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sábado, 7 de diciembre de 2013

Una vida bien vivida deja huella


Ayer tuve la suerte de compartir la mañana con la tía de una buena amiga, que es muy querida para mí. A sus 82 años cumplidos acaban de operarle para extirparle un tumor maligno. Siguiendo sus instrucciones, como al abrir vieron que el tumor estaba extendido a otros órganos cerraron sin hacer nada. Impresiona ver cómo alguien narra su enfermedad y afronta con paz y sosiego su muerte, que es algo más cercano que lejano. 

Una gran vida, que no quiere decir que haya estado exenta de dolor, se refleja en las huellas que va dejando y en cómo se llega al final de la misma. Cuando vas dejando huellas en otros no enfrentas el final solo; es más, la gente se desvive por acompañarte y mostrarte, aunque sea de forma mínima, lo mucho que has supuesto en su vida. Es una suerte poder decir con sencillez y humildad: "He vivido una buena vida y me ha llegado la hora". Impacta escuchar: "Cuando ayer llegué a casa teníais que ver el grito que di. Cuando salí para la operación pensé que no volvería. A poder ser quiero estar hasta el final en mi casa"; "Si vierais... todavía tengo que consolar a algunos de los que vienen a verme"; "Sólo he tratado de hacer la vida un poco más fácil a otros”; “Cuida de tu amiga que lo va a pasar muy mal cuando yo me muera" ... 

Una vida bien vivida se refleja en el rostro, yo diría que en la sonrisa; en una sonrisa serena, intensa, acogedora... muestra también de una vida interior rica, de una profunda espiritualidad. 

¡Gracias por el ejemplo!


viernes, 29 de noviembre de 2013

Gracias maestros y maestras!!!!!!!!!!!!!



A raíz de la entrada anterior he vuelto a leer un libro que es "una lección de la vida, de la muerte y del amor", Martes con mi viejo profesor. En él se narra el reencuentro de un profesor y un alumno al que no ve desde hacía 16 años con ocasión de la fase final de la enfermedad del profesor, ELA (esclerosis lateral amiotrófica). En sus encuentros semanales van intercambiando ideas sobre temas diversos como el amor, el dinero, los valores, la familia, etc. Hay diálogos que son preciosos, como el que reproduzco a continuación (p.69):

-Mitch, me preguntaste por qué me preocupaba de personas a las que ni siquiera conozco. Pero ¿quieres que te diga lo que más estoy aprendiendo con esta enfermedad?
-¿Qué es?
-Que lo más importante de la vida es aprender a dar amor y a dejarlo entrar.
Su voz se redujo a un susurro.
-Dejarlo entrar. Creemos que no nos merecemos el amor, creemos que si lo dejamos entrar nos volveremos demasiado blandos. Pero un hombre sabio que se llamaba Levine lo expresó certeramente. Dijo: "El amor es el único acto racional".

Me quedo con la conclusión que Albom extrae al final del libro, y que es el gran aprendizaje del reencuentro (p.215): "¿Has tenido realmente alguna vez un maestro? ¿Un maestro que te viera como algo en bruto pero precioso, como una joya que, con sabiduría, podía pulirse para darle un brillo imponente? Si tienes la suerte suficiente para encontrar el camino que conduce a maestros así, siempre encontrarás el camino para volver a ellos. A veces, sólo está en tu cabeza. A veces está junto a sus lechos". Yo he tenido la suerte de encontrarme personas así, incluso algunas que probablemente sin saberlo, me han enseñado mucho, me han hecho abrir lo ojos, o me han dado el empujón que necesitaba. Dicen que cuando el alumno está preparado aparece el maestro. Por eso no puedo menos que decir...

¡Gracias a todos y cada uno de los maestros y maestras que me he encontrado en la vida y a los que están por venir!

Bibliografía:

  • Albom, Mitch (1998): Martes con mi viejo profesor. Una lección de la vida, de la muerte y del amor. Madrid: Maeva.