaba? No. ¿Lo buscaba? No, simplemente sucedió

Para terminar unos versos…

“Temo tanto la palabra de los seres humanos” Rainer María Rilke (en Rosa, 2023, p.143)

Temo mucho la palabra de los seres humanos.

Lo dicen todo tan claramente:

Eso significa perro y aquello casa,

Y aquí está el principio y allá el final.

 

Me asusta también su sentido, su juego con el escarnio.

Ellos lo saben todo —lo que fue y lo que será—,

ya ninguna montaña es maravillosa para ellos;

su jardín y su bien lindan con Dios.

 

Siempre quiero advertirles y oponérmeles; alejaos,

me gusta oír el canto de las cosas.

Vosotros las tocáis, y quedan mudas e inmóviles.

Vosotros me asesináis todas las cosas”.

 Referencias

Rosa, Hartmut (2023). Lo indisponible. Barcelona: Herder. 


miércoles, 13 de mayo de 2026

Hoy soy el hermano mayor

 

Hace muchos años leí un libro que me llegó muy dentro, El regreso del hijo pródigo: meditaciones ante un cuadro de Rembrandt (Nouwen, 1996). En él se analiza el cuadro de Rembrandt y la conocida parábola del evangelio de Lucas (15, 1-3.11-32) y te hace transitar por los diferentes personajes. Hoy me identifico absolutamente con el hermano mayor.

Comprendo mejor que nunca la rabia, el resentimiento, la distancia del hijo mayor que no es capaz de alegrarse como el padre del regreso del hermano. Él ha vivido —y sufrido— de cerca el dolor del padre mientras el hijo menor estaba lejos, ‘viviendo la vida loca’, cuando se suponía que estaba haciendo su camino y encontrándose a sí mismo. El dolor del padre es innegable. Probablemente pocas cosas son peores para un padre que ver que un hijo toma un camino equivocado, que va a sufrir, que va a caer y no poder hacer nada por evitarlo. Cada persona tiene que hacer su camino y aprender a su ritmo. Y al padre no le queda sino esperar a un lado, desde la distancia, para sostener en la caída y ayudar a recomponer los pedazos.

El hijo mayor también sufre por su hermano, pero, sobre todo, por su padre al que ve frágil, vulnerable, herido. Intenta consolarle, agradarle, pero no se siente reconocido en su esfuerzo. No comprende la inmensa alegría del padre y el “olvido” repentino de todo lo sufrido. Y qué decir si, además, no confía en el arrepentimiento y el aprendizaje del hermano y tiene que callar.

Ahora no puedo, pero espero poder decir como Nouwen (1996: 132). “Rembrandt, que me mostró al Padre en su dimensión vulnerable, me hizo caer en la cuenta de que mi vocación última es la de ser como el Padre y vivir su divina compasión en mi vida cotidiana. Aunque sea el hijo menor y el hijo mayor, no estoy llamado a continuar siéndolo, sino a convertirme en el padre. Nadie ha sido padre o madre sin antes ser hijo o hija, pero cada hijo e hija debe elegir conscientemente dar un paso más y convertirse en padre o madre para otros”. ¿Qué significa convertirse en padre? “Rembrandt retrata al padre como el hombre que ha transcendido los caminos de sus hijos. Su soledad y su ira podían haber estado allí, pero han sido transformadas por el sufrimiento y las lágrimas. Su soledad se ha convertido en una soledad infinita, su ira se ha convertido en una gratitud sin fronteras. Éste es en quien debo convertirme” (Nouwen (1996: 154).

Referencias

  • Facundo Cabral (2019, 3 octubre). Canción del Hijo Pródigo [archivo de vídeo] https://www.youtube.com/watch?v=POL0JBTu3-I
  • Nouwen, Henri J. M. (1996). El regreso del hijo pródigo: meditaciones ante un cuadro de Rembrandt. 9ª ed. Madrid: PPC.

 




lunes, 19 de agosto de 2024

Es de bien nacidos…


[Entrada publicada originalmente el 26.05.2011 en el Blog de Inteligencia Emocional de EITB, desaparecido el 01.07.2024]


CIELO E INFIERNO CERCANOS

 

Un samurai fue a visitar a un viejo sabio para plantearle una duda que lo atormentaba.

-Señor, estoy aquí porque necesito saber si existen el infierno y el paraíso.

-¿Quién lo pregunta? -contestó el maestro.

-Un guerrero samurai.

-¿Tú un samurai? -se burló el maestro-. ¿Con esa cara de idiota que tienes?

 

El guerrero no daba crédito a lo que oía.

-Seguro que además de estúpido eres un cobarde -se mofó de nuevo.

La ira se adueñó del samurai que desenvainó instintivamente su sable.

-¡Ahora se abren las puertas del infierno! -gritó el anciano.

 

El guerrero comprendió de súbito la actitud del maestro y guardó su sable avergonzado.

-¡Ahora se abren las puertas del paraíso! -exclamó de nuevo el maestro.

 

Cuento Tradicional de Oriente

 Hace poco más de un mes escribía un post [Las emociones nos hacen vulnerables] al acabar un curso.  Ahora he terminado otro, esta vez de 30 horas, también impartido con mi amigo Rogelio Fernández, sobre Liderazgo e Inteligencia Emocional (IE), organizado por DeustuLan y subvencionado por Hobetuz.

Algo de lo que se ha hablado mucho en el curso es el tema de la comunicación, con otros y con uno mismo. El liderazgo es un proceso de influencia en el que la comunicación es básica para generar credibilidad y confianza, que son dos pilares básicos para movilizar y ‘enganchar’ a las personas. El desarrollo de un liderazgo emocionalmente inteligente (entendiendo la IE como  la identificación, comprensión, uso y gestión de las emociones propias y de los demás) contribuye a dotar de sentido al trabajo y a que se dé una implicación que genera resultados superiores a los de la suma de las individualidades; y esto no se logra sin una buena comunicación.

