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martes, 24 de enero de 2017

Sobre los diamantes en bruto: el Efecto Pigmalión


[He publicado esta entrada en el Blog Aprender a Enseñar de la UD el 24.01.2017]

Soy una firme convencida del Efecto Pigmalión, que habla sobre el poder que tienen las expectativas que otros tienen sobre nosotros, las profecías que se autocumplen (tanto positivas como negativas). De hecho, elegí como nombre de mi blog personal… “Querer es poder… Creer es crear” porque ese es mi lema. “Possunt quia posse videntur” [Pueden los que creen que pueden], que dicen los versos de Virgilio en la Eneida.
No hace mucho leía un artículo en el que se hablaba sobre uno de los proyectos galardonados en la XXXI edición de los Premios Francisco Giner de los Ríos a la Mejora de la Calidad Educativa (convocados por el Ministerio de Educación y la Fundación BBVA), el Proyecto Guillén.  Este proyecto es un gran ejemplo de cómo funciona el Efecto Pigmalión.
El proyecto se desarrolló en el Colegio Minte de Monzón (Huesca) a lo largo del curso 2014/2015. Guillén, un alumno de cuarto de Primaria, no pudo iniciar el curso debido a un tratamiento prolongado en el hospital que le iba a mantener fuera del aula durante siete meses. El proyecto fue impulsado por el tutor, Javier Enrique Mur Isaiz, y consiguió involucrar a los compañeros y compañeras de Guillén para que recibiese apoyo emocional y todo lo necesario para no perder el curso (17 vídeos y más de 50 documentos). El proyecto tuvo resultados en diversos ámbitos: emocional, cognitivo, informativo, creativo, de motivación al aprendizaje, cooperativo, responsabilidad, social/interacción.
En mi opinión este profesor creyó en Guillén y en todos sus compañeros y compañeras; y supo transmitirles que era posible, que todos tenían capacidad para ayudar a su compañero y ejercer de profesores y así conseguir que Guillén no perdiera el curso y se sintiera arropado. Estoy segura de que también supuso un apoyo importante para la familia de Guillén que estaba viviendo una situación difícil. El tutor no optó por la vía más sencilla, que hubiera sido mandarles los materiales y temas a la familia, sino por el compromiso con su alumnado y la apuesta por el desarrollo. Además, este proyecto no fue bueno sólo para Guillén sino que supuso muchos aprendizajes para todos (alumnado, profesorado, familias, etc.). Este tutor supo ver más allá de lo que su alumnado era, vio los diamantes en la roca… Sólo tuvo que ayudar a pulirlos.
Todas las personas nos merecemos que nos traten no como lo que somos sino como lo que podemos llegar a ser. Es la única vía para crecer. Todos recordamos con cariño y admiración a esa persona (o si se tiene mucha suerte, personas) que nos ayudó a ser lo que somos, que nos hizo dar más de nosotros mismos, que supuso el ‘empujón’ que necesitábamos… Y esto no ocurre sólo en la infancia. El efecto Pigmalión se puede dar a cualquier edad. En la universidad el profesorado también podemos suponer un cambio en la vida de las personas, también podemos descubrir diamantes en bruto. Pero atentos… He comentado que también funciona en negativo. Hay una práctica que los educadores debemos desterrar y es el hacer comentarios del tipo: “ya verás, el curso X es el peor que hemos tenido en años”, “en esa clase no se salva nadie”, “fulanito/a es un estudiante horrible, no sé cómo ha llegado hasta aquí”… Suelo dar cursos de formación continua y una de las personas que los organiza me suele preguntar qué tal con el grupo y después de contestarle me responde: “tú siempre dices que es un grupo muy bueno”. Y así es, siempre tomo la opción de ver el potencial que tiene el grupo, más allá de las situaciones y de las personas… Y siempre acierto…
Me gustaría acabar, a modo de invitación, con un extracto de una entrevista a César Bona, uno de los 50 finalistas para el Global Teacher Prize de 2015: “El maestro tiene que ser cada día un ejemplo para sus alumnosdebe ofrecer su mejor versión para así obtener lo mejor de los niños [o de los adultos, añadiría yo]. El profesorado tiene que ser el primero en dar el máximo y no poner como excusa de sus posibles limitaciones al sistema. Los docentes somos los primeros en ponernos límites”.

viernes, 4 de noviembre de 2016

Corre. Vuela. No te detengas.