En cuanto a la comunicación con otros, quisiera centrarme especialmente en la empatía. El diccionario de la RAE la define como “identificación mental y afectiva de un sujeto con el estado de ánimo de otro”. Para esto es necesario escuchar al otro con los oídos, los ojos y el corazón. Y escuchar no es hablar, es estar atento, observar, mirar con profundidad, ir más allá de las palabras… Es necesario salir de uno mismo con la voluntad de adentrarse con un profundo respeto en el otro, siempre que éste me “abra la puerta”. Muchos, por no decir todos, los problemas en las relaciones con los otros son problemas de comunicación. Y en muchas ocasiones se debe a que no nos hemos acercado al otro, no hemos hecho el esfuerzo por comprenderle, no nos hemos puesto en su lugar, no hemos sabido transmitirle nuestros deseos o pensamientos de forma adecuada…

Respecto a la comunicación con uno mismo, voy a hablar de la responsabilidad. Recientemente he leído una frase que me ha confirmado lo que yo ya intuía: “El lenguaje no sólo describe la realidad, sino que además es capaz de crearla. Nuestra forma de hablarnos a nosotros mismos afecta tremendamente a nuestra manera de relacionarnos con el mundo” (Alonso Puig, 2011, p.52). Muchas veces no somos responsables de lo que nos ocurre, de lo que otros nos hacen, de las situaciones que nos tocan vivir… pero de lo que sí somos responsables es de cómo nos lo tomamos, cómo lo afrontamos, qué nos decimos a nosotros mismos al respecto. Yo, normalmente, no voy a saber la verdadera intención con la que otra persona me dice o me hace algo pero está en mí decidir si dejo que me hiera o no; si voy a responder o no, y cómo; si voy a permitir que me perturbe o no… Recordemos el cuento del principio... Muchas veces nos empeñamos en ver constantes ataques y amenazas en el exterior y nuestro peor enemigo somos nosotros mismos, y las cosas que nos decimos. ¡Cuidado con lo que nos decimos! Si nos preocupamos tanto por lo que comemos, el ejercicio físico, la salud, etc. ¿Por qué prestamos tan poca atención al ‘runrun’ de nuestra cabeza?... “Si habláramos a los demás como lo hacemos a nosotros mismos, probablemente no tendríamos ni un amigo” (Alonso Puig, 2011, p.81).

Regala a los demás, y regálate a ti mismo palabras y mensajes positivos. Mírate y mira a los demás, no como lo que son sino como lo que pueden llegar a ser…

Y como es de bien nacidos ser agradecidos… No puedo acabar de otra forma… Gracias a todos (Leire, Iñigo, Mercedes, María, Andone, Ana, Mertxe, José Antonio, Ricardo, Ana, Pedro, Amaia, Susana, Alfredo, Leire, Txetxu, Edurne, Isabel, Dulce y Roge)… por el tiempo y la vida compartidos… por la oportunidad de conocernos y transformarnos.

Recordad la frase de Virgilio… “Possunt quia posse videntur” (Pueden porque creen que pueden).

Bibliografía:

  • Alonso Puig, Mario (2011): Vivir es un asunto urgente. 7ª ed. (1ª ed. De 2008). Madrid: Aguilar.

sábado, 17 de agosto de 2024

¿Las emociones nos hacen vulnerables?

 

[Entrada publicada originalmente el 19.04.2011 en el Blog de Inteligencia Emocional de EITB, desaparecido el 01.07.2024]

Acabo de terminar un curso de 50 horas, que he impartido con mi gran amigo Rogelio Fernández, sobre Inteligencia Emocional, organizado por DeustuLan y subvencionado por la Diputación Foral de Bizkaia.

Lo que ha ocurrido en el curso ha sido algo fascinante y mérito de todas las personas que hemos participado en él. Se ha creado un clima en el que poco a poco hemos ido compartiendo parte de nuestra vida y nuestras experiencias. Como dice Rogelio, “hemos puesto las tripas encima de la mesa y hemos revuelto en ellas”, desde un profundo respeto y con el objetivo de aprender, crecer y enriquecernos. Nos hemos abierto al mundo de las emociones y hemos conseguido, en la práctica, aunar emoción y razón.  

Una inquietud que ha surgido en el curso es si el manifestar nuestras emociones nos hace vulnerables… Si es posible conseguir que nuestras emociones no nos dañen. Cuando se tiene ya unos años y un recorrido las ‘cicatrices’ van aumentando y reflejándose en todo tu ser. Y voy a contestar desde ahí, en función de mi experiencia. Siempre me ha gustado ser clara, manifestar lo que siento y pienso, aunque a veces eso suponga exponerme demasiado. Creo que la comunicación es mucho más fluida y verdadera cuando uno se muestra sin recovecos, sin esconder aquello que nos gustaría ocultar o no ser; sin preocuparse por qué pensará el otro. Y esa comunicación profunda es fundamental para construir relaciones… Más de una vez me han dicho que soy demasiado transparente, que debo protegerme, que hay quien puede herirme… Y yo me pregunto ¿para qué protegerme? Poner barreras, distancia, supone reducir el riesgo de intromisiones pero también me aleja de los demás, me resta intensidad en las relaciones. Prefiero vivir intensamente aunque ello conlleve sufrir también intensamente. Prefiero arrepentirme por lo que he hecho que por lo que he dejado de hacer. Prefiero tener ‘cicatrices’ que vivir en una burbuja. Creo que hay que vivir con intensidad y aprovechar toda oportunidad de acercarnos a los demás y conocer a gente interesante, y en todos hay cosas interesantes si miramos con cariño y profundidad. Prefiero equivocarme al abrirme a otra persona que perder una oportunidad de encuentro y crecimiento.

Además, creo que lo que nos dañan no son nuestras emociones sino nuestros pensamientos. Las emociones están y nos dan información. Quien nos juega malas pasadas es nuestra razón que nos dice: “no se puede”, “no se debe”, “no está bien”… Hay situaciones y hechos que no se pueden cambiar pero siempre puedo elegir cómo reacciono ante ellos… Nadie puede herirme (no hablo en sentido físico) si yo no le doy permiso.

“El propósito de la vida es vivirla, disfrutar de la experiencia al extremo, extender la mano con impaciencia y sin miedo a vivir experiencias más nuevas y más enriquecedoras.” Eleanor Roosevelt

GRACIAS… Alberto, Amaia, Soledad, Ana, Arantza, Amaia, Ricardo, Arantza, Nahia, Iñigo, José Carlos, JJ, Gorka, Enrique, Raul, Edurne, Carlos, Ziortza y Rogelio… por lo compartido y lo aprendido. Afortunadamente… nos hemos encontrado.

martes, 23 de julio de 2024

Ante el dolor y la muerte


 [Entrada publicada originalmente el 27.04.2009 en el Blog de Inteligencia Emocional de EITB, desaparecido el 01.07.2024]

Creo que en la vida no hay apenas certezas, salvo la de que igual que nacemos, un día moriremos, nuestro paso por la vida tiene fecha de caducidad. Y si esto es así ¿por qué tenemos una relación tan mala con el dolor y la muerte? Está claro que nadie quiere sufrir (todos funcionamos con la máxima de “buscar el placer y evitar el dolor”) y que pensar en la muerte asusta porque no sabemos qué nos espera (aunque en esto quienes tienen fe llevan ventaja).

Acabo de vivir la agonía de mi tío Antonio, enfermo de cáncer que ha luchado contra distintos ‘brotes’ durante más de treinta años. A pesar de una vida superando el dolor y la incertidumbre siempre le han acompañado un arrojo y fortaleza envidiables (y también bastante genio, para ser fiel a la verdad). Por eso, los últimos momentos en los que la enfermedad, literalmente, le ha consumido han sido muy duros. Costaba reconocerle en esa imagen distorsionada postrada en una cama de hospital. Durante todos estos años, tuvo el primer ‘brote’ cuando llevaban pocos años de casados, le ha acompañado mi tía Montse (hermana de mi padre). Mi tía pertenece a la misma generación que mi madre [post Mujeres en Huelga], el de esas mujeres que no han trabajado mucho de forma remunerada, que nunca cobran una pensión, pero que han hecho del cuidado una profesión/vocación y un ejemplo. Había que verle en el hospital atendiendo a mi tío en todo momento y hasta el último suspiro. Sin reproches y con constantes gestos amables y de cariño.  El personal sanitario le decía que no estaban acostumbrados a ver lo que ella hacía, que normalmente la gente quiere tener al enfermo o enferma fuera de casa. Si mi tía no se llevó a mi tío a casa fue porque los médicos se lo desaconsejaron debido al gran deterioro que tenía y para asegurarle un final sin dolor, que era lo que más temía.

Estos días he observado mucho y he pensado mucho. Las personas nos ‘retratamos’ ante el dolor y la muerte, lo que decimos, lo que hacemos, cómo nos dirigimos al enfermo y a su entorno... Alrededor de la cama de mi tío se podían observar actitudes muy diferentes. Había quienes lo vivían en la lejanía, bien porque su relación no era muy estrecha o porque no veían a la muerte cara a cara. También había quien observaba con el miedo y la súplica del que sabe que su final no está muy lejano, y día a día firma una prórroga. El personal sanitario (desde el primer al último escalafón) le ha dispensado a él, y a los demás, un trato exquisito y atento, más allá de su deber profesional. También está la actitud de mi tía que ha llevado hasta las últimas consecuencias lo que en su día le prometió, “fidelidad... hasta que la muerte nos separe”. Hay quienes lloran, hay quienes no; hay quienes se quedan mudos y quienes se ven impelidos a una verborrea sin fin; hay quienes buscan el contacto con el enfermo y quienes lo evitan (no se sabe si por respeto, por miedo o por qué), etc.

¿Y cómo lo he afrontado yo? Ya he vivido varios procesos de enfermedad y muertes muy cercanas, y algunas muy recientes. En poco más de un año se ha muerto mi padre, mi mentor [post Un deber de gratitud], el bebé de unos amigos [post Acompañar en la muerte de un hijo] y ahora mi tío. Tengo la sensación de que en cada muerte se reviven todas las anteriores, lloras por todos tus muertos. Además, veo como poco a poco van ‘desapareciendo’ mis mayores, mis conexiones al pasado, a la infancia. Es ley de vida pero no por ello deja de ser duro. Y también me hace ver más cerca la enfermedad y la muerte, algo que cuando eres joven ni te planteas. Me hace enfrentarme al deterioro del cuerpo, a la pérdida de vitalidad, que cada vez viviré más en primera persona, y que cuesta asumir.

Pero no quiero acabar en un tono pesimista porque la muerte es la otra cara de la vida. Y creo que mi tío ha tenido una vida muy plena y con sentido a pesar de las dificultades. ¡Ha sido una suerte haberte conocido!

¿Cómo te relacionas tú con la enfermedad y la muerte?

sábado, 20 de julio de 2024

Construir un hogar con ladrillos emocionales

 


[Entrada publicada originalmente el 25.03.2009 en el Blog de Inteligencia Emocional de EITB, desaparecido el 01.07.2024]

Navegar sin naufragar por el mundo de las emociones requiere una brújula. Porque no basta con amar: hay que amar de forma incondicional. No basta con escuchar: hay que escuchar atentamente. No basta con llorar: hay que aprender a superar el dolor. No basta con intentar resolver los problemas de quienes amamos: hay que ayudarles a responsabilizarse y a sobreponerse a los obstáculos” (p. 15)

Todos los comportamientos no son aceptables, pero todas las emociones y los deseos lo son” (p.41)
Punset, Elsa (2008): Brújula para navegantes emocionales. Madrid: Aguilar

En estas líneas voy a compartir algunos de los aprendizajes que he obtenido de la lectura del libro de Elsa Punset, que me parecen básicos para la educación en el ámbito familiar.

Construir un hogar exige mucho más que los ladrillos, telas, materiales y muebles que tanto tiempo dedicamos a escoger. La clave del éxito de un hogar está en construir con buenos ladrillos emocionales, que nunca son fruto del azar y que no siempre conocemos ni manejamos.