[He publicado esta entrada el 04.11.2016 en el Blog de Inteligencia Emocional de Eitb-desaparecido el 01.07.2024]


El título de esta entrada es el lema del anuncio “El Efecto Pigmalión” de Divina Pastora Seguros ganador de un Bronce en publicidad, en el apartado spots, en la edición de 2016 de los Premios Laus (se puede ver al final). Soy una firme convencida de la fuerza del efecto Pigmalión. De hecho, tengo un lema que trato hacer realidad en mí y en otras personas: “Querer es poder… Creer es crear”. Se suele hablar de este efecto también como las profecías que se autocumplen. “Las profecías tienden a realizarse cuando hay un fuerte deseo que las impulsa. Del mismo modo que el miedo tiende a provocar que se produzca lo que se teme, la confianza en uno mismo, aunque sea contagiada por un tercero, puede darnos alas” (Alex Rovira). Me gusta mucho cómo acaba el artículo “Algunas curiosidades sobre el anuncio”: “Ya sabes, haz tuyo el efecto Pigmalión y cambia lo ‘imposible’ por ‘lo posible’ y el ‘Nunca lo intentes’ por ‘No te detengas’”.

Recientemente mi hijo mayor, Xabier, ha cumplido 18 años y estoy dándole muchas vueltas al efecto Pigmalión. Es un gran lema ahora que legalmente ha alcanzado la vida adulta el “corre, vuela, no te detengas”… mi gran duda es si ese es el mensaje que le he trasmitido a lo largo de todos los años anteriores… Sí que soy consciente de que cada vez que me decía cosas como “¿soy un payaso ama?”, le respondía: “No cariño, no eres un payaso… A veces haces tonterías y las haces muy bien…”. En uno de los roles más importantes de nuestra vida, el de padres y madres, en ocasiones no caemos en la cuenta del poder que tienen nuestras palabras sobre esas personitas que aprenden de nosotros como esponjas y que harían cualquier cosa por no decepcionarnos (independientemente de que lo que esperemos sea positivo o negativo).

El otro día presencié una escena en la entrada del supermercado que me removió profundamente. Estuve a punto de intervenir pero dudé de si sería una buena idea y no lo hice. Pensé que igual empeoraría la situación. En las taquillas que hay en la entrada para guardar las bolsas estaban una madre y un hijo de unos 14 años. El niño tropezó con la madre y ésta se hizo daño. De repente, con la cara invadida por la ira, la madre le empezó a gritar: “qué torpe eres; mira que eres inútil, cómo se puede ser tan idiota…”. No soy quién para juzgar a esa madre pero sí puedo afirmar que esa comunicación no fue adecuada, que ese no es un buen mensaje para un hijo (y menos en público). La cara del niño lo decía todo… una mezcla de vergüenza, resignación y, sobre todo, dolor… Qué fácil es herir a alguien, minarle su autoestima y qué difícil reparar ese daño. Me recordó una historia que solemos contar en nuestros cursos, El papel arrugado:

“Contaba un predicador que, cuando era niño, su carácter impulsivo lo hacía estallar en cólera a la menor provocación. Luego de que sucedía, casi siempre se sentía avergonzado y batallaba por pedir excusas a quien había ofendido.

Un día su maestro, que lo vio dando justificaciones después de una explosión de ira a uno de sus compañeros de clase, lo llevó al salón, le entregó una hoja de papel lisa y le dijo:
     ¡Arrúgalo! —El muchacho, no sin cierta sorpresa, obedeció e hizo con el papel una bolita.
     Ahora —volvió a decirle el maestro— déjalo como estaba antes.