En la adolescencia te pasas mucho tiempo diciendo que tal y tal cosa nunca las harás cuando tengas tu casa y tu familia. Y cuando llega el momento te ves repitiendo una y otra vez aquellas conductas que tanto rechazabas, junto con otras que veías como positivas. Hemos heredado patrones emocionales de nuestros progenitores, que tenían su sentido y explicación en unas circunstancias y en unas personas que no somos nosotros. Debemos “aprender a desaprender” dichos patrones y es posible porque, como demuestra la ciencia, la plasticidad del cerebro es muy grande. De esta manera podemos recuperar nuestra propia brújula emocional. Y lo podemos hacer a cualquier edad.

Una base esencial para las relaciones humanas, y más en el caso de adultos-niños, es la autenticidad por dos razones fundamentales: 

  • Porque ellos perciben a los demás de forma directa e intuitiva, ya que todavía no han aprendido a comunicarse desde el disimulo y la desconfianza.
  • Porque aprenden por imitación, consciente o inconsciente. Siempre me han hecho mucha gracia frases como: “cuando seas padre comerás huevos” o “haz lo que digo, no lo que hago”.

En la familia debemos educar en la solidaridad, tanto hacia dentro como hacia fuera de la misma. Los niños necesitan saber que los adultos se preocupan por ellos y por lo demás, y esto es algo que también se aprende por el ejemplo. Yo tengo grabado a fuego cientos de gestos que he visto en mi casa, ayudas desinteresadas y no siempre correspondidas.

Y siempre debemos tener presentes los obstáculos que dificultan la convivencia y la educación y cuyos efectos pueden ser muy dañinos y duraderos. A veces tenemos expectativas sobre el otro que no nos dejan ver quién es en realidad. También debemos tener cuidado de no humillar con burlas o comentarios aparentemente inofensivos. Debemos evitar las etiquetas, tanto negativas (“es que es muy torpe“) como las supuestamente positivas (“es siempre tan formal“), ya que dan una imagen rígida de la persona. Las comparaciones siempre son negativas y perjudiciales. ¡Cuántas veces comparamos a un hijo con otro, o con un primo, o con un compañero…! Y tampoco podemos olvidar que las críticas constantes debilitan el esfuerzo de las personas. El esfuerzo merece respeto y apoyo.

Teniendo en cuenta lo mencionado anteriormente podremos construir desde una base sólida unas relaciones sanas y de apoyo y crecimiento.

¿Y usted cómo construye su hogar?


domingo, 14 de julio de 2024

¿Qué has hecho hoy con el cucharón?


[Entrada publicada originalmente el 20.06.2008 en el Blog de Inteligencia Emocional de EITB, desaparecido el 01.07.2024]

La teoría del cucharón y el cubo

“Cada uno de nosotros posee su propio cubo. El cubo se llena o vacía permanentemente en función de lo que otros nos dicen o nos hacen. Cuando nuestro cubo está lleno, nos sentimos bastante bien; cuando está vacío, fatal.

Cada uno de nosotros dispone también de un cucharón. Cuando empleamos nuestro cucharón para llenar los cubos de los demás -siempre que hacemos o decimos algo que potencie sus emociones positivas- también estamos llenando nuestro propio cubo. Cuando utilizamos nuestro cucharón para vaciar los cubos de los demás -siempre que hacemos o decimos algo que merme sus emociones positivas- nos vaciamos nosotros mismos.

Igual que las copas llenas a rebosar, un cubo lleno nos proporciona una perspectiva positiva y energías renovadas. Cada gota del cubo nos fortalece y nos refuerza nuestro optimismo.

Sin embargo, un cubo vacío enturbia nuestra mirada, socava nuestra energía y debilita nuestra voluntad. Por eso, cuando alguien se dedica a vaciar nuestro cubo nos duele.

De esta manera cada día nos encontramos ante una disyuntiva: podemos llenar los cubos de los demás o podemos vaciarlos. Se trata de una elección fundamental, capaz de afectar profundamente nuestras relaciones, nuestra capacidad de trabajo, nuestra salud y nuestra felicidad”.

Acabo de leer Cómo potenciar tus emociones positivas ¿Está lleno tu cubo? [Rath, Tom y Clifton, Donald D.; Empresa Activa; Barcelona, 2008] y me ha cautivado esta sencilla teoría del cucharón y el cubo (p.15). Creo que todos tenemos experiencias que refrendan esta teoría.

Cómo cambia la actitud de una persona según los mensajes que recibe. Cuánto más fácil es cosechar amabilidad si uno la siembra. Creo que pocas cosas hay más irresistibles que una sonrisa. Yo lo tengo comprobado. Cuando le sonríes a alguien, casi siempre, recibes una sonrisa. Además, sonreír hace que tu actitud cambie. Cuando voy a dar una clase, a hablar con alguien que me resulta difícil o cuando hago una llamada telefónica me obligo a mí misma a sonreír. Esa actitud se transmite y la otra persona la capta, aunque no te vea. A veces, incluso sonrío por la calle a quien no conozco, al conductor que me deja pasar en el paso de cebra, a quien me sujeta una puerta, a los niños con los que me cruzo etc. ¡Quién sabe si esa es la única sonrisa que reciben en el día! Y aunque no lo sea, nunca recibimos demasiadas sonrisas ni demasiadas palabras amables.

Ayer mismo he tenido una experiencia muy agradable y mi cubo se ha llenado de forma importante. Mis hijos están a punto de acabar el curso y les he preparado a cada una de sus maestras una sencilla presentación de powerpoint con fotos de mis hijos y sus amigos en los distintos cursos en lo que les han dado clase, junto con un mensaje de agradecimiento. Ayer recibí un correo de una de ellas en la que me decía: “Con la sorpresa habéis conseguido emocionarme, me hace muchísima ilusión ver que os habéis molestado en prepararme una sorpresa, este tipo de detalles son los que hacen que vaya a trabajar con una sonrisa. Espero que de aquí en adelante todo os vaya genial, gracias de corazón”.

Una palabra, una gesto, una sonrisa, un mensaje son gotas que contribuyen a llenar tu cubo y el de los demás ¿A qué esperas para mandar tus gotas?



viernes, 12 de julio de 2024

“Hombres y mujeres son diferentes”: El cerebro femenino



[Entrada publicada originalmente el 24.03.2008 en el Blog de Inteligencia Emocional de EITB, desaparecido el 01.07.2024]

 “Pero yo pienso que es más práctico saber que sentimos diferente y comprender que lo que ellos hacen o dejan de hacer se debe, sencillamente, a que, como dice la canción, Men are different… Y nosotras también” Carmen Posadas.

Desde que leí El cerebro femenino de Louann Brizendine (Barcelona: RBA, 2007) estoy dándole vueltas a lo que ahí se decía. Siempre he pensado que hombres y mujeres, como reza la cita anterior, son muy diferentes por naturaleza. En estas líneas señalaré algunas de las ideas que más me han impactado. Debo empezar señalando que su lectura es muy agradable y recomendable tanto para mujeres como para hombres ya que ayuda a entender la biología innata de las primeras (y las implicaciones que dicha biología conlleva) y los cambios que se van sucediendo a lo largo de la vida de la mujer.

Louann Brizendine es una reconocida doctora norteamericana con más de 20 años de experiencia como neuropsiquiatra y fundadora de The Women's Mood & Hormone Clinic, centro que se dedica a la investigación y tratamiento de los cambios de humor, la ansiedad y las disfunciones sexuales asociadas a los niveles hormonales.

Históricamente a las mujeres se les ha atribuido menor inteligencia debido al menor tamaño de su cerebro. La anatomía cerebral ha demostrado que hombres y mujeres tienen el mismo promedio de inteligencia. Tienen un número similar de conexiones cerebrales, lo que ocurre es que en la mujer se concentran en un cerebro más pequeño y están repartidas de diferente forma. El cerebro femenino es más apto para la empatía y la captación de matices emocionales mientras que el masculino tiene más espacio dedicado al impulso sexual y centros más desarrollados para la acción y la agresividad. Dicho en palabras de la autora: “Mientras éstas tienen una autovía de ocho carriles y los hombres una carretera secundaria para procesar la emoción, los hombres cuentan con un aeropuerto como el O’Hare de Chicago para procesar ideas sexuales, mientras las mujeres sólo tienen el aeródromo de al lado donde aterrizan aviones pequeños y particulares” (p.113).

Es muy llamativa la gran influencia de las hormonas en las mujeres. Éstas crean una realidad femenina. En la mujer se dan más cambios a lo largo de la vida. Y en la etapa fértil los cambios están en función del ciclo menstrual. Este hecho me hace replantearme una afirmación masculina que siempre me ha molestado: “Déjala, estará con la regla”.  Está demostrado que las mujeres estamos más a merced de las hormonas.

 Una sugerente idea es que no hay cerebro unisex. Tanto la educación de género como la biología nos hacen lo que somos. Aunque hay que tener presente que la experiencia y las interacciones pueden cambiar el cableado cerebral. La autora también cuenta una ilustrativa anécdota: “Una de mis pacientes regaló a su hija de tres años y medio muchos juguetes unisex, entre ellos un vistoso coche rojo de bomberos en vez de una muñeca. La madre irrumpió en la habitación de la hija una tarde y la encontró acunando al vehículo en una manta de niño, meciéndolo y diciendo: 'No te preocupes, camioncito, todo irá bien'. Esto no es producto de la socialización. Aquella niña pequeña no acunaba a su 'camioncito' porque su entorno hubiera moldeado así su cerebro unisex. No existe un cerebro unisex. La niña nació con un cerebro femenino, que llegó completo con sus propios impulsos” (pp. 33-34).

Las niñas se interpretan en función de las interacciones con los demás. Desde muy pequeñas aprenden a leer las caras. Tienen mayor comunicación emocional. Las mujeres están programadas para mantener la armonía social. En tiempos esto fue una cuestión de supervivencia. “Muchas mujeres encuentran alivio biológico en compañía de otra; el lenguaje es el pegamento que conecta a las mujeres entre sí” (p. 58). No es así en los hombres y de ahí que muchas mujeres sufran por el diferente patrón de comunicación de sus parejas. También es diferente la reacción ante el conflicto y el estrés de las relaciones. Mientras que los hombres pueden incluso disfrutar con el conflicto, en las mujeres se desencadenan reacciones hormonales negativas.

Las mujeres han evolucionado hasta llorar con muchas más facilidad. Los hombres no se dan cuenta de que algo va mal hasta que ven llorar a una mujer. Esto se debe a que no saben leer de igual manera los rasgos emocionales.

Son muy interesantes los capítulos dedicados al amor y el sexo pero no los voy a comentar en este momento. En el libro va recorriendo por capítulos las diferentes etapas hormonales y cerebrales de la mujer. Aquí únicamente he destacado algunas ideas de dicho recorrido.

Para terminar diré que lo leído, confirma mi experiencia vital y de relación con los hombres y también con las mujeres. Ha hecho que me preocupe por  la ‘determinación’ que suponen las hormonas en las diferentes etapas de la vida. Y, sobre todo, me anima al conocimiento personal y del otro como vía para descubrir y potenciar las diferencias. Hombres y mujeres son diferentes... ¡y qué bien que lo sean!

Para profundizar más en le tema, les dejo una interesante entrevista realizada por Eduard Punset a Louann Brizendine.

¿Usted qué opina?

 

Bibliografía:


martes, 2 de julio de 2024

Inteligencia espiritual


[Entrada publicada originalmente el 11.05.2010 en el Blog de Inteligencia Emocional de EITB, desaparecido el 01.07.2024]

En estas líneas voy a compartir las enseñanzas que me llevé de la conferencia titulada “Inteligencia espiritual para un mundo nuevo”, impartida por Francesc Torralba el día 17 de febrero de 2010, enmarcada dentro del ciclo “¿Hacia una nueva era?” del Forum Deusto. El profesor Torralba es doctor tanto en Filosofía como en Teología; autor de numerosas publicaciones; actualmente es el director de la Cátedra Ethos de Ética Aplicada de la Universitat Ramon Llull. Inteligencia espiritual (Barcelona: Plataforma, 2010) es el título de su último libro.