Por supuesto que no pudo dejarlo como estaba. Por más que trataba, el papel siempre permanecía lleno de pliegues y de arrugas. Entonces el maestro remató diciendo:
     El corazón de las personas es como ese papel. La huella que dejas con tu ofensa será tan difícil de borrar como esas arrugas y esos pliegues”.

Una vez abierta la herida de poco sirve decir “lo siento”, “no sabía lo que decía”, “me he descontrolado”, “me he dejado llevar”, etc. Esa herida deja cicatriz y esa cicatriz es más profunda cuando la herida nos viene de alguien muy querido o relevante para nosotros. Y no debemos olvidar tampoco que muchas veces las heridas nos las causamos nosotros mismos. A veces somos quienes nos decimos las cosas más terribles, quienes nos ponemos los mayores obstáculos… Nos debería saltar una alarma cada vez que nos decimos cosas como: “qué tonta soy”, “qué inútil”, “no puedo ser más torpe”, “¿cómo puedo ser tan despistada?”, etc.

En este contexto es relevante también hablar de los mentores. Mentor es un personaje de la mitología griega, el consejero de Telémaco en la Odisea. Si acudimos al diccionario de la RAE las dos primeras acepciones son: 1) m. y f. Consejero o guía; 2) m. y f. Maestro, padrino. La mayoría de las personas que ejercen liderazgo o que han alcanzado posiciones de poder suelen relatar que en su vida han tenido uno o varios mentores; han encontrado personas que les han ayudado, sabiéndolo o no, a dar lo mejor de sí mismas. Cualquiera de nosotros puede ser un mentor para otra persona y hacer una diferencia en su vida; para ello es necesario ver no lo que la otra persona es sino lo que puede llegar a ser. Todos podemos contribuir a mejorar la autoestima de otra persona. Lo importante, como señala este interesante vídeo, es dar el mayor número de fichas de póquer posible y quitar sólo aquellas que sea necesario…

En una entrevista César Bona, uno de los 50 finalistas para el Global Teacher Prize de 2015 (considerado el Nobel del profesorado), señalaba: “Los niños no son solo los adultos del mañana: son habitantes del presente. Subestimamos constantemente a los niños y su creatividad, pero todos tienen un talento; solo hay que saber abrir la puerta para que lo saquen. Y ahí es donde intervenimos los maestros, viendo lo que los demás son incapaces de ver”. Esta afirmación es válida no sólo para los niños. Todas las personas tenemos uno o varios talentos. Y es misión de todo educador ayudar a aflorar dichos talentos, no sólo de los educadores de edades más tempranas, y no sólo en el ámbito escolar sino en todos los de nuestra vida.

Ojalá seamos capaces de animar e impulsar a avanzar a las personas con las que nos relacionamos. Ojalá de nuestros labios salga el “corre, vuela, no te detengas” que haga al otro dar lo mejor de sí mismo.

lunes, 19 de septiembre de 2016

Hambre y sed de conocimiento


El pasado sábado asistí a una reunión de educadores preocupados por la transmisión de valores y un ejercicio responsable de la profesión. El texto que reproduzco nos sirvió de base para la reflexión. Compartiré aquí algunas ideas que me suscitó.

"Medio pan y un libro" Alocución de Federico García Lorca al pueblo de Fuente Vaqueros (Granada) en septiembre de 1931, al inaugurar la biblioteca. (Fuente original)

"Cuando alguien va al teatro, a un concierto o a una fiesta de cualquier índole que sea, si la fiesta es de su agrado, recuerda inmediatamente y lamenta que las personas que él quiere no se encuentren allí. «Lo que le gustaría esto a mi hermana, a mi padre», piensa, y no goza ya del espectáculo sino a través de una leve melancolía. Ésta es la melancolía que yo siento, no por la gente de mi casa, que sería pequeño y ruin, sino por todas las criaturas que por falta de medios y por desgracia suya no gozan del supremo bien de la belleza que es vida y es bondad y es serenidad y es pasión.