¿Qué es la inteligencia espiritual? Howard Gardner al hablar de inteligencias múltiples (lingüística, lógico-matemática, espacial y visual, corporal-kinestésica, musical, interpersonal, intrapersonal, y naturalista) amplió el concepto tradicional de inteligencia. No basta con decir que alguien es inteligente, hay que matizar para qué es inteligente. Posteriormente Daniel Goleman popularizó, con gran eco incluso en el sistema educativo, el concepto de inteligencia emocional entendida como la capacidad de identificar emociones, expresarlas y canalizarlas (sobre todo las negativas, como pueden ser  los celos o el rencor) de modo que no nos dañemos a nosotros mismos o a otros. A principios del s.XXI Zohar y Marshall introducen el concepto inteligencia espiritual (con gran repercusión en el ámbito anglosajón, centroeuropeo, EE.UU. y Canadá) para referirse a la capacidad que tiene el ser humano de elaborar un tipo de preguntas que tienen que ver con el sentido último de la existencia y que no se explican con las otras inteligencias. Hay que matizar que estamos hablando de trascendencia, que no hay que identificarlo con una adscripción religiosa, con la pertenencia a un credo concreto. Además, esta necesidad universal que se puede canalizar de diferentes formas, permanece latente y sólo se desarrolla por interacción. Se puede hacer un símil con la capacidad lingüística. Aprendemos la lengua materna por mímesis. Empieza a articularse dependiendo de estímulos externos. Aprendemos a hablar porque tenemos capacidad para ello y porque nos han animado y estimulado a hacerlo. Por mucho que nuestra madre hubiera hablado a una piedra ésta nunca hablaría. También hay que indicar que este tipo de inteligencia no va asociado necesario a la instrucción; no es propio ni exclusivo de élites.

¿Cuáles son los poderes de la inteligencia espiritual? El profesor Torralba destacó cuatro. 1) La búsqueda del sentido. El ser humano quiere vivir una vida con sentido, con significado. Forma parte de la condición humana hacerse preguntas del tipo: ¿Qué hacemos aquí? ¿Para qué estamos? ¿Qué podemos esperar?; lo que no significa que tengamos respuesta o que sólo haya una. 2) La capacidad de distanciamiento. La inteligencia espiritual permite tomar distancia de la realidad (separarse sin separarse físicamente) para la crítica, para los actos libres, para el humor. El ser humano, a diferencia del animal que está atrapado en el medio, es capaz de tener un mundo propio. 3) El asombro. La experiencia de maravillarse, de pasmarse ante la realidad es propiamente humana, y puede ser provocada por la naturaleza, el arte, una composición musical, un rostro, etc. 4) El sentido de pertenencia al Todo. La autonomía personal está sacralizada. La persona espiritualmente inteligente capta aquello que está por encima de particularidades y singularidades; tiene la capacidad de sentirse uno con el gran Todo; lo que contribuye a desarrollar relaciones más armónicas. Los grandes maestros destacan por esto.

¿Cómo se cultiva la inteligencia espiritual? El profesor Torralba subrayó cuatro vías. 1) La práctica asidua de la soledad. La soledad buscada es un ámbito fundamental para plantearse preguntas; ahí es donde uno se tutea a sí mismo; donde se plantean temas como la vocación, la llamada, el proyecto de vida. El problema es que a veces genera sensación de vértigo (“¿qué hago yo aquí?”). 2) El ejercicio del filosofar, del pensar y dar que pensar. Cuando uno filosofa surgen los interrogantes, el asombro, una comprensión más profunda de las cosas, la conexión con uno mismo, etc. 3) Lo espiritual en el arte. Hay música que transporta, que por unos instantes te lleva muy lejos, te separa del mundo. Lo mismo ocurre con la contemplación a fondo de cualquier manifestación del arte; da qué pensar; no te deja en un estado neutro, te hace trascender. 4) La experiencia de fragilidad. Una situación crítica, la enfermedad, el envejecimiento, la muerte cercana despiertan la pregunta por el sentido, activan la inteligencia espiritual que no tiene por qué ser confesional.

¿Cuáles son los beneficios de la inteligencia espiritual? El profesor Torralba resaltó tres. 1) Profundidad en la mirada, frente al lamento muy extendido de la banalidad y la superficialidad; de la cultura de “usar y tirar”; del “zapping”, del salto continuo de un estímulo a otro porque la repetición aburre. 2) La autodeterminación, que tiene que ver con pensarse, con hacer de la vida un proyecto; y que exige esfuerzo, audacia de ir contracorriente, y la capacidad de relativizar el influjo ajeno. 3) La calidad de las relaciones. “Sólo se ve bien con el corazón; Lo esencial es invisible a los ojos” (Saint-Exupéry). La inteligencia espiritual tiene reflejo en las relaciones sociales. Ayuda a superar la mirada centrada en lo externo; busca lo esencial en las relaciones; se refleja en la conversaciones, se expresa en palabras; supera los tópicos y las habladurías.

¿Y qué ocurre cuando la inteligencia espiritual está atrofiada? Quizá la consecuencia más grave es el vacío existencial, la carencia de sentido, que puede derivar en vandalismo, violencia, formas inadecuadas de evasión, conductas autodestructivas, adicciones, etc. Los grandes creadores y los grandes maestros son personas con una intensa vida espiritual que se refleja en las obras. Lo que dejamos a las generaciones futuras tiene que ver con el cultivo de la inteligencia espiritual.

Acabaré con el comentario que el profesor Torralba hizo ante una pregunta. En su opinión, el gran error del sistema educativo, y no es sólo propio de nuestro contexto, es que considera que el ser humano es tridimensional: es bio, es psico (aspectos mentales y emocionales) y es social ¿Y la dimensión espiritual?