Por eso no tengo nunca un libro, porque regalo cuantos compro, que son infinitos, y por eso estoy aquí honrado y contento de inaugurar esta biblioteca del pueblo, la primera seguramente en toda la provincia de Granada.

No sólo de pan vive el hombre. Yo, si tuviera hambre y estuviera desvalido en la calle no pediría un pan; sino que pediría medio pan y un libro. Y yo ataco desde aquí violentamente a los que solamente hablan de reivindicaciones económicas sin nombrar jamás las reivindicaciones culturales que es lo que los pueblos piden a gritos. Bien está que todos los hombres coman, pero que todos los hombres sepan. Que gocen todos los frutos del espíritu humano porque lo contrario es convertirlos en máquinas al servicio de Estado, es convertirlos en esclavos de una terrible organización social.

Yo tengo mucha más lástima de un hombre que quiere saber y no puede, que de un hambriento. Porque un hambriento puede calmar su hambre fácilmente con un pedazo de pan o con unas frutas, pero un hombre que tiene ansia de saber y no tiene medios, sufre una terrible agonía porque son libros, libros, muchos libros los que necesita y ¿dónde están esos libros?

¡Libros! ¡Libros! Hace aquí una palabra mágica que equivale a decir: «amor, amor», y que debían los pueblos pedir como piden pan o como anhelan la lluvia para sus sementeras. Cuando el insigne escritor ruso Fedor Dostoyevsky, padre de la revolución rusa mucho más que Lenin, estaba prisionero en la Siberia, alejado del mundo, entre cuatro paredes y cercado por desoladas llanuras de nieve infinita; y pedía socorro en carta a su lejana familia, sólo decía: «¡Enviadme libros, libros, muchos libros para que mi alma no muera!». Tenía frío y no pedía fuego, tenía terrible sed y no pedía agua: pedía libros, es decir, horizontes, es decir, escaleras para subir la cumbre del espíritu y del corazón. Porque la agonía física, biológica, natural, de un cuerpo por hambre, sed o frío, dura poco, muy poco, pero la agonía del alma insatisfecha dura toda la vida.

Ya ha dicho el gran Menéndez Pidal, uno de los sabios más verdaderos de Europa, que el lema de la República debe ser: «Cultura». Cultura porque sólo a través de ella se pueden resolver los problemas en que hoy se debate el pueblo lleno de fe, pero falto de luz".

Mi primera impresión es que este texto, de casi cien años, no ha perdido ni fuerza ni validez. A día de hoy yo cambiaría ligeramente la última frase: Cultura porque sólo a través de ella se pueden resolver los problemas en que hoy se debate la humanidad llena de información, pero falta de luz.  Tenemos mucha información, casi demasiada, pero eso no se traduce ni en conocimiento ni en sabiduría. Nuestra juventud, y hablo desde mi experiencia como profesora universitaria, es capaz de buscar información con mucha facilidad pero se limita al “copia/pega”. Le cuesta integrar, elaborar, relacionar… hacer una lectura crítica de la información. ¿Para qué sirve entonces la información? ¿No será para sustentar la quimera de que somos libres y autónomos? Además, ¿quién crea la información? ¿quién la maneja? ¿nos llega toda la información o sólo una parte? Hay una cita de Maximilien Robespierre, quien fuera uno de los líderes de la Revolución Francesa, que resulta muy oportuna: “El secreto de la libertad radica en educar a las personas, mientras que el secreto de la tiranía está en mantenerlos ignorantes”. Educar personas, que no adoctrinarlas, lo que supone ayudarles a pensar y decidir por sí mismas. Podríamos entrar aquí, pero no lo voy a hacer, en las nefastas consecuencias que puede tener en el aprender a pensar la eliminación de la Filosofía en 2º de Bachillerato (véase este artículo).