¿Y usted qué opina?

lunes, 22 de enero de 2024

Las amigas te salvan


[He publicado esta entrada el 22.01.2024 en el Blog de Inteligencia Emocional de Eitb-desaparecido el 01.07.2024]

Recientemente he visto una película, Las chicas están bien (Elastica Films, 2023), que, una vez más, me ha recordado uno de los mejores activos de mi vida: mis amigas. Aunque son muchas mis personas refugio —mi marido, mis hijos, mis mayores, mis hermanas, mis amigos…—, esas personas que te hacen sentir en casa, que te conectan con aprendizajes importantes de tu vida, algunas presentes otras ya en otra dimensión, hoy me voy a centrar en las amigas, esas hermanas que he elegido para mi camino. Con las amigas compartes confidencias como las que se ven en la mencionada película: “Cuando tienes un hijo es como que haces un pacto con la vida, como que no te puedes morir”. Las amigas te salvan de malas experiencias, malas compañías e incluso de ti misma. Te conectan y te reconectan.

“La amistad se diferencia de otras relaciones interpersonales por ser un descubrimiento inesperado, gratuito. Los amigos no nos vienen dados, pero llegan a formar parte de nosotros: no seríamos los mismos sin ellos. Establecen el espacio y el tiempo de nuestras coordenadas existenciales” (Alonso-Stuyck, 2020). Las amigan son la mayor serendipia (“hallazgo valioso que se produce de manera accidental o casual”, RAE, 2023).

Katz (2023), nos recuerda tres lecciones de Aristóteles sobre la amistad: 1. La amistad es recíproca y reconocida. Sin embargo, hoy en día, por efecto de las redes sociales, parece más difícil distinguir las amistades de las relaciones parasociales. 2. Existen tres tipos de amistad. “La amistad basada en la utilidad, la amistad basada en el placer y la amistad basada en el carácter. Cada una surge de lo que se valora en el amigo: su utilidad, el placer de su compañía o su buen carácter”; el última tipo es el más elevado. 3. La amistad es como estar en forma, hay que ejercitarse. La amistad se construye y se fortalece compartiendo tiempo y vida, aunque no estemos físicamente juntas.

Holst (2023) nos da otra clave importante, aprendida de otro autor clásico: “Sócrates llegó a la conclusión de que los que son iguales no tienen nada que aportarse el uno al otro. Si son idénticos, difícilmente serán buenos amigos. En el polo opuesto, los que no se parecen en nada tampoco tienen nada en común y, por lo tanto, no son candidatos para formar una buena amistad”. Ni muy parecidas ni muy diferentes… así son las buenas amigas.

Como señala el conocido psicólogo Robin Dunbar, la amistades entre hombres y mujeres son diferentes: “Se diferencian principalmente en cuanto a la intensidad de sus relaciones. Las amistades entre mujeres suelen ser mucho más intensas emocionalmente, lo que las hace más diádicas (dos personas que terminan vinculándose muy estrechamente). (…) Para las mujeres es más importante quién eres como persona y no qué eres. (…) Los hombres no hablan tanto de emociones, suelen relacionarse en torno a actividades, a diferencia de las mujeres que expresan sentimientos. Por eso las mujeres suelen tener amistades de mayor calidad. (…) Los hombres crean lazos de amistad a través de la risa, mientras las mujeres lo hacen en torno a conversaciones y emociones”.

Para terminar el estribillo de una canción, Amiga, de una artista que me hace vibrar con sus canciones, Rozalén:

“Amiga mía

Qué suerte tenerte

Los amores van y vienen

Pero lo nuestro es para siempre

Amiga mía

Qué bonito es quererte

Aunque cambie todo en este mundo

Brindaremos hasta la muerte”

Brindo por mis amigas, aquí, ahora y siempre… ¡Por vosotras! ¡Gracias por lo compartido, lo vivido y lo que está por vivir!


Referencias

jueves, 23 de noviembre de 2023

El Poder de la escucha

 


[He publicado esta entrada el 23.11.2023 en el Blog de Inteligencia Emocional de Eitb-desaparecido el 01.07.2024]

A principios de noviembre asistí a un taller que me cautivó por el título, "El Poder de la escucha". Además, conocía al ponente, Eugenio Ibarzabal, y eso también lo hacía atractivo. Mis expectativas fueron superadas. Compartiré aquí las principales ideas.

Hoy en día la comunicación se considera una herramienta instrumental básica. Esta herramienta implica aprender a escuchar, aprender a hablar y aprender a escribir. La escucha es un previo sin el cual difícilmente se pueden desarrollar las demás. Existen muchos cursos de oratoria, hablar bien se considera importante. Escuchar se ve como algo de segundo nivel… Y es fundamental.

Las enseñanzas impartidas por Eugenio parten de su propia vida y experiencia: “Escuchar me ha cambiado la vida”, reconociendo que a veces es una ‘pelmada’ y que también es necesario protegerse. El punto de partida del taller fue una invitación a echar la vista atrás y recordar cuándo me he sentido escuchado, escuchada; en quién pienso si tengo que compartir algún tema importante… Seguramente será una persona callada, que sonríe, que no aconseja… Otra premisa importante: nos hablaba para que cada persona asistente mejorara su escucha, lo que no quiere decir que la demás personas te vayan a escuchar a ti. Lo que tenemos que tener siempre presente, y tenemos que hacérselo notar, es que la protagonista, la importante, es la otra persona.

¿Por dónde empiezo? (especialmente si es a alguien o un tema difícil). Hay que empezar por elegir bien el lugar. Lo mejor es salir del escenario habitual, del lugar en el que transcurre nuestra relación. Es importante conocer el espacio en el que nos vamos a encontrar. Hay que tener en cuenta que tenemos que contar con el tiempo suficiente (dos grandes dificultades para la escucha son la falta de tiempo y el ego, sobre esto volveremos). ¿Cómo convoco a la persona? Lo mejor es que la otra persona ‘colabore’ en la convocatoria, que sea una convocatoria ‘conjunta’. “¿Podríamos hablar en algún momento?” es muy diferente de “Tú y yo tenemos que hablar”. Otras frases podrían ser: “Tenemos un tema, me gustaría saber qué piensas”, “Me interesas, me interesa saber lo que piensas”.  Eugenio compartió una imagen muy potente para él: do personas en un coche, mirando la carretera, sin prisa… parece que tienen el mismo objetivo. Hay que intentar no dar mucha solemnidad a la cita, que forme parte de una normalidad, así se rebajan el miedo y la tensión.