En su intervención en el acto de Apertura del Curso 2016‐2017 el 15 de septiembre de 2016 en la Universidad de Deusto (Bilbao), nuestro Rector, José María Guibert sj, pronunció unas palabras que me parecen muy sugerentes para todas las personas que participamos en la misión de la universidad: “Si nos fijamos en esa primera misión de la universidad, la docencia‐aprendizaje, hemos de afirmar que un criterio real de evaluación de las universidades está en lo que los estudiantes lleguen a ser y lo que hacen con sus vidas. Esto pone el foco no sólo en el campo intelectual o profesional, sino también en el humano, moral y espiritual, yendo más allá del dinero, la fama, el empleo o el éxito. La universidad no es responsable de las decisiones que toman sus alumnos en el ejercicio de su libertad, pero ha de esforzarse en evaluar el impacto de lo que realiza”. Como educadores estamos implicados en lo que los estudiantes hagan en y con su vida. Ellos decidirán pero a nosotros nos toca plantar algunas semillas. Y dos semillas fundamentales son el amor al conocimiento y la búsqueda de la verdad. Cabe aquí recordar el lema de la Universidad de Deusto: “Sapientia melio auro” (La sabiduría es mejor que el oro).

Las primeras palabras de la introducción del Código deontológico de la profesión docente nos señalan a los educadores el horizonte y razón de ser de nuestro ejercicio: “La educación tiene por objeto lograr el máximo desarrollo de las facultades intelectuales, físicas y emocionales de las nuevas generaciones, y al propio tiempo permitirles adquirir los elementos esenciales de la cultura humana. Tiene por tanto una doble dimensión, individual y social, íntimamente entrelazadas, cuyo cultivo constituye la base de una vida satisfactoria y enriquecedora”. Tenemos que tener presente que a cada uno nos corresponde contribuir a esto desde nuestras disciplinas. Debemos ayudar a ampliar la mente de nuestro alumnado pero eso exige que nosotros también tengamos la mente abierta, que mantengamos vivas las semillas que hemos mencionado que debemos plantar. Algo con lo que los educadores debemos tener mucho cuidado son los prejuicios, ya que son una barrera difícil de salvar en la búsqueda de la verdad y el acercamiento y descubrimiento del otro. Deberíamos tener siempre muy presente el Efecto Pigmalión (inicié la andadura de este blog aludiendo a él). Nunca deberíamos tratar a las personas como lo que son sino como lo que pueden llegar a ser. Cada persona es un mar infinito de posibilidades… y la cultura puede abrir horizontes y puertas que no tienen marcha atrás…

Para terminar unas palabras del gran filósofo Bertrand Russell (quien fuera Premio Nobel de Literatura en 1950).



viernes, 29 de noviembre de 2013

Gracias maestros y maestras!!!!!!!!!!!!!



A raíz de la entrada anterior he vuelto a leer un libro que es "una lección de la vida, de la muerte y del amor", Martes con mi viejo profesor. En él se narra el reencuentro de un profesor y un alumno al que no ve desde hacía 16 años con ocasión de la fase final de la enfermedad del profesor, ELA (esclerosis lateral amiotrófica). En sus encuentros semanales van intercambiando ideas sobre temas diversos como el amor, el dinero, los valores, la familia, etc. Hay diálogos que son preciosos, como el que reproduzco a continuación (p.69):

-Mitch, me preguntaste por qué me preocupaba de personas a las que ni siquiera conozco. Pero ¿quieres que te diga lo que más estoy aprendiendo con esta enfermedad?
-¿Qué es?
-Que lo más importante de la vida es aprender a dar amor y a dejarlo entrar.
Su voz se redujo a un susurro.
-Dejarlo entrar. Creemos que no nos merecemos el amor, creemos que si lo dejamos entrar nos volveremos demasiado blandos. Pero un hombre sabio que se llamaba Levine lo expresó certeramente. Dijo: "El amor es el único acto racional".

Me quedo con la conclusión que Albom extrae al final del libro, y que es el gran aprendizaje del reencuentro (p.215): "¿Has tenido realmente alguna vez un maestro? ¿Un maestro que te viera como algo en bruto pero precioso, como una joya que, con sabiduría, podía pulirse para darle un brillo imponente? Si tienes la suerte suficiente para encontrar el camino que conduce a maestros así, siempre encontrarás el camino para volver a ellos. A veces, sólo está en tu cabeza. A veces está junto a sus lechos". Yo he tenido la suerte de encontrarme personas así, incluso algunas que probablemente sin saberlo, me han enseñado mucho, me han hecho abrir lo ojos, o me han dado el empujón que necesitaba. Dicen que cuando el alumno está preparado aparece el maestro. Por eso no puedo menos que decir...

¡Gracias a todos y cada uno de los maestros y maestras que me he encontrado en la vida y a los que están por venir!

Bibliografía:

  • Albom, Mitch (1998): Martes con mi viejo profesor. Una lección de la vida, de la muerte y del amor. Madrid: Maeva.
 


miércoles, 26 de junio de 2013

Sobre el amor a esos locos bajitos


...El amor sólo da de sí y nada recibe sino de sí mismo.
El amor no posee, y no quiere ser poseído.
Porque al amor le basta con el amor...
(Extracto de "Sobre el amor", El profeta, Khalil Gibran)


Quien tiene en su vida un adolescente en plena ebullición sabe perfectamente lo que es una montaña rusa emocional, porque lo ve reflejado en la persona que tiene delante (mi hijo mayor en este caso); porque se deja arrastrar por ese vaivén; porque se contagia; porque evoca recuerdos de épocas pretéritas que no necesariamente fueron más felices...

Llevo unos días pensando en una conversación que tuvimos después de una bronca como sólo se puede tener con un 'clon' con un carácter muy parecido al tuyo...
- Ama ¿me quieres?
- Claro, cariño
- Ama ¿confías en mí?
- Por supuesto, cariño
- Ama ¿crees en mí? ¿tienes esperanza en mí?
- No lo dudes, cariño, lo único que pierdo a veces es la paciencia...

Después de mucho darle vueltas me doy cuenta de que en esa conversación hay un grito de ayuda, de petición de comprensión, de necesidad de sentirse querido y aceptado tal y como es... En un momento de cambio importante, en un momento en el que, como él mismo dice, "no me aguanto ni yo" es fundamental sentirse  amado incondicionalmente. Y qué difícil ver que no siempre usa bien la libertad; que no siempre asume su responsabilidad; que te reta constantemente; que, en definitiva, no actúa como tú crees que debería hacerlo (convicción ganada con un buen número de equivocaciones a tus espaldas...).

Te dedico estas palabras a ti, que ya no eres bajito, y que apuntas a ser un hombre hecho y derecho, un hombre bueno... No podré evitarte errores y sufrimientos pero ahí estaré siempre... Como tú dirías, sin más... Te quiero Xabi!








lunes, 10 de junio de 2013

Efecto Pigmalión

Empiezo hoy una aventura que hace tiempo que quiero emprender... Escribir me relaja, me centra, me ayuda   a poner las cosas en perspectiva... Lo hago para mí, y si a otros les sirve lo que escribo... ¡MEJOR!




He elegido un título que está relacionado con algo en lo que creo firmemente, el Efecto Pigmalión, las profecías que se autocumplen. El nombre procede de un mito. Pigmalión era un rey que buscaba esposa y como no encontraba la mujer perfecta la esculpió. Se enamoró de su creación y los dioses la convirtieron en una mujer de carne y hueso. El Efecto Pigmalión hacer referencia a la fuerza que tienen sobre nosotros las expectativas que otros vierten, ya sean positivas o negativas. Hace tiempo que tengo como lema la frase de Virgilio "Possunt quia posse videntur", "Pueden porque creen que pueden". Volveré sobre el tema. Por ahora dejo una muestra de cómo funciona...


Nota (Julio 2024) - Del 28 de marzo de 2008 al 24 de mayo de 2024 participé en el Blog de Inteligencia Emocional de Eitb, desaparecido el 1 de julio de 2024. A partir de julio de 2024 publicaré en este blog la entradas escritas en él entre el 2008 y el comienzo de este blog.