¿Cómo me preparo? La mejor forma es visualizando el encuentro. Es una técnica muy utilizada por deportistas de élite. Me vino a la mente una entrevista fantástica a Enhamed Enhamed, un medallista paraolímpico, que utiliza esta técnica.  Podemos visualizar la conversación, cómo me siento, cómo permanezco en silencio, etc. De esta forma se viven las dificultades anticipadamente. Lo peor que nos puede pasar es tener miedo al miedo. “¡Vívelo, pruébate sin riesgo!”, nos decía Eugenio. Personalmente es una técnica que utilizo y recomiendo. Recuerdo especialmente el día anterior a la defensa de mi tesis doctoral en la que repasé la presentación y ‘viví’ por anticipado el evento… ¡Una experiencia muy recomendable!

¿Cómo empiezo el proceso de escucha? Conviene no ir directamente al grano, empezar por una pregunta general. Un tema relativamente amable es preguntar por la familia. No te has metido en el tema, pero sí en la otra persona. Lo único que pretendes es generar confianza, o superar la desconfianza inicial. A la otra persona le tiene que quedar claro que no le vas a hacer daño y que te interesa. Funciona bien mimetizarse, acompasarse, con la otra persona. Si se mueve un poco, yo también. Si cambia de posición, yo también. [Mensaje: estoy pendiente de lo que me dices, me acomodo]. Tema de la respiración: Puedes llevar una reunión según cómo respires. Se puede conseguir que dos personas respiren acompasadamente. En un momento dado una pregunta que da buenos resultados es: “¿Y tú qué tal estás?”. Seguramente se dará un silencio, levantará a mirada, la dirigirá a la izquierda, puede que resuma alguna información que te ha dado antes. Con esto lo que se trata es de borrar esquemas previos. A lo largo del proceso es importante repetir, contrastar, confirmar, pero no discutir.  [Mensaje: Lo que estás contando me interesa y quiero entenderlo bien; disculpamos los errores, pero no que se aprovechen los malentendidos]. Vamos invirtiendo en confianza, se trata de crear un entorno seguro [Mensaje: tranquilo/tranquila, nadie te va a hacer daño]; es mucho más que guardar confidencialidad. Puede que la persona repita varias veces la misma idea (normalmente si la persona está abrumada o preocupada se puede liar, entremezclar cosas, etc.). Quien escucha puede ayudar a desbrozar, lo que puede ser un gran apoyo. Tú tes vas aclarando y a la otra persona le puede dar luz.

¿Qué pasa con el ego? [Ya hemos dicho que es uno de los enemigos de la escucha]. Va a haber ocasiones en las que el ego te va a estallar, vas a querer intervenir, puedes tener la tentación de interrumpir (y no para contrastar o confirmar). Cada uno tiene que desarrollar su propio mecanismo para no intervenir. Eugenio se dice a sí mismo, a modo de jaculatoria: “¡Cállate!”. Hay quien se agarra a la silla, o aprieta los pies… La escucha no va de dar soluciones. Una muestra de una buena escucha es que se generan silencios.

¿Y si la otra persona nos pide opinión? Darla a partir de los datos, los valore y las palabras de la otra persona. Puedes darte tiempo para responder [si dices que le vas a dar una opinión se la tienes que dar]. Pueden ayudar frases como: “No sé qué decirte. Lo único que se me ocurre es lo que no haría [y dices qué]”, “Me llama la atención… [y utilizas sus palabras]”. Como estás fuera de la situación tienes otra perspectiva y puedes ayudar a la persona a dar importancia a cosas que no veía. 

La importancia de hacer buenas preguntas. “Todos tenemos un límite de intimidad que no queremos sobrepasar. Hay un fondo que no queremos desvelar, un fondo que, sin embargo, explica buena parte del origen del problema y, en ocasiones, también cómo podríamos encaminarnos hacia una posible solución. Si en ese momento haces a quien está escuchando esa pregunta bien formulada y clave, la persona que ha llevado el proceso conforme hemos señalado, inevitablemente, lo quiera o no, dará el paso y contestará, desvelando lo que no tenía, hasta ese momento, la menor intención de desvelar. Ésa es, al menos, mi experiencia” (Ibarzabal, 2022: 162).

NOTA- Estas enseñanzas se pueden utilizar para lo bueno y para lo malo. Aquí se ofrecen como pautas para escuchar mejor, para comprender a la otra persona, para romper preconceptos.

Os invito a conocer al marido de la inglesa que vivía en la casa del danés (Gestion2000Editorial, 2022)…

“Porque escuchar nos da la posibilidad de abrirnos, de olvidarnos de nosotros mismos, de empezar nuevas vidas, de conocer otros parajes, otras profesiones, otras historias, otros platos de cocina, atrapar realidades en lugar de vientos, aprovechar todo eso que tenemos delante y que ha estado a punto de pasar ante nosotros sin que disfrutemos de ello.

Es vida que se nos ofrece para que la vivamos. Basta con pararse y escuchar.

Y puede ocurrir a cada momento” (Ibarzabal, 2022: 186).

 

Referencias

  • Aranzazu Echaniz Barrondo (2019, 5 noviembre). Extracto Visualización Enhamed Enhamed [archivo de vídeo] https://www.youtube.com/watch?v=kxV1Kdq5X3s
  • Gestion2000Editorial (2022, 11 mayo). El marido de la inglesa que vivía en casa del danés - Eugenio Ibarzabal [archivo de vídeo]. https://www.youtube.com/watch?v=9IXWn3RjlSA
  • Ibarzabal, Eugenio (2022). El marido de la inglesa que vivía en la casa del danés. Una historia sobre el poder de la escucha. Barcelona: Gestión 2000.